Por los tiempos de Clemente Colling

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Por los tiempos de Clemente Colling de Felisberto Hernández
Texto revisado por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay

Por los tiempos de Clemente Colling
de Felisberto Hernández


No sé bien por qué quieren entrar en la historia de Colling, ciertos recuerdos. No parece que tuvieran mucho que ver con él. La relación que tuvo esa época de mi niñez y la familia por quien conocí a Colling, no son tan importantes en este asunto como para justificar su intervención. La lógica de la ilación sería muy débil. Por algo que yo no comprendo, esos recuerdos acuden a este relato. Y como insisten, he preferido atenderlos.

Además tendré que escribir muchas cosas sobre las cuales sé poco; y hasta me parece que la impenetrabilidad es una cualidad intrínseca de ellas; tal vez cuando creemos saberlas, dejamos de saber que las ignoramos; porque la existencia de ellas es, acaso, fatalmente oscura: y ésa debe ser una de sus cualidades.

Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro.


Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además recla- man la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos; o qué significados o qué reflejos se cambian entre ellos. Algunos parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas, o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.


Los tranvías que van por la calle Suárez –y que tan pronto los veo yendo sentado en sus asientos de paja como mirándolos desde la vereda– son rojos y blancos, con un blanco amarillento. Hace poco volví a pasar por aquellos lugares. Antes de llegar a la curva que hace el 42 cuando va por Asencio y da vuelta para tomar Suárez, vi brillar al sol, como antes, los rieles. Después, cuando el tranvía va por encima de ellos, hacen chillar las ruedas con un ruido ensordecedor. –Pero en el recuerdo, ese ruido es disminuido, agradable, y a su vez llama a otros recuerdos–. También va junto con la curva, un cerco: y ese cerco da vueltas alrededor de una glorieta cubierta de enredaderas de glicinas.

En aquellos lugares hay muchas quintas. En Suárez casi no había otra cosa. Ahora, muchas están fragmentadas. Los tiempos modernos, los mismos en que anduve por otras partes, y mientras yo iba siendo, de alguna manera, otra persona, rompieron aquellas quintas, mataron muchos árboles y construyeron muchas casas pequeñas, nuevas y ya sucias, mezquinas, negocios amontonados, que amontonaban pequeñas mercaderías en sus puertas. A una gran quinta señorial, un remate le ha dado un caprichoso mordisco, un pequeño tarascón cuadrado en uno de sus lados y la ha dejado dolorosamente incomprensible. El nuevo dueño se ha encargado de que aquel pequeño cuadrado parezca un remiendo chillón, con una casita moderna que despide a los ojos desproporciones antipáticas, pesadas y pretensiosas. Y ridiculiza la bella majestad ofendida y humillada que conserva la mansión que hay en el fondo, tan parecida a las que veía los domingos, cuando iba al Biógrafo Olivos –que era el que quedaba más cerca– y en la época de la pubertad y cuando aquel estilo de casas era joven; y desde su entrada se desparramaba y se abría como cola de novia una gran escalinata, cuyos bordes se desenrollaban hacia el lado de afuera y al final quedaba mucho borde enrollado y encima le plantaban una maceta con o sin plantas –con preferencia plantas de hojas largas que se doblaran en derredor. Y al pie de aquella escalinata empezaba a subir, larga y lánguidamente, la Borelli o la Bertini. ¡Y todo lo que hacían mientras subían un escalón! Hoy pensaríamos que habían sido tomadas con “ralentisseur”; pero en aquellos días yo pensaba que aquella cantidad de movimientos, esparcidos en aquella cantidad de tiempo, con tanto significado y tan oculto para mi mente casi infantil, debía corresponder al secreto de adultos muy inteligentes. Y deseaba ser mayor para comprenderlo: aspiraba a comprender lo que ya empezaba a sentir con perezosa y oscura angustia. Era algo encubierto por aquellos movimientos, bajo una dignidad demasiado seria que, tal vez únicamente, podría profanarse con el mismo arte tan superior como el que ella empleaba. –Yo ya pensaba en profanarla–. Tal vez se llegara a ella, en un esfuerzo tan grande de la inteligencia, en un vuelo tan alto, como el de las abejas cuando persiguen a su reina.

Mientras tanto, un largo vestido cubría a la mujer, con escalinata y todo.

Pero volvamos al trayecto del 42.

Después que el tranvía pasó, precisamente, por delante del terrenito –remiendo de la mansión señorial–, me quedó un momento en los ojos, con gran precisión, el balanceo de dos grandes palmeras que sobresalían por detrás de la casita –mamarracho– moderna. Y repasando esa fugaz visión de las palmeras, las reconocí y recordé la posición que tenían antes, cuando yo era niño y la quinta no tenía remiendo. ¡Un literato de aquel tiempo que las hubiera visto ahora detrás de aquella casita, habría escrito!... Y la pareja de viejas palmeras, movían significativamente sus grandes y melenudas cabezas lacias, como si fueran dos viejos y fieles servidores que comentaran la desgracia de sus amos venidos a menos. Y esta reflexión me vino, recordando cómo significaban la vida las personas de aquel tiempo. Y cómo la reflejaban en su arte, o cómo eran sus predilecciones artísticas. (Pero ahora, en este momento, no quiero engolfarme en esas reflexiones: quiero seguir en el 42.)

Después, un inmenso y horrible letrero me llamó los ojos. (No digo cuál es para no seguir haciéndole la propaganda al dueño. ¿Y si me pagara, lo haría? Y seguían apareciendo pensamientos como estos: ¿no habría sido un hijo de aquella mansión señorial el que vendió aquel pedazo de la quinta para pagar una deuda vergonzosa?)

Tenía tristeza y pesimismo. Pensaba en muchas cosas nuevas y en la insolencia con que irrumpían algunas de ellas. Alguien me hacía la propaganda del sentimiento de lo nuevo –y de todo lo nuevo– como fatalidad maravillosa del ser humano; y me hablaba precipitadamente, concediéndome un instante de burla e ironía para mis viejos afectos.

Como él estaba apurado, daba vuelta enseguida a su antipática cabeza y se llevaba toda su persona para otro lado. Pero me dejaba algo grisáceo en la tristeza y me la desprestigiaba; me hacía desconfiar hasta de la dignidad de mi propia tristeza; y la ensuciaba con una sustancia nueva, desconocida, inesperadamente desagradable, como el gusto extraño que de pronto sentimos en un alimento adulterado.


Sin embargo, hay lugares de pocas “modificaciones” en las quintas; y se puede sentir a gusto, por unos instantes, la tristeza. Entonces, los recuerdos empiezan a bajar lentamente, de las telas que han hecho en los rincones predilectos de la infancia.

Una vez, hace mucho tiempo, recordé aquellos recuerdos, del brazo de una novia. Y esta última vez, salía de una de aquellas casas un niño sucio llorando. Ahora empiezo a pensar en el derecho a la vida que tienen algunas cosas nuevas y a sentir una nueva predisposición. (A lo mejor exagero, y la predisposición a encontrar bueno todo lo nuevo se extiende y cubre todas las cosas, como le ocurría al propagandista. Y entonces, basta tener un poco de buena predisposición y ya encontramos servidas mil teorías para justificar cualquier cosa. Y podemos cambiar, además, muy fácilmente de motivos a justificar, por más contradictorios que sean; pues hay teorías con sugestión exótica, con misterio sugerente, con génesis naturalista, con profundidad filosófica, etc.)

Ahora recuerdo un lugar por el cual pasa el 42 a toda velocidad. Es cuando cruza la calle Gil. Una de sus larguísimas veredas me da en los ojos un cimbronazo giratorio. En esa misma vereda, cuando yo tenía unos ocho años, se me cayó una botella de vino; yo junté los pedazos y los llevé a casa, que quedaba a una cuadra. En casa se rieron mucho y me preguntaron para qué la había llevado, qué iba a hacer con ella. Este sentido lógico era muy difícil para mí –todavía lo es– porque ni siquiera la llevé para comprobar que la había roto, puesto que me habrían creído lo mismo. En una palabra, no sé si la llevé para que la vieran o para qué.

Si volvemos de donde era mi casa que quedaba en la calle Gil y caminamos en dirección a Suárez, antes de llegar a la esquina pasaremos por un cerco de ladrillo que está muy viejo, negruzco y con musgo de muchos verdes. Una persona mayor verá por encima del cerco –yo, para ver, daba saltitos– pavos entre algunos árboles y un gallinero de tejido de alambre blanqueado. Una vez hicieron allí un pozo muy hondo, al que bajaba a leer un loco que no quería sentir ruidos. Siguiendo por la vereda nos encontraremos con la casa de la esquina, que tiene muchas ventanas que dan a la calle Gil. Pero la última ventana, antes de llegar a Suárez, es pintada en el muro. Y detrás de la ventana pintada estaba la pieza donde vivía el loco. A mí me costaba pensar en algo terrorífico, porque entre los barrotes pintados, había pintado también un color azul de cielo, y aquella ventana no me sugería nada grave. Sin embargo el loco estuvo por matar con un hacha a la madre, que era paralítica y siempre estaba sentada en un sillón. Afortunadamente acudieron las tres hijas. Y después el loco pasaba algún tiempo recluido y otro tiempo con ellas. Era una persona delicadísima, culta y afable. Una vez me dio un ratón de chocolate y yo le miraba agradecido la pera corta y peinada en dos. ¡Pero ellas! ¡Qué noblemente ideales eran! Por esas tres longevas yo alcancé a darle la mano a una gran parte del siglo pasado. No sería muy difícil, hojeando revistas de aquel tiempo, encontrar un dibujante “original” que hubiera dibujado un cigarrillo echando humo y que del humo saliera una silueta como la de ellas. La cintura lo más angosta que fuera posible, el busto amplio, el cuello encerrado entre ballenas pequeñas que sujetaban el tejido blanco. –En aquel tiempo mi atención se detenía en las cosas colocadas al sesgo; y en aquella casa había muchas: los cuadros blanqueados del alambre del gallinero, los cuadritos blancos del tejido del cuello sujeto por ballenas, el piso del patio de grandes losas blancas y negras y los almohadones de las camas–. Después, encima de la cabeza otra gran amplitud, como un gran sombrero, pero este montón estaba hecho con el mismo pelo que salía de la cabeza –o mitad pelo propio y mitad pelo comprado; el seno también solía ser de medio y medio. Encima del pelo iba el verdadero sombrero, generalmente inmenso; y encima del sombrero, plumas –como las del pavo del fondo, o de otras aves, creo que nunca de gallina, a no ser que fueran teñidas. Los sombreros también solían cargar frutas, creo que uvas, y eran sujetas con pinchos larguísimos que tenían una gran cabeza de metal o piedras vistosas o carey. Los pinchos cruzaban todo el peinado, el sombrero –con flores, frutas o lo que fuera– y volvían a aparecer del otro lado sobrándoles largos pedazos que terminaban en puntas agresivas. Desde el ala del sombrero hasta el cuello, y a manera de mosquitero, un tul muy estirado, que dejaba tras él y en penumbra provocadora y atrayente, la cara, que a su vez estaba cubierta de polvos. Ese conjunto era una aparición fantástica, en la que el espectador podía detener un buen rato su contemplación. Una vez, cuando niño, me puse uno de esos escaparates con mosquitero y todo y al caminar recordaba un viaje hecho en cupé desde el cual y a través de las cortinillas podía mirar sin ser visto.

Una noche fuimos con mi madre a la casa de las tres longevas. En la media luz del zaguán pisábamos las grandes losas a cuadros blancos y negros. No había puerta cancel y se veían grandes plantas en la mitad del patio. Nos hacían pasar a una salita que recibía luz de la poca que había en la calle; pero de cuando en cuando pasaban por la penumbra los cuadros iluminados de las ventanillas del 42 al cruzar a toda velocidad. Éstas también pasaban un poco al sesgo cuando cruzaban el piso y muy al sesgo cuando subían a la pared. Cuando ellas conversaban, tenían tan franca y sincera camaradería, ponían tanta alegría en los cumplimientos, las voces de todas se juntaban y subían tanto, que no se pensaba en la penumbra, ni parecía que la hubiera. Además de vivir a oscuras, eran cegatonas. Una de ellas, la que según la conversación era la que cocinaba, se sentaba en el rincón más oscuro; apenas se le veía la cara, ovalada y pálida, con muchos lunares, como una papa mal pelada a la que se le vieran los puntos negros. Otra de ellas tenía la costumbre de pasarse con fuerza los puños por los pómulos para que le salieran colores –ésa era la que salía a hacer visitas. Las tres eran delgadísimas. Y me di cuenta que en casa tenían razón cuando decían que las tres –en los intervalos de la animada conversación y sobre todo cuando se reían– hacían un ruido fuertísimo al aspirar el aire por entre los dientes. Después me fijé que aquello era tan fuerte, que no lo cubría ni el 42 cuando pasaba a toda velocidad. Pero yo no quería que me hubieran hecho observar aquello, porque después tenía que poner demasiada atención en eso y no podía seguir sintiendo otras cosas. Y a mí me gustaba ir y estar en aquella casa.

En mi familia había una tía lejana de tanta edad como las longevas e igualmente solterona. Y ésta llamaba a aquéllas “las del chistido”. A mí me daba mucho fastidio. Y no porque estuviera enamorado de alguna de ellas. –Aunque siempre me encontraba fuertemente predispuesto a enamorarme de cuanta maestra tenía y cuanta amiga de mamá venía a casa. Pero de las longevas no–. Igual que a mi madre, aquellas mujeres me inspiraban cariño por la nobleza de sus sentimientos y por la fruición con que gozaban el rato que pasaban con nosotros. Tal vez en esos momentos fueran tan felices porque en las demás horas de sus vidas tuvieran muchas ocupaciones, de esas extrañas, infinitas, que suelen tener las personas responsables; y muchos frenos morales y muchas penas. Aunque el chistido fuera lo que más sobresalía, no quiere decir que debiera comentarse más que lo otro. Y sin contar que al nombrarlas así, se hacía una síntesis falsa de ellas; esa síntesis no incluía lo demás, sino que lo escondía un poco; y cuando uno pensaba en ellas, lo primero que aparecía en la memoria era el chistido y eso tenía un exceso de comentario. Yo me reía sin querer y después rabiaba.

Muchos años después me di cuenta que quería rebelarme contra la injusticia de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo más importante. Y si podía sobreponerme a ese ruido que cierta crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar; si podía evitar el entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas síntesis, de esas que se hacen sin tener previamente gran contenido, entonces me encontraba con un misterio que me provocaba otra calidad de interés por las cosas que ocurrían. Pero en aquel tiempo yo entraba en el misterio de aquellas mujeres, asombrado de que, si en las cosas que hablaban con mi madre demostraban agilidad, criterio, amplitud y sentido común para observar tantos hechos de los demás, ellas, y precisamente las tres, no percibieran otras cosas que a nosotros nos parecían tan fáciles de ver. Y no sólo me sorprendía lo del chistido y la costumbre de pasarse los puños apretados por los pómulos. El misterio empezaba cuando se observaba cómo se mezclaban en el conjunto de cosas que ellas comprendían bien, otras que no correspondían a lo que estamos acostumbrados a encontrar en la realidad. Y esto provocaba una actitud de expectación: se esperaba que de un momento a otro, ocurriera algo extraño, algo de lo que ellas no sabían que estaba fuera de lo común.

Cuando nosotros fuimos de confianza, nos hicieron pasar a otras habitaciones. Donde nunca podía ir nadie, era al fondo, donde estaban los pavos; ese lugar estaba defendido por unos gansos bravísimos, que enseguida corrían con escándalo increíble hacia el intruso y si no se retiraba a tiempo lo picaban; a ellas mismas solían correrlas y romperles los vestidos. Después de pasar por el patio, se entraba en una habitación que tenía piso de tablas anchas. Al pisarlas, cimbraban. Automáticamente contestaban a esas pisadas, chucherías todavía invisibles en la penumbra. La anciana madre, paralítica, estaba sentada en otra habitación: se veía enseguida porque las grandes puertas de comunicación estaban abiertas de par en par. Además, en la oscuridad se destacaba fácilmente su cabeza y pañoleta blancas. Y todavía tomaba más fácilmente la atención, el movimiento constante y regular de su cabeza, que a uno le hacía recordar irreverentemente, al de un juguete de cuerda. Todas hablaban fuerte y yo empezaba a reconocer los objetos de la habitación; eran tan amables y parecían tan cordiales como ellas. Allí el misterio no se agazapaba en la penumbra ni en el silencio. Más bien estaba en ciertos giros, ritmos o recodos que de pronto llevaban la conversación a lugares que no parecían de la realidad. Y lo mismo ocurría con ciertos hechos.

La anciana tenía más de setenta años y hacía muchos que estaba paralítica. Un hijo de ella, que se había matado –y que no era el loco– tuvo una actuación importante cerca de un político a quien todas ellas admiraban con fervor patriótico. Después de la muerte del hijo, el político fue a visitarlas; y ella, la anciana de casi ochenta años, compuso unos versos para recibir al político. En general los versos y también la prosa común, eran difíciles para mí; pero aquellos versos lo fueron mucho más: se remontaban a regiones de las cuales yo no tenía ninguna idea. Tampoco se referían a asuntos patrióticos de los que oía en la escuela y a los cuales estaba acostumbrado a no entender. Recién al final parecía que aquellas palabras aterrizaban en un campo en el que se podía ver algo; y asimismo la anciana decía muy vagamente la dicha que sentía de que existiera en el mundo aquel ser: el político.

Las longevas tenían entre un ropero una muñeca alta y delgada como ellas; pero negra y las motas de astrakán. La mostraban pero no la dejaban tocar a nadie porque había sido de una sobrina de ellas que había muerto. El primer día que estábamos en las habitaciones interiores, ellas se quedaron de pronto silenciosas y con gran tensión, porque mi hermana menor le había tocado la cola a un gran loro que estaba muy quieto sobre un pedestal. Creímos que hubiera peligro. Pero lo que ocurría era que ellas habían querido mucho a aquel loro y ahora lo conservaban disecado. Después nos acostumbramos a aquel “tótem” familiar, a quien ellas hablaban como si estuviera vivo. La que cocinaba imitaba su voz, como lo haría un ventrílocuo y contestaba por él.

Allí fue donde conocí a un músico, sobrino de ellas y a quien llamaban “El nene”. Era ciego y tendría unos dieciocho años. Muy alto. Detrás de unos lentes negros, movía de la más impresionante manera, unos ojos tan desorbitados y aparecían de un tamaño tan sorprendente, que parecía que ya se le iban a saltar. Los párpados se habían agrandado y estirado mucho; pero no los podían embolsar en todo su tamaño. Era inquietante vérselos mover continuamente fuera de sus órbitas y recordaba el movimiento de los ojos de un rumiante vistos de perfil. No habría la menor exageración al afirmar que eran del tamaño de un huevo; no sólo sugería eso la identidad de dimensión sino también su forma ovalada. Me habían dicho y olvidé el nombre de aquella enfermedad. Pero lo que más me angustiaba era que el médico le había pronosticado que moriría cuando tuviera veintidós años, que a esa edad, aquellos ojos escaparían de sus órbitas. Hasta me dijo un médico –tal vez apremiado por la insistencia con que yo le preguntaba en qué época del año ocurriría– que el hecho tendría lugar más o menos en marzo. Afortunadamente sé que ha pasado de los cuarenta años.

Una noche, invitados por las tías –las longevas– fuimos a la casa de Elnene y lo sentimos tocar el piano. Para mí fue una impresión extraordinaria. Por él tuve la iniciación en la música clásica. Tocaba una sonata de Mozart. Sentí por primera vez lo serio de la música. Y el placer –tal vez con bastante vanidad de mi parte– de pensar que me vinculaba con algo de valor legítimo. Además sentía el orgullo de estar en una cosa de la vida que era de estética superior: sería un lujo para mí entender y estar en aquello que sólo correspondía a personas inteligentes. Pero cuando después tocó una composición de él, un nocturno, lo sentí verdaderamente como un placer mío, me llenaba ampliamente de placer; descubría la coincidencia de que otro hubiera hecho algo que tuviera una rareza o una ocurrencia que sentía como mía, o que yo la hubiera querido tener. La melodía iba a caer de pronto en una nota extraña, que respondía a una pasión y al mismo tiempo a un acierto; como si hubiera visto un compañero que hacía algo muy próximo a mi comprensión, a mi vida y a una predilección en que los dos nos encontrábamos de acuerdo; con esa complicidad en la que dos camaradas se cuentan una parecida picardía amorosa. Yo había encontrado camaradas para otras cosas; pero un amigo con quien pudiéramos representarnos el amor en aquella forma era un secreto de la vida que podíamos ir atrapando con escondido regocijo de más sorpresas, de esas que dependen mucho de nuestras manos.

Aquello era mucho más lindo que tocar como tocaba yo. ¡Y yo que me creía tan original cuando tocaba por mi cuenta y encogía y estiraba a mi gusto una melodía! ¡Y nada menos que una Canción de Margarita! Que precisamente una noche que la toqué en casa estando las longevas de visita, ellas decían: “¡Pero qué gusto tiene para tocar!” y “¡Mire que es linda la música!”. Y aquella noche, tan inmensamente lejana –y con algo tan cercano en el sentimiento de las cosas y de la vida, que no podría decir qué es y dónde reside ese extraño reconocimiento de mí mismo– cuando tocaba una mazurka que se llamaba Gorjeo de Pájaros, ¡qué vergüenza! Y lo que nos habíamos reído, porque mi hermanita –cuatro años, la que le tocó la cola al loro– muy apurada había dicho: “mamá decile que toque gorjeo de lechones”. Y cuando la otra, la mayor, había recitado “Pobre María”, una pobre desgraciada que se había escapado de la casa por las palizas de la madrastra, había pasado la noche a la intemperie, en invierno, con poca ropa; y al encontrarse frente a una puerta con un letrero tenía miedo que fuera la “prevención”. Pero al final descubría que era un asilo. Entonces llamaba, abrían y ella se lo agradecía a la virgen. Lo decía frente a una puerta que daba al comedor; y en el momento en que ella decía: “pasos, abren, se adelantan”, sin que nadie supiera nada, ni mi propia hermana, se abrió la puerta del comedor y aparecí yo, para darle más realidad a la escena. Había tenido semejante ocurrencia mientras ella recitaba; en puntas de pie había salido de la sala y dado la vuelta por otro lado. La consecuencia fue desastrosa, porque todos, que en aquel momento estaban conmovidos, ahora, al mismo tiempo que casi lloraban, también se reían y rabiaban: aquella broma había quitado todo el efecto a “la obra”.

En aquel entonces yo tenía de doce a trece años. Una prima mía –también lejana– tocaba el piano. (Plegaria de Moisés, La Argentina te llora –nocturno dedicado a un aviador venido abajo– etc.) Era muy linda y por lo menos me doblaba la edad. (Otro amor secreto, pero con el agravante de que teníamos demasiada confianza y después mi timidez y que ella pensaría que yo había interpretado mal la confianza. Además era muy burlona.)

Una tarde que había hecho mucho sol y era carnaval, aparecieron disfrazadas, en casa, cuatro mujeres altas; y enseguida descubrimos a las longevas. Pero como ellas eran tres, teníamos que descubrir la cuarta, que no hablaba ni una palabra. Bueno, resultó que era el cieguito, Elnene. Vino después muchas veces a casa y allí conoció a mi prima. (Fatal coincidencia: él también se había enamorado de ella.) Una de las veces que bailó con ella le dejó un papel en la mano. Era la letra de un estilo que había compuesto para ella. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Él había tocado antes el estilo; pero claro, sin decir a quién lo dedicaba. La letra era de este tenor: (también lo había cantado).


Soñé una noche que me decías

Con voz velada por la emoción

Tuya es mi alma, tuya es mi vida,

Tuyo es entero mi corazón.


Aquella tía lejana, se llamaba Petrona. Se reía siempre de las longevas, parodiaba a una de ellas poniéndose “dura y fruncida” y siempre recordó las palabras que aquélla decía a su sobrino: “Nene, tocá tu nocturno”. Como de costumbre, yo rabiaba. Pero un día empecé a pensar que Petrona, a pesar de no sentir el nocturno, ni comprender ni estar en eso, ni ambicionar ninguna situación ni estado estético como el que gozábamos nosotros, sentía algo y a su manera, de lo que ocurría en los que oían o gustaban ese momento de arte. Como muchas personas sin cultura intelectual –ella apenas leía el diario– al estar entre personas “instruidas”, tenía tensión de espíritu; se adivinaba que en esos momentos cargaba demasiado su batería; y cuando había oportunidad de reírse, descargaba con violencia su risa, que era más convulsiva y duraba más rato que la de los otros. Igualmente ocurría cuando en la conversación aparecía una persona que se hubiera encontrado en situación un tanto difícil o propensa a caer en ridículo. La simpatía del estado de Petrona con el de la persona en cuestión, influía directamente sobre sus acumuladores y esperaba con retenida impaciencia –aun sin ella saberlo– la oportunidad de soltar intermitentes expresiones de risa. Precisamente, si las convulsiones de su risa inquietaban tanto, era porque se percibía el esfuerzo por contenerlas. Su risa era aspirada y sus convulsiones medio desahogadas y medio tragadas, –alguien decía “degolladas”. Tal vez, ese afán de contener su risa presionando desesperadamente sobre todos sus frenos musculares, respondía a su propósito de no hacer “papelones”, de no mostrar una risa chabacana. Y así, luchando con su risa ofrecía un espectáculo impresionante y extraño. En ese espectáculo, no sólo aparecía la reacción de la persona que llamamos sana, saludable, que nos presenta gran riqueza de energías y que al iniciar su contacto con ambientes superiores a los que está acostumbrada a actuar, esas energías se vuelven sobre sí mismas, frenadas por pudor, porque percibe la diferencia de ambiente y desea esconder su historia, o porque sabiendo que la descubren y que da el espectáculo, le es simplemente violento penetrar en un ambiente distinto; sino que Petrona también ofrecía un misterio que escondía cierto matiz brutal, persistente, burlón. Si por un lado era generosa, abnegada, consecuente en los cuidados y trabajos que se tomaba por nosotros –estaba en casa antes de nosotros nacer–, también se burlaba continuamente y se le ocurrían bromas crueles. Cuando yo tenía tres años, una noche en que me habían dejado solo con la luz prendida, vi aparecer por una puerta gris y entreabierta, algo como una gran pata negra de araña moviéndose; y era ella que se había forrado la mano y el brazo con una media negra y la asomaba haciendo contorsiones. Recuerdo muy bien esta impresión.

Y en casa decían que creyeron que me enloquecía.

Ella tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la barriga blanca. Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba ciego. Una noche de lluvia, después que yo estaba acostado vino a mi cama y vi que levantaba las cobijas apresuradamente; enseguida sentí en los pies la barriga fría y viscosa del sapo. Algunas noches después, mi madre notó un ruido raro después de apagada la luz; prendió rápidamente un fósforo y descubrió que yo dormía con los pies y las piernas para arriba, pegados contra la pared. Ahora vuelvo a sentir un poco la angustia de cuando apagaban la luz, de cuando la mecha de la lámpara dejaba escapar los últimos hipos; y que al final, después de casi apagada del todo, el último hipo tardaba más pero era más grande y ya todo quedaba completamente oscuro. Entonces empezaba a ver sapos en mi cama y a poner los pies en la pared. Mi madre me llevaba para su cama y mi padre venía a la mía. Cuando mi madre estaba por dormirse, yo le daba un codazo para que no se durmiera porque seguía sintiendo miedo a los sapos.

Petrona contribuía a malcriarnos porque era muy buena y nos hacía todos los gustos. Y esto desde la mañana hasta la noche. Todavía en la noche nos llevaba a todos la bolsa de agua caliente o el porrón. Una noche, cuando todos volvimos del teatro –y mi hermanita, la del loro, tendría cuatro años– nos encontramos, como de costumbre con las camas calientes. Y a mi hermanita le había puesto, además, la muñeca y un pequeño porrón de tinta con agua caliente a los pies de la muñeca. Cuando mi hermana mayor –la de “Pobre María”– tenía unos nueve años, la retaban porque siempre andaba corriendo y “he- cha una chiva”. Petrona le dijo que si corría le saldrían cuernos, como a las chivas. Y esa tarde, que llovía e hicieron tortas fritas, Petrona hizo con masa un gran cuerno frito y se lo llevó. Después, mi hermana caminaba despacio, en puntas de pie y se tocaba la frente.


Aunque Petrona no había cultivado su sentimiento estético en el arte, en cambio tenía desarrollado el sentido estético de la vida, en ciertos aspectos del comportamiento humano. (Claro que ella no le hubiera llamado sentido estético. Tal vez nunca haya pronunciado la palabra “estético”.) Tenía el concepto de lo que era lindo y de lo que era feo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Y todo esto sintetizado en la palabra “papelón”: se trataba de hacerlo o de no hacerlo. Tenía una sensibilidad especial para que ciertos hechos, le hicieran cosquillas. Y de ahí su constante risa atragantada. No nos hubiera bastado el criterio de que aquella burla fuera una reacción secreta de venganza contra las personas de otra cultura. Parecía que sobraba algo, que este criterio fuera sobrepasado y que con él no alcanzáramos toda la realidad de su persona. También provocaba el pensamiento de que en aquella burla o reacción tan gozosa, había escondida una extraña forma temperamental, que ella no podía menos que abandonarse continuamente a esa tendencia suya y que estaba al mismo tiempo condenada a estarla deteniendo siempre. En total podría decir que nos sería difícil encontrarla –en el sentido de comprenderla– si la buscábamos con criterios o sentimientos comunes y que nos sentiríamos siempre tentados a postergar el juicio que de ella quisiéramos formarnos. En cambio, ella, pronto, inmediatamente, se lo formaba de los demás. Realmente ella era una persona muy equilibrada. (Aunque a veces, bajo las más grandes apariencias de equilibrio encontráramos las locuras más sorprendentes o los misterios más inescrutables.) Desde su equilibrio, desde cierta frescura que le daba el no haber sido interferida por ninguna teoría estética o de alguna otra clase –que quizá hubiera tentado su espíritu a quedarse con algo que podía resultar una pequeña extravagancia o alguna rara predilección– y sobre todo desde su misterio, observaba a los demás y descubría con gran facilidad, precisamente, la menor extravagancia a que una persona se hubiera entregado. Así que en una reunión de arte, entendía de las actitudes que tomaban los demás. Y entonces su gran posibilidad de burla.

Quizá ocurriría, que aquellos cuyos sentimientos, recuerdos o predisposiciones les hicieran acudir con una actitud más o menos profunda, espontánea o sincera al instante del arte, no pusieran caras o poses interesantes. De los que no tuvieran el espíritu dispuesto a concurrir a esos momentos de una manera más o menos profunda o continuada –ya porque fueran solicitados por cosas ajenas al arte, ya porque en aquel momento se sintieran por debajo o por encima de él, ya porque sus temperamentos o circunstancias no los dejaran detenidos de algún modo en el arte–, de entre éstos, habría quienes aprovecharían la oportunidad para componer poses seductoras, sugestivas o atrayentes. Hasta es posible que compusieran esas poses tomando en cuenta algo del presente; y que con caprichosas alternativas de la atención, adquirieran una pose que tuviera que ver con el estado que ahora provocaba el arte; o que se dejaran invadir por el arte con intermitencias que no les interrumpieran la composición de sus poses. Pero también ocurrirían otras cosas muy extrañas. Habría personas que sentirían el instante del arte con nobleza, se entregarían a él con toda la profundidad de que eran capaces sus almas; y sin embargo, tendrían poses extravagantes. No se podía pensar que quisieran especular con sus poses, que tuvieran la intención de llamar la atención en alguna forma. Pero es posible que en la adolescencia, cuando hubieran sentido por primera vez que el arte era sublime y que el momento de sentirlo era solemne, se hubieran soñado a sí mismos con una actitud que correspondiera a ese sueño adolescente; y esa actitud se les hubiera quedado como dormida u olvidada. Y después, siempre que apareciera aquel momento sublime y aquel estado solemne, traería, junto a aquel primer sentimiento, los movimientos o poses que el arte mismo les habría sugerido cuando se soñaron a sí mismos con el primer sueño, en el cual crearon, con ingenuidad e inocencia, los ritos o trajes espirituales para el oficio del arte. Y después, aunque les hubiera crecido el sentimiento estético y hubieran podido darse cuenta que aquella pose era extravagante, ya no podrían pensar tanto en sí mismos, si es que en el momento de sentir el arte tuvieran la necesidad de un sueño más profundo. Por eso las poses quedarían en lo de afuera de esas personas –y ellos no tendrían espejo ni conciencia para verlas. Esos movimientos o posturas habrían nacido y vivido en esas almas como otros movimientos nacieron y vivieron en los hombres primitivos; y cruzarían todas sus vidas como séquitos de costumbres de fidelidad estática.

Casi no tendría objeto, llamar aparte a una de esas personas –por más amiga que fuera– y decirle que su pose era extravagante; porque parecería que profanáramos ritos de extrañas y particulares significaciones. Además, llegado el momento de oír música, por más prevenidos que estuviéramos, el arte invitaría a aflojar los frenos de la autocrítica, se produciría como una convencional libertad de relacionar el sentimiento del arte con nuestra historia sentimental y se permitiría y se justificaría la distensión de nuestros músculos y el abandono de nuestra conciencia –si ese abandono no era muy exagerado, o mientras no se notara que escondía la intención de tener un abandono original: el que observara los momentos en que se pasara al estado provocado por el arte, vería cómo naturalmente se iban esfumando poco a poco los límites en que se vivía un rato antes.

Algunos sabrían que sus poses eran observadas; entonces prepararían una postura neutra, pero cómoda, para poder abandonarse a oír tranquilos, alejándose en esta forma de los presentes. (Otros, imitando a estos últimos, se prepararían como para dormir.)

Todos estos hechos hacían cosquillas en la sensibilidad de Petrona. Y si es cierto que había personas que entendiendo poco de arte escondían su incomprensión –o trataban de comprender– recurriendo demasiado predominantemente, a las anécdotas o a las actitudes de los artistas para deducir el arte, Petrona se dedicaba exclusiva y francamente a la observación de posturas. Y así volvían los borbotones de risa a medio desparramar.

Habíamos ido a Las Piedras con mi madre, a casa del cieguito; y a la hora de cenar yo dije algo que causó vergüenza y confusión a todos. La gente decía que mi madre me tenía muy educadito. Yo era tan pronto muy nervioso, o muy aplastado; muy excitado, o inerte, somnoliento. Yo también cargaba mis baterías y las descargaba de golpe; pero muy a menudo a propósito de una insignificancia y con gran extrañeza de todos. Y de pronto aparecía distendido, distraído, abandonado a la luna cuando el tema era de verdadero interés. Tan pronto angustiosamente tímido como sorpresivamente violento, o audazmente atrevido. Pero constantemente torpe. Terminada la cena –aquella gente era tan buena, atenta y profundamente noble como las longevas– y cuando todos nos paramos, yo me apronté para soltar un brillante agradecimiento. Y dije: “Muchas gracias, aunque no es mucho...”. Y así quedó sin terminar la frase en la que hubiera querido explicar, que decir gracias no era mucho, ni siquiera nada, frente a tantas atenciones. En el desconcierto, hubo balbuceos incoherentes –tal vez ofrecimiento de más comida. Mi madre estaba consternada y yo rodeado de una luminosidad roja que salía de una gran pantalla encarnada, con flecos y con una luz muy fuerte.

Nos quedamos en aquella amable casa hasta el otro día por la tarde, después de haber cumplido el motivo de nuestra estadía: la presentación de Clemente Colling. Éste era el maestro de piano y armonía del cieguito. Entre las longevas y Elnene, había sido combinada esta reunión.

Clemente Colling era conocido por “El organista de la Iglesia de los vascos” o “El ciego que toca en los Vascos”, etc. De allí su fama. Algún tiempo antes de esta reunión, me habían llevado a oírle un concierto de piano que dio en el Instituto Verdi. Era de los primeros conciertos que oía en mi vida. Mi entusiasmo y mi manía de ir demasiado temprano a los espectáculos, nos colocó en la puerta de la sala mucho antes de que la abrieran. Después, apoyado en la baranda de tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo que se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando de pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama; cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo.


Mirando al escenario, sentí de pronto aquel silencio como si fuera el de un velorio. El gran piano era todo blanco. Los pianos negros nunca me sugirieron nada fúnebre; pero aquel piano blanco tenía algo de velorio infantil.

Había entrado mucha gente y el murmullo era mucho más subido. De pronto, el corazón también se subía; pero de golpe. Se apagaron las luces de la sala; y todavía un rato más. En vez de aparecer en escena un solo hombre, aparecieron dos: no pensé que siendo Colling ciego, era muy natural que otro lo trajera hasta el piano. Pero se detuvieron antes de llegar al piano y Colling hizo un extraño saludo: al principio parecía que iba a ser de frente y después se volvía hacia un costado. Años después, me dijo que aquel saludo era muy elegante y que se lo habían enseñado en París. Después de sentado en el piano le habló, sonriente, al que lo acompañaba. El acompañante se fue, él tosió y se llevó la mano a la boca juntando los dedos de una manera muy extraña. Su cabeza gris, de pelo aplastado y peinado con raya a un lado, brillaba arriba y tenía mucha sombra debajo. Solamente recuerdo cómo tocó una balada de Chopin –y que también me juré aprender–; y del final, en que de acuerdo con el programa pidió al público cuatro notas en forma de tema para hacer una improvisación.

En escena había aparecido absolutamente distinto a como me lo había imaginado. Y en la reunión de Las Piedras, muy distinto a como lo había visto en escena.

Sin embargo, el recuerdo de esa primera reunión es muy vago. Algunas noches –muchos años después– tuve el capricho de querer recordar exactamente, dónde y cómo estaba colocado, cómo lo vi por primera vez y qué me dijo al principio. Entonces, trataba de imaginármelo en un lugar determinado de aquella sala, para ver si coincidía con el lugar real que hubiera ocupado por primera vez, para ver si el recuerdo se me aclaraba; intentaba inventarme un lugar de la sala donde hubiera sido posible que hubiera estado sentado, para ver si se producía alguna simpatía entre lo que imaginaba ahora y lo que fue realmente; porque esperaba que coincidiendo, se me hiciera más preciso el recuerdo. Pero fue inútil, no sólo no encontraba lo que buscaba, sino que hasta se me confundía la sala. De pronto me encontraba con que se fundían impresiones posteriores. Deduzco que debía estar sentado cerca del piano y creo que hube de esperar a que diera primero la lección el cieguito y que después entramos nosotros. Ni recuerdo que en aquel primer encuentro hubiera percibido su desaseo. Lo más posible era que estuviera próximo al piano porque pasé muy cerca de él antes de sentarme a tocar.

Debo afrontar cuanto antes la vergüenza de confesar, que en aquella época, yo también tenía mi nocturno. Él me dijo: “La semilla está; pero hay que cultivarla”. Además de recordar esta frase por lo que tenía que ver con mi vanidad, también la recuerdo porque me pareció vulgar y por las cosas que yo seguía pensando cuando le veía su cabeza un poco inclinada y al mismo tiempo sin estar frente a mí, sino para un lado. En el otro lado apoyaba un codo contra el cuerpo, tenía doblado el brazo para arriba y tomaba el cigarrillo con tres dedos –y levantaba los demás como si lo que tomara fuera una masita. Al hablar, estiraba o ampollaba la parte de la boca que iba desde el borde fino de los labios hasta las hornallas de la nariz, que se ensanchaban al llegar a la cara. En esa región movible que estaba debajo de la nariz y que era muy grande, tenía dos manchas marrón oscuras; y después de haber pasado mucho tiempo, me di cuenta que esas manchas eran del humo del cigarrillo que le salía por la nariz.

La frase de Colling, que tan vulgar me había parecido, me hizo pensar por un instante, al estilo de como pensaban algunos o muchos jóvenes de aquella época. Estaba como de moda, esta forma de re- flexión: “¿Qué quieres que sea tal individuo si hace tal cosa?”. Aquel momento o desilusión frente a Colling casi equivalía a decir: “El hombre que dice semejante vulgaridad, no puede ser un crítico de arte”. “Si su frase es tan vulgar, su arte también lo debe ser.” Es posible que en muchos casos acertara –y que éste fuera uno de ellos–; pero con seguridad que era una forma hecha del pensamiento, que podía dar lugar a errores crueles y que inhibía para seguir pensando u observando con respecto a una persona; y además, una de las verdades más visibles era que en un mismo individuo pudieran encontrarse las cosas más contradictorias. Precisamente, el que yo hubiera encontrado o pensado en ese error de los otros, no era por sutileza de observación de mi parte, sino sencillamente porque a mí no me convenía; porque si fueran a juzgar toda mi vida o mi persona por algunos hechos, encontrarían con razón que era decididamente un imbécil. Además, ese error no era de mi estilo: yo tenía otros; ésa no era mi manera acostumbrada de soliviantarme para opinar; y me daba pereza y me costaba mucho esfuerzo la postura de pensamiento que no coincidía con mi estilo de equivocarme. Por otra parte, hoy me encuentro con que si la frase de Colling era vulgar, ¡había que haber oído mi nocturno! Y supongo mejor la posición de Colling, porque mucho tiempo después, yo también he oído y juzgado los nocturnos a otros. Total, que yo mismo, si en aquella época podía tener alguna vaga experiencia en alguna clase de errores, en cambio en música, no tenía ninguna. Al mismo tiempo estaba con el alma inclinada hacia Colling, me seducía todo lo que tenía de ingenuo, de pintoresco, su cordialidad sinceramente bien predispuesta; parecía que su corazón se moldeaba fácilmente con una franca espontaneidad a cualquier vuelta nueva de la vida. Como todos, se había inventado una sonrisa artificial para un cumplimiento; pero parecía que ese artificio lo empleaba con gusto, que estaba deseando que fuera del todo natural y tener motivos para ser sincero. También me seducía su ciencia, su inmensa sabiduría de músico. Por lo menos a mí me parecía un sabio. Y a pesar de lo fácil que era ver algunos de sus sentimientos, de la inexplicable gracia que le hacían ciertas cosas, de sus ingenuos arrebatos de orgullo, de la seriedad de sus despampanantes mentiras, a pesar de todo, yo empezaba a internarme en muchos misterios que me empezaron conociendo su persona. Sentía que iba a conocer de cerca, que se me iba a producir una amistad, un extraño intercambio, con un personaje excepcional, que además era ciego. Sé que en los primeros momentos empezaban a ser misterio, detalles insignificantes, tal vez demasiado físicos, objetivos; ¡pero eran tan extraños, tan desconocida la historia de aquellos movimientos! Sin embargo, después yo los haría coordinar muy bien con mi manera de suponerme otro misterio: el de su ciencia. Pero mi ignorante atrevimiento no llegaría al extremo de coordinar otros misterios: el de cómo serían todos los sentimientos que manejaban aquella ciencia. Ni sabía –y hallaba placer en no saber– qué misterio habría en cada ser humano puesto en el mundo –en un ser humano como Colling, por ejemplo–; qué misterio me sorprendería primero, cómo sería yo después de haberlo sentido, o qué le pasaría a mi propio misterio.

Aquella primera tarde y muchas otras, yo me quedaba callado mirándolo; confundía tal vez lo de que era ciego, procediendo como si también fuera sordo; o tal vez me desconcertara verme escondido ante sus propios ojos y en plena luz del día; o era él que se escondía detrás de sus párpados; o sencillamente procedía con una naturalidad desconocida para mí porque yo no sabía cómo era no tener vista; o él procedía con las reacciones comunes que le provocaban los videntes; procedería estando acostumbrado a la curiosidad ajena y se le confundirían de una manera extraña lo de él y lo del mundo, porque en última instancia no podríamos saber cómo serían sus sensaciones y su sentimiento de las cosas con una cualidad mental en la que no entrara la vista.

De pronto se empezaba a reír como si me hubiera estado mirando. Entonces él contaba: recién en la peluquería uno leía un anuncio del domingo –el domingo próximo él tocaría el órgano en la iglesia de Las Piedras– y el que leía decía a los otros: “Va a tocar un tal Colling, dicen que es un tigre”. Y Colling se reía con muchísimas ganas porque el que hablaba pronunciaba mal su nombre. Él decía que su nombre era inglés y que acentuándolo en la primera sílaba y haciendo apenas el sonido de la g se pronunciaba correctamente. Muchos como sabían que él era francés le decían “Mesié Colén”. Él también toleraba esta manera y era la que empleaban todos los franceses. Pero el de la peluquería lo había pronunciado con la “ll” como “y”, al estilo rioplantense, como si dijera “pollito”; además lo había acentuado en la “i” y había pronunciado la “g” con una larga ferocidad de “j”, poniendo la boca como fiera que muestra los dientes. Si en realidad esto era gracioso, mucho más extraño era como él acentuaba las palabras. Contándonos cómo una niña vidente, que había ido al Instituto de Ciegos y que viendo a las niñas ciegas ella también quería ser ciega, decía: “y entonces la muchachita se echaba jábon en los ojos” y nosotros, al mismo tiempo que nos reíamos del procedimiento del jabón, nos reíamos de lo extraño que quedaba la palabra tan mal acentuada y de la inconsciencia e ingenuidad tan infantil con que él se reía e ignoraba su falta.


Cuando me dejaban solo con los dos ciegos y ellos conversaban, no tenía en cuenta constantemente que eran ciegos; y de pronto me sorprendía que tomando la conversación un giro o una actitud íntima, ellos no se miraran, ni hicieran movimientos correspondientes a lo que estábamos acostumbrados a ver en las personas que tienen vista; y así, ellos creaban a mis ojos una nueva forma de movimientos correspondientes a la conversación. Sus cabezas inquietas, casi continuamente movibles, se iban poniendo de costado, como si miraran con las orejas; pero el que emitía las palabras ponía la cara de frente, hacia la oreja del otro; y cuando el diálogo era entrecortado había confusión e inquietante movimiento de cabezas. Entonces se acercaban al piano. Pero cuando hablaban de composición, y por ahí, de sensaciones sonoras, de sentimientos, del arte y de la ciencia, la conversación parecía más secreta; porque iban a lugares donde yo tenía pocos pensamientos, pocas experiencias. Sin embargo, en mi curiosidad siempre expectante, era continuamente despertado, provocado por vagas sugerencias, que si bien algunas acertaban a mezclarse en los caminos de ellos, otras me dejaban despistado, perdido, pero con la ansiedad de volverlos a encontrar. Y a medida que se acercaba la noche –ellos no necesitaban luz– yo seguía los movimientos de ellos que iban siendo manchas movibles junto a la otra grande, la del piano. De un gran baúl abstracto seguían sacando juguetes abstractos, que para mí, además de ser sonoros, tenían color. Pero yo no me daba cuenta que los acordes o formas que yo sentía, también se diferenciaban de las que ellos oían, en que las mías tenían color; y hasta como aquella niña que se echaba jabón en los ojos para quedar ciega, por algún instante, sintiéndolos a ellos, me iba un poco hacia su religión –su falta de vista y su entendimiento mutuo me sugería algo así como una religión–, y pensaba que tal vez, en lo más hondo de lo humano, la vista era superflua. Pero enseguida me horrorizaba este pensamiento, y recordaba el encantamiento que ellos tenían como sombras. De pronto, en la penumbra, me sorprendía la mano de Colling puesta hacia abajo, con los dedos juntos como si fueran a espolvorear algo, como un cono invertido; después daba la vuelta el cono, se llevaba la punta de los dedos a la boca y era que de adentro del cono salía un cigarrillo muy blanco: se veía en el momento que arrugaba el labio superior para colocárselo. Y no se podía dejar de ver cómo encendía el fósforo. A la primera bocanada de humo, tosía y se llevaba la mano a la boca. Yo ya sabía de memoria cómo era su mano atajando la tos, cómo eran de gruesas las ligaduras negras que tenía al borde de las uñas, y todo esto estaba lleno de un inmenso encanto de ver; y tenía encanto el recordar esas mismas tardes cuando el sol iba dando en aquella sala, en el ambiente misterioso que hacían ellos; y los reflejos tenían un sortilegio y un sentido de la vida que después nos haría pensar que todo aquello parecía mentira, una mentira soñada de verdad. Y cuando más lejos se iba el sol, más sorpresas de manchas, no sólo sugiriendo o recordando las formas que se habían visto hacía un instante, sino también los colores y el sentido de los objetos que se iban cobijando de sombras.

Yo, con egoísmo del que posee algo que otro no posee, pensaba en el goce de estar en la noche, después de acostado, recibiendo el ala de luz de una portátil de pantalla verde que diera sobre un libro en que uno leyera y tuviera que imaginarse color, una escena en los trópicos, con mucho sol, todo el que uno se pudiera imaginar, sobre las montañas y sobre todos los verdes de la selva. Pensaba en toda una orgía y una lujuria de ver; la reacción me llevaba primero a la grosería de la cantidad y después al refinamiento perverso de la calidad; desde las visiones próximas o lejanas cegadoras de luz, en paisajes con arenas, con mares, con luchas de fieras, de hombres, hasta el artificio del cine; y el cine, desde un choque de aviones, hasta una de esas fugaces visiones, que aparecen fugaces al espectador pero que a las compañías cinematográficas les cuestan lentitud y sumas fabulosas; después, la visión de toda clase de microbios moviéndose en la clara luna de un lente; y después todo el arte que entra por los ojos; y hasta cuando el arte penetra en sombras espantables y es maravilloso por el solo hecho de verse.

En la noche, antes de dormirme, suponía la tragedia de los ciegos; pero –y me resultaba muy curioso– esa tragedia de ellos no me la podía suponer sin imágenes visuales.


Colling había hablado con el cieguito, el cieguito con sus familia- res, uno de sus familiares con las longevas, las longevas con mi madre, mi madre con mi padre, estos dos últimos conmigo y Colling vendría a darme clases de armonía; cobraría un peso por lección, teniendo en cuenta que, etc., etc. En ese tiempo vivíamos en una casa de altos de la calle Minas. Una tarde llegó Colling con su lazarillo, que se llamaba Fito. Colling daba su mano blanda; y siempre su sonrisa, una conversación ingenua pero imprevisible. Su cigarrillo, la tos, la mano, las uñas, las manchas marrones debajo de la nariz, la posición un tanto egipciana con la cabeza doblada para un lado y del otro lado el brazo doblado para arriba sosteniendo el cigarrillo; la oreja pegada a la cabeza, pero larga, con un pabellón tan ancho como el resto de la oreja y más largo que en las demás personas. Toda la oreja era muy parecida a unos bizcochos fritos que hacían en casa y que les llamaban lentejuelas. La estatura un poco de regular para abajo; la cara apenas un poco más larga que redonda. Nunca pude saber bien cómo era la forma de la cabeza, porque según del lugar que se mirara era de diferente su forma: ya de tamaño regular, ya agrandada de atrás, ya redonda, ya la de un diplomático, o comerciante, o maestro de armonía, ya la de Colling, ya otra que no era la de Colling. ¡Ah! Me olvidaba de una mano, la que no tenía el cigarrillo, o justamente la que acudía cuando la tos: cuando estaba sentado la tenía descansando en el muslo, pero con la palma para arriba.

La primera lección de armonía fue corta; pero para mí locamente interesante. Él daba la clase de armonía, tocaba una pieza de piano y hacía un cuento. La lección de armonía era según un método propio. La pieza que tocaba, generalmente de un francés, Widor, Saint-Saëns, Lack, etc., era más o menos agradable, superficial, pero raramente estructurada en su forma rítmica –por lo menos así la ejecutaba él. Tocaba todas las partes como si mostrara una casa para alquilar: aquí la sala, aquí el comedor, la cocina, etc. No la hacía vulgar –por más cursi que la obra fuera– sino rítmica y tomando en cuenta, en la secuencia de la ejecución, la presentación y desarrollo de una idea desde el punto de vista de la composición. Era, además, como si dijera: “Primero así, después así y finalmente así. Bueno, por hoy hemos comido”. Tampoco era del todo mecánico; era un gustador habituado a una rara organización: ni injusto, ni frío, ni muy entusiasmado. Muy parecido a algunos críticos literarios. A mí me intrigaba mucho y pensaba que nunca podría saber cómo era aquello tan extraño de su persona.

El cuento era ingenuo. Casi siempre se refería a la época de su adolescencia, cuando estaba de pupilo en un colegio católico de ciegos, en París. En la clase había un niño que le había descubierto no sé qué cosa. Y él se había dicho para sí: “Yo te voy a aprender a ser delátor”. Entonces le había pedido al delátor, que cambiara con él de banco de clase: Colling fue al lugar de delátor y el delátor al de Colling. Cuando el hermano –así le llamaban al cura preceptor, que también era ciego– preguntó por Colling y se refirió a la lección, Colling no respondió. Cuando el hermano, después de mucho llamarlo y preguntarle y Colling no responderle, se puso furioso, fue al banco de Colling pero le pegó un formidable bofetón al delátor.

Al contar esto, se reía desaforadamente. (La tos, la mano, las uñas.)

Antes de irse, yo le daba el peso. Él lo estiraba, lo doblaba en dos muy simétricamente; después en cuatro y después en ocho; lo ponía en un bolsillo de arriba del chaleco; sacaba otro, doblado en la misma forma que tenía en el bolsillo del pantalón y lo ponía en el otro bolsillo de arriba del chaleco. Todo esto en medio de un silencio absoluto. Como siempre los combinaba de manera distinta, nunca pude descubrir la clave ni el porqué de ese transporte de pesos. Después daba la mano blanda, caliente, viscosa y hacía la sonrisa. Yo lo quería mucho. Enseguida que se iba, venía Petrona chapaleando su risa y limpiaba el piano con agua Colonia, pues el teclado había quedado sucio con pedacitos de tabaco; también abría las ventanas. A decir verdad, el descuido de Colling no me llamaba la atención –ni me llamaban ciertos conceptos hechos– como a los demás. Yo no lo observaba continuamente, o lo olvidaba enseguida; para mí era una cosa de él, que le ocurría a él, pero que no la relacionaba tan estrictamente con los demás, ni con las leyes sociales. Era, sí, una cosa rara; pero específicamente de él, que tenía que ver con su historia y en la que nosotros no debíamos intervenir en forma demasiado rigurosa o dedicando los mismos conceptos que le dedicaríamos a otras personas. Mi impresión de todo eso no era muy precisa y me fastidiaba la insistencia de los demás con respecto a eso. Tal vez, porque estaba mal predispuesto a la crítica que hacían en casa: tomaban demasiado en cuenta algunas cosas, porque no sentían tanto como yo, otras. Y también yo reaccionaba contra ciertas verdades, porque esas verdades habían sido, en un principio, expuestas exageradamente.

Una tarde llegué a casa y me encontré a Colling sentado en el comedor y a Petrona que le estaba mostrando un trapo azul, después uno verde y uno rojo. Resultaba que Colling veía los colores. Estaba colocado en un lugar de mucha luz y nombraba los colores después de mucho rato y mucho esfuerzo. Además esta búsqueda del color la hacía con un solo ojo, pues no sólo era ciego, sino también tuerto: el otro ojo se lo habían sacado en una operación en la que habían intentado darle vista. Ahora, mientras trataba de adivinar los colores, revolvía esforzadamente el ojo único arrastrando una nube blancuzca, rosácea y un montón de hilillos rojizos. A través de todo esto nosotros también adivinábamos que el ojo era azul. Nunca dejaba de acertar con el color que se le mostraba; pero no se podía hacer muchas veces la prueba, porque se le fatigaba el ojo único. De cuando en cuando sacaba el pañuelo para limpiarse el párpado cerrado sobre el hueco en que había vivido el otro ojo. Había empezado a perder la vista a los cinco años; y a los once ya había quedado como ahora. Mucho tiempo después nos dijo que hacía poco le habían propuesto, y con más probabilidad de éxito, una nueva operación; pero que él no tenía interés. Y cuando Petrona le preguntó por qué no había querido, él respondió: “Para ver a mujeres tan feas como ústed, mejor me quedo como estoy”.

Si él era poco amable con ella, era porque ella ya le había hecho muchas. Cuando se le invitó a almorzar, las primeras veces se le dio vino; pero como nosotros no acostumbrábamos a tomarlo diariamente, un buen día no había. Entonces él lo pidió; y nosotros lo mandamos buscar. Otra vez que no había y él pidió, Petrona le alcanzó un vaso de agua diciéndole que era vino. Él se lo tomó callado la boca y Petrona empezó con su risa. Otras de las veces que no había, que él lo pidió y que Petrona le alcanzó un vaso de agua, él primero metió el dedo índice en el vaso de agua y después se lo chupó.

Colling quería que nosotros creyésemos que él había estado dos veces a punto de casarse y que con diferencia de un día o de horas, antes del casamiento, había dado la casualidad que la novia se le había muerto: una por enfermedad y la otra por accidente. Petrona descargaba toda su risa y se había propuesto descubrirle las mentiras. Una vez Colling contaba que había una monja que tenía bígotes. Petrona le preguntó: “¿Y usted cómo lo sabía, maestro?”. Y él: “Porque se los pálpe”.

La tercera vez había logrado casarse. Pero había dejado la mujer y dos hijos mozos en París, para hacer una gira de conciertos. En Buenos Aires un empresario lo había dejado plantado. Entonces vino a Montevideo.

Su padre “era un gran señor muy distinguido”. La madre “una mujer muy vulgar, era lavandera”. Y enseguida agregaba: “Yo salí a mi padre”.


Yo no quería pensar, ni hubiera querido darme cuenta, que la ilusión que tenía de Colling sufría algunas alternativas. Durante esos instantes –como el que hablaba con desprecio de la madre– me ocurrían cosas que tampoco hubiera querido recordar. Generalmente, cuando se producía una de esas alternativas, yo atinaba a suspender el juicio o el concepto que enseguida se me empezaba a hacer; no dejaba adelantar ese motivo de contrailusión, me decía –pensando en él– “¡pobre!” y me preparaba a justificar u olvidar aquel hecho. Y entonces, aunque las palabras o gestos de él, siguieran recordados, se les iba apagando o transformando aquella intención primera, se iba desvaneciendo aquel primer mal pensamiento que tan pronto había concurrido al lugar del hecho y que amenazaba con seguir acompañando lo que después sería un mal recuerdo y hasta aumentar su mala voluntad.

Si aquel pensamiento hubiera sido un ser que quería llegar a una isla, mi ilusión inundaría la isla para ahogar aquel pensamiento. Y así como de pronto me encontraba con una isla, así de pronto hacía desaparecer al que quería llegar a ella. Pero cuando Colling se refería a la madre con desprecio, aquel ser de la isla hacía inesperada y desesperadamente por la vida. En esos instantes yo miraba a Colling y todas sus facciones y toda su figura y hasta su ropa, tenían otra expresión; y lo que pensaba de él, del misterio de su sabiduría, de lo extraño de su vida, tomaba un sentido distinto, como si por un instante, a un paisaje le hubiera cambiado la luz. Esta vez, más allá del orgullo ingenuo que no sólo le perdonaba sino que hasta me encantaba, aparecía una sobrecarga de una realidad amarga, que no sólo no se justificaba, sino que perdía originalidad. Y aquí era también cuando un recuerdo llamaba a otros –y aquel ser de la isla se había salvado y ya había llamado a otros pensamientos. Ya no me parecía tan original el desaseo de Colling; ahora tenía que ver con lo social. Pensaba que si en casa habían exagerado al tomar demasiado en cuenta algunas cosas, yo había exagerado no tomándolas en cuenta nada. Pero también ocurría algo más. En algún sentido, yo no sólo las había tomado en cuenta, sino que las había transformado en objetos de ilusión. Aquella tarde que había ido a encontrarme con Colling, cuando al oscurecer me quedaba el recuerdo tan próximo del color que el sol había dado a los objetos, yo también había concurrido, sin saber, con colores, con sombras dispuestas a intencionarse, en sentidos un poco determinados y otro poco fortuitos; había iluminado el paisaje de Colling del tal manera, que hasta aprovechaba sus defectos para ponerlos en la penumbra –y valorarlos como objetos de una penumbra sugestiva–, que al ir a reunirse, secretamente, con un conjunto todavía ignorado, llevaban matices que significaban misteriosamente la totalidad presentida.

Pero cuando Colling proyectaba algún haz de luz cruda, vulgar, hiriente, no sólo descubría que todos sus matices no eran bellamente plásticos, que no se prestaban a reunirse cuando eran llamados para aquella totalidad misteriosa, sino que se desunían, desvalorizaban y disgregaban vergonzosamente, mostrando formas como de cacharros heterogéneos, inexpresivos, de esos que ensucian los paisajes y que los pintores suprimen.

De esto hace más de veinte años. Ahora, mientras respiro sobre aquellos recuerdos, estoy sentado en un banquito rojo, echado sobre una mesita azul, rodeado de reflejos verdosos y dorados que hace el sol en las plantas; y todo esto en un galpón abierto de piso de tierra, de una casa que a esta hora siempre está sola. En este tiempo presente en que ahora vivo aquellos recuerdos, todas las mañanas son imprevisibles en su manera de ser distintas. Sin embargo, lo que es más distinto, el ánimo con que las vivo, la especial manera de sentir la vida de cada mañana, la luz diferente con que el sol da sobre las cosas, las formas diferentes de las nubes que pasan o se quedan, todo eso se me olvida. Únicamente quedan los objetos que me rodean y que sé que son los mismos. Todas las noches, antes de dormirme tengo no sólo curiosidad por saber cómo será la mañana siguiente, sino cómo veré o cómo serán los recuerdos de aquellos tiempos. A veces me concentro tanto en ellos, que de pronto me sorprende este presente. Y no precisamente la mañana de hoy –en que todo fue tan agradable, en que tuve el placer de vivir y en que me siento aislado, robando ratos a ciertas penas–, sino que se me hacen incomprensibles los tiempos en que ahora vivo. He renunciado a la difícil conquista de saber cómo era yo en aquellos tiempos y cómo soy ahora, en qué cosas era mejor o peor antes que ahora. A veces pienso en lo larga y tolerante que es la vida, después de haberla malgastado tanto tiempo. Otras, cuando pienso en los amigos que se me murieron y en que yo sigo viviendo, me parece que este tiempo es robado y que lo tengo que vivir a escondidas. Otras veces pienso que si me ha dado por escribir los recuerdos, es porque alguien que está en mí y que sabe más que yo, quiere que escriba los recuerdos porque pronto me iré a morir, de no sé qué enfermedad. Y hasta siento cómo viven los de mi familia un poco después de mi muerte y me recuerdan con cariño. ¿Y nada más? Pero no, yo me echo vorazmente sobre el pasado pensando en el futuro, en cómo será la forma de estos recuerdos. Por eso los veo todos los días tan distintos. Y eso será lo único distinto o diferente que me quede del sentimiento de todos los días. El esfuerzo que haga por tomar los recuerdos y lanzarlos al futuro, será como algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra. Al revolver todas las mañanas en los recuerdos, yo no sé si precisamente manoteo entre ellos y por qué. O cómo es que revuelvo o manoteo en mi propia vida, aunque hable de otros. Y si eso hago en las mañanas, no sé qué ha pasado por la noche, qué secretos se han juntado, sin que yo sepa, un poco antes del sueño, o debajo de él.


He revuelto mucho los recuerdos. Al principio me sorprendían no solamente por el hecho de volver a vivir algo extraño del pasado, sino porque los conceptuaba de nuevo con otra persona mía de estos tiempos. Pero sin querer los debo haber recordado muchas veces más y en formas diferentes a las que supongo ahora; les debo haber echado por encima conceptos como velos o sustancias que los modificaran; los debo haber cambiado de posición, debo haber cambiado el primer golpe de vista, debo haber mirado unas cosas primero que otras en un orden distinto al de antes. Ni siquiera sé cuáles se han desteñido o desaparecido, pues muchos de los que llegan a la conciencia son obligados a ser concretos y claros. Algunos me deben haber engañado con audacia, con gracia, con nuevos encantos y hasta deben haber sido sustituidos con cosas que les han ocurrido a otros, cosas que yo he visto con predisposición especial y las he tomado como mías. Pero ahora yo confundo las etapas, lo que he agregado; y hasta me jugaría nada menos que la cabeza con la más absoluta seguridad y buena fe; me jugaría, precisamente, la autora de una nueva seguridad; ella se jugaría a sí misma sin ironía y con inocencia. ¿Yo habré sido realmente un adolescente, siempre e íntimamente tímido con Colling, o habré atropellado con esa rapidez con que los adolescentes se toman demasiada confianza a propósito de lo incognoscible? Precisamente, después de aquellas tentativas en que tan rápidamente viajaba de un sentimiento a otro, cuando los matices de Colling se juntaban o se desbandaban vergonzosamente, ¿se aseguraba más mi afectividad hacia él aunque disminuyera el concepto? ¿Qué cosas nuevas me presentaba él –y al mismo tiempo inventaba yo– para empezar de nuevo? ¿O era que a mí no me convenía desilusionarme del todo, acaso porque iba contra lo que yo había puesto, como el comerciante que estando metido en un mal negocio arriesga y pone más para salvarse? ¿O qué pasaba? ¿O qué otras cosas pasaban?

Pero volvamos a los hechos concretos, los que se han tomado entre sí como testigos y se han asociado para certificar su legitimidad. Aunque no se sepa cuándo debían haber sacado patente de invención.


Una tarde, casi al oscurecer, iba caminando por la calle “18”, y en el café que entonces había al llegar allí, estaba Colling. Hacía mucho que no lo veía. Estaba con su lazarillo. Tenía ante él un gran vaso con una bebida lechosa. Me empezó a hablar del ajenjo y a explicarme cómo se lo preparaban: una pequeña cantidad en un gran vaso y después le dejaban caer lentamente agua de a gotas. Y entonces le llamaban pernod. Era su bebida.

En ese tiempo se había hecho una comisión de personas de la alta sociedad, para protegerlo. Sin duda debían ser católicos que le habían admirado en la iglesia de Los Vascos y les habría dado pena el estado de su vida. Allí mismo, en Los Vascos, tenía discípulos entre los sacerdotes. Él mismo me los había presentado. Como en aquel tiempo era cuando yo más “vivía en la luna”, no sabía cómo se había formado aquella comisión. Solamente había oído aquella voz que corrió por todo Montevideo y que decía: “Colling se bañó, Colling se bañó”. Y que esa comisión le preparaba los conciertos que daba en el Templo Evangelista de la calle Constituyente. (Ahora pienso que no debía haber mucha relación entre la gente de Los Vascos y la del Templo Evangelista. Pero sencillamente podrían haber pedido el local del templo porque allí había un gran órgano y la sala era apropiada para los conciertos de órgano.)

Algunas cosas las tocaba muy ligero. No sé quién decía que las tocaba ligero para demostrar que las podía tocar, tanto o más ligero que los videntes. También podía haber tocado ligero algunas obras porque le resultaran simples, aburridas, desde su punto de vista de la ciencia armónica; o porque en la repetición que de ellas había hecho en su vida, ya no tuviera esa posibilidad de placer que se siente cuando se toca una cosa nueva o distinta a las que se poseen; o podría tocar ligero porque no recordaba bien –y la tendencia en este caso es a apurar la ejecución–: “los peligros pasarlos pronto”. Pero la verdad es que algunas las tocaba demasiado ligero y que dio lugar a un hecho lamentable en plena sociedad. Cuando estuvo en Montevideo el gran pianista argentino Ernesto Drangosh y en un lugar donde estaba reunida la alta sociedad, éste sintió tocar a Colling un preludio y fuga de Bach para órgano. En el momento en que fueron a felicitar a Colling y había alrededor de él personas muy serias, Drangosh, después de los primeros cumplidos, le dijo muy disimuladamente, que había estado hacía poco en Alemania y que allá esa fuga la tocaban más lenta. Y entonces Colling respondió: “¡Ah!, eso es porque a los alemanes les pesan más las asentaderas que a los fránceses”.

Aquella tarde me dijo que cuando la comisión le había dicho que no tomara ajenjo, él había contestado que era dueño de sus actos y había mandado la comisión a rodar.

Salimos caminando del café y los acompañé hasta donde vivían: un conventillo en Olimar entre “18” y Colonia. Mientras terminábamos la conversación pasaban cerca nuestro, personas que entraban en el conventillo. Hacía rato que era la noche. Lo más concreto en que los ojos se apoyaban durante la charla, era en los ángulos de la sombra que se movían hasta la mitad del pequeño zaguán. Avanzaban y retrocedían porque alguna ráfaga balanceaba un foco de luz que estaba colgado en la mitad de la calle. Todo lo demás eran formas viejas, sucias, mugrientas, con olor, con entradas y salidas de gentes desconocidas, etc.

Nunca supe bien cuál era la pieza de Colling y la de la familia que lo acompañaba de conventillo en conventillo. Era un matrimonio con muchos varones. En la edad escolar iban siendo –en las horas en que no iban a la escuela– lazarillos de Colling; y después, canillitas. A Colling no le parecía del todo completa la instrucción que recibían en la escuela y les enseñaba, por su cuenta, historia. En el momento que yo había llegado al café, le estaba hablando al niño de historia, estaban terminando con Napoleón.

Yo no había podido saber dónde quedaba la pieza de Colling a pesar de haber llegado varias veces y en distintas luces del día a la entrada del conventillo. Si en la noche el conventillo apretaba su boca negra, sucia y deshecha en el zaguán y el zaguán respondía al foco que se balanceaba en la mitad de la calle mascullando sombras contra la luz, en el día, a través de él, se veía un patio claro, a la intemperie, con sol sobre su ropa colgada (blanca, rosada, roja, salmón, negra, etc. Y una vez vi inflarse con el viento unos inmensos bolsones lila). El patio era de grandes piedras, barnizadas de mugre oscura, con charquitos de agua enjabonada y sobre las que pasaban sombras de las ropas colgadas. Además había sombras de turno: una vez ante las piezas de la derecha y otras en las de la izquierda. En la boca del zaguán, del lado de la derecha, aparecía Colling y el lazarillo cuando menos los esperaba.


Mucho tiempo después –no sé cuánto ni las cosas que mientras tanto pasaron– una mañana yo iba a buscar a Colling porque ese día el lazarillo no lo podía acompañar. Él vivía en otro conventillo y nosotros también nos habíamos mudado a otra casa de la calle Minas. Esa mañana yo no hubiera querido salir de casa. Y eso que dos días antes esperaba ansiosamente el momento de ir a buscarlo, pues había terminado una composición y tenía mucha impaciencia porque él la conociera. Pero ahora estaba saturado de ella y con esa saturación había descendido el concepto y la ilusión que tanto se remontara algún tiempo antes. Y lo más fuerte del caso era que ahora estaba en otra cosa: había empezado a desencadenar furia a favor –o contra– del Carnaval de Schumann. Lo había empezado a estudiar el día antes y me había prendido de él con todas mis fuerzas: tenía todo el espíritu lleno de su belleza y de un abismo de promesas que me hacía suponiendo todos los placeres que tendría cuando lo supiera. Y todo eso se multiplicaba y se transformaba aumentando ahora el placer inmediato, irrefrenable de embestir casi brutalmente. La noche antes había revuelto en él las manos, la cabeza y toda el alma hasta muy tarde. Y antes de dormirme me había hecho la promesa de levantarme temprano para tener tiempo de seguir en él hasta el momento de salir a buscar a Colling. Pero yo tenía predisposición a quedarme demasiado tiempo en cualquier inercia y esa mañana me costaba mucho levantarme. La mañana era luminosa y límpida. Yo me había despertado muy cerca de ella porque mi habitación era un largo altillo que quedaba muy próximo a una claraboya y ésta daba directamente al cielo y a la mañana. Al despertarme había pensado en el Carnaval y había sentido el día; era de esos que hacen decir a alguno de la familia, que el día es lindo, que sería lindo ir a tal o cual lugar; y las voces se sentían con una sonoridad especial y uno se quedaba escuchando las voces. Después, el ánimo está como para levantarse despacio y se compensa la tarea de levantarse encendiendo un cigarrillo. La luz fuerte hace arrugar la cara para defender los ojos. Al arrugarse la cara se estira la boca como si se sonriera. De ahí a la sonrisa no hay nada. Y como la mañana está linda y se dice alguna broma y es el día, la hora y la oportunidad de reconciliarse con alguna cosa, entonces uno se queda con la sonrisa. Solamente se suspende cuando los labios se amontonan alrededor de la bombilla del mate amargo. Y así es como se hace tarde y tengo que salir apurado a buscar a Colling sin haber metido las manos en el Carnaval.

Nosotros vivíamos en Minas entre Asunción y Lima. En la vereda había viejos paraísos. Seguí por Minas en dirección a “18”. El sol quebraba todas las cosas y hasta parecía que también era él el que quebraba los ruidos del día. La mañana era milagrosa. La atención flotaba sobre todas las cosas y sin embargo había que pensar en man- tener el apresuramiento de los pasos. Pero uno se distraía hasta con el polvo que se levantaba entre las patas de los caballos y los rayos de las ruedas de un carro pesado. Había que renovar a cada momento el apresuramiento de los pasos. Y entonces, al mucho rato, cuando uno lograba acomodarse en la nueva inercia, podía seguir ligero y de un tirón hasta lo de Colling. Por él había sabido que el nuevo conventillo quedaba en Gaboto, cerca del mar; era la primera vez que iba. Este conventillo era un poco menos concurrido y un poco menos sucio que el anterior; pero la disposición de las piezas bastante parecida. En el medio del patio había piletas. Una de ellas tenía al borde, una mujer lavando:

–¿Aquí vive el maestro Colling?

–Aquí no vive ningún maestro.

–¿No lo habrá visto pasar con un lazarillo?

–¿Con qué se come eso?

–Es el botija que acompaña a un ciego.

–Ah, el ciego. Aquella pieza. Una antes de la del fondo.

Llamé con los nudillos. La mujer me gritó “entre”, con voz y gesto que parecían una síntesis de “dejáte de cumplimientos y entrá; ya con lo del lazarillo me quisistes tapiar”. ¡Qué pena! Era joven y linda; pero desde adentro de aquel gran pañuelo blanco con que se cubría la cabeza no salía nada que fuera amable.

Empujé la puerta y ¡blum!... se me vino encima el formidable vaho de Colling. Sin embargo entré. Pero no me animé a cerrar la puerta del todo. A dos pasos estaban los pies de la cama; la cabecera daba contra la pared. A medida que me iba acostumbrando a la oscuridad y mientras esperaba que se despertara Colling, iba descubriendo los objetos. Ya le había dicho con voz no muy fuerte “maestro”; y él no me había contestado. Como era ciego no me podía dar cuenta cuándo estaba despierto. El cuarto era chico y estaba lleno de cachivaches: pedazos de un aparador, sillas sin esterilla y con alguna pata de menos; y otros muebles deshechos. En el rincón de la izquierda un roperito de madera blanca que estaba negro; y que también parecía tuerto porque tenía un pedazo de espejo de un solo lado. Y tal vez cuando pensé que Colling no podría mirarse en él, fue cuando se despertó. Dijo “¿aha?” como el que descubre algo que esperaba. Y entonces empezaron a ocurrir una serie de acontecimientos extraños para mí. Primero él dijo que era temprano; y enseguida empezó a sacarse una frazada rosácea y apareció en su pescuezo el cuello y una corbata de moña, de esas que se sujetaban con un resorte; después el chaleco y por fin la mano se metió en el bolsillo y sacó el reloj –regalo de no sé quién a los ciegos de la gran guerra–; tanteó la aguja sobre los puntos en relieve y después cerró la tapa y lo volvió a guardar. La otra mano –todo esto sin él levantarse– fue al cajón de la mesa de luz –de la misma madera blanca que el roperito tuerto– y sacó los cigarrillos y los fósforos. Cuando echó humo por la sombra que tenía debajo de la nariz y tosió, la mano que sacó el reloj –y la que me había acostumbrado a esperar de ella sorpresas melódicas– fue para abajo de la cama y sacó un balde hecho de una lata de kerosén. Allí escupió. Pero la gran sorpresa fue cuando de pronto se sacó toda la frazada rosácea –digo rosácea por decir algún color– y se paró al lado de la cama. Yo pensé –también sorpresivamente– en un paje de la edad media de una novela de Dumas. Donde terminaba el chaleco, empezaba la camisa, repollada, en forma de pollerín o volado. Y tenía manchas desvanecidas como se suelen ver en los mapamundis. Después todo el cuerpo desnudo, muy blanco. Este súbito desnudo es lo que me debe haber hecho pensar en la malla o tela ajustada al cuerpo de los pajes. Y el ambiente de la novela de Dumas me lo debe haber hecho recordar el tugurio. Al final de su persona –la que había empezado a ver desde la cabeza– estaban las medias dobladas sobre los botines. Éstos tenían cierto lustre; sin duda se debía haber dado muchas vueltas en la cama durante el sueño.

Enseguida de ponerse los pantalones llamó a una puerta que quedaba a la izquierda y vino la madre de los lazarillos. Me la presentó. Ella era amable, sonriente. Y recién en ese momento fue cuando yo miré la frazada y vi en ella moverse unos bichos que no sé si eran pulgas o chinches. Después levanté la vista y me encontré con el ojo vivo del roperito tuerto. Yo no había hecho ningún gesto; pero pensé en los chillidos que hubieran dado mi madre y mis hermanas si hubieran visto aquello. La señora se había ido y vuelto con una palangana. Cuando se fue y cerró la puerta, Colling me dijo con una sonrisa: “Hoy me trajo agua caliente porque está ústed”. Tomó la toalla que estaba en el respaldo de una silla y mojó una punta en la palangana, que estaba en el asiento de la silla. Se pasó la punta mojada por detrás de las orejas, por la frente, solamente por el hueco donde había vivido el otro ojo y volvió a dejar la toalla en el respaldo de la silla. Entonces no me extrañé de las manchas debajo de la nariz ni de la costra agrietada que tenía en la cabeza.

Yo quería salir de allí cuanto antes; pero él decía que no había apuro y me contaba que el padre de los lazarillos llegaba todas las noches muy tarde, borracho y que solicitaba la mujer a gritos.

Salimos a la mañana muy contentos y él me empezó a relatar una anécdota que le había ocurrido con Saint-Saëns. Yo ya lo había oído, aunque con menos detalles, porque la había contado una familia uruguaya que la había sabido en París. De manera que tenía posibilidades de ser cierta. Colling me describía la sala de París donde había tenido lugar aquel curioso encuentro. Yo iba pensando en el tugurio de donde acabábamos de salir, en el contraste con la sala de París y de pronto recordé los bichos y me di cuenta que al darle el brazo podían correrse para mí. Aunque esa idea me sobrecogía, traté de no hacer caso; porque la mañana era muy linda y porque me parecía una mezquindad y una traición preocuparme de eso, ahora que íbamos tan contentos y él me contaba una anécdota tan interesante:

Habían sido invitados los dos, Colling y Saint-Saëns, a la tal sala de París, como a un duelo; pues parece que le habían ido “con cuentos” a Saint-Saëns, de que Colling era un gran improvisador. Ya en el terreno del honor, Saint-Saëns dijo a Colling: “Me han dicho que usted, a pesar de su juventud, hace cosas extraordinarias. Y eso me recuerda mi propia juventud, porque en esa época yo también hacía cosas raras”. Aquí Colling me decía como comentario propio, que Saint-Saëns era muy orgulloso. Yo, que sabía todo lo orgulloso que también era Colling recordé no sé qué dibujo en que dos grandes mentirosos se daban la mano y que en la leyenda decía: “Dos potencias se saludan”. Y efectivamente Colling le contestó: “Bueno vamos a ver si las cosas que yo hago ahora, que soy joven, se pueden comparar con las cosas que ústed hace ahora que no es joven”. A lo que el otro respondió: “Entonces yo improvisaré primero”. Improvisarían a los estilos de Palestrina, Bach, Beethoven, Schumann, Schubert, Chopin, Wagner y Liszt. Se sortearon entre los músicos concurrentes para dar los temas. Saint-Saëns empezó al estilo de Palestrina. Cuando más antiguo es un autor más difícil es improvisar en su estilo porque hay que sujetarse a los medios de aquella época, que eran muy restringidos y las leyes muy severas; el improvisador de ahora tendería, naturalmente a aprovechar las libertades y los medios que se han agregado desde aquellos tiempos hasta ahora. Al primer acorde, Colling puso la mano en el hombro de Saint-Saëns y le preguntó: “¿Este acorde pertenece a la improvisación?”. Y cuando Saint-Saëns le contestó muy molestado que sí, y que aquel acorde lo usaba Palestrina, Colling le respondió: “Sí, pero nunca para empezar; ese acorde lo usaba Palestrina en tal circunstancia y en relación a tal otro acorde; y ninguno de ésos en el comienzo de una composición”. Y de ahí para adelante la cosa seguía peor porque Colling lo interrumpía muy a menudo. Entonces se decidió que Colling debía esperar hasta el final. Según Colling, Saint-Saëns había improvisado todo, más o menos mal; pero Wagner lo peor de todo. (Colling se calificaba a sí mismo de “fanático admirador de Wagner”.) Y por fin Colling dijo que lo que Saint-Saëns había improvisado mejor, era Liszt. Después improvisó Colling sin que Saint-Saëns lo interrumpiera ninguna vez. Y al final había dicho: “Este joven me ha vencido; pero es el único”. Así, con este final, me lo contó Colling. Y agregó que después se habían hecho muy amigos y que Saint-Saëns lo había invitado a una posesión que tenía en Argelia.


Casi todo el tiempo yo iba mirando al suelo para que Colling no tropezara. Recordaba que él se había quejado de que Héctor –el último lazarillo– no le avisaba al bajar y subir las veredas ni le advertía cuando había impedimentos; y él andaba a los tropezones y casi cayéndose. Yo había escuchado la anécdota de Colling con dificultad, con una atención desigual y como fragmentada. Y no era porque él se interrumpiera ni tampoco porque yo hubiera sido demasiado atraído, ahora, por los ruidos y la visión de la mañana; ni porque tuviera una guardia demasiado constante contra los tropezones de Colling. Más bien diría que era mi atención la de los tropezones; y que tropezaba en pensamientos incómodos, en ciertos impedimentos o angustias que yo había tenido siempre para no poder ser feliz en el momento que hubiera podido serlo. De pronto, mientras Colling hablaba, me di cuenta que me había atrasado en su relato y corría detrás de sus palabras dando traspiés y tratando de alcanzarlo. Entonces tenía que acudir al recuerdo reciente de sus palabras, cuando todavía no habían terminado de grabarse ni habían empezado a hacerse recuerdo. Y me daba fastidio tener que correr detrás del rastro, de las huellas frescas que iban quedando en la memoria; y me veía ridículo atrapando el eco y revisando apresuradamente su contenido. Si la anécdota de Colling hubiera sido una alfombra que se desenrollara mientras caminábamos y mis ojos hubieran sido llamados por su trama, dibujo y color, también podría decirse que había otras cosas que llamaban los ojos; y eran algo así como bultos que se movían debajo de la alfombra. Yo veía los bultos y los movimientos pero no sabía qué objetos los producían. Y entonces, para ahuyentar las angustias tenía que levantar la alfombra y descubrir los objetos; pero no tenía tiempo de observar estos movimientos de las angustias porque tenía que correr detrás de las palabras de Colling. Solamente cuando la conversación de él aflojaba o tenía poco interés, aprovechaban a entrar en mi atención los pensamientos de las angustias; ellos cubrían esos otros instantes y exigían que se les atendiera. Ya habían estado merodeando algunos: eran a propósito de la actitud que había tenido la muchacha del pañuelo en la cabeza. ¿No habría sido cierto que por ser una muchacha linda yo hubiera querido sobreponerme a ella diciéndole una palabra refinada? Para ella, “lazarillo” sería una palabra refinada. ¿Y que después me hubiera angustiado porque habría sentido que ella reaccionaba respondiendo con aquella actitud? Siempre me ocurría lo mismo con algunos hechos: yo era despertado por ellos; accionaba espontánea y alegremente; ellos llegaban inesperados y sorpresivos; y yo no sabía ni pensaba que después volverían y empezarían a merodear; ni cuáles de ellos serían los que me volverían, los que se me habrían quedado pegados con angustia. Cuando la muchacha me habló con aquella reacción, yo me quedé contemplándola; estaba completamente ocupado en contemplarla; y hasta en obedecerla, como cuando me dijo que entrara. Después, me había quedado en la memoria mi propia actitud pasiva; y me avergonzaba y me fastidiaba hasta la angustia. A veces atinaba, yo también, a reaccionar a tiempo. Pero mi maldito ritmo, mi lentitud, hacía que casi siempre llegara tarde o fuera de lugar. Entonces ésos serían de los hechos que después volverían. Y eran capaces de volver, hasta después de años. Y al recordarlos, de pronto, hacía inevitablemente, una contracción de todos los músculos.

Otras de las cosas que en aquella mañana me volvían, eran los bichos de Colling. Después de la sorpresa y de pensar en el escándalo que habrían armado en casa, si hubieran visto aquello, me di cuenta que en realidad a mí no me había causado una impresión tan grande como debía, que para sentir una gran repugnancia hubiera tenido que dedicarme a meditar sobre el desprestigio de aquellos bichos. Y entonces empecé a pensar si no me fallaría la sensibilidad, si no estaría sintiendo asco con conceptos prestados; y una serie de pensamientos más, de esos que apenas llegan a hacerse pensamientos.

Cuando Colling, en su anécdota, había nombrado a Schumann, yo había recordado el Carnaval y me habían atacado los deseos de embestir hacia él y la angustia de no poder hacerlo. Ese día, mi capricho tendría muchos opositores: personas, hechos, circunstancias; lo peor sería la clase de armonía; y no sólo porque esas clases cada día me resultaban más penosas y complicadas, sino porque además tendría que ocuparme de mi composición, la cual me había desilusionado. Y ahora, en vez de pensar en otra cosa, seguía pensando en eso: sentía la necesidad de atender los inconvenientes que se me presentaban como si se me hubiera despertado la pasión de coleccionarlos; tal vez porque así justificaba, en cierto modo lo que tomaba proporciones de desgracia; mi manera de protestar contra los opositores era mostrarles lo mal que me iba a causa de sus oposiciones. Pero a los opositores no les importaba nada de esto y el que salía perdiendo era yo, porque después que ponía en marcha ese sentimiento de disgusto no lo podía detener. Y todavía se me aguzaba más la susceptibilidad, se me hacía más delicada y me acarreaba más angustias. De ahí el sentirme desgraciado y ridículo corriendo detrás de las palabras de Colling para atrapar el eco; y de pronto pisarle los talones, detenerme, pensar en mi capricho y en la angustia que insistía sordamente como aquellos bultos que se movían con lentitud debajo de la alfombra; y volver a correr detrás de Colling y volver a pensar en los hechos que se me habían quedado pegados como patas y alas de insectos en un pantano.


A la hora de la siesta, mi hermana, la mayor, le leía los artículos de política que publicaba la revista Atlántida. Si esto hubiera ocurrido al principio de nuestras relaciones yo me hubiera sentido obligado –por alguna debilidad del momento– a acompañarlo en la lectura, aunque no me interesara. Como siempre, me hubiera costado entrar en ella; y después me hubiera costado salir. Pero ahora teníamos la suficiente confianza como para no sentirnos obligados a estar en la misma cosa si no nos interesaba a los dos. Entonces, me había tirado en la cama. Desde allí sentía la tos de Colling y empecé a pensar en su vida. Él no parecía sentir preocupación por ella: tenía puesta una vida vieja y se sentía muy cómodo. Claro que su vida vieja tenía bichos y eso no siempre sería cómodo; pues recuerdo que algunas veces en las clases, sin duda cuando ya no podía aguantar más la picazón, soltaba de pronto, con sorpresa violenta de resorte escapado, un manotazo que empezaba a rascar con rabia largo tiempo contenida. Ahora yo trataba de imaginarme cómo Colling habría llegado a eso, a tal estado de despreocupación. Tal vez si le hubieran dicho que alguien, alguno de sus admiradores, iría a su pieza y le mataría los bichos, para cuando él llegara no hubiera ninguno, él hubiera contestado “bueno” –como decía cuando yo le proponía una forma de resolver acordes de armonía que no tuviera errores. Pero si el matar los bichos implicara una inmediata molestia o incomodidad cualquiera, si en el momento de salir se le dijera que esperase un momento, que le iríamos a buscar a la farmacia polvos insecticidas, entonces hubiera rehusado el ofrecimiento: “, entonces ; puedo seguir como hasta ahora”.

También en su placer sería perezoso; por no ir a buscarlo a un lugar que no quedara cerca, obligaría al placer a arrinconarse en los lugares que primero se le presentaran; aquí, el placer, se le acomodaría en el inmediato hecho de rascarse.

La tristeza que me inspiraba el abandono de Colling, tenía distintos matices: cuando pensaba que él era abúlico por naturaleza, la tristeza tenía cierto matiz de gracia, era una humorada triste; si pensaba que él era así a consecuencia de la incomprensión de los demás, entonces me sentía aludido en alguna forma y la tristeza tenía cierta contrariedad que no se prestaba a describirla placenteramente. Acaso, para estar profundamente triste por alguien, habría que tener entre muchas otras cosas, una gran imaginación. Yo apenas alcanzaba a tener la impresión de que Colling antes no había sido así, o por lo menos hasta ese extremo; que de todas las cosas que habría hecho andar en su vida, la que había tomado más fuerza y conservaba más inercia, era la armonía. Y todo lo demás, se le iría muriendo primero. A lo mejor, antes, el orgullo de ser un gran músico se la habría extendido a todos los demás actos de su vida y habría mostrado más unidad o relación en sus actos; a lo mejor se le habrían juntado, a su joven orgullo, los deseos de mostrarse con actitudes o formas de vida que tuvieran tanta dignidad estética como la que él pensaba que habría en su arte. Después deben haber ido acentuándose las tendencias a dejarse ir, a emplear menos preocupación por todo lo que no fuera música; y a justificar su abandono con cierto concepto de fatalidad ya tan hecho en tantos espíritus; ya lo estarían esperando con los brazos abiertos los conceptos de que él no podría preocuparse de sí mismo –en el sentido del aseo– porque “estaba en otra cosa” y porque “a un artista se le perdona todo”. Pero Colling –por lo menos ahora– justificaba su desaseo de otra manera: “La culpa la tenían los demás, porque lo habían abandonado”. Una vez, en un café, me había dicho: “¡Debajo de este buen humor fránces, tengo un pesimismo!”. En aquel tiempo, aquella manera de hablar me había parecido una postura cursi. Después me he encontrado con franquezas expresadas en formas tan desmañadas y blandas, que en el primer momento me indignaron por su aspecto de falsedad; otras veces tenían cierta ridiculez tan cómica, que se necesitaba un gran esfuerzo para no reír; y no siempre el dueño de un dolor tenía a mano la expresión correspondiente, sabida por nosotros. Lo que daba más angustia, no era que se escondiera un dolor, sino que el que lo sufriera diera la terrible sensación de haberse equivocado de careta. Y Colling me había hecho equivocar muchas veces. Ya, en lo de tener juntas sus grandes virtudes y su poca higiene, me había predispuesto a querer encontrar en el misterio de otros hombres célebres, poca higiene cuando veía grandes virtudes. Y realmente, algunas veces no ocurría así.

Cuando aquella tarde nos encontramos en la sala, yo ya había tenido tiempo un rato antes, de tocar el Carnaval. Y todavía él, ya fuera por la oportunidad de tener por delante una obra importante o porque percibiera mi entusiasmo, me propuso que analizara algunas de sus partes. Recuerdo que también toqué mi composición, la que después de haberla abandonado por la saturación que me había producido y porque se me había despertado el entusiasmo del Carnaval, me pareció mejor. Y fue entonces cuando él, para corregírmela, se sentó al piano y tocó de memoria algunos trozos de ella; y cuando yo empecé a pensar en su memoria; y por ahí deben haber llegado a formarse aquellos conceptos y aquellos sentimientos sobre su obra y sobre su vida que tantas consecuencias tuvieron. No sé precisamente si fue aquella tarde o fue otra muy parecida, cuando también yo pensé en su memoria y después él me enseñó los modos chinos. Antes él me había contado, que habiendo oído dos veces una sinfonía que duraba cuarenta minutos, la había conservado tan bien en la memoria, que después había podido transcribirla entera para piano. Después me había empezado a enseñar los modos chinos. Hacía mucho tiempo él había compuesto una obra con ellos: se llamaba Manchuriana. Me dijo que como los modos chinos tenían algo de celestial, él los había aprovechado para describir un casamiento en Manchuria; o había inventado la boda para aprovechar los modos chinos. Después para darle “variédad” a la obra, había aprovechado la brusquedad pintoresca de unos acordes que había encontrado; y con ellos había interrumpido el casamiento haciendo pasar en medio de la boda, un batallón de cosacos. Después volvía la boda y al final se sentía el eco del batallón.

Aquella tarde, yo estaba triste. Al principio, la composición de Colling me dio una alegría de regalo infantil. Pero después fui sintiendo tristeza. Y me di cuenta que en la alegría que había tenido antes, ya venía empezada la tristeza. Era como una tristeza que dan algunos juguetes ajenos después del primer instante; cuando uno siente que no son lindos y que el otro los ama mucho. También era como una reliquia gastada que otro conserva. Colling había puesto aquellos muñecos –los novios de la boda y los cosacos– en una vitrina con telas de araña y todo estaba lejísimo, en su juventud. Y él no sabía que estaba lejos y con telas de araña; y vivía con aquel tiempo encerrado; y como se comunicaba con nosotros, él creía que vivía ahora. Pero seguía viviendo ahora con aquel tiempo de antes encerrado. Sabiendo poco uno de otro, nos entendíamos muy bien; pero vivíamos tiempos y vidas distintas.

Él tenía mucha memoria. Pero yo empecé a hacer poco caso de eso: eso era como una mala costumbre de él. Cuando viniera gente a oírlo, yo mostraría la memoria de él como si mostrara un mono viejo, cansado de hacer la misma prueba. Pero además de la mala costumbre de ponerse las cosas en la memoria, tenía la manía de improvisar; y en esto, la testarudez de un recordista.

Ahora Colling era como una estación de la que salían y a la que llegaban ciertos vehículos, más o menos siempre los mismos –aunque de pronto él los reformara y yo tardara un momento en darme cuenta que eran los mismos. Al principio me parecía que los vehículos fueran siempre distintos y de novedades sorprendentes. Y esto ocurría hasta cierto tiempo. Pero después las transformaciones o los cambios iban perdiendo iniciativa; y por más recorridos distintos que hicieran, ya empezaban a ser demasiado los mismos y se reconocía enseguida la empresa. De pronto empecé a descubrir que Colling se me presentaba, más como gerente o administrador de compañía de vehículos, que como creador de la empresa. Si se le pedía que improvisara al estilo de un autor, si se le daban, por ejemplo, cuatro notas para que improvisara al estilo de Beethoven, él ya tenía pronto el vehículo –Beethoven. Y cosa curiosa, según él, también se ponía en el espíritu de Beethoven. Al escucharlo se encontraba algo, formas, acordes que habían sido constantes en la vida de las composiciones de Beethoven: aquello tenía un fuerte gusto a Beethoven. Pero enseguida daba en cara, nos encontrábamos con la alegría engañada y con el fastidio de la adulteración. Aquello había sido hecho quién sabe con qué residuos de Beethoven, con qué consecuencias que se podían sacar después. Aquel Beethoven de cera daba tristeza. Pero se podía tomar un vehículo –Beethoven auténtico. Aquella falsificación no tenía objeto. Y entonces tomando una composición auténtica de Beethoven, todo cambiaba como en un sueño y las composiciones de Beethoven vivían y no había más vehículo.

Pero claro, Colling no pretendía hacer pasar como de Beethoven lo que era de él. Precisamente, el mérito estaba en que aquello no fuera de Beethoven; y que sin embargo se pareciera. Colling era un romántico falsificador de billetes, que no pretendía hacerlos pasar por verdaderos, ni pretendía comprar nada con ellos. Él no especulaba con billetes falsos. Al contrario, tenía interés en mostrar que aquello era suyo y que el hacerlo acreditaba conocimiento y habilidad. Y aquella habilidad caería en cabezas somnolientas de asombro y pensarían en los genios. Cuando la admiración empezara por la habilidad, seguiría suponiendo quién sabe qué cosas; y a lo mejor deducirían algo así: si un hombre puede imitar así la obra de los demás ¡cómo será la suya! Para mí, la suya era triste, como cuando un niño ama un juguete vulgar y lo guarda con cariño.

Pero mucha más tristeza me dio al mucho tiempo, al saber que él había mandado los muebles a depósito y que dormía en el Ejército de Salvación. Fue una de aquellas tardes cuando mi hermana, la de “Pobre María”, me dijo: “Mamá ya está convencida; ahora falta papá. Lo pondremos en la piecita donde está la escalera que va a tu altillo”. Y se nos abrió toda la alegría.

Una mañana llegaron los muebles: el roperito tuerto de madera blanca y la mesa de luz; la cama y otra mesa pequeña en la que él trabajaba. Él vendría al anochecer. En casa habíamos resuelto que cuando él llegara no habría nadie más que yo. Entonces le ofrecería lavarle los pies y era posible que aceptara. Estábamos muy contentos. Yo fingía tristeza y le decía: “¡Parece mentira, maestro, cómo lo han abandonado! ¡Pensar que ha tenido que ir a dormir a ese lugar donde a lo mejor hay bichos!”. Y él empezó a contestar antes que yo terminara la frase: “Yo en París era un gentlemán”, subiendo el tono la frase hasta terminar en el acento agudo de “gentlemán”. Cuando aceptó poner los pies en el agua, traje una gran palangana y empecé a sacarle los zapatos. Tenía puestos dos pares de medias. El primero se lo había dejado, porque si se lo hubiera sacado, le hubieran hecho doler mucho unas lastimaduras y barritos que tenía en las piernas. Yo se las fui sacando muy despacio y mojándole los pies con el agua tibia. Todavía recuerdo la luz de la portátil que daba sobre todo aquello. La situación era tan extraña, que mi cabeza, para animarme, me pensaba cosas como en broma. Cuando me encontré que las uñas al alargarse se habían hecho una garra doblada hacia abajo, la cabeza se me puso a pensar esto: tenía razón Darwin, el hombre desciende del mono.


Aunque su gran facilidad para improvisar y para memorizar, parecía que le hubiera avanzado hasta comerle la mayor parte de la cabeza y del alma; o que le hubiera salido de algún lugar de su persona y se le hubiera desarrollado fuera del contorno natural de su alma; a pesar de que hubieran bajado las acciones con que yo cotizaba sus virtudes –es cierto que le quedaba el organista; y en eso era un maestro–; a pesar de su estado, que en aquella época no se prestaba para ilusiones, la primera mañana que me desperté sabiendo que Colling estaba en casa, sentí su presencia como la de un prestigio aún no calificado. Había llegado a casa por un accidente, por un privilegio de circunstancias no comprendidas del todo. Había algo en su misterio que viajaba de incógnito. Uno confiaba en su inocencia y después estaba el misterio. Y todo era tan inofensivo como leer un libro de la antigüedad.

En la noche se levantaba a menudo y hurgaba en el cajoncito de su mesa de trabajo. Mi sueño liviano era deshilvanado por el ruido de sus pasos –siempre persistía en dormir con zapatos. Las etapas de mi sueño no se alejaban; porque mi sueño era confiado y las cosas que habían quedado cerca se juntaban para seguir.

La primera vez que lo vi lavarse las manos había abierto la canilla hasta que la palangana estuvo llena; después tomaba el jabón con la punta de los dedos y lo pasaba –con la lentitud con que manejaría una piedra maravillosa– por ambas caras de la mano contraria. Después sumergía las dos manos lentamente hasta que las palmas tocaban el fondo de la palangana y hacía algunos movimientos, igualmente lentos, siempre con las manos estiradas y los dedos juntos, como si moviera objetos de una sola pieza. Después, con la lentitud que tendrían los submarinos en aparecer en la superficie, las iba sacando y pedía la toalla. Otra vez, antes de ir a la mesa y cuando se le invitó a lavarse las manos, las sacudió una contra otra como si tocara los platillos en una banda y como si esperara que se desprendiera de ellas algún polvo fino, y dijo: “No hay necesídad”.

Lo vi enojado una vez, en broma. El roperito tuerto estaba lleno de manojos de papel en blanco, que para él estaban escritos porque tenían puntos en relieve. La mañana del enojo en broma acomodaba los manojos y decía: “Ésta es la miseria en cuatro tomos”. Pero cuando reíamos hasta las lágrimas, era cuando cantaba: cantaba nombrando las notas y también las alteraciones; pero mientras nombraba las alteraciones pasaban como de contrabando, otras notas. Por ejemplo, si cantaba las ocho notas de la escala –contando la octava– decía: “do-na-tu-ral-y-re-tam-bién”. En rigor había nombrado las dos notas, do y re; pero mientras decía: “natural y también”, pasaban todas las demás. En medio de un melancólico nocturno de Chopin, cuando de pronto cantaba: “y mi bemol también” no era posible no entregar el alma a una manera tan ingenua de la alegría.

En casa decían que él se disgustaba cuando no cumplimentaban al lazarillo. En ese tiempo el lazarillo se llamaba Héctor y tenía ocho años. Se le daban revistas para que las mirara en el comedor. Y cuando había dulce con almíbar se le servía un plato. Una tarde mi hermana menor me llamó para que desde un lugar escondido viéramos al lazarillo: después de haberse comido el dulce del plato iba al aparador, metía las manos entre una sopera que tenía dulce de boniato, sacaba los pedazos chorreando almíbar y los echaba en su plato.

Siempre que mis hermanas subían a mi altillo se ponía al pie de la escalera para verlas mientras subían. Tenía unos ojos negros inmensos que se le llenaban de lágrimas cuando se reía de los cuentos de Colling. En su casa comían mucho y con vino. Una vez lo vi en un estado impresionante. Estábamos con Colling en los bajos del Templo Evangelista, donde preparaban largas mesas para un banquete. Después que invitaron a Colling y éste rehusó y cuando la presidenta de la comisión se hubo retirado, el lazarillo, con los ojos desorbitados se prendía del sobretodo de Colling y con desesperación salvaje le gritaba “aproveche, aproveche maestro”.

Colling tomaba mucho, pero jamás puede decirse que se le notara el más insignificante síntoma de ebriedad. Tomaba fuera de casa porque Petrona le sacaba las botellas de caña. Primero él las escondía –en el roperito, debajo de la cama, etc. Después Petrona, con su viejo procedimiento les cambiaba la caña por agua; y él con el suyo, después las traía de afuera con agua.

Una mañana creí que estaba muerto. Era el mediodía y no se había levantado. El lazarillo esperaba con tanta inmovilidad como el perro de los discos Víctor que escuchaba la voz del amo. Cuando lo fui a despertar estaba amoratado y no le oía la respiración. Tampoco lo podía dar vuelta porque como el centro de su cama casi tocaba en el piso, dormía casi sentado. Entonces, después, le rogué que no tomara mucho porque yo tenía miedo. Y él lo aceptó de muy buena manera. También le dije que si después del próximo concierto se compraba un colchón, nosotros le arreglaríamos la cama. También aceptó bañarse y ropa interior. Después del baño tenía el pelo blanco y nos acercábamos y lo tomábamos del brazo como en una reconciliación que había sido precedida por un largo resentimiento. Él me confesó que estaba incómodo porque se había puesto no sé qué ropa con la abertura para atrás. Después decía que se bañaba en “La Sagrada Familia” –el colegio donde iba a comer. Y creo que hasta llegó a dormir algunas noches sin zapatos. Pero ésa fue la época de su última tentativa con el mundo de la higiene.


Así como el sentido de lo nuevo –cuando yo llegaba a un país que no conocía– de pronto se me presentaba en ciertos objetos –las formas de las cajas de cigarrillos y fósforos, el color de los tranvías (y no siempre el espíritu muy diferenciado de las gentes)– Colling me dio un sentido nuevo de la vida con muchas clases de objetos. Yo observaba sus hechos, sus sentimientos, el ritmo de sus instantes, como otros objetos, o con sorpresa de objetos. Una noche yo iba subiendo la escalera y en una oscuridad densa él trabajaba en el cajón de su mesa. En cada uno de los cuatro rincones tenía una pila de figuritas de cajas de fósforos y en cada figurita había una fórmula de armonía hecha en puntos. Hacía con ellos combinaciones que nunca pude comprender. Él me decía que en un rincón estaba la música de cámara, en otro la de ópera, en otro la de instrumentistas y en otro música sinfónica. Esa noche había hecho tan extrañas combinaciones, que llegó a decirme: “¿Sabe una cosa? Que tiene razón Stravinski, Prokófiev, Ud. y todos los locos como Ud.”. Antes había sido muy enemigo de ellos. Otras veces escribía en la pizarra de puntos –algo complicada de explicar– y decía que eran novelas de apaches; que eran como las de Tit-Bits de aquí; y que con eso había ayudado a vivir a los hijos en París. Otra vez, después que yo vine de una ciudad lejana donde iba una vez por mes a ver una novia, él me había dicho: “Ud. va a buscar la belleza fuera de aquí teniéndola en su propia casa; si yo tuviera unos años menos le arreglaría las cuentas”. Se refería a mi hermana mayor, la de “Pobre María”, la que le leía. Yo contestaba con una sonrisa que él no veía. Debo haber sonreído así la última vez que lo vi, cuando nos mudamos nuevamente de casa, a una de los suburbios y él se acomodaría en otra del centro. Ya en la vereda, cuando cerrábamos la casa vacía, me contaba otro hecho en que su poca higiene había llegado al colmo. El lazarillo se reía y yo debo haber hecho la sonrisa. Después me fui a otra ciudad lejana. Y cuando vine, después de un año, me dijeron que había muerto en el Hospital Pasteur, a consecuencia de la bebida. En realidad nunca supe a consecuencia de qué había muerto. En el momento en que me lo dijeron, era un poco después de cenar. Y recuerdo que paseando debajo de grandes árboles, pensé –como se suele pensar en esos casos– en la edad que tendría al morir: tendría cincuenta años, porque dentro del año en que vivió en casa cumplió los cuarenta y nueve. Después pensé en su misterio.

Si alguna vez fui llamado o hice un movimiento instintivo hacia otra persona cuando el misterio de ella me hacía alguna seña y esa seña era desconocida por la misma persona, yo me sentía tentado a seguir una pista como escondiéndome entre árboles; y sintiendo con ternura lo pequeños que seríamos bajo tan inmensos árboles. Cuando Colling empezó a vivir en casa, me encontré con que su misterio estaba lleno de señas y de pistas; pero no era necesario seguirlas: ellas desfilaban por mi contemplación; y también concurrían o pasaban otras cosas. Como si en aquella noche de los árboles, yo olvidara la pista, mirara los troncos, oyera el viento en las copas, mirara cómo las ramas se juntaban y se separaban bajo cielo con estrellas, pensara que las hojas, por más murmullo que hicieran no se dirían nada. Y cosas por el estilo.

Cuando Colling vino a casa, aquellas ideas que se amontonaban y hacían conceptos y provocaban sentimientos de desilusión, no ocupaban toda la persona de Colling: no se extendían por todo su misterio ni tampoco desaparecían del todo: los conceptos y las desilusiones eran unas de las tantas cosas que entraban en el misterio de Colling. No sólo el misterio se hacía intrascendente sino que necesitaba que entraran ideas trascendentes. Pero éstas eran una cosa más: objetos, hechos, sentimientos, ideas, todos eran elementos del misterio; y en cada instante de vivir, el misterio acomodaba todo de la más extraña manera. En esa extraña reunión de elementos de un instante, un objeto venía a quedar al lado de una idea –a lo mejor ninguno de los dos había tenido ninguna relación antes ni la tendrían después–; una cosa quieta venía a quedar al lado de una que se movía; otras cosas llegaban, se iban, interrumpían, sorprendían, eran comprendidas o incomprensibles o la reunión se deshacía. De pronto el misterio tenía inesperados movimientos; entonces pensaba que el alma del misterio sería un movimiento que se disfrazara de distintas cosas: hechos, sentimientos, ideas; pero de pronto el movimiento se disfrazaba de cosa quieta y era un objeto extraño que sorprendía por su inmovilidad. De pronto no sólo los objetos tenían detrás una sombra, sino que también los hechos, los sentimientos y las ideas tenían una sombra. Y nunca se sabía bien cuándo aparecía ni dónde se colocaba. Pero si pensaba que la sombra era una seña del misterio, después me encontraba con que el misterio y su sombra andaban perdidos, distraídos, indiferentes, sin intenciones que los unieran. Y así el misterio de Colling llegó a ser un misterio abandonado. Pero desde aquellos tiempos hasta ahora, el misterio ha vivido y ha crecido en los recuerdos. Y vuelve a venir en muchos instantes y en formas inesperadas. Ahora recuerdo a una de las longevas, la que salía a hacer visitas. Tenía un agujero grande en un lugar del tul; y cuando venía a casa se arreglaba el tul de manera que el agujero grande quedara en la boca. Y por allí metía la bombilla del mate.