Pensamientos (Rousseau 1824): 09

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Pensamientos de Jean-Jacques Rousseau
Conversacion, Urbanidad, Arte de gobernar la casa
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CONVERSACIÓN, URBANIDAD, ARTE DE GOBERNAR LA CASA.


 El hablar mucho viene necesariamente ó de la presuncion de tener talento, ó del valor que damos á bagatelas de las que neciamente creemos que los demas hacen tanto aprecio como nosotros. El que conoce bastantes cosas para dar á todas su verdadero valor, jamas habla mucho, porque sabe apreciar igualmente la atencion que se las da, y el interes que puede tomarse en sus discursos. Generalmente las gentes que saben poco hablan mucho, y las que saben mucho hablan poco: es natural que un ignorante tenga por importante todo lo que él sabe, y lo diga á todo el mundo; pero un hombre instruido no abre fácilmente su repertorio: tendría demasiado que decir, y vé que aun hay mas que decir despues de hablar él, y se calla.

 El talento de hablar ocupa el primer

rango en el arte de agradar: por él solo se pueden añadir nuevos encantos á aquellos á los cuales el hábito acostumbra á los sentidos. El talento es el que no solamente vivifica el cuerpo, sino que en cierto modo le renueva; por la sucesion de los sentimientos y de las ideas anima y varia la fisonomía, y por los discursos que inspira la atencion (suspensa entónces), sostiene largo tiempo el mismo interes sobre el mismo objeto.

 El tono de la buena conversacion es suave y natural; no es pesado ni frivolo; es sabio sin pedantería, alegre sin ruido, político sin afectacion, cortés sin insipidez, y placentero sin equívoco. No deben hacerse disertaciones ni epigramas en la conversacion: en ella se razona sin argumentar, se chancea sin juego de palabras; deben asociarse con arte el talento y la razon, las máximas y los pensamientos agudos, la ingeniosa chanza y la moral austera. En la conversacion se habla de todo para que cada uno tenga algo que decir: no se profundizan las cuestiones para no fastidiar; se las propone como de paso, ó se las trata con rapidez: la precision conduce á la elegancia; cada uno dice su parecer y le apoya con pocas palabras: nadie ataca

con calor el de otro: nadie defiende tercamente el suyo: se disputa para ilustrarse: se debe prevenir toda disputa: de este modo cada uno se instruye, cada uno se divierte, y todos quedan contentos; y el sabio mismo puede sacar de estas conversaciones objetos dignos de ser meditados en silencio.

 La verdadera urbanidad consiste en mostrar benevolencia á los hombres: el interes sencillo de la humanidad, el simple y espresivo desahogo de una alma franca tienen un lenguage muy diferente de las falsas demostraciones de la cortesía, y de los engañosos rodeos que exige el trato del mundo. Es bien de temer que aquel que, desde la primera vez que nos vé, nos trata como un amigo de veinte años, nos trate al cabo de veinte años como un desconocido si se nos ofrece exigir de él algun servicio importante. Cuando vemos á tantos hombres disipados tomar un interes tierno por muchas gentes, puede fácilmente presumirse que no le toman por nadie.

 En general la urbanidad de los hombres es mas oficiosa, la de las mugeres mas agasajadora. Entro, por ejemplo, en una casa abierta en la que los dos amos de ella hacen juntamente los honores. Ambos tienen la misma educacion, ámbos tienen igual política; ámbos estan igualmente llenos de gusto y de talento: ámbos en fin animados del mismo deseo de recibir gente, y de contentar á todos y cada uno en particular. El marido no omite medio alguno para atender á todas partes: va, viene, da la vuelta y se toma mil fatigas; en fin querría ser todo ojos. La muger se está quieta; un pequeño círculo de personas se reune en su derredor, que parece ocultarla todo el resto de las demas; pero sin embargo nada pasa que no note, no sale persona de su casa á quien no haya hablado: nada ha omitido de lo que podía interesar á todos: no ha dicho nada á cada uno que no sea agradable; y sin turbar el órden, el último de la compañía no ha sido menos atendido que el primero. Se trata de un convite: se ponen á la mesa los convidados; el hombre instruye á todos ellos para que se coloquen, y lo hará segun sabe: la muger, sin saber nada, no se engañará en ello: ya habrá leido en los ojos y en el porte de los convidados todas las conveniencias, y cada uno se hallará colocado segun quiere estarlo. No digo por esto que en el servicio no se haya olvidado á nadie: el dueño de la casa, dando la vuelta, habrá podido olvidar á alguna persona, pero la muger adivina lo que se mira con gusto, y lo ofrece; y hablando con el que tiene á su lado, tiene la vista al fin de la mesa: distingue quien no come porque no tiene hambre, del que no se atreve á servirse ó pedir, por ser poco esperto ó tímido. Al levantarse de la mesa, cada uno cree que no ha cuidado mas que de él solo: todos piensan que no ha tenido tiempo para comer un solo bocado; pero la verdad es que ha comido mas que nadie. Cuando todo el mundo se ha ido, se habla de lo que ha pasado: el hombre cuenta lo que se le ha hablado, y lo que han dicho y hecho aquellos con quienes ha conversado. Si sobre esto no es siempre la muger la mas exacta, en desquite ella ha visto lo que se ha dicho en secreto al otro estremo de la sala: sabe lo que alguno ha pensado, á que se dirigía tal proposicion ó tal gesto; y apénas se ha hecho un movimiento espresivo al cual no haya dado una pronta interpretacion, y casi siempre conforme á la verdad.