Sócrates

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Sócrates, el filósofo de Atenas,
preso en cárcel inmunda,
y cargado de grillos, que, traidora,
le impuso la calumnia:
a la luz de una lámpara escribía
en soledad profunda.
De pronto Apolodoro, su discípulo,
entró lleno de angustia.
-«¿Qué traes, buen amigo? Estás temblando.
»¿Qué afecto te conturba?»-
-«¡Qué iniquidad, señor! son unos tigres
»los viles que te acusan;
»y están ciegos los jueces. Es un crimen
»esa sentencia injusta.
»Tú no debes morir. Los sacros Dioses
»no quieren que sucumbas.»-
Sonriose el filósofo al oírle,
y dijo con dulzura:
-«Tienes buen corazón, amigo mío;
»gracias; no me interrumpas.
»Pongo en verso las fábulas de Esopo,
»y es fuerza que concluya.»-
Y siguiendo, sereno, su tarea,
volvió a coger la pluma;
en tanto que el discípulo -«¡Mañana!»-
con estupor murmura.


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Ya lució por desdicha el nuevo día;
¡ay! no luciera nunca.
El divino filósofo, en su lecho,
abraza con ternura
los hijos de su amor y les despide.
No vean su hora última.
Heridos de aflicción los que allí quedan,
amantes le circundan.
Y él, con estoica calma y firme acento,
estas frases pronuncia:
-«Enseñé la virtud; acusé el vicio,
»y en espinosa lucha
»combatí a los arteros, que el espejo
»de la verdad enturbian;
»viví pobre y honesto, desdeñando
»grandezas y fortuna;
»y al fin de la jornada me son gratas
»las sombras de la tumba.
»En nombre de la ley, que se falsea,
»me inmola la República.
»Cumplo la ley. Me vengará la historia.
»Ella será más justa.»-
Dice, y se acercan, lúgubres, los guardas,
y, con mano convulsa,
el triste ejecutor de la justicia
le ofrece la cicuta;
y Sócrates, libando a las deidades,
la horrenda copa apura.
-«¡Tú mueres inocente!» -Apolodoro
clama con voz augusta;
y el célebre ateniense, en su agonía,
dice trémulo: -«Escucha:
»¿Qué importa fallecer, sacrificado,
»a manos de la injuria?
»Aceptas a los dioses son las almas
»que permanecen puras;
»no aquellas que se ofrecen a sus ojos
»cargadas con el peso de la culpa.»-