Población de Montevideo

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Poesías Adolfo Berro



POBLACION DE MONTEVIDEO


(Febrero de 1724)




Brillaba el sol en oriente
Hiriendo el manto de nacar
Con que al nacer de sus rayos
Guarda el aurora la espalda;

Y de las olas y el suelo
La densa niebla ahuyentada,
A descubierto su mole
Mostraba la alta montaña.

Alli en su base bramando
Se derrumbaban las aguas
Por sobre rocas inmobles
En que soberbia descansa.
 
Desierta estaba la tierra
Sin una pobre morada
Donde hoy ¡oh patria! te elevas
Como paloma lozana,
 
Que llega al pié de la fuente
Para bañarse en el agua,
Y satisfecha, en la orilla
Posa y estiende las álas.

Todo en el húmedo suelo,
Todo, en silencio callaba:
Túrbale solo el estruendo
Que hace la mar en la playa.

Y de gaviotas voraces
La estrepitosa algazara,
Cuando descubren la presa
Que en seco dejan las aguas.

Tal vez repente se muestra
Como flotante fantasma,
Sobre peñón denegrido
De algun charrúa la falla:
 
Y luego al punto desciende
De su insegura atalaya

Miedo llevando en el rostro
Y mas que miedo en el alma.

Pues vé á lo lejos sin duda
Venir del puerto en demanda,
Alzando montes de espuma,
Dos anchas naves cristianas.




Ya la mitad de su curso
El Dios del Inca tocaba,
Aun las arenas quemando
Que humedecido la resaca.

Cuando un gran ruido las aves
Hizo volar en bandadas,
Que entre las peñas ocultas
O entre la yerna posaban;

Y luego al punto se vieron
Cruzar ligeros la playa,
En poderosos corceles
Que ansiosos el freno buscan.

Bien ordenados guerreros
De cuyas fúlgidas lanzas
Penden airosos listones
Con los colores de España.

Sobre un tostado revuelto
Que en propia espuma se baña.
De toda aquella cuadrilla
El noble gefe cabalga.

Y en su mirar atrevido
Y en su apostura gallarda
Decir á todos parece
Don Bruno soy de Zabala:

Recto y leal caballero
Del órden de Calatrava,
A quien el Rey diera el mando
De las provincias del Plata.

Luego que en presta carrera
La leve arena cruzaran
Clavó el caudillo en la cuesta
El pendon régio de España;

Y con mil flámulas bellas,
Y con mil bélicas salvas
Le saludaron las naves
Que ya en el puerto le aguardan

Al viento dieron entonces
Que mansamente soplaba
Las no bien rejidas velas
De sus perezosas barcas:

En ellas nuevos guerreros
A tierra rápidos bajan,

Y á los ginetes sudosos
Contra sus pechos abrazan.
 
Solaz, por breves momentos,
Dióles Don Bruno Zabala;
Y al punto ordena que todos
Dejen las lanzas y espadas.

Y dén comienzo á la empresa
Que tiene el Rey ordenada
Poblando aquellos contornos
En buen servicio de España.



 

III.

Del sol los rayos postreros
Tiñen en rojo las aguas
Que mil cambiantes despiden
Cuando la briza las alza.

De las praderas vecinas
Suaves olores se exhalan
Que margaritas rastreras
Del blando cáliz derraman.

Negras columnas de humo
De entre las peñas se alzan
Que por el cielo adormido
El viento al fin desparrama.

Sobre la estensa rivera
Aquí y allí se levantan
Humildes chozas cubiertas
Con blandos mimbres y paja.

De tan endebles cimientos
Naciste, patria adorada,
Que ya los vates celebran
Como á colmena del Plata.

En el albor de la vida
Fué tu ventura harto escasa.
Pues te ligaron cadenas
Y aun no sabias trozarlas.

Luego al mirarte mas bella
Te echó un imperio la zarpa,
Pero tus hijos, ya fuertes.
Te redimieron de escalva:

Y en mil combrates terribles
Sangre fecunda brotara
Que de tu cuello por siempre
Borró esa pálida mancha.
 
Creciste entonce en riquezas
Y en los saberes, sin trabas;
Que del progreso, do quiera,
La libertad es el alma.

De la virtud por la senda
Mueve constante la planta,

Que si un momento tan solo
De ese camino te apartas
 
Serás al carro sangriento
De los tiranos atada,
O de potentes naciones
Por largos siglos esclava.


Setiembre de 1840.


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