Revista dramática

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El Museo universal (1869)
Revista dramática del 3 de enero
 de E. Bustillo
Rivero
REVISTA DRAMÁTICA.

Antes de entrar de lleno en esta sección mensual de El Museo, debo, aunque a la ligera , hacerme cargo de frases, ya sacramentales, espresivas unas veces de la opinión pública, otras del decaimiento de ánimo de los autores y los artistas, y casi siempre de la indiferencia, si no del escepticismo, que nace de ese marasmo, de ese enervamiento, sostenido tan largo tiempo en nuestra patria por poderes arbitrarios y despóticos, que, a título de paternales, nos ahorraban el trabajo de pensar y hacer, pensando ellos siempre mal, y haciéndolo todo peor que lo pensaban. La vida política trasciende a todas las otras esferas de la vida. Sucesos posteriores han venido a mostrar, por fortuna, que, aunque latente, existia en el corazón y en la cabeza de España, cierto espíritu de movilidad y de febril impaciencia, propio de una época de transición, que, aunque se prolongue todavía, hace esperar en el porvenir.

«¡Aun hay patria!» podemos repetir a los asustadizos y a los escépticos.

Pero ¿podremos decir a la patria «áun tienes teatro?»

Esta es la cuestión.

Si pensamos en Lope, Calderón, Tirso, Alarcon, Rojas y demás célebres dramáticos del siglo XVII; si contemplamos con orgullo aquel precioso tesoro nacional, que tanta riqueza ha prestado al arte clásico extranjero, no podremos menos de afirmar que España tiene teatro; porque aquel gran teatro no perece nunca.

Pero ¿respondemos hoy a nuestras tradiciones dramáticas?

No hay que asustarse de la palabra. No soy tradicionalista; pero creo que en literatura, y sobré todo, en la dramática, no podemos prescindir absolutamente de la tradición, aún con el amor más ferviente al progreso y al perfeccionamiento del arte.

En este terreno la tradición no es un obstáculo; antes bien es un auxiliar imprescindible y poderoso que allana el camino. Hay allí algo eternamente popular y bello, algo de la esencia de nuestro carácter y nuestra nacionalidad, que atrae la mirada del poeta, como el modelo atrae la mirada del pintor, cuyo pincel busca los colores de la verdad pura.

Lo mismo que cada individuo, cada nación tiene su carácter. Podrá variar de costumbres; pero el carácter es el mismo, y la literatura debe reflejarlo. Escusado es añadir dónde están el espejo y la fuente de nuestra literatura.

El dia que nuestro Romancero y nuestro gran Teatro clásico queden cubiertos de polvo, nuestros poetas habrán falsificado su carácter y renegado de su propia nacionalidad.

Ese dia no ha llegado felizmente. Aun se mira al espejo, aun se estudia junto a la fuente inagotable, aun se forma el gusto con la admiración de los modelos.

¡Ah! pero «el teatro acaba!» dicen, «¡ya no hay teatro, ¡el teatro ha muerto!»

Pues «¡viva el teatro!» digo yo.

Dejémonos de círculos viciosos. Dejemos ya de echarnos la culpa unos a otros; el público a los actores, los actores a los autores, los autores al público; termine ya ese pugilato, parecido a aquel otro que promovió en el camaranchón de la venta la caballeresca fantasía del Hidalgo Manchego.

Los actores han perdido en el año que acaba de pasar a la historia al único gran maestro que quedaba. Julián Romea, encarnación de la verdad escénica, que vino al mundo del arte haciendo una verdadera revolución, ha muerto al nacer la revolución política. Una pregunta: ¿Qué es de aquella suscricion, iniciada con fervoroso entusiasmo para llevar a cabo no sé qué monumento fúnebre a la memoria del gran artista? ¿Qué es de aquellas loas y aquellas funciones teatrales anunciadas con el objeto noble de allegar más fondos para la mayor grandeza de ese monumento? Confiemos en que renacerá el proyecto y en que el justo entusiasmo revolucionario no habrá extinguido del lodo el entusiasmo por el glorioso nombre del artista querido é inolvidable.

Pero la muerte de Romea no debe descorazonar á los autores dramáticos. Actores, aunque pocos, hay todavía, y debe esperarse que aparecerá algún nuevo astro que pruebe que aun alienta la raza de los Maiquez, Latorres y Guzmanes.

En todo caso, los autores a quienes ha dado ya autoridad la gloria legítima, deben trabajar con fé para proporcionar rica materia a la historia crítica de la literatura dramática, que ha de juzgarlos mañana, no por los actores que representaron sus obras, sino sólo por sus obras mismas. Don Agustín Duran no necesitó pensar en los Ríos y Avendaños, ni en las Amarilis y Calderonas, para escribir su magnífico estudio crítico de El Condenado por desconfiado de Tirso, en que dejó asentadas las bases de la verdadera crítica dramática española.

No hablemos tampoco de la volubilidad del público, del estravío y corrupción de su gusto. El público ha mostrado, aun en tiempos de lamentables crisis para la industria y el comercio, que sabe responder al llamamiento de los verdaderos ingenios dramáticos, acudiendo allí donde se tocan los legítimos resortes del arte.

Pruebas tenemos recientes; y si desde hace algunos años, sobre todo desde que se abrió el palenque transitorio, como exótico, de los Bufos, aparece más inclinado a lo estravagante que le mueva a la risa, que a las manifestaciones serias del arte puro español, debido es a la falta de fuerza real de estas manifestaciones y también a las vicisitudes sociales de nuestro pueblo, que le han hecho un tanto frívolo y caprichoso.

No echemos de menos tampoco la falta de protección de los gobiernos. A los gobiernos debemos pedirles libertad, no protección. Igualdad de condiciones, sin restricción de ningún género, ni subvenciones, gravosas para el Estado, ni privilegios especiales para espectáculos nacionales ni estranjeros. Libertad de teatros; nada de teatros propiedad de la nación; acción esclusiva y particular de las empresas, con su responsabilidad propia y directa, que fomente el estímulo, que escite a la emulación y a la competencia, y de este modo ganará el público, ganarán los artistas y los autores, ganarán las mismas empresas, ganará el arte nacional.

Lo que debemos pedir a los gobiernos es precisamente que retiren esa protección indirecta y perjudicial que, por medio de los destinos, dispensan a los autores. Lo que debemos pedirles es que no sea el presupuesto fuente de premios del mérito literario; que hartos méritos y deméritos premia el presupuesto. Los méritos literarios y artísticos debe premiarlos el público, solamente el público, que los disfruta y sabe avalorarlos. El presupuesto destruye el mérito, porque aficiona a la holganza y al alejamiento de la vida activa y militante de las letras.

O literatos, ó políticos y empleados. No cabe compatibilidad, y todos los dias estamos notando cuán raro debe ser que puedan verse unidas ambas competencias

Hechas estas ligeras, pero leales y sinceras observaciones, a manera de preámbulo, entremos ya en el terreno de la revista, dejando trazado el camino para lo sucesivo.

El año que ha espirado no ha sido escaso en novedades teatrales, si bien ha sido poco pródigo en obras de algún mérito.

Si echamos una mirada retrospectiva general y citamos títulos escritos en los carteles desde las Pascuas de Navidad de 1867 hasta el final de 1868, veremos que,

En el teatro del Príncipe (hoy Español) Naufragar en tierra firme y La voz del corazón, del señor Hurtado, Shéridan, de Retes, La Levita, de Gaspar, Justicia providencial, de Nuñez de Arce y Redimir al cautivo, obra del señor Pina, estrenada en la noche de Navidad, son las que han alcanzado mayores aplausos y mayor número de representaciones, sin que estas pudieran satisfacer las esperanzas de amor propio y de interés de los autores.

Por su forma literaria y por su intención dramática y filosófica se distinguieron La voz del corazón, La Levita, comedia del género realista, sin llegar felizmente al repugnante realismo de la última escuela francesa, y Justicia providencial, en que el señor Arce ha dado nueva muestra de su vigor dramático y de su nervio en la forma pura literaria; si bien con un asunto harto traído y llevado en la escena y poco a propósito para persuadir y arrastrar al público, aun con situaciones atrevidas é interesantes.

En Jovellanos, la preciosa balada lírico-dramática de Serra, Luz y Sombra, El Estudiante de Salamanca, zarzuela del señor Rivera: La Comedianta de Antaño, de Escosura: La Cómico-Mania caricatura satírica de los señores Lustonó y Saco: De gustos no hay nada escrito, de Pedrosa: Doña Inés de Castro, de Retes, y El Collar de Lescot, de Hurtado, son las que han indemnizado de algún modo al público de los muchos ratos de aburrimiento que ha pasado en aquel teatro con otras muchas obras que no cito, por mi carácter tan refractario á la censura como propenso al elogio, y porque harto castigo lleva el autor de una obra con la reprobación ó la indiferencia pública y con el mismo silencio de la crítica.

Por las mismas razones, sólo citaré del teatro de Novedades la obra de los señores Valcárcel y Vedmar, El fantasma del pasado, digna de elogio por su brillante forma, por mas que, como obra escénica, no haya respondido á las esperanzas que por tanto tiempo estuvo haciendo concebir á los verdaderos amantes de las letras; y El Laurel de plata y Desde Céres á Flora, obras de magia y de espectáculo no desprovistas de mérito literario, que aun atraen concurrencia á aquel apartado coliseo.

El teatro de Variedades parece llamado a ser el teatro de Las quiebras, pues ya ni espectáculo nacional ni extranjero se ve allí libre de los desdenes y retraimiento del público. Don Pedro Delgado ha resistido en él solo el mes de octubre, consiguiendo algunos aplausos con la esmerada ejecución del Otelo, notable arreglo del señor Retes.

En el teatro del Circo ó sea de Los Bufos Arderius, es decir, los Bufos propiamente dichos, con toda la savia de la planta traspirenáica, es donde se ha desplegado toda la actividad proverbial del afortunado director, que conoce lo transitorio y perecedero del género en España y aprovecha bien el tiempo que le tiene marcado la suerte, ayudado de autores, que no dejan de plegarse y amoldar sus facultades cómicas a los patrones cortados por la estravagancia francesa.

Yo no rechazo el género, pues creo, como el preceptista francés, que todos los géneros son buenos, menos los que fastidian; pero precisamente para no cansar al público, necesita darse en este género muchísima variedad, huyendo en lo posible de las chocarrerías vulgares y salientes, y armonizando, en mi entender, ese algo del patrón de allende, con lo mucho bueno que aquende nos han legado los venerables y célebres autores de fosos, jácaras, entremeses y sainetes, cuyas obras imperecederas, aun prueban en el escenario, que solo duran en él los reflejos vivos y animados de nuestro carácter y nuestras verdaderas costumbres.

Los Infiernos de Madrid, de Larra: Los Novios de Teruel, de Blasco, el afortunado iniciador del género en España: El Figle enamorado, de Ramos Carrión: La Gramática, de Ortiz de Pinedo: Los Misterios del Parnaso, con que dura y temerariamente atacó a la crítica dramática el señor Larra, produciendo una verdadera esplosion; Pascual Bailón, de Puente y Brañas: La gran duquesa, de Monreal, y Los progresos del Amor, de Blasco, son las zarzuelas bufas que han logrado más éxito, y algunas de ellas no carecen, ciertamente, de mérito literario, mérito que, por lo general, no procuran que brille en sus obras los actuales mantenedores del prestigio bufo, que seria mayor si tuviesen en cuenta para su honra, ya que no para su provecho, que no quita lo literario a lo festivo y chancero.

De propósito he dejado para el final las tres únicas obras que han representado propiamente en escena alguna ó algunas de las fases de la revolución política. La Buena causa, de don Emilio Alvarez, tiende latentemente a la abolición de quintas, condenando, en un animado y muy sentido y bello cuadro dramático, las guerras civiles, cuyos horrores descubre en los gritos y penetrante angustia de una pobre madre y en la relajación, siquiera momentánea, de los benditos lazos que unen á dos honradas familias.

La Convalecencia es una bellísima y estremadamente ingeniosa alegoría dramática del laureado poeta don Luis Eguilaz, que, en su improvisado apropósito, sin insultos para los caídos, sin vulgares adulaciones para los actuales hombres del poder, sin chocarrerías y sin más recursos que los que inspira la idea de la libertad unida al talento y al fino tacto dramático y al buen gusto literario, logra tener suspenso al público, que en todas las escenas encuentra oportunas alusiones, intencionados chistes y pensamientos nobles y elevados que responden a todos los gritos lanzados por las justas aspiraciones de la revolución.

¿Quién será el rey? es el titulo de un animado, característico é importante cuadro jocoso que, en el teatro de Novedades, ha valido merecidos aplausos á su autor señor Gutierrez de Alba. España rodeada de sus hijos y asistida del consejo patriótico del pueblo, representado sensata y graciosamente por un sincero y franco aragonés y un agudo y ocurrente andaluz, va dando audiencia a los pretendientes ostensibles, la corona y rechazándolos, fundando razonadamente su repulsa, siempre apoyada, si no iniciada, por los chistes del hijo de Andalucía, y por las verdades como puños que natural ingenua y graciosamente salen de los labios del aragonés. El señor Gutiérrez de Alba, en su apreciable trabajo, hace toda la justicia y todo el honor que se merece al pacificador de España, al popular general, al honradísimo ciudadano, al noble Cincinato que, desde su retiro de Logroño ve, con la conciencia limpia y tranquila, cómo las injustificadas ambiciones personales se desbordan, mientras él, olvidado de si mismo, sólo ambiciona la paz y la ventura de la patria.

Si a la habilidad artística y estraordinario conocimiento del teatro que revela la comedia del señor Estébanez, No hay mal que por bien no venga, que con brillantísimo éxito se representa ahora en Jovellanos, se uniese la originalidad del pensamiento, sin vacilar diría que era un monumento gigante de la dramática contemporánea española. Verdad es que, si el señor Estébanez fuese verdaderamente un genio creador, podríamos llamarle con justicia uno de los primeros autores del siglo, ya que no el primero, como quiere algún periódico. El señor Estébanez posee para el teatro, y no es poco, todo cuanto el hombre puede adquirir con el estudio. Quizás su sobrado estudio perjudica a la forma, que, en sus obras suele carecer de espontaneidad, cuanto en las de otros de corrección. Quizás combate ideas que en España, son, por fortuna, un fantasma. Tal vez sobra y aun repugna el recurso final, que nada viene a resolver que no esté ya resuelto. Sin embargo de esto, la obra de Estébanez, honra al autor y honra a las letras españolas, y merece un detenido estudio, que haré en otra revista, si las novedades originales escasean en la entrada del año.

E. Bustillo.