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Capítulo IV

de Joaquín Dicenta



Durante dos meses vivieron en una borrachera de pasión. Dijérase que el mundo acababa fuera del espacio que ellos con sus brazos ceñían; y era breve el espacio; cada cual de su parte mostraban empeño en reducirlo.

Descontando las obligaciones inexcusables del teatro, Magda sólo para su Alejandro existía; éste, aun hasta las más perentorias obligaciones olvidaba. Hicieron nido de la casa habitada por Magda y dentro del nido se adoraron.

Alejandro apenas aportaba por su vivienda, y eso que su madre, más enferma de minuto en minuto, hacia los cuidados urgentes. Hasta su madre era puesta en olvido por aquel hombre, que había hecho de su madre un culto, una imagen, que siempre salió a flote en los naufragios de su tormentoso vivir. Verdad es que había llegado a olvidarse de los hijos también. Los mismos aplausos del público, la gloria, en cuyas aras el artista lo inmola todo con brutal egoísmo, casi no llamaban su atención; su ser entero se reconcentraba, se resumía en aquella mujer que sabía ser compañera inteligente y entusiasta del poeta en el vuelo de sus imaginaciones y ensueños; hembra ardiente, voluptuosa e incansable en las horas de goce; amiga placentera, en las que los ensoñares artísticos y los reclamos de la sensualidad les dejaban libres.

Por lo que hace a Alejandro, su entrega a Magda fue absoluta. Ella... estaba más entregada aún.

-Mira, Álex mío -murmuraba, inclinándose hacia él, acariciando con los dedos la frente de su queredor-. Al lado tuyo me creo otra. Mi existencia de mujer, que ha pertenecido a muchos hombres, desaparece por completo. Diríase que los besos tuyos, tus besos, que han llenado de alto abajo mi cuerpo y han penetrado mi alma hasta sus repliegues más íntimos, fueron como gotas cálidas de un Jordán deleitoso; ellas borran a la mujer hecha a las luchas y pasiones del mundo, para resucitar a la niña, a la mozuela cándida y soñadora, capaz de todas las bondades. Capaz de todas fue antes de que un miserable pisoteara mi inocencia y me hiciera correr en busca de otros hombres, no para pedirles placeres, para hacerles esclavos míos, para cobrarme en ellos todo el odio que el desengaño depositara en mi conciencia.

-He sido mala, muy mala, Álex mío. Jugué con los hombres, exigiéndoles, a cambio de nada, porque nada significa un cuerpo de mujer cuando sin el alma se da, su corazón, su salud, su fortuna, su vida. Su vida, sí -repitió por lo bajo-, que alguna cayó a golpe de bala a mis pies. Hoy todo se borra, todo desaparece, hasta el remordimiento. Sólo estás tú; es decir, también están mis hijos; pero están como a gran distancia, envueltos por una nube color rosa, desde cuyas gasas me sonríen. Los hijos son cosa del cielo; en la tierra sólo estás tú. Tú solo; porque hasta el arte, en ello me ocurre lo que a ti, ha pasado a segundo término. Verdaderamente, tanto tú como yo hemos logrado el más grande, el más inverosímil de los triunfos; hemos logrado que el arte se conforme con servir a nuestro idilio de comparsa. Parece mentira, ¿verdad? Pues no lo es. Anoche, y cuidado que la ovación fue enorme, yo no pensaba más que en ti. Esta gente no acaba de aplaudirme -decía-. ¡Y el otro -el otro eras tú- que está esperándome en el cuarto!...

-No te detengas, sigue; ¿a qué te detienes? -dijo Álex, rodeando con sus brazos el cuerpo de la amada, mal envuelto por una bata de provocadora transparencia.

-Pues me detengo a darte un beso; es decir, dos, porque con uno no me basta; ni tampoco con dos, aquí tienes la prueba.

Y depositaba, espaciándolos, alargándolos, humedeciéndolos, un beso y otro y otro entre los labios de su amante.

Siempre ocurría así. Tan abstraídos, tan dentro de su pasión vivían, que fue menester la noticia de que agonizaba su madre para que Alejandro abandonase por cuarenta y ocho horas la casa de Magda.

La madre murió; el dolor del hijo fue intenso, verdadero, profundo. Con los ojos llenos de lágrimas acompañó el cadáver de la santa mujer; en trance de caer desvanecido estuvo cuando bajaron el cadáver a la hoya y la primer paletada de tierra retumbó contra el ataúd. Arrastras le arrancó de junto a la fosa un amigo. Descompuesto, con el corazón destrozado, subió solo, porque tal fue su voluntad, al coche de duelo. Al entrar en él, bajo, muy bajo, para que ninguno le oyese, dio al cochero las señas de la casa de Magda; ganó la escalera agarrándose al pasamanos y se arrojó en brazos de su amante, murmurando con voz nerviosa que entrecortaban los sollozos:

-He venido, sabes, he venido directamente desde el cementerio, donde queda aquella noble criatura. He venido porque, después de estar por espacio de cuarenta horas de cara a cara con la muerte, necesitaba recoger en tus brazos un poco de vida.

Y se dejó caer en el hombro de Magda, llorando, retorciéndose frenéticamente las manos, recogiendo de la boca de su querida un beso, para calentar con él sus labios, que dejara fríos otro beso: el depositado sobre la frente de la muerta.