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Capítulo IX

de Joaquín Dicenta



-Y ahora, habla, habla -exclamó Alejandro ansiosamente, cuando solo con Magda y ya el deseo satisfecho, pudo hacerle preguntas-. ¿Qué tienes? ¿Por qué esa tristeza, esa preocupación, que ni la dicha ni el placer de ser mía y hacerme tuyo, han podido borrar del todo? ¿Qué tienes? ¿Qué pasa?

El relato comenzó trabajosamente, entre titubeos, encubierto con frases ambiguas, que la delicadeza, el temor de apenar a Alejandro, hacían que Magda prolongase. Al fin se lo confesó entre sollozos, que subían por su garganta arriba, entre lágrimas, que iban cayendo, anchas, espaciadas de sus ojos de Dolorosa.

La situación de Magda había llegado a ser extrema. No se lo escribió antes por no entristecerle, por no poner en su alma duelos, que no podía remediar. Su casa de Italia, los muebles de su casa de Italia, empeñados, desde antes de ir la tiple a Madrid, en muchos miles de pesetas, estaban a punto de vencer y ella sin recursos para levantar el embargo. A falta de pago, desde algunos meses atrás, estaba también el colegio donde se instruían sus hijos, un casi mozo de quince años y dos muchachas, de doce años la mayor, de diez la pequeña. Posible era que no aguardasen más los directores de aquellos colegios; que expulsaran a sus criaturas. «¡Qué hacer! ¡Qué hacer! sollozaba Magda, engarfiando sus dedos en la deshecha cabellera. Mis alhajas están vendidas o empeñadas. Este negocio es un desastre: ni para vivir con decoro produce. Los empresarios parece que se han puesto de acuerdo para hacer de mí caso omiso. ¿Comprendes ahora mi desesperación, Álex? ¿Te explicas la tristeza, la angustia que has visto en mi rostro al mirarme?»

-Yo te salvaré del conflicto. Mis obras, mi pluma, todo está a tu disposición. Manda.

-¡Qué voy a mandarte! ¿Y los tuyos? Tú también tienes hijos; también necesitas cumplir deberes en tu casa de España. ¿Qué puedes hacer tú por mí? ¿Voy a exigirte que sacrifiques a tus hijos por mí?

-¿Voy a tolerar yo que, por mi causa, sacrifiques los tuyos?

Hubo una pausa larga, llena de temores y angustias. La mujer seguía llorando; el hombre, con la frente hundida entre los puños, golpeaba el suelo con el pie.

Magda fue quien rompió el silencio.

-¡Bah! -dijo secando su llanto y forzando su boca para mentir una sonrisa-. Saldremos adelante. No te apures. Nuestro amor tiene fuerza para levantar mundos.

-¡Nuestro amor!

-Él nos sostendrá. ¡Ah, dinero maldito! -siguió diciendo Magda-. ¿Por qué ha de tener fuerza para matar la dicha? ¿Por qué ha de poner nubes en esta noche de ventura? ¡Y pensar que ese lord, ese excéntrico que, por capricho, me corteja, con sólo desprenderse un año de su renta y regalárnosla a nosotros, nos haría felices!

-¿Te corteja el lord?

-Tonterías. Pasatiempos con los que entretiene su spleen. Nada serio. Nada serio por parte de él. Por la mía, no es preciso afirmarlo, ni en serio ni en broma. No le doy de hombro porque es la corrección andando. Y, con toda su gravedad, capaz de los disparates mayores. La otra noche decía, que por una mujer de su gusto y por lograr el cariño de esa mujer, sería capaz de tirar toda su fortuna y de echar a pique su yacht, cuando el dinero se acabara, con la mujer y con su roja personilla, dentro, por supuesto, del yacht. ¡Luego habláis de los andaluces! Encuéntrame uno comparable a ese gran embustero de la Gran Bretaña.

-Quizás no mienta y sea capaz de hacerlo tal y como lo dice. Parece hombre de voluntad y arrestos -murmuró Alejandro lentamente.

Amanecía cuando el artista dejó el cuarto de Magda.

Al entrar en su habitación abrió los balcones; una luz pálida llenó la alcoba, envolviéndola como en una neblina. Entro aquella neblina, que daba a Alejandro apariencia espectral, quedó éste silencioso, hundido en un amplio sillón, con los ojos puestos en el horizonte, limitado por las oceánicas brumas.

Pensaba en su conversación con Magda; y pensaba que él no podía salvarla del desastre. Al pensarlo se llenaba su conciencia de espanto.

Súbito se hizo presente en su imaginación la escena ocurrida durante su estancia con Magda en el Monasterio de Piedra: Aquel tiro que dio muerte a una paloma al mismo pie del nido; aquel grito de Magda, horrorizada de la acción; aquellas sus palabras: «Es infame dejar, por satisfacer un capricho, un deseo, desamparado del padre o la madre, un nido.»

¿Y no era por satisfacer, si no un capricho, una pasión, por lo que Magda quería dejar sin amparo su nido de Milán? ¡Tres criaturas, que sólo contaban con ella!...

Después, aunque de momento el amor pudiera más que todo; aunque Magda sacrificara a ella y a sus hijos por el cariño de Alejandro; aunque Alejandro, dominado por su pasión, consintiera sacrificio tan bárbaro, ¿no llegarían unas horas tras otras? ¿No advendría una en que, por el amor de los hijos, por las brutales urgencias de la vida, Magda tuviera que traicionar a su amante, y tuviera éste, si quería seguir poseyéndola, que cerrar los ojos y convertirse en un rufián?

¿Que eso no ocurriría? ¿Que Magda, por el amor de él, sería fuerte contra todo?

Ahora zumbaban en los oídos de Alejandro las frases que pronunciara el lord durante el almuerzo.

«La mujer y la ola son pérfidas, si no mide uno bien el momento de acometerlas y la ocasión de huirlas.»

Así hablaba el inglés, aquel hombre pronto a echar su fortuna a las plantas de una mujer. Y el inglés cortejaba a Magda, y Magda vela su hogar en desamparo, próximo a la miseria.

-¡El momento de huirlas! -repitió Alejandro, dejando caer la cabeza sobre el respaldo del diván.

Un sol rojo metió por la vidriera resplandores de incendio.