Saber trabajar

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Saber trabajar
de Godofredo Daireaux



Y don Fermín, él, había sabido trabajar. Peón de confianza en un establecimiento de regular extensión, había llegado a desempeñar las funciones de capataz, sin tener el título de tal. Pero si el sueldo no era más que el de cualquier otro peón, había sabido conseguir de su patrón ciertas ventajas que le podían facilitar la tarea de ir levantándose, poco a poco, hacia el ideal soñado: dejar de ser, toda la vida, el gaucho pobre y despreciado, cuyas condiciones tristes cantan en sus versos los poetas, sin poderlas mejorar; cuyos vicios -hijos de la ignorancia en la cual lo han tenido sumido, a pesar de su viveza natural, los que han manejado los destinos del pueblo- sirven de pretexto para mantenerlo en humilde sujeción; cuyas reconocidas cualidades de voluntaria fidelidad al amo, de resistencia sufrida, de noble arrojo, de vigor, de destreza, de amor al suelo patrio, son el inagotable tema de mil obras literarias, sin haber sugerido jamás a los gobernantes la idea práctica de hacer con él el verdadero núcleo de una nación valiosa y valiente; cuya suerte, en fin, corre pareja con la del caballo criollo, su compañero, siempre alabado y maltratado, siempre ponderado y mal comido.

Don Fermín había nacido con la idea, poco común entre los gauchos, de mejorar su suerte por el buen manejo de sus fuerzas y de la platita que podría producir su trabajo. Por cierto, en sus aspiraciones, no podía ser muy ambicioso; pero siquiera soñaba con poseer en propiedad, algo más que un sombrero grasiento, un poncho roto y un chiripá descolorido; quería llegar a tener algunos animales que llevasen su marca; algunas ovejas que le diesen su lana, y también algunas lecheras.

Su prolijidad en cuidar los animales finos, le había valido la simpatía de su patrón, y una vez parado el crédito, no se le había echado a dormir. Pero no quería que el patrón fuese solo en aprovechar su trabajo.

Sabía que, por bueno que sea un hombre, raras veces se adelanta a hacer prosperar a un inferior, a pesar de su mérito, y que si el mérito debe ser modesto, no debe serlo tanto que pueda creer, el que lo aprovecha, que ignora su propio valor.

Sin levantar nunca pretensiones que le hubieran podido resultar contraproducentes, Fermín no perdía ocasión de hacerse valer discretamente.

Sabiendo que «el que no llora no mama», algo siempre pedía al patrón, y como lo que pedía, nunca era gran cosa, siempre lo conseguía. Pero siempre pedía cosas de provecho futuro, que si valen poco de por sí, valdrán con el tiempo, por lo que puedan atraer o producir.

El establecimiento necesitaba huascas y había que cortar un cuero. Fermín pedía permiso para sacar un maneador. «Tome, tome», decía el patrón, y el maneador salía tan ancho y tan largo que de él, Fermín podía, con el tiempo, sacar un surtido completo de huascas de todas clases.

En la hierra, nunca dejaba de hacerse regalar un potrillo; un potrillo, ¿qué es para un estanciero?, y le chantaba la marca con la idea que, algún día, sería un lindo caballo, de valor, cuidándolo bien. Y cuando, habiendo formado tropilla, pidió al patrón una yegua para madrina, la consiguió preñada del padrillo fino que él tan amorosamente cuidaba.

El patrón necesitó un puestero para una majada, y de tal modo se manejó Fermín, que se la hizo dar a un interés moderado, estableciendo en el puesto a su madre y a sus hermanitos, en edad ya de cuidar la majada, bajo su vigilancia.

La majada no era muy grande, ni de muy buena calidad, ni muy fuerte el interés; pero el puesto estaba en la orilla del campo, y con el pretexto de que los muchachos no sabían, siempre estaban pastoreando las ovejas en el campo del vecino, dándoles así mucha extensión.

Siendo Fermín el encargado de cuidar los carneros y de repartirlos entre los puesteros, elegía de antemano los mejores y los mandaba para su majada. Su parición, así, siempre superaba a la de los demás puestos, y su rebaño mejoraba rápidamente.

Animales gordos para vender, tenía siempre también, porque de la estancia mandaba carne al puesto y no necesitaban carnear.

Las lecheritas de su mamá no tenían toro; pero eran tan pocas que el patrón cerró los ojos, y los mestizitos que nacieron de ellas eran lindos animales.

Si los caballos de la estancia siempre estaban gordos, es que Fermín los cuidaba mucho, y con dejar comer maíz a dos o tres de los de él, en el pesebre, a la par de ellos, no les causaba gran perjuicio.

No era él hombre de reuniones y carreras, pero lo solicitaba don Juan Antonio, cada vez que en su pulpería se organizaba una partida algo seria y se necesitaba coimero; y no podía despreciar los buenos pesitos que siempre dejaba el oficio.

Tampoco impedían sus ocupaciones en la estancia, que, durante la esquila, pudiera atar la lana del establecimiento, trabajo que también le valía bastante dinero.

Y poco a poco, aprovechando las migas que él mismo hacía así caer de la mesa de otros más ricos que él, y haciéndolas fructificar, llegó a poder realizar su sueño: dejar de ser un gaucho pobre, para trabajar por cuenta propia.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros: