Panoramas de la vida. Tomo II/Un drama en 15 minutos

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UN DRAMA EN 15 MINUTOS
(á la señorita ana soler)

En una tarde apacible de Mayo, mar tranquilo y viento en popa, el velero bergantin « Alcion » dejaba las floridas costas de Corfú, y surcando las encantadas aguas jónicas, dirijia su rumbo á Occidente.

Tripulábanlo doce hombres, al mando del capitan Brunel, antiguo oficial de la marina francesa, enérjico y decidido militar, curtido al sol de los trópicos, retemplado en las tormentas, y largamente fogueado al calor de cien combates en las guerras del imperio.

La catástrofe de Waterloo y la traicion del Bellerofonte, lo arrojaron á tierra, vencido, pero no humillado. Sí: porque no pudiendo soportar la presencia de ejércitos estrangeros en el seno de la Francia, imponiéndola leyes y soberanos, alejóse de ella, y fué a pedir á la patria de Arístides, esa tierra clásica de los gloriosos recuerdos, consuelo para su pena.

Y á fé que lo encontró en el amor de una griega, bella como Aspasia, que se unió á su destino y le dió horas de una felicidad desconocida hasta entonces para él en su vida borrascosa de marino.

Pero ¡ay! la dicha es fugaz como un celaje de verano; y la del capitan Brunel fué de corta duracion. La hermosa griega murió dando a luz una niña que él acojió como su sola esperanza.

Y le consagró su vida; y se dió para ella á un duro é incesante trabajo, con que en pocos años hizo una fortuna considerable, consistente en una quinta situada en esa isla deliciosa, donde el poeta asentó la morada de Calipso, vastos huertos y jardines, y un coqueto bergantin, mixto entre mercante y guerrero, que surcaba los mares riéndose de los piratas por las troneras de cuatro buenos cañones, y allegando á su dueño sendas cantidades de cequies.

Cuando la caida de los Borbones hubo alejado de Francia á los enemigos del imperio fenecido con su César, Brunel sintió el deseo de volver a la patria.

Arregló sus negocios comerciales, vendió su quinta, y se dió á la vela para Marsella, su pais natal, llenas las bodegas de su barco de valiosas mercaderías.

Pero el capitan Brunel llevaba consigo un objeto mas precioso que el bergantin y su rico cargamento.

Su hija.

Elena poseia á la vez la belleza académica del Atica y la gracia irresistible de la Francia. Silenciosa y recostada en los cojines de su divan, semejaba á la Vénus de Praxíte1es. Hablaba, y la Provenza sonreia entre las largas pestañias de sus ojos negros, y en los graciosos contornos de su boca.

Soberana en la casa paterna, vivia feliz, dividiendo su culto entre la Vírjen de la Guarda y la santa Panagia; su amor, entre su padre y un gallardo jóven, con quien, desde la rada al balcon, tenia organizada, por medio de señales, una deliciosa telegrafía.

Así, aunque amaba su hermosa patria, abandonábala sin pena, porque allá bajo las blancas velas del « Alcion » Renato la aguardaba.

Aguardabala impaciente; pues el capitan Brunel habia aplazado su union hasta su vuelta a Francia.

En fin!—exclamó Renato en un arrebato de gozo, tendiendo la mano á su novia para recibirla a bordo.

En fin!—creyó Elena oir, como un éco fatídico entre el grupo de marines que la rodeaban.

Y tuvo miedo.

Pero la voz alegre de su padre disipó su penosa emocion.

—Teniente—exclamó, poniendo la mano de su hija en la de Renato—he aquí tu esposa. Mirad allá esas doradas nubes que velan el horizonte: tras de ellas está la Francia. En su amada ribera, bajo la calurosa region del Mediodia se asienta una ciudad de blancas cúpulas y de aspecto oriental—Marsella.

Allí, rodeada de vergeles, á la sombra de dos palmeras, una misteriosa casita está diciendo á los recien casados: Habitadme!

Y estrechó en un solo abrazo á los dos amantes!

—Entre tanto—añadió con entusiasmo—la cubierta del « Alcion » es ya el suelo de la patria. ¡Viva la Francia! Abrazadme, hijos mios! Y tú, Demetrio, mi valiente piloto, deja por un momento ese aire sombrío, y dá la mano á mi hija. ¿Por que huyes de ella? Se diria que la aborreces. Siempre te ví así, esquivo y huraño en su presencia.

El estraño personaje á quien el capitan se dirijía, se acercó á Elena, que sintió pesar sobre ella una mirada de fuego.

Y sentada sola en la cámara, mientras que Renato y su padre se ocupaban de la maniobra, pensaba todavía en la expresion, á la vez feroz y codiciosa, de aquella mirada; y por mas que rechazaba como pueril aquella preocupacion, un vago terror se apoderaba de su ánimo.

La noche habia cerrado, y el puente del « Alcion » estaba desierto. Dos hombres velaban solos: uno en el timon, otro en el castillo de proa; Profundo silencio, el silencio solemne del mar reinaba en torno. Sin embargo, de la escotilla iluminada de la cámara del capitan se elevaban de vez en cuando rumores de voces que venian á interrumpirlo.

Y así pasaron las horas.

El hombre del timon consultó de pronto su reloj, y dejando la barra, fué hácia el del castillo de proa. Acercóse al hombre que allí velaba, y

—La hora ha llegado, dijo quedo. Y deslizándose como una sombra, bajó á la cámara donde dormia la gente, y abrió una linterna sorda que llevaba consigo.

En el mismo instante, de cada hamaca saltó un hombre armado.

—Bien!—esclamó Demetrio, que alumbrado por la luz rojiza de la linterna, tenia un aspecto feroz—bien, camaradas. Estábais listos. Ariba, pues, y á ellos. Para vosotros las riquezas: para mi esa mujer que juré hacer mia desde el momento que la vi. Por ella abandoné la bella « Urca, » de sombrías velas, terror del Archipiélago; por ella, disfrazado bajo el vestido de marino calabrés, manejo el timon de esta bicoca, esperando el dia que debia traerla á nuestro bordo. Vosotros me obedeceis con el miserable nombre de Demetrio Dandini: ¿qué hareis cuando os diga que soy Cerninio de Lesbos, el gefe de todos los piratas que espuman los mares desde Chipre hasta Cerdeña? A ese nombre formidable aquellos hombres palidecieron. Mas ó menos piratas todos ellos, ninguno sin embargo, conocia sino de nombre al terrible corsario tan temido en las costas de Oriente.

Doblada una rodilla y las frentes inclinadas, llevaron la mano al corazon, en señal de homenaje.

El corsario apagó su linterna, y seguido de sus bandidos, ganó la escalera, llegó al puente, y se dirigió á la cámara donde el capitan, su hija y Renato, sentados á la mesa, comenzaban á gustar una cena compuesta de frutas y deliciosos vinos.

—Padre—dijo Elena, sin poder dominar la estraña inquietud que a pesar suyo invadía su ánimo—¿por que has llenado tu barco de griegos?

—Son buenos marineros, hija mia. El isleño del Archipiélago es fuerte y sufrido en el rudo trabajo del mar. Por lo demas, mia no es la culpa. Demetrio reemplazó uno a uno con ellos á los pobres bretones que me arrebató la peste.

Al nombre de Demetrio, Elena se estremeció, porque creyó ver al través de la escotilla dos ojos de fuego que la contemplaban entre las tinieblas.

De repente, estrechando con temor el brazo al capitan—Padre!—murmuró á su oida—escucha. Se diria que andan sobre el puente.

—Y bien, es el vijia de cuarto que se releva. Renato, que notó la inquietud de su amada, abrió la puerta, y ántes que ella hubiera podido detenerlo, se puso en dos saltos sobre el puente.

En ese momento, sonó la detonacion de una arma, escuchóse el rumor de una lucha, y luego el ruido que produce un cuerpo al caer en el agua.

—Renato!—esclamó la jóven, con acento desesperado, abalanzándose á la puerta.

Pero al mismo tiempo cerróla una mano vigorosa y el capitan ébrio de rabia sintió que la echaban barra y cerrojos, dejándolo á él encerrado y en completa inaccion. Miró en torno, como una fiera acorralada, y no encontrando salida, armóse de una pistola, tomó en brazos á su hija que estaba postrada en tierra casi exánime, sentóla en un sitial, se colocó á su lado y esperó.

En el mismo instante el grupo de amotinados rodeó la escotilla.

—Capitan!—gritó una voz—estás en nuestras manos, y nada puede salvarte. El teniente cayó al agua luchando, sabes con quién? con Cerninio de Lesbos, que ya habrá dado buena cuenta de él.—Dáte, pues á razon, entréganos tu hija y el itinerario del « Alcion » toma una lancha y lárgate, que no queremos matarte.

Miéntras el bandido hablaba, el semblante del capitan se iluminaba gradualmente con los siniestros tintes de un gozo lúgubre.

—Has acabado?—gritó.

—Sí, y esperamos.

—Pues escuchad! Son las nueve ménos diez minutos. Si á las diéz no han bajado por esta escotilla quince fusiles, otros tantos puñales y hachas y treinta pistolas, el « Alcion » con todo lo que lleva consigo habrá saltado, lo ménos media, milla sobre el nivel del mar.

Y uniendo á la voz la accion, abrió la trampa que cerraba la santa bárbara, colocada al pié de su cama, cogió un botafuego, encendiólo, tomó en la otra mano su reloj abierto, bajó la primera grada del terrible depósito, y gritó:

—Va uno! . . . . van dos! . . . . van tres! . . . Estraños murmullos se oyeron en lo alto; deliberaciones desesperadas, gritos de rabia, de temor; imprecaciones, blasfemias!

Y el capitan de pié sobre la santa bárbara, con el botafuego ardiendo en una mano, el reloj en la otra y la frente radiante de una serenidad terrible, gritaba con el acento inexorable del destino.

—Cuatro! . . . . cinco! . . . . seis! Y la superficie de un gran espejo, colocado en la cámara, permitia á los bandidos, verlo en aquella actitud; y la temerosa llama de la mecha que descendia cada vez mas bajo la trampa.

—Cuatro! . . . . cinco! . , . . seis!

Al escuchar este guarismo de terrible proximidad, una general dispersion se efectuó en el puente, y luego el piso de la cámara se llenó de armas que caian una á una de lo alto de la escotilla.

El capitan las contó con sublime sangre fria, y gritó cuando hubo pasado por sus manos la última pistola.

—¡Franca la puerta, y la gente en su puesto!—La puerta se abrió, y Renato pálido y los vestidos descompuestos destilando agua se precipitó en la cámara.

—Elena!—exclamó.

—Héla ahi—Díjole el capitan—Se ha desmayado. Déjala asi, y á restituir arriba el órden perdido. ¿Qué fué de tí cuando te separaste de nosotros?

—Demetrio me recibió con un balazo; luché con él, dimos ambos en el agua, y mi puñal fué mas afortunado que el suyo . . . . . .

—Dios mio!—exclamó Elena, volviendo en sí de repente—Renato ha muerto? mi padre ejecutó, acaso, su terrible designio?

—Te dormiste, hija mia, al hacernos los honores de la cena: pero nosotros como galantes caballeros, hemos velado tu sueño, guardándonos de tocar á estos deliciosos manjares.

—¡Es posible!—exclamó la jóven, llevando las manos á su frente—¿Cómo puede uno soñar asi con los vivos colores de la realidad! Oh! yo te he visto, Renato, luchando con un terrible bandido, caer al agua, debatirte y sucumbir bajo sus golpes. A tí, padre mio, de pié ahi, sobre la puerta abierta de la santa bárbara, con una mecha encendida en una mano y el reloj en la otra, contando los minutes que nos separaban de la muerte. Y yo presa de una profunda angustia—¡Virgen santa de la Guarda!—esclamé—consérvame á mi padre y á mi esposo; y si me permites poner el pié en el suelo de esa patria que voy á buscar, mis primeros pasos se dirijirán á tu sagrado temple. Ah! qué ha sido esto? delirio? realidad?

—Una pesadilla, hija mia,—dijola el capitan.—¿Qué hora contaste al comenzar la. cena?

—Las diez ménos cuarto, padre.

—Has dormido un cuarto de hora. Son las diez. cenemos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Una mañana esplendente de Junio, tres viajeros desembarcaban de un bergantin de blancas velas en el muelle de Marsella.

Era un anciano de bigotes canos y marcial continente, un apuesto jóven, y una bellísima niña, que realzaba sus gracias con el pintoresco traje de las hijas de la Grecia.

—Por aquí, teniente. Sigamos esta alameda de acacias que conduce al sagrado monte.

—Dónde me llevas, padre?

—Al santuario de Nuestra Señora de la Guarda. Recuerdas que hicistes un voto.

—Sí, en aquella horrible pesadilla.

—Esa pesadilla, Elena, fué una realidad.

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