Recuerdos de la campaña de África: 08

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Capítulo VII
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Recuerdos de la campaña de África Gaspar Núñez de Arce


Aprovisionado y repuesto el ejército, dispuso el conde de Lucena que siguiera su interrumpida marcha. Necesitábase franquear las angosturas de Monte-Negrón que, no muy lejos de nuestro campo se divisaban, y con este objeto el día 13 de enero, al romper el alba, los marciales ecos de las músicas, pusieron en movimiento a todas las divisiones; levantaron éstas las tiendas y casi con la luz de las estrellas enderezaron sus pasos hacia los terribles desfiladeros que guardan el valle de Tetuán. Antes de llegar a ellos, en la orilla misma del mar, alzábase una atalaya medio arruinada, como todas las que coronan estas costas, y a sus pies como una docena de chozas de anea y cañizo, miserable y escondida vivienda de algunas familias moras cuyo hogar había apagado el estruendo de la guerra. Aquí fue donde primero se entabló la acción, que no tardó en generalizarse por toda la línea.

Veíanse bajar por entre los matorrales multitud de enemigos, diseminados en grupos de diez a veinte hombres cuando más, y las crestas inmediatas aparecían pobladas de marroquíes a pie y a caballo, que se dibujaban fantásticamente en el espacio como las sombras de los hunos, según la leyenda alemana. Las alturas que defendían, así como las posiciones que ocupaban cerca de la atalaya y del aduar abandonado, cayeron en nuestro poder, y donde antes se perdía la vista contemplando un número considerable de moros en orden de batalla, vimos resplandecer las victoriosas banderas de España.

Desalojados de todas partes los enemigos, aun se hubieran resistido, si un fuerte aguacero no hubiese venido a suspender la lucha. Los moros se retiraron desordenadamente camino de Tetuán, y nosotros acampamos sobre Monte-Negrón, teniendo franco el paso para aquella ciudad, donde se cifraban todos nuestros deseos.

Sobre el Cabo-Negro se levanta un castillejo cuadrilátero con almenas y ventanas, donde hasta aquel momento vivirían probablemente algunas familias mahometanas, tal vez el vigía que había observado de día y de noche los adelantos de nuestro ejército, como la verdadera personificación del miedo que reinaba en Tetuán. El cabo está cortado perpendicularmente sobre el mar, y hay a su pie un peñasco, acaso desprendido de la oscura roca, que semeja, visto de lejos, el casco de un navío abandonado al furor de las olas.

Cuando la acción estaba más empeñada, llegó a aquellas playas desde Cádiz la división del malogrado general Ríos, cuyo desembarco no se verificó hasta dos días después.

Cuando la retaguardia de nuestro ejército abandonó el campo para tomar nuevas posiciones, prendió fuego a las trincheras detrás de las cuales había estado resguardado todo el ejército. Nada más pintoresco que el espectáculo de aquella serpiente de llama que recorría rugiendo, como una faja sangrienta, la larga extensión de terreno en que nuestras tropas habían acampado. El incendio duró un gran rato; después sólo se vieron inmensas espirales de humo; después nada. El fuego en su obra de destrucción se había anticipado al tiempo.

La noche que pasaron nuestros soldados fue cruel. La lluvia no cesó un momento de caer con fuerza y fue de todo punto imposible armar las tiendas. Entre las varias aventuras que entonces corrieron muchos de mis amigos, sólo citaré las de un distinguido artista, que, en medio de la oscuridad y de la lluvia, se perdió entre los enmarañados desfiladeros de Monte-Negrón. Después de haber estado vagando inútilmente toda la noche, solo y sin guía, sin saber a donde dirigirse, divisó a altas horas de la noche, y durante uno de los intervalos del aguacero, una luz lejana, amortiguada por la distancia. ¿A quién pertenecía aquella luz? ¿La habrían encendido los moros o los cristianos? Mi amigo lo dudaba; mas cansado de recorrer el monte, se decidió a buscarla y ver si de una manera u otra salía del laberinto en que estaba metido. Aceleró, pues, el paso; pero antes de llegar, la lluvia volvió a apagar la hoguera: y se extravió nuevamente en aquellos peligrosos desfiladeros. Por fin, reanimose otra vez la amortiguada llama; y tomando todas las precauciones necesarias por si acaso los que la encendían eran enemigos, nuestro fatigado compatriota, rendido, calado, falto de aliento, se aproximó a ella. Su alegría fue indecible, cuando vio que los que se calentaban al amor del fuego, eran un cantinero y un asistente que también se habían perdido en las intrincadas angosturas del monte. Concediéronle franca hospitalidad, porque no les pesaba contar con un brazo más en aquellas soledades, y allí se preparó como mejor pudo para aguardar el día. En una de las excursiones que el asistente hacía para buscar leña con que alimentar la hoguera, tropezó nuestro hombre con vaca, y volvió corriendo para poner en conocimiento de sus arrecidos compañeros de desgracia, el descubrimiento que acababa de hacer. Después de una viva discusión, resolvieron los tres apoderarse de la presa, imaginando que debía pertenecer a los moros, y en virtud de esta resolución se encaminaron hacia el sitio en que el asistente la había visto. En efecto, allí estaba; adoptáronse todas las medidas y disposiciones convenientes para asegurar la caza; pero ¡oh fatalidad! en el momento crítico, una imprudencia del cantinero la espantó, y la vaca mugiendo salió escapada. No desistieron ante este primer descalabro, y se lanzaron en busca del animal; más,¡cuánta no sería su sorpresa cuando a los pocos pasos, dieron con otro de la misma familia, y más allá con otro, y luego con otro, y luego con otro, como las cabras del cuento de Sancho!- Miráronse, no sin temor, nuestros improvisados cazadores y resolvieron volver a su madriguera recelosos de haberse metido en campo enemigo, y ya habían empezado a poner por obra su prudente determinación, cuando una voz; que para ellos debió soñar como la de un ángel, y que preguntaba no sin inquietud también: ¿Quién va? vino a detenerles en su marcha. Nuestros asendereados compañeros habían llegado en persecución de la vaca, a los últimos límites de nuestro campamento, donde pastaba tranquilamente, bien ajeno de que pudiera ser cazado por sus propios defensores, el ganado, que, el ejército llevaba consigo para no carecer de carne fresca. A esta casualidad debieron los tres extraviados su feliz incorporación a las divisiones cristianas.

Con ánimo de presenciar el desembarco de la división Ríos, al otro lado del Cabo, y no, perder tampoco ningún incidente, si como se anunciaba, la escuadra tenía que bombardear el Fuerte-Martin. Para facilitar la entrada de nuestras tropas en el valle de Tetuán, y pase aquella misma noche a bordo de un vapor. Yo creía que desembarcaríamos al día siguiente; pero no fue así y tuve que permanecer otra noche más en buque; pero una noche poética como es difícil imaginarse; noche más a propósito para sentir que para consagrarla a las inquietudes de la guerra.

El mar estaba poblado de naves. El tibio resplandor de una luz, destacándose entre la sombra, nos anunciaba que allí había un buque, y un buque en aquella tierra maldita era una esperanza consoladora. Dibujábase a poca distancia del campamento la oscura punta de Cabo-Negro, penetrando en el mar como un inmenso foco de luz rojiza y brillante que hería los ojos: era el aduar, situado al pie de la derruida atalaya, que había sido entregado al fuego para no dejar detrás de nuestro ejército aquella miserable madriguera de piratas o de bandidos. Los soldados, agitándose al rededor de la hoguera, medio envueltos en las fugaces espirales de humo que despedía, presentaban un singular golpe de vista y daban animación y colorido a aquel cuadro tremendo, triste, aunque forzosa consecuencia de la guerra: esto, entre las regaladas armonías que resonaban en la tierra y en el mar, mezclándose con el monótono rumor de las ondas y con esos misteriosos ruidos de la noche que nadie se explica y todo el mundo siente. El espectáculo era imponente y magnífico; la naturaleza estaba en uno de esos momentos que se escapan a la imaginación del artista, y que encierran, sin embargo, más poesía que cuantas epopeyas ha concebido la imaginación humana.

Nunca aquellas desiertas playas, no holladas por la civilización vigorosa de Europa, hubieran podido esperar que los ecos de las montañas próximas repitiesen las delicadas melodías de Bellini y Donizzeti, ni que surcara las olas del mar que inunda sus arenas abrasadoras de conchas y algas, la multitud de naves que entonces recorrían aquellas inhospitalarias costas, espanto muchos siglos ha del comercio y de la industria. Estaba escrito -diré yo como los árboles- estaba escrito que la guerra abriese a la civilización, a pesar de los hombres que la habitaban, aquella tierra-esfinge que nadie conoce y que se extiende casi inexplorada a las puertas mismas de la Europa cristiana, científica y aventurera...

Como estaba anunciado, al amanecer del siguiente día, las dianas militares, hirieron mis oídos e interrumpieron mi sueño; poco después vi desaparecer por los desfiladeros conquistado el día 14, los últimos batallones de nuestro ejército, y perderse entre la bruma de la mañana, allá en la punta de Cabo-Negro, los buques de nuestra escuadra, abriendo camino a los mercantes fletados por el gobierno que no tardaron en seguir el mismo rumbo.

El Duero, donde yo me encontraba, iba entre estos últimos, rápido como una saeta; tanto que al cuarto de hora de haber levado anclas, doblábamos el Cabo y divisábamos la blanca ciudad de Tetuán, perdida en una verde llanura como una azucena en el campo, y veíamos en la playa el castillejo que defiende la desembocadura del Gual-el-Jelú, las baterías, la Aduana, las lagunas, los cárabos abandonados en las orillas del río, los puentes que de trecho en trecho le cruzan, los campos cultivados: toda aquella dilatada comarca donde a la aparición de la escuadra parecía haberse suspendido la vida, como herida del espanto.

El día estaba frío y lluvioso; una espesa niebla se extendía ante nuestros ojos como un transparente velo, a través del cual veíamos todos los objetos, acaso más pintorescos, porque la naturaleza tiene también su pudor de virgen. Procuraré en lo posible dar cuenta de lo que vi entonces, y haré cuanto esté de mi parte porque la descripción se acerque a la realidad, acudiendo para conseguirlo a todos mis recuerdos e impresiones.

Destacábase, sobre todo, una larga cadena de empinadas rocas, cercando un verde y fertilísimo valle poblado de blancos caseríos que parecían, vistos de lejos, palomas prontas a levantar el vuelo. En medio de esta vega sobresalía Tetuán, dominada por la Alcazaba, vetusta fortaleza situada en un cerro; Tetuán, tan sucia, tan repugnante por dentro; tan blanca, tan hermosa, contemplada desde fuera; nada turbaba la agradable monotonía de su color, ni los tejados que no tiene, ni las ventanas que, a la distancia a que nos encontrábamos, apenas se divisaban; hubiérasela creído formada como Venus, de la espuma del Mediterráneo.

A mitad de camino, hacia la playa, veíase la Aduana, edificio capaz y espacioso; pero de grosera y tosca construcción; y ya en la playa misma el fuerte que tan mal parado dejaron sucesivamente las escuadras francesa y española. Era una fortaleza cuadrada y maciza en su base; pero malamente aspillerada. Subíase a ella a la sazón, por una escala de cuerda colgada a la parte exterior del muro y que alcanzaba hasta el segundo piso de la torre, donde estaba la entrada, pobre, mezquina y dificultosa. Parecía un nido de cigüeñas. Estaba artillada con siete piezas de hierro, viejas y mohosas, montadas sobre unas gruesas rodajas de madera, pintadas de negro.

Detrás del castillejo había un almacén, cuartel o lo que fuese, hediondo y sucio, con un agujero en el techo, abierto probablemente por algunas de las granadas que en poco tiempo habían caído sobre esta desdichada playa. En este edificio hallaron nuestros marinos, cuando desembarcaron, como una docena de tiendas cónicas listadas, y grandes montones de leña que sirvieron por la noche para que los soldados de la división del general Ríos, encendieran hogueras y luminarias.

A un lado y otro del almacén había esparcidas una multitud de chozas, algunas casi perdidas entre los pantanos, silenciosas y abandonadas. Sus dueños habían huido, y sólo habían quedado guardándolas unos cuantos perros de ganado que nos miraban recelosamente y que escapaban a nuestra aproximación, dando lastimeros aullidos. En vano los llamábamos; en vano los ofrecíamos pedazos de pan; los pobres animales, desconociendo nuestra voz y nuestro traje, se alejaban rápida y medrosamente, tal vez con más pena que sus mismos amos, de aquellos rústicos albergues que no habían de volver a ver más.

No lejos de alguna de las chozas, estaba la tierra removida. La curiosidad obligó a varios marineros, ávidos de botín, a cavar en aquel sitio, creyendo sin duda encontrar tesoros escondidos; pero no se hizo esperar mucho el desengaño. A los primeros azadonazos la tierra les mostró el descompuesto y fétido cadáver de un moro, que, más feliz que los que habían huido, dormía el sueño de la muerte en el mismo sitio en que había nacido acaso: cerca de su humilde hogar.

Por todas partes y en todas direcciones se veían las huellas recientes de la ancha babucha moruna, de caballos, bueyes, camellos y cabras. La aparición de la escuadra había ahuyentado de allí, hombres y rebaños; todo había huido de nosotros, menos la tierra sombría y muda.

El campo estaba lleno de granadas que no habían reventado, arrojadas desde las naves francesas y españolas, que, poco antes, habían vengado allí el honor de sus respectivas naciones.

Sobre una colina, y al pie de la torre de El-heleli, alcanzábase ver, cerca de Tetuán, el campamento moro que, veinte días después, había de caer tan gloriosamente en nuestro Poder con asombro y vergüenza de las huestes musulmanas.

Yo pude ver de los primeros todo esto, porque, no pudiendo dominar mi impaciencia, desembarqué apenas vi flotar sobre las almenas de Fuerte-Martin, la bandera española sostenida por un oficial de infantería de marina.

La división del general Ríos desembarcó sin el menor contratiempo y acampó aquella noche en la playa, donde a la mañana siguiente aparecieron también los demás cuerpos del ejército expedicionario.

El aspecto que en general ofrecía la comarca que ante nuestros soldados se extendía, era triste a pesar de su selvática hermosura; conocíase que la civilización no había penetrado allí y que todo era grosero y rudo. Parece mentira; pero ¿quién al ver los miserables aduares donde entre inmundicia vegeta esta gente; sus campos abandonados al vigor de una naturaleza enérgica, que si fuera ayudada por el hombre convertiría la tierra en un paraíso tal vez mejor que el que soñó Mahoma en los arenales del Yemen; las pestilentes charcas que se corrompen en esta vega, robando espacio a la agricultura y seres a la vida; la brutalidad, la ignorancia, el fanatismo en fin de este pueblo, podrá reconocer en él ni en sus obras a aquel que conquistó a España; que dejó en todas partes la huella de su genio; que construyó la mezquita de Córdoba; que levantó la Alhambra; que impulsó las ciencias hasta ser en muchas el maestro de Europa; que supo luchar, vencer, sufrir, engrandecerse, asombrar al mundo con sus sabios, sus cantores y sus huestes; con su ilustración cuando todos eran bárbaros; con su generosidad cuando todos eran crueles; con su respeto a la conciencia humana cuando todos eran fanáticos; con su caballerosidad cuando todos eran groseros?

Recuerdo haber leído que un día Abu-Becre, el sucesor de Mahoma en el Califato, congregó a los muslimes para mandarlos a extender la doctrina por medio de la guerra, y les dijo: -Si Dios os diere la victoria, no abuséis de ella, ni ensangrentéis vuestras espadas en los vencidos, ni en los niños, ni en las mujeres y débiles ancianos: en las entradas y paso por tierra de infieles, no hagáis tala de árboles, ni destruyáis sus palmas y frutales: ni estraguéis ni queméis sus campos y sus casas. Tratad con piedad a los rendidos y humillados, y así Dios usará con vosotros de misericordia. No haya falsía y doblez en vuestros convenios y tratos: sed siempre con todos fieles, leales y nobles, y mantened constantemente vuestras promesas y palabras. No turbéis la quietud de los monjes y solitarios, ni destruyáis sus moradas; pero tratad con rigor de muerte a los enemigos que resistan armados nuestras condiciones.

Esto les dijo, y esto hicieron aquellos primitivos musulmanes que conquistaron, primero Siria, luego Persia y luego África, luego España, y que si no hubiera tropezado con el valor incontrastable de los Godos en Asturias y en Sobrarbe, habrían llevado sus victoriosas armas más allá de la Galia Narbonense. Hoy ¿qué queda de aquella grandeza? Menos que humo; queda la escoria. Tribus nómadas, algunas de las cuales, de sus antiguas virtudes sólo conservan la frugalidad; pueblos incultos; aduares asquerosos; un idioma corrompido; un país entregado a la anarquía. Cualquiera diría, que en África el tiempo corre hacia atrás y que cada generación que llega, lejos de heredar la experiencia de la que pasa, la olvida, y adelanta hacia las tinieblas de la barbarie. Sólo así se explica que esta raza haya caído desde tan alto, y que, por perder, haya perdido hasta su historia, que es lo último que pierden los pueblos, como que es su alma, su conciencia, su inmortalidad.


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