Ir al contenido

Ramos de violetas 06

De Wikisource, la biblioteca libre.
Nota: Se respeta la ortografía original de la época


Cartas íntimas

A mi hermana en creencias A. M.


N

ERMANA mía: Por segunda vez te confío mis impresiones, porque la comunicación de las ideas es la cadena magnética que une á la humanidad.

Entre los innumerables beneficios que reporta á la raza humana el Espiritismo, uno de ellos es, sin duda alguna, la libre y ámplia discusión que sostienen los espiritistas con todas las escuelas filosóficas del mundo.

Los adeptos de la vida de ultratumba no dogmatizan, no dicen: «Creed porque lo manda la fé; sino investigad, preguntad á la razón el porqué de las cosas, la causa de los efectos; y solo por el conocimiento práctico, por las verdades matemáticas que presentan los hechos consumados, en la historia de los siglos, queremos os convenzais de la existencia de Dios, y que seais como Santo Tomás, que solo viendo y tocando creyó.»

Dice Roque Barcia: «Sembrad ideas y recogereis hombres.» Este profundo pensamiento encierra todas las tendencias de las revoluciones sociales: todos los adelantos á que está llamada la humanidad; y á los espiritistas les estaba reservado dar el gran paso en la senda del progreso.

Actualmente se discute en la sociedad espiritista española, las bases fundamentales del Espiritismo y las teorías del bien y del mal.

Las escuelas católica y materialista impugnan los principios de la religión única, de la religión que no rechaza la razón, y que será la estrella polar que lleve al puerto de salvación á las generaciones futuras.

Los católicos romanos encerrados en un círculo muy pequeño, parapetados en su fé ciega y en sus fanáticos misterios, no pueden sostener con ventaja la lucha de las ideas.

¿Cómo han de sostenerla los que no han tenido más argumentos para convencer á sus víctimas, que llevarlas al pie de las hogueras y decirles: ¡Cree ó muere!...

Les falta lógica, les faltan pruebas para demostrar que su Dios vengativo, es el Dios que irremisiblemente debemos adorar.

Los católicos romanos terminan siempre sus discursos diciendo: «Creemos lo que nos manda la santa madre iglesia.»

¡Lo que nos manda!... ¿Luego son esclavos de un pensamiento superior, cuando rebajan su imaginación hasta el extremo de creer sin razonar lo que creen?

Verdaderamente que inspiran compasión esos hombres, que se despojan de todos sus derechos legítimos, para vivir dominados y subyugados por los sofismas de la superstición y del error.

Los materialistas tienen más ventaja para luchar, porque son más instruídos, porque tratan de apoyarse en la ciencia; y aun cuando ésta, no responde categóricamente para darnos cuenta de todo lo que sentimos porque hay un algo superior sobre la física y la química, da lugar al menos á brillantes y científicas polémicas, donde el Espiritismo puede probar, hasta la evidencia, el eterno poder de un Ser supremo, que es el que le presta electricidad á ese telégrafo humano que se llama hombre.

¡Cuan cierto es que de la discusión brota la luz!...

¡Cómo se engrandece la vida á nuestros ojos, cuando vemos á esos profundos pensadores, á esos sabios locos, buscar en la ciencia el principio y la causa del yo pensante; que los materialistas la derivan de la electricidad cerebral, diciendo que de las impresiones externas nacen todas las ideas!

¡Todas las ideas!... Si sólo de las impresiones terrenas reciben vida las sensaciones, surgen las ideas y se forman pensamientos, ¡qué pequeñas! ¡qué mezquinas serían nuestras aspiraciones!...

¿Y los grandes filósofos? ¿Y los que soñaron y vieron nuevos continentes? ¿Y los genios benéficos que nos inician en otras existencias? ¿de dónde reciben esas inspiraciones? ¿De lo que ven en la tierra? no, mil veces no.

Y los mismos materialistas, los que abominan la injusticia humana, ¿porqué no aceptan como moneda corriente el régimen social? ¿Quién les inspira para desear el mejoramiento del orbe? ¿Quién les dice que el vicio asciende y la virtud se hunde? ¿Quién les despierta? ¿Quién? ¡Dios!

Ese Dios que niegan y que no quieren conocer, á pesar de que les habla tan alto á su entendimiento y a su conciencia.

Grande le llaman al siglo XIX, puesto que lo denominan el siglo del vapor y de las luces; pero todos sus adelantos científicos, todos sus progresos materiales, en la perforación de las montañas, en la división de los mares, en los telégrafos submarinos, en los descubrimientos astronómicos, nada valen en comparación de la ciencia nueva, por que hasta ahora, sólo ha progresado el hombre materialmente, pero en la parte moral no diremos que está como los primeros siglos de barbarie, ¡mas le queda tanto que aprender...! tiene que cambiar de tal manera sus instintos, que ha de pasar mucho tiempo aun, antes que la criatura se convenza que no basta el no hacer daño, que es necesario hacer bien.

Dijo Cristo: «que el que no fuera bautizado de agua no entraría en el reino de los cielos». El Jordán bendito á que aludía el mártir de Nazareth, era el agua de la caridad, de la mansedumbre y del amor.

El Espiritismo es la catarata universal, es el torrente impetuoso que ha de arrastrar la escoria que hay en la superficie de la tierra, y como la draga limpia el fondo de los puertos, del mismo modo penetrará en nuestra conciencia, donde se encuentran petrificadas la indiferencia y la duda.

¿Qué se puede esperar del que duda de todo? el retraimiento. ¿Qué abnegación, qué sacrificio se le podrá exigir al que dice con sonrisa desdeñosa: Yo á ese mundo le doy nada por nada...

Para el reloj de la eternidad los siglos serán segundos, pero para la medida del tiempo humano, los años se hacen siglos y nos parece que marcha con demasiada lentitud el progreso moral.

El Evangelio! Esa recopilación grandiosa de los más sublimes pensamientos! ese código divino! esa historia cuyo prólogo fué la muerte de Jesús, y cuyo epílogo aun no ha visto la humanidad; de qué manera tan absurda y tan errónea ha sido comprendida, hasta que el Espiritismo ha venido á demostrar la base en que se apoyaba esa fábrica grandiosa que se llama naturaleza: esos millares de mundos animados por el fluído de Dios.

¡Atrás, falsos milagros! Dioses y apariciones, pasad! y dormid en la tumba del olvido.

Cuando se comprenda el Espiritismo en lo que vale, se volverá á reproducir la edad de oro de los patriarcas, pero ésta, será más feliz que aquélla, porque entonces el entendimiento del hombre era mucho más limitado que ahora y eran las criaturas buenas, por que no tenían medios de ser malas, la comunicación de los pueblos apenas se conocía y no podían transmitirse los unos á los otros sus dulces ó feroces instintos, sino de tiempo en tiempo, y las tribus vivían cuidando sus ganados porque no habían visto un más allá.

A la edad de oro del porvenir le servirá de pedestal la ciencia, el análisis de todos los fenómenos físicos y morales, y el verdadero conocimiento de un Dios justo y clemente.

Decía Fernán Caballero en uno de sus inimitables cuadros de costumbres: «Prefiero que mi hija sea buena á que sea feliz.» ¡Pensamiento profundo que debe servir de guía á la humanidad!

La felicidad, según se entiende en la tierra, consiste en un egoísmo refinado, en proporcionarse el individuo toda clase de goces y comodidades, sin cuidarse del que nada posee; y cuando de lo supérfluo sobre, entonces arrojar al mendigo algunas monedas sin mirarle la cara.

La felicidad, según el evangelio, no debe cifrar su ventura en la molicie y en el sibaritismo de las riquezas, sino en consolar al que llora, en instruir al que no sabe, y en prodigar á nuestros hermanos un amor sin límites.

¿Qué senda seguiremos nosotras, hermana mía? Creo que optarás por practicar la verdadera caridad, por amar siempre, sin odiar á los ingratos; y cuando multiplicados desengaños hagan pedazos nuestro corazón, recordaremos las últimas palabras de Cristo: y así como él pedía el perdón para aquellos que le crucificaban, así nosotras pediremos misericordia para todos los seres que despiadadamente han ido marchitando una por una las ilusiones de nuestra vida.

¡Bendito sea el Espiritismo con sus lógicas esperanzas; con sus verdaderas recompensas y su inextinguible porvenir!


1873.