Sancho Saldaña: 05

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Capítulo V
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Sancho Saldaña José de Espronceda


El bosque era muy espeso,
todos perdido se hane,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
andando a un cabo y a otro
mucho alejado se hae:
tantas vueltas iba dando
que no sabe donde estae,
La noche era muy escura,
comenzó recio a tronare.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Romance del marqués de Mantua y Valdovinos.


A este tiempo toda la tropa de Iscar estaba vagando por los pinares. Los cazadores, después de haber registrado el bosque por todas partes en busca de sus señores, habían hallado al fin de mucho tiempo, caído aún debajo de su caballo que le había cogido una pierna, al único testigo de la pérdida de Leonor. Estaba éste con el humor que fácilmente podemos imaginarnos se encontraría en su situación un hombre de un genio intrépido y arrebatado. Había visto robar a su hermana ante sus mismos ojos a dos hombres que creía por su clase incapaces e indignos de medirse nunca con él, y que entonces se habían burlado de su valor derribándole, cometiendo su intento y mofándose de sus amenazas.

Añadíase, además, a esto, que ya era bastante para exasperar otro ánimo menos colérico y orgulloso que el suyo, haber estado más de dos horas caído con su caballo, haciendo esfuerzos para levantarse y sin haber podido siquiera mover la pierna, que tenía cogida debajo, con tan crueles dolores, que sólo podía calmarlos un tanto la ira que le sofocaba. En esto llegaron, como se ha dicho, los cazadores, y Hernando en cuanto los vio:

-Juro a Dios -dijo-, canalla, perros, que os he de mandar colgar de una almena; id, seguid por ahí todo derecho, a la izquierda han llevado a vuestra señora dos malsines como vosotros. Seguid por ahí, ¡vive Dios!, ayudadme a salir de este maldito animal, que creo que me ha de haber roto esta pierna.

No había acabado de decir esto cuando un cazador ya viejo, y que parecía el jefe o capataz de los otros, gritó:

-Vamos, pie a tierra dos de vosotros; tú, Cantor, buen viejo, y tú, Garci-Pérez, ayudadme a sacar a nuestro amo.

Y diciendo y haciendo, cogidos dos de la cola del animal y el viejo tirando de ambos brazos al caballero, lograron ponerlo en pie, aunque con mucha dificultad.

-Así me sucedió a mí en la batalla de... -dijo el que parecía capataz, mientras apoyaba la pierna derecha en la barriga del animal y tiraba por bajo de los brazos de su señor-. Vaya una noche que pasé; toda la noche debajo de mi caballo sin poderme menear más lejos que un caracol en medio minuto.

-¿Y qué diablos importa a nadie lo que te sucedió esa noche? -interrumpió Hernando, lleno de enfado, y sin saber con quién desahogaría su cólera.

-Cierto es que no le importa a nadie -replicó el veterano con la misma calma-, pero a mi...

-¡Basta, por Dios, Nuño, basta! Y dadme ahí otro caballo, y vamos -interrumpió otra vez el señor de Iscar.

-¡Que nunca me ha de dejar hablar! Vamos, es lo mismo que el padre: no podía sufrir que hablasen delante de él -murmuró Nuño entre dientes-. Pero qué, ¿estáis herido? -añadió, mirándole con cuidado.

-No, no tengo nada -repuso Hernando con impaciencia.

-La sangre es de este pobre animal -respondió el viejo a quien Nuño había llamado Cantor-; ha caído, si, pero como un pino hendido por el hacha del leñador.

-Pobre Brioso -dijo entonces Nuño, acariciando la frente del alazán-. ¡En dónde has venido a caer! Ya sé yo que tú eres leal para tu jinete; vaya, que se encargue alguno o en llevar a este pobre bicho al castillo; quiero a este caballo, porque lo montaba muchas veces el padre de don Hernando y nos hemos hallado juntos en más de un encuentro.

-Vamos, Nuño, Nuño, ¡a caballo! -gritó Hernando, reprimiendo su ira por el respeto que le imponía el más antiguo servidor de su casa-. Vamos; ¿así olvidáis que está mi hermana en peligro?

-A caballo -contestó el veterano, y saltando en el suyo con más ligereza que lo que prometían sus años, prosiguió diciendo-: Vamos, guiad adonde queráis.

-Voto va -continuó, siguiendo a galope la senda por donde había echado su amo-, voto va, que es doña Leonor la joya más rica que hay en la casa. ¡Cómo la quería su padre! ¡Y a mí me quiere tanto! Por Santiago, que me muera yo esta noche si no la saco aunque sea de mano de los filisteos. Mira, Cantor -añadió, dirigiéndose a su compañero-, ¿te acuerdas de don Jaime? Mira, mira cómo se le parece su hijo; ahí va a caballo que por detrás se me figura que le estoy viendo. Te juro que como yo vuelva a hablar a doña Leonor... ¿Cómo la llamabas tú en tu canción?... Aquello de un cielo...

-Todo es poco -repuso el Cantor- para alabar aquellos ojos de dulzura y de majestad.

-Sí, pero di la canción -insistió el viejo.

-¿Cómo quieres que recite yo versos al paso que vamos? ¿Te parece a ti que mis canciones son para oídas a galope y en un camino?

-Toma, más de una vez -replicó Nuño- las he tarareado yo yendo a escape a embestir a los enemigos; me acuerdo, en la batalla de...

-Calla, que el amo ha hecho alto y me parece que nos hace señas de que vayamos.

-Está de Dios -murmuró entre sí el buen viejo- que nunca me han de dejar hablar.

En efecto, era así como decía el Cantor. Hernando, adelantándose de toda su tropa, había seguido a todo el galope de su caballo el camino por donde presumía que Usdróbal y Zacarías habrían conducido a Leonor; pero habiendo llegado a un sitio cubierto todo de maleza, y donde no había seña de pisada alguna, creyó que había perdido la senda, y los llamaba para tratar con ellos el rumbo que habían de seguir.

Empezaba ya a oscurecer, y la tempestad, que había hecho recogerse a los bandoleros, anunciaba ya su furia con algunos relámpagos de tiempo en tiempo. Poco impedimento era éste para el ánimo del señor de Iscar, y mucho menos en la impaciencia que le agitaba; pero la absoluta ignorancia en que se hallaba del camino que habían tomado los robadores le tenía suspenso y no sabía si pasar adelante o volver atrás.

El convento del Pinar, único edificio aislado en aquel desierto, se descubría apenas a cierta distancia entre los árboles, y era de presumir que no habrían elegido aquel camino los bandoleros, siendo por razón del convento el más fácil que había de hallar. Por otra parte, el río Pirón, que corre allí cerca, era el paso que dividía las tierras de Iscar de las de Cuéllar, y no era probable que hubiesen vadeado el río hacia este punto, siendo fama que aquella parte era la única en todo el país respetada de los ladrones. Perdido en estas imaginaciones había hecho alto, y a poco tiempo tuvo a su lado al Cantor y a Nuño, que llegando a él muy quedito le preguntaron si había descubierto algo.

-Nada, por mi desgracia -repuso Hernando-. He venido todo el camino ojo alerta figurándome ver a Leonor tras de cada mata. La hemos perdido -añadió meneando la cabeza y haciendo cierto rumor con la lengua contra los dientes de arriba, que anunciaba la poca esperanza que le quedaba-. ¡Cómo ha de ser! Será menester que nos retiremos; la noche trae mala cara.

-Poco importa la cara que traiga la noche -repuso Nuño- si sabéis algo, o podéis darme a mí indicios de dónde podría yo encontrar a doña Leonor. Que por Santiago, las tempestades y yo nos conocemos ya ha mucho tiempo, y ni uno ni otro nos hacemos mal, y yo os prometo que, como siquiera me indiquéis lo bastante para que yo imagine dónde se puede hallar, la he de traer o me he de dejar de llamar Nuño Vero. Me acuerdo una noche...

-Lo -mismo digo -interrumpió el poeta-. ¿Qué será de nosotros en el castillo si no vemos brillar nuestra aurora en los ojos celestiales de la virgen de Iscar? No, es preciso buscarla a todo trance; es preciso.

-Bravo, buen trovador -exclamó Nuño, que, aunque resentido de las interrupciones continuas que ponía el poeta a su conversación, le había hecho olvidar la que acababa de sufrir el buen deseo que manifestaba-; tú me acompañarás en mi expedición esta noche, y vos -continuó, dirigiéndose al señor de Iscar- os podéis retirar con la gente.

-La gente se podrá ir sola -repuso el señor de Iscar-, que por Dios no se ha de decir nunca que dejé en el peligro a la que mi padre confió a mi cuidado.

-Pero, señor -replicó Nuño-, la noche va entrando y el huracán amenaza ser espantoso, y aunque ya más de una vez os he visto enristrar lanza contra...

-Ya he dicho -interrumpió Hernando- que la gente se puede ir y que yo me quedaré con vosotros.

-Está de Dios que nunca he de acabar de decir lo que siento -susurró a media voz Nuño Vero, para quien no había nada tan incómodo como que le interrumpiesen cuando estaba hablando.

-Mandad a la gente que se retire -continuó su amo.

-Sí -replicó el veterano-, todos se irán, menos ese halconero nuevo que viene ahí con nosotros, y que conoce esta tierra como la palma de la mano. Y cuanto más, que siempre me acuerdo que vuestro padre recomendaba tomar un guía para ciertos casos, y más de un ejército se hubiera perdido si...

-Pues bien, llamadle y vamos -interrumpió el Cantor.

-Voto va, señor trovador -dijo irritado Nuño- que más de una vez os he dicho que nunca me interrumpáis cuando hable, y no parece sino...

-Vamos pronto, Nuño, antes que sea más tarde -dijo Hernando.

-Otro que tal -exclamó el veterano al verse interrumpido de nuevo; y metiendo espuelas a su caballo llamó al halconero y ordenó al resto de la tropa que se retirase al castillo, lo que hicieron obedeciéndole, aunque todos con mucho disgusto y más gana de acompañar a su amo que de retirarse.

Quedaron, pues, solos los cuatro, y habiendo preguntado al halconero si sabía la habitación de los bandoleros o hacia qué parte podía caer, éste respondió que, aunque no podía fijamente decirlo, creía que poco más o menos acertaría. Y sirviéndoles de guía echó delante, y poniéndose todos en marcha emprendieron su camino a poca distancia de él.

Era este halconero el espía que, como se ha dicho, había introducido Sancho Saldaña en el castillo de Iscar y el que avisó al Velludo del día y sitio en que había de suceder la caza. Conocía a palmos aquella tierra, y era, en efecto, el mejor guía que podía haber tomado nuestro caballero si hubiese ayudado su buena intención a su habilidad. Pero su voluntad era de las más torcidas, y en este momento no trataba nada menos que de entregarlos en manos de los bandidos para que los robaran y aprisionaran, y haciéndoles pagar su rescate, tener él parte en la presa sin apariencia de culpa alguna. Con este mal intento caminaba en medio de la oscuridad a la luz de los relámpagos que de tiempo en tiempo envolvían el bosque en un mar de fuego deslumbrando a los caminantes y sepultándolos en nuevas sombras y lobreguez.

Era el halconero naturalmente cobarde, y el estallido de los truenos y el brillo de los relámpagos espantaban su caballo de tal manera que a cada instante se paraba renovando el miedo de su jinete con la superstición que corría entonces de que estos animales veían espíritus y aparecidos cuando, reacios a la brida, no seguían adelante su movimiento. Pero el veterano Nuño, que tenía un temple de alma muy diferente, aunque en otras cosas pagara también tributo a la superstición de su siglo, se acercó a él y dijo a su amo:

-El miedo de este necio le va a hacer perder el camino, y lo mejor será ponernos a su lado no sea que vuelva grupa en medio de la oscuridad y nos deje, como nos sucedió una vez el año de 1243, poco antes de...

-No me parece mal tu consejo -interrumpió Hernando, y poniéndose junto al guía le dijo si estaba seguro del camino por donde iba.

-No mucho -repuso el guía-, y creo que haríamos mejor en volvernos, porque el huracán amaga romper muy pronto y puede sepultarnos entre la arena cuando no debajo de algún pino de los que tronche.

-Cobarde criatura -respondió el Cantor-, debía dar gracias al que te ofrece ocasión de ver uno de los espectáculos más sublimes de la Naturaleza, cual es una tempestad.

-Más me gusta en noches como ésta -replicó el guía- una bota de vino con buena cena y una mala cama bajo techado que la tempestad más bonita que vos os podéis pensar. Que por Dios, que no es bueno andar a estas horas por los caminos.

-Siempre he oído decir lo mismo a todos vosotros -replicó Nuño-, pero ya yo entiendo a los guías, que de algo me han de servir cuarenta años que llevo de andar por el mundo, y ya no soy ningún niño y no me la pega nadie. Me acuerdo una vez que le metí a un paisano... hará ahora diez años, el de 1274, día de San José, por la noche, cuando entramos en el reino de Granada diez mil peones y más de tres mil caballos, que, como iba diciendo...

-Acabaréis, voto a tal -interrumpió Hernando-, que con los truenos y vuestra sempiterna charla no puedo oír bien las voces que me parece que suenan ahí cerca.

-No son malas voces -respondió el halconero-; es el bramido del huracán, y lo mejor será que echemos hacia este lado -añadió dirigiéndose a las orillas del Adaja- si no queremos hallar aquí nuestra sepultura.

No había acabado de decir estas palabras cuando se desató el huracán con tanta furia que tuvieron que apearse de los caballos, y de allí a poco sintieron crujir junto a sí los árboles y oyeron el estruendo de su caída.

-¡Dios mío! ¡Virgen Santa! -gritó el halconero, tan despavorido y amedrentado que sus miembros se paralizaron y no acertaba a moverse.

-Sácanos de aquí, ¡vive Dios! -exclamó Hernando, cogiéndole fuertemente de un brazo-, o te barreno el pecho de una estocada.

-Adelante, pillo -gritó Nuño, asiéndole del otro brazo-, adelante o te ato ahí a un árbol para que observes despacio la tempestad como nuestro amigo el poeta, que está en sus glorias. Vamos, Cantor, ¿en qué diablos estás entretenido que no nos sigues?

El poeta entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillante como las armas de mil guerreros, ya imaginaba que oía en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso.

-Vamos, trovador, síguenos -le dijo Hernando, cogiéndole de la aljuba a tiempo que un relámpago le mostró el éxtasis de su poeta.

El guía, temeroso de Nuño, que iba aconsejándole de desvanecer el miedo so pena de verse obligado a cumplir la promesa que le había hecho, emprendió de nuevo su marcha y el Cantor echó detrás de él con su amo.

-En verdad -dijo- que mejor tempestad ni más magnífico espectáculo hace ya tiempo que no se presentaba a mis ojos. ¡Qué grandiosidad! No parece sino que el cielo y el bosque y todo está ardiendo en la naturaleza, y el bramido del huracán suena como los quejidos de las fieras que ven desaparecer entre las llamas el abrigo a que se recogían.

En esto llegaron a la orilla del río en cuyas aguas rielaban los relámpagos como si el fondo fuera todo de fuego, y el guía pidió licencia para reconocer el terreno, pues, según dijo, estaba allí cerca la caverna de los ladrones.

Como no había motivo ninguno para desconfiar, el señor de Iscar no tuvo reparo en dársela, aunque muy a despecho de Nuño, que quería seguirle. Trató con todo de echar tras de él, y dejando su caballo al Cantor empezó a caminar a su lado; pero habiendo tropezado en las raíces de los árboles a tiempo que un relámpago le deslumbró con su luz, cuando volvió a levantarse halló que el guía había desaparecido, haciéndoselo creer del todo que, habiéndole llamado a voces, no respondía.

-Mal haya yo -exclamó- que te solté el brazo, cuando caí, para no romperme las narices y no hice que te rompieras el alma haciéndote caer conmigo. ¡Tunante! ¡Hola, malsín! ¿Dónde andas? Yo te juro que si te cojo que te he de enseñar a no abandonar otra vez en tu vida al que te tome por guía. Y no es eso lo peor, sino que ¿cómo vuelvo yo ahora adonde ha quedado mi amo y ese maldito de Cantor, que siempre me interrumpe en lo mejor de mi conversación? Mira, malsín -prosiguió, gritándole al guía-, vuelve, voto a tal... Bien decía mi amo, el padre de don Hernando, que a veces era precaución necesaria llevar atado el guía de modo que no se pudiese escapar. Si yo le pudiese coger, pero ¿qué? Pies para qué os quiero; irá ese tunante por ahí con el miedo que lleva que no le alcanzará el viento. Hasta el castillo lo menos no para de correr. Pero a bien que mañana será otro día.

No era el camino de Iscar el que había tomado el halconero, y el buen Nuño se engañaba en su pensamiento, no siendo el miedo sólo sino su mala intención lo que le hizo desaparecer. Con todo, las voces de Nuño le asustaron de tal modo, creyéndose perseguido, que, sin ir directamente a la cueva de los bandidos, se agazapó y escondió entre unos matorrales hasta que cesó enteramente de oírlas. Entonces, arrastrándose como pudo, se deslizó hacia el río junto a la boca de la caverna por dar la alarma entre los ladrones y avisar al Velludo que sorprendiese y robase al señor de Iscar.

Pero cuando ya estaba próximo a cumplir su traición e iba a entrar en la cueva, fue cuando un espectro, que él temía mucho y conocía muy bien, salía de ella agitando una encendida tea teniendo asida de la mano una hermosísima joven, que le seguía toda trémula y demudada, y en quien el halconero reconoció a Leonor. No creyó menos al ver la repentina aparición sino que aquella cueva era la entrada del otro mundo, y recogiendo en su mente cuantas oraciones y rezos pudo recordar en aquel apuro, empezó a santiguarse muy de prisa y a correr con más miedo de la aparición que de todo el riesgo con que le amenazaba la tempestad. Entre tanto la maga apagó la antorcha, acaso por precaución, y emprendió su marcha sin hablar palabra a Leonor y sin soltarla del brazo, mientras ésta la seguía como por instinto.

En esto Nuño, que siempre hablando entre sí había seguido adelante por la orilla del río, tropezando aquí, cayendo allá, y cada vez levantándose con más brío con la esperanza de hallar el guía, vio a la luz de un relámpago un bulto negro que se deslizaba y desvanecía entre los árboles.

-¡Ah, malsín! -exclamó-, ya te he visto, y por Santiago que te he de atrapar o mal me han de andar las manos.

Y favorecido de otro y otro relámpago, que se sucedieron, siguió el camino que a su entender había tomado el bulto que él imaginaba que era el guía. Pero no había andado unos pasos cuando, crujiendo en mil astillas y estallando un pino en dos partes tronchado por el huracán, vino al suelo con grande estrépito tan cerca de él, que, rozándole con las ramas, le hizo dar en tierra cuan largo era. Mil remolinos de arena pasaron sobre el pobre Nuño, y cuando pudo levantarse y abrir los ojos, a la luz de un relámpago divisó una cosa negra en el viento a cierta distancia que, a su entender, cuando volvió la oscuridad, había desaparecido en el aire con el relámpago.

Ya hemos dicho que Nuño no dejaba en ciertas cosas de ser algo supersticioso. Había visto aquel bulto, que él imaginaba el guía, justamente junto al árbol que le había a él derribado atropellándole en su caída, y siendo de presumir que el bulto negro hubiese caído precisamente debajo, cuando fue con intención de ver si estaba reventado o no, halló únicamente el tronco del árbol y no oyó quejido alguno ni tentó ningún cuerpo humano como él aguardaba encontrar. La vista del mismo bulto poco después en el aire, a lo que él se había imaginado, trastornó completamente su juicio, y se dio a pensar que el halconero había muerto efectivamente en la caída del árbol, pero que, apenas había expirado, los diablos se lo habían llevado por los aires en cuerpo y alma.

-Ya me figuraba yo -se decía a sí mismo- que tú no eras bueno, según el mucho miedo que tenías de andar de noche a estas horas; pero nunca creí que apenas cayeses en tierra muerto te hiciesen volar por los aires. ¡Jesús, Jesús me valga! Siempre me acordaré de aquel peregrino de Tierra Santa que contaba el caso de aquel condenado. ¿Pero qué diablos habría hecho este pobre halconero sino beber algún día algún trago de más o dar suelta al balcón de cuando en cuando sin que lo supiese el amo? Yo para mí tengo que con un poco de purgatorio tendría bastante. ¡Quién sabe!...

Entretenido en estos pensamientos caminaba sin saber dónde, cuando el ruido de dos caballos que se acercaban le despertó de ellos, y parando el oído por si acaso le engañaba el viento, dijo:

-Ya os conozco, ya os conozco, que son el Rubí y el Moro que traen al amo y a nuestro músico. No hay caballo en el castillo que si le siento andar no le conozca yo por su nombre.

No había acabado de decir esto cuando su amo y el Cantor llegaron junto a él y pararon, habiéndole conocido en la voz.

-¿Qué diablos haces ahí, Nuño? -le dijo su amo-. ¿Dónde está el guía? ¿Y cómo nos habéis dejado allí tanto tiempo?

-Muchas preguntas son esas -replicó Nuño- para responder a todas con claridad...

-Vamos, hombre, responde -interrumpió Hernando-, sin meterte en dibujos...

-Señor -respondió Nuño- no tengo que decir más sino que el pobre halconero, por muy lejos que esté el infierno, debe a estas horas estar ya en él, según el paso a que vi le llevaban los diablos.

-¿Estas loco, Nuño -exclamó Hernando-, o te atreves a burlarte conmigo?

-Señor -respondió Nuño con gravedad-, hace cuarenta años que entré al servicio de vuestro abuelo, y desde entonces hasta ahora no hay hombre viviente que pueda decir que me ha oído mentir una vez en mi vida. Lo que digo es tan cierto como que lo he visto yo, y repito que le vi llevar en volandas por los aires como no quisiera que me llevasen a mí; y como no creo que haya volado nadie hasta ahora si no es en posta para el infierno o por permiso de Dios para ir al cielo, me inclino a creer que nuestro guía ha tomado el primer camino.

-Vamos, maese Nuño, sin duda que estáis loco -respondió el Cantor.

-Vos lo estaréis, señor músico -replicó Nuño encolerizado-, que yo no lo he estado en mi vida, y sabed que si al hijo de mi amo le sufro que me diga lo que le parezca, no por eso aguanto que...

-Reportaos, Nuño -interrumpió el señor de Iscar-, y vamos a nuestro castillo, si es que podemos acertar con él. ¡Cómo ha de ser! -continuó, dando un suspiro-, hemos perdido a Leonor, y ya veo que esta noche es imposible encontrarla.

Dicho esto, dejó el Cantor su caballo a Nuño, y llevando del diestro el que había servido para el guía, echaron a andar en silencio, aunque Nuño no dejó de murmurar todo el camino picado con el poeta que le había llamado loco, y a cada paso le interrumpía. Por último, al cabo de muchas vueltas y revueltas, y después de haber perdido más de una vez el camino, llegaron al castillo de Iscar, en cuyas almenas ardían las alumbradas, que se llamaban almenaras, y que había costumbre de encender de noche siempre que se quería comunicar algún aviso a otras fortalezas o de dirigir tropa o caminantes extraviados. Poco antes de llegar, y para mayor desgracia, la tempestad se deshizo en lluvia con tanta furia que parecía que el cielo se desgajaba y deshacía en agua, así que, muertos de cansancio, calados y desesperados del mal éxito de su empresa, entraron en el castillo Hernando, el viejo Nuño y su contrapunto el Cantor, lleno el primero de impaciencia y de mal humor, y deseando que amaneciese, agitado de mil temores por la situación en que su hermana se encontraría.

Al echar pie a tierra Hernando, el paje que le tenía el estribo se acercó a él y le dijo que aquella tarde, poco antes de oscurecer, un caballero armado, que venía del castillo de Cuéllar, había estado a avisar que el robo de Leonor se había cometido de orden de Sancho Saldaña. Era la peor noticia que, después de tantos azares, podía recibir el señor de Iscar y la que más lastimó su orgullo y su corazón. Hasta entonces el cuidado por su hermana se limitaba a chocar con una horda de bandidos y deshacerla; pero cuando supo que era el señor de Cuéllar el robador de su honra, y recordó la escena que había pasado entre su padre y él, su cólera rompió en mil imprecaciones y amenazas, jurando extinguir hasta el nombre de su enemigo.

Subió a su cuarto, acompañado de Nuño, bramando como un toro, confuso y desesperado, sin saber qué partido tomar en circunstancias tan apuradas, adoptando ya uno, ya otro y desechando todos. Por una parte, conocía el poder del señor de Cuéllar y la nulidad del suyo si le declaraba abiertamente la guerra; por otra, no tenía otro medio de romper con él. Por último, se resolvió a ir a buscarle a su castillo, tacharle de traidor y desafiarle.

-¡Infame! -gritaba en su desesperación, paseándose por la sala-. Tú no querías mancharte en la sangre del amigo de tu infancia pero querías mancharle con la deshonra de su propia hermana. Yo te juro, ¡oh!, ¡sí!, que me he de hartar de tu sangre. ¡Traidor!, traidor a tu rey y al que llamabas en otro tiempo tu amigo.

-Señor -exclamó Nuño-, tranquilizaos. ¿Qué nuevo motivo hay para que os dejéis arrebatar de esa furia? ¿Ha sucedido algo más a doña Leonor?

-¡Leonor! ¡Leonor! -exclamó Hernando lleno de pesadumbre-. ¿Por qué no morirías en la cuna antes de deshonrar la sangre de nuestro padre? Pero no, tú no tienes la culpa, tú eres inocente y pura como el día en que naciste... ese monstruo... sólo ese monstruo. ¡Oh! ¡Oh!

Y diciendo esto se arrojó boca abajo contra la cama bramando de cólera y de dolor.

-Señor -gritó Nuño-, ¿qué tenéis?

-Nada -repuso el señor de Iscar, levantándose como avergonzado de haber dado rienda suelta a su dolor delante de su criado-; nada, vete, déjame.

-Pero, señor... -repitió el veterano, sentido de que su amo no se franqueara con él.

-Nada, Nuño, nada -repuso Hernando con calma-. ¡Cómo ha de ser! Hemos perdido a Leonor. Vete a descansar, vete -y empujándole suavemente cerró la puerta, quedándose solo en su habitación, donde pasó la noche entre quejas y maldiciones pensando en los medios de vengarse de su enemigo.


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