Recordación Florida/Tomo II Libro XIV Capítulo II

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


CAPÍTULO II.


De los pueblos que hay en este valle de Jilotepeques, y la cueva memorable de Mixco sita en éste, donde antes tuvo asiento este pueblo Mixqueño.

 El primer pueblo deste valle de Jilotepeques, que se encuentra yendo de esta ciudad de Goathemala á aquel país y territorio, es el de San Jacinto, de pobre y estrecha fundación, á esta parte, antes del río de Pixcaya, y después de él está el de San Martín Jilotepeques, de quien toma nombres lo general deste valle. Es de numeroso pueblo, rico y acomodado en lo acaudalado de sus vecinos indios. Resplandece en él un suntuoso y magnífico templo, enriquecido y decorosamente ilustrado con ricos y primorosos adornos y alhajas excelentes del adorno de sus altares, en que resalta y se prueba el atento desvelo y cuidado religioso de la ilustre y docta familia de Predicadores, empleado en este caritativo y loable ministerio religioso de superiores prendas. El país es regalado con abundancia de pescado, anguilas, bobos y espinosos, muy proveído de excelentes carnes y caza de ambos géneros, pródigo en sazonadas y diversas frutas, y abundante de aguas delgadas y ligeras. Dista desta ciudad de Goathemala ocho leguas, cuya cercanía le hace á este pueblo más regalada y abundante campiña, para lo que el país para su propia naturaleza no produce; recambiando y retribuyendo á Goathemala en sus frutos no poco ni despreciable logro, especialmente en el género de trigo que llaman pelón, que lleva y cría la espiga sin género ni muestra de raspa, cuyo pan es de nutrición ligerísima y fácil, y de excelente gusto, sobre muy blanco. Beneficianse sus harinas en grandes y buenas tahonas que hay en aquel dilatada valle, en poder de españoles, que por su excelencia y buen despacho las buscan de muy remotas partes de la sierra. Acompañan á estos dos pueblos otros dos muy numerosos de pueblo, y muy acomodados, bien que más extraviados y metidos adentro de lo más retirado al centro del valle, hacia la parte de Tramontana; y son: el de Santa Apolonia y el de Santa Cruz Balanyá, donde se coge toda suerte de frutas de Castilla, muy sazonadas y buenas, excepto uvas y cirguelas (no careciendo de las que produce esta región.)

 Hubo en esta villa larga y sangrienta guerra, que queda referida y anotada en el capítulo iv del libro XII, que trata de la toma y conquista de Mixco; y aquí en este valle de Jilotepeques se descubre y manifiesta con prueba evidente y palpable la Cueva encantada de Mixco, porque entre el río de Pixcaya y el Río Grande, en la lisa y descubierta llanura de la eminencia de aquel sitio, á medio cuarto de legua distante del ingenio ó trapiche de hacer azúcar de Luis de la Roca, catalán, está el territorio que le sirvió muchos años de majada á este sujeto, que llaman los Cimientos, porque en él se ven por mucho trecho cimientos y ruinas de antiguos desmoronados edificios, que muestran en sus vestigios testimonios y señales de ostentativas y maquinosas fábricas, que fué la antigua y primera fundación del numeroso y crecido pueblo de Mixco; después de su conquista y sujeción, desamparada por orden de los españoles y trasplantada y traída al sitio y valle que hoy tranquila y pacíficamente gozan con mucho crecimiento de pueblo. Está este sitio circunvalado y ceñido de peñasquería tajada y pendiente á mucha y peligrosa profundidad, sin más que una entrada ó subida para repechar la eminencia, á donde estuvo colocada la antigua poblazón; quedando de esta manera sita y establecida como sobre un peñol, pero con extendido y desenfadado terreno. Y aquí, en el sitio y hacienda de Luis de la Roca, es donde se descubre y manifiesta entre estos caducos y desplomados edificios la boca de la cueva que acerca de Mixco describimos dudosa, y aquí no se manifiesta de lejos porque á un costado del ámbito que ocupan y llenan los cimientos, sobre una mesa, que como ombligo ó reventazón levanta la propia tierra, está manifiesta su puerta, labrada primorosamente en cuadro por espacio á el parecer de tres varas por costado; y aunque deshecho y arruinado en parte el marco que la orla y la ciñe por ser de barro, muestra y descubre primor y esmero en arte de arquitectura dórica, según algunas metopas, que en lo que permanece de las ruinas se señalan y descubren en cabezas de ciervos, conejos y culebras enroscadas; que no me admira ni extraño alcanzaran este excelente y provechoso arte, y otros mucho más primorosos, teniendo como tenían por maestro y conductor á el demonio: lo que sí me ocasiona maravilla es como desbarataban y amasaban el barro para darle tan firme y durable consistencia; mas dicen algunos indios antiguos que lo amasaban con zumo de cebollín, que es una hierba á manera de la lechuguilla, aunque cardosa y llena de espinosas puntas. Nace y se cría el invierno con abundancia por todas las llanuras, y molido este género de cebolleta desbarataban en el agua con que amasaban el barro. En esta boca de la cueva, á el un costado de ella, como en las bóvedas y enterramientos de nuestras iglesias, se derrama y tiende una desenfadada escalera labrada de cantería en piedra de grano; cada escalón de una robusta y ancha pieza, embebido por los términos de los cabezales en lo cortado que hace espacio á la misma capacidad de la escalera en el cuerpo de el tetpetate, ó peña, que se cortó para su fábrica; y según dicen los que han entrado á ella se baja por treinta y seis de estas gradas hasta un descanso que hace á manera de una sala, capaz y despejadamente grande, que tendrá en la circunvalación de su pavimento sesenta varas en cuadro, y de allí prosigue la entrada de la cueva; no habiendo adelantado, los que han entrado, muchos pasos, porque se continúa en forma tortuosa, y no dicen si así se prosigue hasta el fin ó muda forma á alguna distancia de su secreto camino, porque han retrocido y vuelto á salir obligados de el espanto, á causa de que ninguno ha entrado ni llegado cerca de la segunda boca sin que tiemble con espanto y estrépito todo aquel sitio; por cuyo motivo le llaman generalmente los indios de aquel término tierra viva. Aseguran estos mismos indios ancianos haberse encerrado allí gran tesoro, que puede tener mucha certeza, porque á la cueva sólo por la cueva, sin otro interés, no la habían de defender con encantos, cuando ya no les ha de servir para defensa ni retirada como antes la hacían por ella para no ser dominados de nuestras armas: y lo aseguran más las grandes llamaradas y incendios que de noche se ven salir por la boca de ella, que se divisan y columbran de muy larga distancia; pero llegando cerca se extingue y apaga la claridad de aquella gran candelada, que por fuerza del tesoro ó del encanto se enciende. Pero volviendo á la labor material de la cueva, se halla al bajar por ella, á la mitad de la escalera, á la parte diestra de su entrada, otra boca que á manera de arco perfecto y de excelente simetría se señala, que entrando por ella se bajan otras seis gradas de la misma piedra y labradas al mismo esmero de la principal escalera, y después de haberla bajado se entra á frontón por un medio cañón abierto á pico por la distancia de una bastante cuadra; desde cuyo término en adelante no me atrevo a descubrir lo que de ella admirable y espantosamente dicen algunos ancianos indios y españoles que la han visto, y otros por tradición corriente (quizá con adulteración), porque son tales y tan estupendas las cosas y maravillas que desta cueva se dicen, que tengo por mejor y más acertado consejo dejarla á la especulación de quien gustara de examinarla, que referir sus circunstancias, y más en cosa que no he examinado con la inspección propia; bien que con noticia de personas fidedignas que me lo han comunicado, y entre ellas Andrés de la Roca, catalán dueño del sitio, y Fr. Tomás de la Roca, religioso de Nuestra Señora de las Mercedes, su hijo. Afirman muchos destos ancianos que esta segunda sala era lugar de adoratorio y sacrificadero, donde imploraban por el agua al Dios de aquella cueva, que, según dicen, era una fuentecilla á quien llamaban Cateyá, que quiere significar madre del agua, y que á esta sacrificaban y ofrecían niños, vertiendo sobre la misma fuente toda la sangre de sus miserables y tiernos cuerpecillos;[1] llevando la desdichada víctima al sacrificio sus propios padres con festiva y regocijada danza, acompañada de música de varios instrumentos de flautas y caracoles, cantos y versos compuestos á semejante plegaria y sacrificio, y el niño que había de morir muy ataviado y engalanado con ropas ricas y finas, labradas y tejidas de variedad y matices de colores: fundando esta detestable y aborrecible crueldad con la locura y vanidad que todas sus supersticiones, en que el agua es un Dios que sabe muchos caminos y tiene mucha fuerza, pues se sube á el cielo para llover, y que así el agua de Cateyá, mejor y más facil podría andar por la tierra.

 Esta es la cueva memorable y ignorada de Mixco, y en que á la verdad, si se repara, siendo maravillosa, es comprobación de que los indios antes de la venida de nuestros españoles no carecían de arte ni menos de instrumentos para la ejecución y pulimento de sus obras; siendo más dificultoso y extraño labrar de la piedra de Chay una espada con su canal en medio, una lanza y puntos de saeta, de que hoy encontramos y vemos infinito y inagotable número de fragmentos y piezas enteras de semejantes armas por todo lo que andamos y discurrimos con frecuente comercio por todos estos valles, siendo materia tan vidriosa y delicada y menos sujeta al golpe del instrumento, que no fuera proporcionado á la debilidad y delicadeza de las piezas y vidrioso de la materia que pulida y delicadamente labraban; que lo demás, labrado en lo bruto, tosco y resistente de una piedra, ó en lo trabado y firme del tetpetate. Ninguno habrá tan rústicamente rudo que piense no tenían instrumentos, pudiendo discurrir en verdad que todo esto labraban y hacían sobre dibujo á golpe de las hachuelas de metal campanil que en los partidos de Tecpan-Attitlan, Attitlan-Totanicapa, Quetzaltenango y Cuchumatlan duran y se conservan, que en las demás partes han escapado pocas del rescate con que con ansía las procuraban y consumieron los españoles, por el interés de cuatro y cinco castellanos de oro que afinándolas sacaban de cada una; siendo este metal el mejor y más selecto que hay descubierto para la fundición de campanas y artillería; haciendo á las unas dulces y claramente sonoras, y á la otra reforzada y durable. Pudiera sacarse mucho deste metal de la mina que tienen hoy en labor los indios del Cuchumatlan alto; de donde, siendo yo corregidor, lo ví en planchuelas y en mucho número. Pero la piedra chay tiene otro arte en su labor, lo cual diré en esta Primera parte, si acaso diere lugar el tiempo á cumplir con lo que el Rey mi Señor me manda le remita esta Primera parte.

  1. Torquemada, libro x, cap. x, folio 269.