Parte de Boda

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Susana
Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo XI, Malas Costumbres
(Apuntes de mi tiempo).
Parte de Boda

Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


PARTE DE BODA


Señor Don ***

Muy querido amigo mío: Ayer, al volver a mi casa por la noche, encontré, entre otras cartas que había sobre mi mesa, una que al tacto me pareció invitación a algo.

Era, en efecto, una tarjeta de cartulina Bristol lo que contenía aquel sobre grande, cuadrado, en el cual estaban escritos mi nombre y las señas de mi casa.

En aquel pedazo de cartón leíase en preciosa letra inglesa, que denunciaba la acreditada casa de Marquérie:

Don Fulano de Tal (su nombre de usted)

Doña Mengana de Tal (su señora de usted) participan a usted su efectuado enlace, y le ofrecen su casa, calle de 2 al, cuarto segundo.

¡Ah, señor mío!

Yo pensé, al romper el sobre, que se trataba de una invitación para comer ó de un convite para un gran baile.

Aquéllo era lo que se llama en la jerga moderna un parte de novela.

Era una satisfacción que pretendía usted darme.

Protesto.

¿Qué se ha propuesto usted ¡oh, incauto amigo! al darme cuenta, mejor dicho, al darnos cuenta a tantos de acontecimiento tan grave?

¿Pretende usted que lo celebre? No puedo.

¿Pretende usted que lo deplore? No lo creo.

¿Es sincero el ofrecimiento que usted me hace de la casa en que habita con su cuya, que es una mujer apetitosísima? Lo dudo.

¿Es deseo pueril de que sus amigos y relacionados sepamos que desde el día 13 lia dejado usted de ser hombre para ser a la vez hombre y mujer, dos en uno, mitad de una costilla, cabeza de familia, cola de ratón, acompañante forzoso, paciente obligado, propietario a medias, presidente sin voto, ex-amante, ex-novio, ex-iluso, ex-libre y ex-joven?

En ese caso, permítame usted que le devuelva su cartón y le anuncie que desde este momento declaro haberme equivocado al suponer que era usted un hombre de entendimiento nada vulgar.

Desde hoy es usted para mí la multitud, el público, la nación, varios, todos, Madrid, España; pero no Alfredo.


Cuando usted era Alfredo, pintaba deliciosas acuarelas, que admirábamos todos.

Hacía usted versos que aplaudía el país y la crítica celebraba.

Tocaba usted el piano maravillosamente.

Era usted el amante ele todas las mujeres, y no se le imponía a usted ninguna.

La conversación ele usted tenía tal encanto, que al entrar Alfredo en un salón todo el mundo se callaba, esperando la primera frase que iba a decir el recién venido.

Gastaba usted lo que tenía y lo que no. No tenia usted apuros. ¿Le hacía falta dinero? Pintaba. ¿Se acababa el dinero de los cuadros? Hacía usted versos. ¿No producían dinero los versos ni los cuadros? No importaba, jugaba usted y ganaba, y si perdía usted, le daban dinero sus amigos y no le tachaban de perdido, porque usted pintaría y pagaría.

Viajaba usted solo y gastaba poco.

Era vecino de todas las poblaciones, inquilino de todas las casas, comensal de todas las mesas.

Mañana no significaba el porvenir, sino el día siguiente.

En fin...

Necesito romper el cartón, so pena de romper la amistad.

¡Me participa usted su efectuado enlace!

¡Oh, sí! Conozco a la señora, la admiro, la venero. He bailado rigodones con ella; he hablado con ella en inglés; he visto sus bordados adornando la banqueta del piano de su casa.

Es rubia.
Es joven.
Es bonita.
Es rica.
Es discreta.
Es virtuosa.

Por eso, sin duda, usted no ha podido resistir al deseo de tomar el coche, ir con su señora á la litografía y encargar 500 tarjetas, en las que nos participa usted su efectuado enlace.

Pero hay en esto un abuso que no se puede tolerar. ¿Por qué he de acostarme yo esta noche con el pesar de saber que usted ha tenido la mala ocurrencia de cortarse las alas?

Porque, desengáñase usted, Alfredo, el arte es hermano de la libertad; usted es un artista, y el matrimonio no se hizo para los artistas. Usted era un águila caudal, y se ha metido a paloma-correo.

Espero verle a usted dentro de tres años paseando en el Prado con la señora, dos niños y dos amas de cría.

Estará usted gordo. Habrá usted perdido sus hermosos cabellos, vestirá usted ropa barata Tendrá usted el aire triste.

La señora estará gruesísima. Se le habrá olvidado el inglés y los rigodones y los bordados aquellos de la banqueta. Ya no será la que a usted le encantó en los baños de Santa Águeda con su vestido de percal y su sombrero Niniche, que íué el primero que vino de París para ella. No, señor; irá con su velo en la cabeza y su pericón en la mano buscando una silla cerca del Guiñol para esperar a las amas, que le habrán dada a usted un día horrible y exigirán su comedia de monigotes por la noche.

Ya no irá usted al Suizo, ni a la Acuarela, ni á Toledo, ni a París, ni a Roma.

No irá usted a la caída de la tarde a robar al sol su último suspiro, para hacer un cuadro que los marchantes de París se arrebatarán de las manos.

No, Alfredo, no. Pintará usted tumbas... y vacas.

Yo lo sé.

Mejor dicho, lo adivino.

Presiento la metamorfosis que va a operarse en mi amigo querido. Le veo gozosísimo usando esa media docena de trajes que se hace uno cuando se casa, visitando a todas las relaciones nuevas, recorriendo teatros y salones con la señora, radiante de hermosura, de juventud y de fortuna...

Pero prefiero no saber nada.

Recuerdo nuestros paseos por la vía Appia. La alegre comida del taller en que resonaba el cañonazo tradicional. Nuestros viajes a Francia, nuestra vuelta a España cuando era usted el ídolo de las mujeres y la envidia de los amigos. Recuerdo los mil y mil bocetos de paisajes ideales, los borradores de los poemas, el Ave María de Sclmbert al piano mientras ponía la mesa el criado y se oían por las escaleras del taller los- presurosos pagos y el rozar de la seda...

Vaya usted con Dios.

Guardaré el cartón en lo más hondo de mi cartera.

Esperaré diez años.

Cuando venga usted a pedirme una recomen- dación para ser profesor de dibujo lineal en al- gún Instituto libre de provincia; cuando me pre- gunte usted en una carta con qué se curan las postemas de los pechos; cuando me escriba usted si quiero comprar un boceto que repre- sentará la primera comunión ó la pasiega des- pedida; cuando le sorprenda a usted en el anfi- teatro segundo viendo la comedia de magia el día de Año Nuevo por la tarde, con una familia que ocupará toda la delantera; cuando me decla- re usted, en fin, que no sabe en que consiste que ha perdido la inspiración, la gracia y el estilo, le contestaré devolviéndole este cartón, para que pinte usted en el dorso una familia gallega debajo de un paraguas.