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Capítulo VII

de Joaquín Dicenta



Cuando, finada su obra, pudo Alejandro dejar el Monasterio, Magda se había ausentado de Madrid.

La perentoriedad de las circunstancias y el no hallar un contrato teatral en condiciones aceptables, la obligaron a constituir sociedad con otros artistas y a embarcarse en Barcelona al objeto de dar conciertos en las Islas Canarias y Azores. Después, ya vería. Lo urgente era ganar dinero para atender a las urgencias de Milán; a las más inmediatas, se entiende. «Las otras... Aun queda tiempo para ocuparme de las otras -escribía Magda en una de sus cartas-. Vamos a lo presente; tú, amor mío, termina la comedia cuanto antes, estrénala con el éxito, que doy por descontado, y en cuanto reúnas unos centenares de pesetas, métete en un vapor y ven a mi lado; sin ti se me vuelven siglos los minutos ¡Tengo tantos besos hormigueándome en la boca!»

A la carta acompañaba un retrato de Magda. La representaba en la escena última del drama lírico de Alejandro, estrenado por ella en el fracasado escenario de Goicoechea.

Estaba hermosa Magda en aquel retrato. Un gesto de supremo dolor crispaba su rostro; sus manos se cruzaban sobre el pecho en actitud de orar; el pecho mostrábase desnudo por entre la túnica desgarrada; los ojos se alzaban en dirección del cielo, como si angustiados le implorasen; la suelta cabellera caía por los hombros como un manto de viuda.

«Al mio signore» -decía la dedicatoria.

Toda su voluntad empleó Alejandro en que su drama se ensayara y representara cuanto antes. Ocurrió ella a los veinte días de empezar los ensayos.

El éxito fue para el autor más abundante en ovaciones que en billetes del Banco. Dio los bastantes, sin embargo, para que Alejandro atendiera los atrasos que afligían su hogar y se reservara para el viaje a Canarias un millar de pesetas.

Sin hacer caso alguno de quienes entre lágrimas le suplicaban que permaneciera en Madrid, embarcó para Barcelona. En Barcelona recibió otra carta de Magda. «Te espero con el alma y los brazos de par en par abiertos -decía la carta-, ven cuanto antes. Me haces falta, mucha falta, amor; más falta que nunca.»

A las veinticuatro horas de leída esta carta tomó pasaje el escritor en un trasatlántico.

Interminable se hizo el viaje para él. Como un tormento aceptó la escala de Cádiz. Al fin zarpó el buque. Al amanecer del siguiente día perdieron de vista la costa; no hubo sino agua y cielo enfrente de los ojos.

¡Mar!... ¡Cielo!... En la situación de su espíritu, aquella majestuosa soledad placía a Alejandro; no se cansaba de admirarla, de seguir silenciosamente el viaje de las olas y de las nubes.

De día, el sol, extendiéndose, como soberano único, por su dominio azul, y el mar recibiendo los besos del sol con lascivo espasmo de hembra sedienta de caricias. De noche, las estrellas, asomando curiosamente por los ventanales del espacio para presenciar la procesión inconcluible de las olas; las olas vistiéndose de blanco para recibir el beso maternal de la luna...

¡Siempre igual!... Monotonía que no cansa, porque la forman dos grandezas que se juntan con los límites del horizonte para saludarse y ayuntarse. ¡Cópula sublime del infinito con las olas! ¡Qué hermosos son sus hijos, coronados unas veces por llamaradas de oro y guirnaldas de espuma; otras, por rayos lívidos y ráfagas de tempestad!...

Esta ausencia total de la tierra, este aislamiento púdico y celoso del cielo para celebrar con el Océano sus nupcias, producía en el ánimo de Alejandro impresión honda, grave recogimiento. Parecíale que las ondas azules de la atmósfera y las ondas verdes del mar formaban una estufa gigante, un templo de cristal, un laboratorio sin paredes, donde su conciencia podía depurarse, destilar su esencia idea a idea y sentimiento a sentimiento.

Sumido en tal contemplación, apenas hablaba con nadie. El trato con las gentes del barco le causaba molestia; tedio, el eco de las voces humanas. ¡Voces humanas! Sólo una hubiera querido él oír y esa estaba lejos aún; la voz de Magda.

De ahí su amor por la soledad, por el apartamiento; su ansia de hablar consigo mismo, de entablar esos diálogos de uno con uno propio, durante los cuales el hombre se duplica, se convierte en dos hombres que conversan, interrogándose.

Horas hermosas estas; en ellas la realidad es sueño y el sueño realidad espiritualizada.

Uno de estos sueños, uno de estos deliciosos cinematógrafos en que ve uno dentro de sí con los ojos cerrados, gozaba Alejandro en su litera, cuando despertó súbito; sin que ruido, golpe ni voz algunos le dieran motivo para ello.

Se vistió a tientas y a tropezones subió la escalera que a la cubierta conducía.

Estaba el mar tranquilo; bajo el cielo se tendía una franja color perla; el buque partía con su estrecha proa las aguas silenciosas. Lejos, a distancia grande, a su derecha, en el fondo del horizonte, vio Alejandro contornearse un astro rojo, una gran pupila incendiada, que parecía vigilar el rumbo del buque.

-El faro de la Isleta -dijo un marinero.

La franja color perla, extendida entre cielo y mar, se fue agrandando poco a poco, adquiriendo tonos más vivos. Tiñéronse olas y nubes de ópalo. Una luz pálida, trémula, confusa, coloreó el espacio; el faro de la Isleta perdió sus reflejos brillantes; brilló menos, menos... hasta extinguirse. El sol asomó sobre el mar su cabezota de cabellos rubios y la tierra canaria surgió delante del viajero.

Alejandro quedó sorprendido de la aridez de aquellos montes, modelados como la musculatura de un titán, abiertos inútilmente al polen solar, como matrices infecundas.

¡La tierra canaria!... ¡La ciudad de Las Palmas!... ¡Las casitas blancas!... ¡El puerto!... Momento supremo, a ningún otro comparable, fue para Alejandro aquel de su arribo a la estación última, entre el chirriar áspero de las cadenas, el golpear sordo de la hélice, y el pitar agrio de la máquina.

En el muelle, empinándose sobre la punta de los pies, para verlo antes y mejor, estaría Magda; sus ojos escudriñarían la distancia; con latidos de su corazón contaría los avances del buque. Éste dio fondo; por docenas se acercaron lanchas a su costado; en ninguna de ellas iba Magda; no la vio tampoco en el muelle.

Maquinalmente subió el viajero a un coche. -Al hotel de Inglaterra -dijo.