Revolución moral

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​Revolución Moral
 de C. Brunet.
REVOLUCION MORAL.

Brillante y magnífica es la civilización de nuestro siglo, viejo acicalado, compuesto y engreído, que al cumplir sus 68 diciembres, pasea el mundo haciendo alarde de sus pasmosas conquistas, con que ha enriquecido al arte y la ciencia, y ostentando en su pecho espléndida medalla obtenida en esos soberbios templos de la paz, llamados esposicionks, honra de nuestra edad, y ejemplo para nuestros hijos.

Pero toda medalla tiene su reverso; y el siglo XIX, viejo marrullero, cuida mucho de ocultar el de. la suya, que es bien triste. Procura distraer la atención, desvaneciéndola con la embriaguez orgullosa de sus victorias y conquistas. A veces lo consigue; pero bien pronto á la ilusión óptica sucede, desconsoladora realidad. En efecto; el reverso de la rica medalla de nuestra civilización es, ni mas ni menos, el atraso inexplicable en que permanece la educación de la mujer, atraso que necesariamente se refleja en el de la sociedad entera.

Vuestra educación, amigas mias, es muy superficial. No se tienen en cuenta las cualidades características de vuestro sexo; y el hombre cree haberlo hecho todo, al proveer á ciertas necesidades y exigencias de la moda, con haceros accesibles las superfluidades de esos ramos de adorno, como la música, el dibujo, la poesía, algún idioma, y á lo mas un poco de historia. Se olvida vuestra educación, porque se prescinde de vuestra dignidad, y casi puede asegurarse, que se des conoce vuestra vocación.

Necesariamente ha de resultar una monstruosa con tradición entre, lo que sois y lo que debiérais ser. El hombre, que no os ha instruido, que no se ha cuidado de utilizar las ventajosas dotes de vuestra alma delicada, os exige, no obstante, inmensos sacrificios de amor y abnegación; y vosotras los consumáis. No ha fortalecido las debilidades inherentes á vuestro sexo, pero se cree autorizado para convertirlas en objeto de su burla; y si esas debilidades llegan á ser faltas, él es el juez inexorable que os condena á oprobio sin apelación.

¿Semejante proceder es injusticia, ó acaso ironía? No; mas bien es egoísmo; pero lleva su merecido. Se exige que una mujer sea religiosa; nada mas razonable. Pero ¿qué es y de qué trata la religión? De las cuestiones mas abstractas y metafisicas que abarca la inteligencia humana. Y entonces se nos presenta este, inflexible dilema: O la mujer ha de estudiar con la profundidad que se requiere esas cuestiones, en cuyo caso llega á ser ridiculamente calificada de marisabidilla, y todo el mundo huye de su empalagosa sabiduría: ó carece de esas nociones, y por consiguiente ni sabrá defenderse del mal, porque no sabe discernirlo del bien, ni podrá escoger con acierto entre lo verdadero y lo falso. Resulta que, sabia es objeto de burla; ignorante está incapacitada de llenar su santa misión. Escepcion hecha de un reducido número de entre vosotras, simpáticas lectoras, á quienes las dulzuras y comodidades de la vida pueden proporcionar cultura ¿no es verdad que la mayoría, la gran mayoría de nuestras mujeres gimen bajo el peso abrumador de una muy grande ignorancia?

Y el hombre, injusto por demás, amparado de la superioridad del sexo y de la ciencia que su egoísmo monopoliza, os hace objeto de sus sangrientos epigramas, y hasta se complace en ridiculizaros. Constantemente vemos citas de textos sagrados y dichos de los Padres de la Iglesia, á propósito de cualquiera cuestión, en que se os escarnece y deprime. Abundan las poesías dedicadas á sacar á plaza defectos y debilidades femeniles. Poetas dramáticos contemporáneos nuestros os han maltratado en la escena. Hasta en la prensa política es indispensable que procaz gacetillero refiera insultos chistes y anécdotas picantes en que la mujer ha de ser obligada víctima.

Para el cumplimiento de los altos deberes de madre, como de esposa, se requieren muchas circunstancias: vosotras las llenáis siempre cumplidamente; y lo que os falta de instrucción lo suple con creces el caudal inagotable de amor, de ternura y abnegación con que santificáis el hogar. ¡Cuánto mas fácil seria vuestra tarea, fortificada por una educación mas amplia y sólida de la que os concede el hombre!

Se os acusa de superficialidad, de inclinación á los placeres del lujo y los adornos; pero ¿se hace algo por desarrollar seriamente la riqueza intelectual y moral que atesoráis?

La mujer casada ha de carecer de voluntad, de inteligencia, de aptitud para el trabajo y los negocios; pero muere el marido, y declarada jefe de la familia ha de adquirir repentinamente todas esas cualidades, para dirigir con acierto la casa, esa misma mujer momentos antes incapacitada.

Se realiza un matrimonio; y aun cuando sea bajo los auspicios de identidad de posición material, de edad, de inclinaciones y de afectos, es frecuente que no se establezca la verdadera confidencia, la corriente, de simpatías que debieran hacer dulce y grato aquel lazo indisoluble. La causa de este fenómeno tan general está en la superior educación del hombre, á la que el talento de la esposa necesita hacer esfuerzos superiores para hallar compensación con raudales de ternura que logren estrechar la intimidad conyugal.

Sin intento de ocuparnos del cúmulo de sofismas con que la moda, entre gentes de tono, defiende las ventajas del celibato, porque dificil seria encontrar razones sólidas que rebatir; basta atenerse á lo común que es, en todas las clases sociales, oir á personas juiciosas anatematizar los inconvenientes del matrimonio. Todo ello no es sino puro egoísmo de parte del hombre, que lamenta una libertad perdida y de la que verdaderamente no sabría qué hacerse. Por supuesto, que desde que existen casinos y cafés, menos fundamento tienen esas quejas del hombre. En buen hora que durante el dia éste se entregue á cuidar de sus negocios, al desempeño de sus funciones si egerce un cargo público, á la vida social y á las relaciones indispensables en el trato de gentes: pero ¿no es verdad que la noche, ó una parte de ella, debe el padre de familia consagrarla á los placeres del hogar con su esposa y con sus hijos? Por desgracia hay pocos mandos dóciles á esos sencillos encantos; que los -mas buscan solaz en la agitación de esos centros sociales de donde se excluye á la mujer.

En nuestros dias el hombre consagra el dia al trabajo, y la noche á los placeres superficiales que le brindan esos brillantes sibaríticos establecimientos, alejándoles de. sus mas puros afectos. La mujer, sin embargo, se encuentra vengada por esa misma sociedad; y de ello tenemos un ejemplo elocuente á la vista. Hoy se agita entre los partidos políticos la cuestión magna acerca del grado de cultura de los pueblos para que sabia y prudentemente disfruten del cúmulo de libertades que les ha conquistado la revolución de setiembre. Las opiniones no pueden estar más divididas; cada parcialidad ostenta y defiende la suya; pero más elocuente que todas es la verdad que, á través de la agitación política, logra hacerse paso y demostrar con la poderosa lógica de la ciencia estadística el estado de nuestra ilustración.

¡Cuán terribles cargos pudieran dirigirse á una sociedad que ha gastado inmensos tesoros en multitud de objetos de interés problemático, mientras que tan limitados esfuerzos ha consagrado á la gloriosa conquista de la inteligencia humana! Ese tupido velo de ignorancia que cual losa de plomo gravita sohre la mayoría de nuestros conciudadanos, apenas se ha intentado romperlo para hacer penetrar un rayo de luz en el alma de multitud de seres entregados á Satanás, que es la ignorancia.

Y no se nos diga, en defensa de las ineficaces mejoras planteadas, que la sociedad ha hecho algo, no; porque sobre ineficaces han sido mezquinas y desacertadas. Parece como que se desconoce la influencia de la mujer en la educación popular, que era el gran resorte, la poderosa palanca para acometer la obra de desamortizar ese inmenso caudal de inteligencia que vigoriza y regenera á los pueblos. Asi es que hoy por hoy, después de más de cuarenta años de luchas intestinas, llegado el momento en que los pueblos han sacudido el yugo que les oprimía, al entrar en el ejercicio de sus libertades, se encuentran con la gravísima dificultad de no estar preparados para disfrutarlas, y no saben qué hacer de sus codiciados derechos.

Con razón dice un escritor contemporáneo: si queréis conocer si un pueblo sabe ser libre, averiguad ante todo el estado de ilustración de la mujer en ese pueblo.

Ya lo veis, amables lectoras: sois el nervio de la sociedad. Cuando estaos olvida, sufre ella misma en sus hijos, en su ilustración, como en su prosperidad, el castigo «le su falta. El hombre conserva toda su vida el sello de las impresiones que en sus tiernos años gravó en el corazón el cariño materno: negaros vuestra dulce y legitima influencia es contrariar los propósitos de la naturaleza; es detener á la humanidad en el camino de su perfeccionamiento. La sociedad que asi obra, sufre el castigo.

Una reflexión para concluir, cuya trascendancia se encierra en estas dos palabras: Las quintas. Desdeñamos por su atraso y ferocidad los tiempos primitivos y la edad media en que no se comprendía al hombre perfecto sino armado hasta los dientes. ¿Y qué?

Hoy lo hemos arreglado de otro modo; por supuesto, hipocresía pura. La civilización ha desarmado al hombre; pero en cambio ha armado á la colectividad; y esa funesta creación de ejércitos permanentes desmiente la cultura de que hacemos alarde. La guerra nunca será mas que una brutalidad: la paz armada es la ironía de la época.

Las desventuras, los gastos ruinosos, las lágrimas arrancadas á la madre por la partida de su hijo al ejército, la efusión de sangre en combates fratricidas y criminales por sustentar derechos acaso imaginarios; todas esas desdichas forman el anacronismo de nuestra pretenciosa civilización ; todas desaparecerían si la sociedad se sometiese á la benéfica influencia de la mujer. Su conjunto es el reverso de la medalla que ostenta sobre su pecho el siglo XIX.

Mientras el hombre no sea justo con su hermosa mitad, no logrará afianzar de un modo estable la ventura y la paz.

C. Brunet.