Pedagogía social/Función social del egoísmo

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FUNCION SOCIAL DEL EGOISMO[1]

"Ama a tu prójimo como a tí mismo". He ahí el egoísmo compendiado.

"Amalo como a ti te amas". Es decir: ámate, primero, para que ese tu amor sirva de término de comparación para amar al prójimo.

¿Cómo amarnos a nosotros mismos? Conociéndonos, ante todo; descubriendo nuestras propias fuerzas; midiéndolas; apercibiéndolas para la lucha; sacando de ellas el mayor y mejor provecho posible hasta desentrañar de lo profundo del ser aquello que hace de cada uno alguien: lo característico, lo individual.

No hay dos hojas exactamente iguales; no hay dos personas igualmente dotadas. Si cada hombre, por auto-educación. trabaja la mina de su personalidad hasta dar con la veta de lo característico, crada uno, en su esfera, modesta o elevada, llegará a ser un creador, un artista: perfeccionará, divinizará, la propia existencia.

Y, al mismo tiempo, por impulsión irresistible, — aún cuando haga vida de eremita — el prójimo disfrutará de esa auto-conquista. Cuanto más ahondamos en nuestra personalidad, más avanzamos en la posesión de cualidades esencialmente humanas, pues en el fondo de cada ser está la hu- manidad toda en lo que tiene de bueno, de justo y de bello.

Y esa corriente de aguas vivas que nos une a todos, haciendo posible un común ideal, permite medir la "intensidad" de un acto con lo que individualmente llamamos "egoísmo" y la "extensión" con lo que socialmente llamamos "altruísmo".

De ahí que el acto más altruista sea, a un tiempo, el más egoísta. Mídase, sino, la cantidad de personalidad conquistada, la altura moral alcanzada, la conciencia de voluntad de poder, la intensidad de la alegría, de la fuerza, de la confianza en las propias energías. Los arranques de amor, de heroísmo, son tan poco "altruístas" que son precisamente la medida de un "eje" vigoroso y abundante.

De ahí que una obra dr arte sea tanto más universal cuanto más hondamente individual. El artista, en lo más profundo de su ser, halla a la humanidad y la refleja al reflejar su faceta original.

Amándonos a nosotros mismos aprendemos a no darnos más amo que el interno, juez supremo, jamás engañado que exige con severidad la perfección como estado natural.

Cultivando así el egoísmo, única y real virtud — los prejuicios sociales y religiosos caerán sin necesidad de distraer fuerzas en atacarlos. No más posible desorbitación humana escindiendo en dos la voluntad de potencia: la pasiva, reservada a la criatura; la activa, inspiradora y sostenedora, reservada al creador. No más posible educación niveladora. La tendencia será a diferenciar, a profundizar separaciones, a individualizar.

No más absurdo pedido de igualdad de derechos para ambos sexos, y sí acentuadísimo esfuerzo por hacer resaltar lo original, por fortalecer lo característico, por realizar más acabadamente en la mujer lo femenino y en el hombre lo masculino.

Y este cultivo amoroso del propio yo, de lo personal, del individuo, acabará con las falsas luchas de clases y de naciones.

Reconocido el principio de que cada hombre es una modalidad nueva de la energía, por egoísmo bien entendido, cada uno se apercibirá por medio de la auto-educación, para descubrir y conquistar esa característica original. Al aplicarla, dará a los demás algo tan precioso como una obra de arte: se dará a sí mismo en lo que tenga de mejor, de más íntimo, de más fuerte, de más esencial. Y no podrá estorbar obra alguna, puesto que cada ser se sentirá destinado a conquistar determinada posición en la vida, después de haberse conquistado a sí mismo. Y, por el solo hecho de hacerla suya, participará de su obra la humanidad.

Y el feminismo bien entendido se desarrollará recién en el veraz ambiente del egoísmo. La mujer-madre, cumplidora de sus deberes y, por lo tanto, poseedora de sus derechos, velará sobre su propiedad: el hijo. Impondrá su ideal al moldearlo y educarlo de acuerdo con las aptitudes v necesidades naturales. Intervendrá en la escuela, en la sociedad y en el Estado cuando atenten contra el derecho humano de la madre digna de tal nombre. Así, entre otros, por influencia de la mujer, el azote universal de la guerra concluirá. El reinado del egoísmo bien entendido, no presenciará el crimen que la sociedad actual permite cometer al Estado: la inyección del virus guerrero en el niño y en el joven desde las pseudo-clases de historia y el servicio militar obligatorio hasta la literatura patriotera que canta héroes y virtudes guerreras. Si virtud es fuerza que tiende a la perfección humana, ¡cómo llamar virtudes a las que incitan a destruir y a matar!

Recién el bien del individuo — verdadero egoísmo — pasará antes que el bien del Estado: no se concibe con qué razones se ha podido justificar hasta ahora que el bien de la Nación — que no es, en definitiva. sino la suma del bienestar de sus ciudadanos — se constituya con el dolor, con el sacrificio y con la deformación de cada individuo.

¡Qué acabado desarrollo social acarreará ese intenso cultivo personal! Si cada uno procura bastarse a sí mismo, quitará a la comunidad inmenso peso. De ahí que, en países nuevos como la Argentina, no debe pregonarse el blando y teórico mutualismo, muleta de naciones decrépitas, sino el duro y práctico credo del egoísmo: conócete, ámate, bástate a tí mismo. Sé una nueva fuerza originalmente empleada en el conjunto harmónico de la Naturaleza. El "Ama a tu prójimo" jamás interpretado en "Ama a tu vecino", exige tanta perfección en su misma vaguedad, parece estar tan por encima de las comunes fuerzas que su práctica es reservada, por el tartufismo interno, para los fuertes, para los santos.

Por egoísmo bien entendido, el Estado sacará el mayor provecho posible del capital humano confiado a su custodia, especialmente del que más le pertenece por no tener representantes naturales, de sus huérfanos y niños desamparados, su escuela — al fin molde común de humanidad, y no como actualmente, lecho de Procusto — por medio de la educación sexual y social, de la escuela hogar y del ciclo integral educativo, transformará a cada niño en un sostén de las instituciones nacionales y el Estado no llegará a tener más política que la de educar.

Por egoísmo bien entendido, la educación — que no se preocupó hasta ahora sino de sacar del hombre la mayor utilidad inmediata convirtiéndolo en un instrumento de la sociedad y sin pensar en que ésta, como todo fruto, madura, cae, pasa — desarrollará integralmente al niño, al adolescente y al joven, no inyectando conocimientos e hipertrofiando la memoria al mecanizarla subdividiendo las actividades hasta dar en la especialización restringida, disminuyendo las probabilidades del definitivo triunfo al aminorar la capacidad integral del hombre, sino desarrollando harmónicamente la voluntad, la afectividad y la inteligencia. Irrisoriamente el vocablo "educere", que quiere decir sacar fuera, significa hoy, en la práctica, "rellenar, echar dentro". Bajo la inspiración del egoísmo, basándose en los instintos fundamentales alrededor del que es núcleo de vida, del instinto de reproducción, la educación eslabonará las ciencias, las letras, las artes y la religión humana, para más intenso cultivo individual y más extenso provecho social.

Y habrá cesado "la lucha entre el instinto vital que crea y el instinto de conocer que destruye"; ya no más excluirá la vida interior a la acción, ni el individualismo al humanismo. El lirismo y la realidad se complementarán; el artista y el sabio se acrecentarán: la religión humana surgirá de la realidad y echará sus raíces en la necesidad de procrear; el hombre tendrá como ideal el superarse a sí mismo al cumplir la misión divina de dar vida a un nuevo ser, más perfecto que él mismo.

Y el hombre que, hasta ahora, ha distraído sus fuerzas en apoderarse de lo que lo rodea, solo entonces, artista original en el supremo arte de forjar la propia vida y con ella la vida de la humanidad, fuerte él por la posesión y gobierno de su inteligencia, de sus pasiones cultivadas y de sus instintos encauzados, con lo que poseerá el mundo al poseerse a sí mismo.

La educación, que ya no lo convertirá en pasivo instrumento de la sociedad, hará de él un activo cooperador en la obra del devenir humano, ideal en eterno perfeccionamiento.


  1. Artículo póstumo, publicado en la «Revista de Filosofía», Buenos Aires, Noviembre de 1915