San Antonio del fondo

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Por los años de 1838 a 1842 era, todos los sábados, la avenida de Mercedarias un hormiguero de mujeres, no sólo de las clases popular y media sino hasta de la aristocracia, que entraban y salían al, hasta hoy, conocido por el nombre de callejón del Fondo.

Aquello era una verdadera romería para la gente devota que iba á solicitar milagros de una efigie de san Antonio, á la cual una beata que, por vieja y fea, era ya de todo punto tabaco infumable, que habitaba dos cuartos en el antedicho callejón del Fondo, tributaba fervoroso culto.

En el primero de los cuartos que mediría, sobre poco más ó menos seis varas cuadradas, veíase un primoroso altarico sobre el que, entre columnas cubiertas por exvotos de oro y plata, se alzaba la efigie del santo, finamente labrada en piedra de Huamanga.

Hacía los honores a los visitantes de ia capilla el confesor de la beata, que era un fraile franciscano, más flaco que esqueleto de sardina, cuyo nombre he olvidado y aunque lo recordara eso no da ni quita interés a mi relato.

En un extremo de la capilla veíase un buzón en que las devotas, aparte de una moneda de plata como ofrenda para el mantenimiento del culto, depositaban una carta o memorial dirigidos a San Antonio, pidiéndole que se empeñase con Dios para obtener la realización de tal ó cual anhelo, ya fuese la salud para un enfermo un empleo para un deudo ó el premio gordo de la lotería próxima. Hasta los picaros y las doncellas de malandanza tenían algo que pedirle al santo.

Lo seguro, para la beata y el confesor, era una cosecha semanal de pesetas, que nunca bajó de diez pesos.

Regresaban devotos y devotas el sábado siguiente, y después de nueva ofrenda monetaria, les entregaba la beata, en representación del santo, el memorial despachado, si no siempre con un decreto de interpretación sibilina, de esos que el vulgo llama

¡bambolla! ¡bambolla!
ni pan ni cebolla,

por lo menos con un "Veremos","Se hará lo que se pueda","Confíe en Dios","No pierda la esperanza. Y no fué raro encontrarse con un "Como lo pide la suplicante" sobre todo cuando la solicitud se reducía a pedirle novio a San Antonio, que era, hasta aquellos aos, el santo casamentero por excelencia. Por eso dijo un poeta de mi tierra:

¿A qué de Celestinas el servicio
si, encendiéndole un cirio á san Antonio,
consiguen las muchachas matrimonio?
Pues, señor, ¡tiene el santo buen oficio!

Persona que de estas cosas sabe me asegura que san Antonio ha sido destronado por san Expedito, que es hogaño el santo á la moda para proveer de marido a niñas crédulas y alborotadas. Felizmente, el Papa piensa desantizar á san Expedito.

Por el mes de Junio no era chico el toletole, que se armaba, entre los devotos y devotas, para el novenario y fiesta de San Antonio. Hasta misa y sermón hubo el año 42, y vísperas con castillo de fuego en la puerta del callejón. El día de la fiesta repartió la beata, entre la concurrencia, mucha mixtura y una decimita (que á la vista tengo) impresa en papel verde, fruto primerizo de una joven que acababa de declararse en estado de poetisa.


A SAN ANTONIO DEL FONDO
¡Oh glorioso San Antonio
que, en humilde callejón,
sin hacer ostentación
avasallas al demonio,
sigue dando testimonio
de tu poder infinito,
y alcanza de Dios bendito,
como celeste laurel,
gracias para todo aquel
que á ti las pida contrito.

El escándalo llegó, á la postre, á oídos del arzobispo, que lo era a la sazón el franciscano padre Arrieta, quien hizo venir á su presencia al hermano capellán de San Antonio del Fondo, y lo conminó a que, sin alboroto, pusiese término a mojiganga que no era más que una de las muchas verrugas que nos legara el pasado. La superstición y el fanatismo son plantas que echan raíz muy honda.

En los Avisos de Jerónimo Barrionuevo, correspondientes al año 1665, habría leído, probablemente, nuestro simoniaco fraile, que una vez despachó san Antonio el memorial de una señora, que le pedía al santo trajese á buen camino á su marido que andaba un mucho extraviado, con el siguiente decretuto :" Hermana, acuda a San Cayetano, que a lo que pide no alcanzan ni mi influencia ni mi mano".

Y en que lo leyó el franciscano limeño no cabe para mí dudar; pues el sábado inmediato recibieron todas las peticionarias el respectivo memorial con este proveído: "Ya no despacho".

De aquí dedujeron los profanos que en el cielo había habido crisis, y que San Antonio estaba en la categoría de ministro cesante y sin pizca de favor para con el que le quito la cartera.

A santo que se niega á despachar ó que no hace ya milagros, no hay por qué visitarlo ni rezarle— dijeron mis paisanitas— y desde ese día no volvió San Antonio del Fondo a ser importunado por pedigüeñas, ni volvió el buzón á recibir pesetas.