Sancho Saldaña: 04

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Capítulo IV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Tal de mi afrenta y mi dolor cargado
en la seguridad nunca sosiego,
y en el sosiego siempre estoy turbado.
HERRERA


Fuéme la suerte en lo mejor avara:
sombras fueron de bien las que yo tuve,
oscuras sombras en la luz más clara.
DEL MISMO


Mal venido seáis, le dice,
alevoso a mi presencia,
hijo de padres traidores.
ANÓNIMO



A la izquierda y en medio del camino de Olmedo a Cuéllar, sobre una altura, se ven, aun hoy día, los arruinados torreones del antiguo castillo de Iscar. Sus primeros propietarios fueron los árabes, que manteniendo allí una guarnición respetable, se servían de él como de un punto central de comunicación entre dos pueblos de tanta importancia como eran Olmedo y Cuéllar en aquella época. Tuviéronlo después en tenencia, o como gobernadores por el rey, varios señores hasta que, arrojados los árabes de ambas Castillas, les quedó en feudo con todas sus dependencias a los ascendientes de doña Leonor. Todos ellos habían ocupado empleos muy principales, siendo tenidos en mucha estima por los reyes a quienes sirvieron, y que premiaron su mérito con honrosos cargos.

Pero, en el momento de nuestro historia, las últimas revoluciones habían oscurecido el brillo de su familia, debilitado su influencia y apocado su engrandecimiento, habiéndose declarado el jefe de ella por el partido de Alfonso el Sabio cuando las revueltas que armó su hijo, ambicioso de la corona. Sin entrar en las causas que pudieron hacer despreciable a los ojos de su pueblo un rey tan ilustrado y poderoso como don Alfonso, y tan respetado de los extranjeros, como para la inteligencia de algunos sucesos es preciso ofrecer el cuadro de la época a que se refieren, echaremos una ligera ojeada sobre la situación en que se hallaba entonces España. Las conquistas de los dos reyes de Aragón y de Castilla, don Jaime y Fernando el Santo, habían reducido la potencia sarracena a los últimos rincones de la Península, siguiendo a estos reyes la victoria por todas partes y extendiendo la fe y las armas cristianas con sus nuevos triunfos. Pero estas guerras, si bien aumentaron las fuerzas de los cristianos, enflaquecieron al mismo tiempo las de los reyes, no habiendo perdonado, particularmente el de Castilla, medio alguno para conseguir su loable empresa de librar toda España del yugo árabe, y habiendo consistido éstos en aumentar los furos y preeminencias de la nobleza, para que con mayor empeño le socorriesen. El orgullo de aquellos hombres, criados en las armas y belicosos por naturaleza, creció de punto desde entonces de tal manera que cada uno pensó igual su autoridad a la de su rey, y aun los hubo que se creyeron con derecho a vengar con las armas los agravios que de él recibieran, e incitaron los pueblos a la rebelión. Así que cuando convenía a su interés o engrandecimiento se aliaban unos con otros, dejando aparte sus diferencias particulares, y hacían temblar al monarca en su mismo trono, como sucedió últimamente a don Sancho, que a despecho de su genio e intrepidez tuvo que sosegar a buenas y un adular el orgullo del revoltoso don Juan Núñez de Lara por miedo de su influencia.

Con hombres tan poderosos y, pueblos avezados a sus antiguos usos y a seguir el movimiento de sus señores, tenía que lidiar Alfonso el Sabio al ceñirse la diadema de sus antepasados. Sus leyes, admiradas de las naciones extrañas y seguidas hasta hoy mismo en la nuestra, hallaron entonces tantos obstáculos, cuanto que todos temían que a su sombra el rey atropellase sus antiguos fueros y sus franquezas. El pueblo no consideró que de ellas emanase acaso su emancipación de los derechos del feudalismo; todos las miraron como enemigas, y el vulgo bárbaro y lleno de supersticiones, ora ridiculizaba a su rey, ora llamaba inquietud a su sabiduría. Añadióse, además, que las continuas guerras de su padre, habiendo agotado los tesoros reales, Alfonso X se vio obligado a remediar de algún modo la escasez de metálico que se sentía. Aumentó el valor de la moneda que mandó labrar, siendo de menos peso que la que había corrido hasta entonces, lo que, poniendo impedimento en el cambio, fue una de las principales causas del descontento general que se manifestó en su reinado. Tacháronle de avaro, siendo así que nunca ha habido rey más espléndido, y le motejaron de injusto cuando fue el primero en España que fijó el modo de administrar justicia.

En todas estas murmuraciones, de que nuestro historiador Mariana hace cuenta casi para acriminarle, tenía sin duda más parte la envidia y el interés sórdido de algunos particulares que la verdad; pero esparciéndose por los pueblos disponían el ánimo de muchos en contra suya, y como de la murmuración al desprecio no hay más que un paso, y de sentirlo a manifestarlo nada, bien pronto este rey, que podría citarse como modelo, se halló envuelto en discordias civiles, vio a su familia armarse contra él, y oyó vitorear al principal rebelde, su propio hijo, con el título de rey, que le concedía antes de tiempo la adulación. La muerte del primogénito don Fernando fue el motivo de esta última desgracia, que puso en término al sabio desventurado monarca de acogerse al mayor enemigo de los cristianos, el rey de Marruecos, para que le ayudara contra don Sancho. Este príncipe, que estaba por otra parte dotado de grandes prendas, apenas había muerto su hermano forzó, por decirlo así, a su padre a que le reconociese por heredero con perjuicio de los dos de La Cerda, hijos del príncipe primogénito. No es éste tiempo de disputar si la corona le tocaba a él, o pertenecía de derecho a los nietos de don Alfonso; pero no podemos dejar de decir que don Sancho mostró demasiada codicia de poseerla. Su bravura, su liberalidad, su cortesanía y buena maña influyeron de tal manera en los ánimos de los castellanos que la mayor parte siguieron sus estandartes, y así los nobles como los eclesiásticos de más nota abrazaron su partido, formando con él una especie de comunidad, como manifiesta el acta de lo resuelto en las Cortes de Valladolid el año de 1828. Sus hazañas y sobre todo la fortuna que, como decía Carlos V, gusta más como mujer de favorecer a los jóvenes que a los viejos, hizo de modo que el mayor número se declarase en contra de la razón, y que a pesar de los esfuerzos de don Alfonso y de la excomunión lanzada contra el mal hijo por el pontífice, la victoria diese al fin el color de la justicia a las pretensiones de Sancho el Bravo. Murió en estas agonías don Alfonso, y sus nietos quedaron excluidos de la corona, habiéndoles obligado a vivir en Játiva por un convento hecho con el rey de Aragón; y don Sancho, que hasta entonces por burla o hipocresía se había contentado con el título de infante mientras vivió su padre, subió al trono después de haber hecho enterrar suntuosamente como rey al que había arrebatado la corona mientras vivía.

Quedó España, como es de suponer, al cabo de esta discordia tan trastornada y revuelta, que al principio del gobierno de Sancho puede decirse reinaban en su lugar más que sus órdenes los furores de la anarquía. Los odios más inveterados renacieron en el trastorno de la revolución, renováronse las pretensiones de la ambición, y los robos, los desórdenes y todos los crímenes juntos hallaron ancho campo en que desplegarse, habiendo incendiado la antorcha de la discordia desde el palacio del soberano hasta el pacífico hogar del labrador. Bastaba que una familia se declarase por un partido para que la otra se decidiese por el contrario; así que la guerra seguía aun después de la muerte de don Alfonso, y cada castillo, cada pueblo era un campo de batalla donde a sombra del interés público combatían el rencor, la codicia y la ambición de algunos particulares. Las hordas de ladrones, que infestaban los caminos descaradamente, estaban protegidas de oculto por los señores, que se valían de ellos para las acciones que un resto de vergüenza les impedía cometer a las claras, haciendo instrumentos de su amor o de su venganza a la escoria de la sociedad.

Tal era la situación del país cuando don Jaime de Iscar se retiró a este castillo, no habiendo querido doblar la rodilla delante del nuevo rey como habían hecho el mayor número de los partidarios de don Alfonso, y haciéndose tachar de sus enemigos como defensor oculto de los de La Cerda. De todos sus señoríos sólo había conservado este castillo, habiendo perdido el resto de sus posesiones en el tumulto de la guerra civil.

Quedó, pues, arruinado y declarado rebelde por el partido del vencedor, y el viejo caballero, que había seguido constantemente la suerte de Alfonso el Sabio, recibió por premio de su lealtad el sentimiento de verse al fin de sus años sin tener más que dejar a su posteridad que el esplendor de su sangre y el mucho más brillante aun de una larga vida gastada en defensa de su patria y de la causa noble de la justicia. Dos hijos que tenía, y algunos veteranos llenos de heridas y cubiertos de canas en su servicio, fueron los únicos compañeros de su destierro. Su hijo mayor, Hernando, tenía entonces veintitrés años y había hecho sus primeras armas en la última revolución y al lado de su anciano padre. Su juventud, su valor y el porte y continente de su persona, hacían que el generoso don Jaime fundase en él las esperanzas de su casa y la gloria de su nombre para lo futuro; pero la ternura, el gozo de su corazón, la alegría de sus canas era una hija que tenía entonces diecinueve años y reunía a una hermosura poco común todas las gracias de su sexo, toda la gallardía de la juventud y un carácter tan dulce y suave como lleno de entereza y de majestad. Era el ángel consolador de los pesares de su anciano padre.

Cuando éste, poseído del descontento natural a su avanzada edad y perdonable en un desgraciado, se entregaba a pensamientos tristes, la vista de Leonor bastaba a disipar enteramente sus penas, y una caricia de su hija era para su corazón el rocío de la tranquilidad, que renovaba el brío de su alma marchita por los años y las desgracias. Pero como al fin la mano de la muerte...

nos corta a todos de vestir un paño, sin hacer diferencia en la medida,

como dice uno de nuestros poetas, y sin que basten a ablandar su encono las lágrimas de la orfandad ni de la hermosura, las enfermedades del anciano se aumentaron por último con sus disgustos, y el día que recibió la nueva de que le declaraban rebelde murió de pesadumbre y en brazos de sus hijos a poco tiempo de su destierro. Quedó Leonor huérfana y bajo la guarda y tutela de su hermano Hernando que, aunque duro de carácter, la amaba con todo su corazón. Fortificado éste en su castillo, bien provisto de víveres y defendido por los leales guerreros que habían seguido a su padre, no tenía que temer ningún asalto de aquellos a que estaban expuestos en tiempos tan revueltos los que eran declarados rebeldes por el partido de Sancho el Bravo.

Pero un enemigo más temible que todas las partidas de bandoleros y todas las órdenes de la corte amenazaban turbar la paz del corazón de Hernando, el reposo de sus gentes y la seguridad de su hermana. Un amigo íntimo, mirado ya como enemigo por la diferencia de los partidos y el rencor inherente a las revoluciones, acabó de convertirse en enemigo mortal de su tranquilidad.

El señor de Cuéllar, Sancho Saldaña, de quien ya más de una vez han hablado algunos personajes de nuestra historia, poseía en aquella época el soberbio castillo que hay en este pueblo, y se llamaba entonces el de la Rosa. Era el señor más poderoso de todos aquellos contornos, extendiéndose su poder sobre la mayor parte de las poblaciones que ahora forman el partido de este corregimiento hasta el Duero, cerca de Valladolid por un lado, y por otro hasta Segovia y muchas leguas a la redonda. Su padre, que había sido compañero y amigo íntimo de don Jaime hasta la rebelión de don Sancho (en que como se ha dicho tomó cada uno su partido), había ganado muchas de estas tierras de los partidarios de don Alfonso entrando en ellas a fuerza de armas, vinculándolas en su provecho y extendiendo de este modo su poderío.

Así por esto como por haber sido antes amigos y no haber seguido contra su opinión las armas de don Alfonso, cobróle tal aborrecimiento el viejo don Jaime que el nombre de Saldaña era para él más villano que el del más ínfimo bandolero y, llevado de su tenacidad, se negó a oír cuantas proposiciones de paz le hizo en todas ocasiones su compañero. Añadíase a esto lo que del hijo, dueño absoluto ya de tan cuantiosos bienes, publicaba la fama en aquellos pueblos. Teníanle unos por asesino y cruel, otros por cobarde; tal le creía temerario, aquel le juzgaba bueno, y mientras no faltaría alguno que le tenía por generoso, otro le tachaba de miserable y la mayor parte creían al ver su rostro, siempre tétrico y melancólico, y su amor a la soledad, que ora algún demonio revestido de figura humana por algún tiempo, que sentía ver acercarse la hora en que había de desaparecer para siempre y volver a los fuegos de que había salido.

Ayudaba a creer esto que su padre había sido enterrado secretamente, y que era voz pública se aparecía de noche en las bóvedas del castillo, y sobre todo la repentina desaparición de una hermana suya, que, aunque de mucha belleza y sin el ceño y cruel aspecto de Sancho Saldaña, también la habían visto siempre triste, melancólica y pálida, como una estrella próxima a obscurecerse. Añadíase, además, que nadie de afuera sabía la verdad de lo que pasaba dentro de la fortaleza; tal era el silencio que reinaba en habitadores, y que todos hablaban únicamente por conjeturas, lo cual hacía que se exagerasen los hechos e inventasen algunos, adornándolos con tan increíbles sucesos y tan ponderados, que el pasajero se llenaba al oírlos de espanto y curiosidad.

El padre de Sancho Saldaña había cautivado una mora muy joven en una de sus correrías, que había quedado desde entonces en el castillo, y éste era otro tema que daba no menos materia que los anteriores a infinitos cuentos y hablillas. Imaginaban algunos que esta cautiva era una artificiosa bruja que por sus encantos y sortilegios había hechizado al hijo del difunto señor de Cuéllar, mientras otros aseguraban que era el genio maléfico y enemigo de la familia, disfrazado en aquel traje, que conspiraba continuamente en su destrucción. En fin, todo era misterioso en el castillo, y todo era misterio cuanto acerca de él se hablaba en sus cercanías. Hoy mismo al mostrar sus almenadas torres al caminante, y sus muros cubiertos de musgos donde asoma ahora el pintado lagarto su fea cabeza, o corre la rápida lagartija entre derribadas piedras, vestido el suelo de hierba y vil cascajo, el paisano, cuando refiere las tradiciones de este castillo, habla todavía con misterio de aquella época sembrando su relación de fábulas y milagros.

Habían pasado Sancho Saldaña y su hermana la primera parte de su juventud al lado de Leonor y Hernando dividiendo con ellos sus juegos con todo el candor y aquella jovialidad con que son amigos los jóvenes. Tenía poco más o menos la edad de Hernando, y sus padres, acostumbrados a mirar los hijos de cada uno como propios suyos, miraban con gusto el cariño que Sancho tenía a Leonor, prometiéndose uno y otro a sí mismos de unirles en cuanto llegasen a la edad precisa si seguían, como hasta entonces, mirándose con afecto. Cumplió Leonor catorce años, y Sancho tenía dieciocho cuando, cesando los juegos y la confianza de niños, entró a galantearla ya como caballero, mostrándose suntuoso en festejos y haciendo en su honra sus primeros hechos de armas.

Era entonces Saldaña el joven más bizarro y galán de la corte, el de más donaire en las danzas, el más arrojado y venturoso en las armas, como Leonor era entre las damas la gala y la flor de la hermosura y la gentileza. No podía menos Leonor de ver con gusto su nombre en mil cifras, célebre ya en los torneos, de oír con placer mil músicas y trovas en su alabanza y saber que era envidiada de las hermosas; pero ya fuese por falta de sensibilidad, ya, lo que es más probable, a causa de sus pocos años, se contentó de mirar con agrado los obsequios de Sancho Saldaña, sin sentir por él otro afecto que el de la amistad y el que concede el amor propio de una dama lisonjeada.

Con todo, nadie había que no creyese tan efectuada esta unión como si hubiesen recibido ya la bendición de la iglesia, y sin duda habría sido así si la rebelión de don Sancho contra su padre no hubiese separado las dos familias, llevándolas, como hemos dicho, a diferentes partidos, deshaciendo sus planes para lo futuro y dejando burladas sus esperanzas y las de los que, dando todo por hecho, habían ya asegurado más de una vez que habían visto los contratos matrimoniales. Todo cambió desde entonces, y habiéndose retirado padre e hijo a su castillo de Cuéllar, este último conoció allí a Zoraida (que era el nombre de la cautiva), y quedó por ella perdido de enamorado. Olvidó, pues, a Leonor, olvidó todo, y en menoscabo suyo se entregó a su nueva pasión con tan desenfrenada locura que no hubo crímenes que no cometiesen sus arrebatos, de cualquier género que puedan imaginarse, ciego con los hechizos de aquella mujer, que no parecía complacida sino teniéndole siempre al borde del precipicio.

Rodeado de crímenes, entregado a un solo pensamiento en el mundo, lleno de hastío, ansioso de algo que nunca podía encontrar, desasosegado en el sosiego, agitado de tristes imaginaciones y, finalmente, cargado de penosos remordimientos que sin cesar le seguían y atormentaban en todas partes, llegó, en fin, a hartarse de la ponzoña que en copa de oro le presentaba la máscara del deleite, y a odiar al fatal objeto de sus amores con tanto más aborrecimiento y más furia cuanto le había amado con más delirio. Volvió en sí, y no pudiendo encontrar nada que bastase a satisfacer sus deseos, a consolar su tristeza, a hacerle olvidar sus remordimientos, se halló en la flor de su edad con un alma árida como la arena, y velado ya su rostro con la sombra de los sepulcros.

En vano buscaba en las diversiones que su opulencia podía ofrecerle el alivio a sus penas, que deseaba. La música servía sólo para entristecerle, los cantares más alegres, las trovas más dulces le fastidiaban, la alegría de los bailes le inspiraba el despecho, y el lujo de los torneos, las voces, el rumor del gentío y los ojos de las hermosas eran para él vastos desiertos donde se perdía sin hablar con nadie, solo siempre con sus pensamientos en medio de la multitud. Se hubiera creído al verle distraído, melancólico y solo en medio de los placeres, que era la sombra de un hombre que vagaba acá y allá sin destino, o una estatua sepulcral arrancada de la tumba que adornaba, e impelida de algún resorte oculto que la movía. La pasión que había tenido a Zoraida había agotado en su corazón las fuentes del sentimiento, y sólo le había quedado fuerza para sufrir y memoria para hacer eterno el gusano que le roía.

Fastidiado de los placeres, se entregó a toda clase de vicios para sepultar en el delirio del juego o en la embriaguez el tormento que le hostigaba. Pero ni la ganancia le alegraba ni la pérdida le entristecía, mientras el vino, lejos de borrar de su fantasía las imágenes de su tristeza, poniéndole en el estado de inercia absoluta a que reduce este vicio generalmente o comunicándole el júbilo con que trastorna y alienta el ánimo más caído, le entregaba más profundamente a todo el horror de sus pensamientos.

Entonces fue cuando, siguiendo el impulso natural al hombre de buscar su felicidad, recordó a su olvidada Leonor, propuso reformar su vida, halagó un momento sus penas con las dulces memorias de su juventud y el recuerdo de los días en que, lleno de gozo, sintió el inocente fuego del amor puro a vista de su hermosura. Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que le tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias.

Sancho Saldaña estaba ya harto de libertinaje, y creyó que sólo Leonor, el encanto de sus primeros amores, podría volverle la paz que había perdido, y sintió renovarse en su pecho, ya que no su primer amor, al menos un sentimiento más dulce que los que le habían agitado hasta entonces. Su alma se abrió al soplo de la esperanza por un momento, y la idea de un enlace dichoso que pusiera fin a su inquietud en brazos de Leonor y en medio de caricias desconocidas todavía para él, era tan halagüeña que a veces llegaba hasta ahogar, en algún modo, los gritos de su agitada conciencia.

Resolvió, pues, pedírsela por mujer a su padre, que aun vivía, y volviendo a vestir las ya casi olvidadas galas, ordenó a sus pajes y escuderos que se adornasen y engalanasen, disponiendo al mismo tiempo los mejores caballos de sus cuadras soberbiamente enjaezados. Un rayo de luz brilló en su encapotada frente por un momento, bien así como un rayo de sol entre las nubes de la tormenta, y la guarnición del castillo vio con asombro la mudanza que había habido en su jefe, y aquel día fue el primero, puede decirse, que alumbró el sol el castillo.

Sólo la despreciada mora veía con despecho y celos aquellos preparativos. Sus hermosos ojos negros, en que brillaba el fuego de una osadía más que varonil, giraban vertiginosos acá y allá, y la fiereza de su altiva y pronunciada fisonomía parecía realzada con su inquietud. Sus miembros temblaban de cólera, y la sangre africana, irritada con los desprecios de su amante, hacía latir con tanta fuerza su corazón, que parecía querer saltarse del pecho.

Había sido cautiva Zoraida cuando apenas rayaba en los quince años, y era lo que podía llamarse un modelo de hermosura árabe. De airoso continente, alta y briosa de cuerpo, su marcha era la del cisne cuando gira sereno en las aguas y su mirada la del águila que desafía al sol frente a frente. Sus pasiones impetuosas y vehementes daban a todos sus deseos un carácter tal de fuerza, que su voluntad había de cumplirse o debía ella perecer en su empeño. Estaba acostumbrada a arrostrar los caprichos de la fortuna, y aun a veces a vencerla y a sujetarla, y esta lucha continua en que había pasado toda su vida la había dotado de un valor a toda prueba en los riesgos y de un arrojo en sus empresas que rayaba en temeridad. Pocas veces había llorado en su vida y siempre que había derramado lágrimas había sido implorando venganzas o meditándolas. Amaba (no, amaba es poco), deliraba, idolatraba, miraba a Sancho Saldaña como a su Dios, como a su todo, y a consecuencia de tanto amarle, su mismo frenesí, su mismo amor rayaba en aborrecimiento, de suerte que le odiaba y le idolatraba a un tiempo, y a un tiempo le arriesgaba y le protegía, le despreciaba y le defendía, buscándole y huyendo de él, insultándole y acariciándole, y sintiendo afectos tan diferentes con la misma violencia que la pasión frenética que los movía.

Tal era la mujer que había trastornado el genio, el rostro y el corazón de Saldaña, pero que si le había precipitado en un abismo de males no había titubeado en arrojarse con él, y que si lo había llenado de remordimientos, su corazón ardía en la pasión más arrebatada y sin esperanza que puede sentir mujer. Si tal era su amor y la arrastraba a tantos desaciertos viéndose pacíficamente correspondida, ¡cuál sería su furia cuando hallase una rival que combatir, una enemiga tan temible como Leonor! Supo para qué eran los preparativos de su amante, penetró la causa de su alegría, y sin darle una sola queja riprimió su ira, calló, y sin derramar una lágrima, ni siquiera exhalar un suspiro, se retiró a meditar su venganza, determinada a morir o a llevarla a cabo, imaginándola cruel, terrible y digna del ultraje que se le hacía. El resultado probó hasta dónde llevaba sus planes el rencor con que los trazaba. Sancho Saldaña entre tanto, habiendo dispuesto su comitiva, se encaminó al castillo de Iscar resuelto a sacrificar su orgullo y a sufrir cualquiera mala razón de don Jaime con tal de lograr el blanco de sus deseos.

Llegado que hubo al puente levadizo hizo sonar su trompeta y que se anunciase un heraldo, a cuya señal, habiendo respondido desde el castillo, el heraldo anunció que su amo, el ilustre conde de Saldaña, deseaba hablar en particular con el muy noble señor de Iscar y que aguardaba allí su respuesta. Estaba en este momento don Jaime hablando con Leonor de lo que contaban del señor de Cuéllar, y cuando oyó su nombre no pudo contener su cólera.

-¿A qué viene aquí ese malsín, ese traidor a su rey? ¿Viene a insultarme? Se engaña, porque me quedan aún fuerzas bastantes para obligarle a que me respete. ¡Hernando! -gritó a su hijo-, pon los arqueros en las almenas y dile que yo no respondo a traidores sino con las armas.

-Pero, señor -contestó Hernando-, su traje y su séquito son de paz, y no sería honroso responder con armas al que se nos entrega sin ellas.

-Es verdad, y has apuntado bien -repuso el viejo-, cuanto más que el heraldo debe ser respetado según la ley de la guerra; me acuerdo todavía que en Sevilla, cuando estaba allí la flor de la caballería de España con el Santo rey, padre de nuestro monarca, degollamos una partida de moros que había ahorcado de un árbol un heraldo nuestro que llevaba a la ciudad un mensaje, obrando según la ley de la guerra.

-Señor, ¿qué mandáis que se le responda? -interrumpió respetuosamente su hijo.

-El padre de ese muchacho estaba allí entonces -continuó el buen viejo como distraído, y por cierto que era una de las buenas lanzas que había... ¡Ah!... Sí, se me olvidaba -repuso volviendo en sí-; nada, que se vayan, que aquí no tienen qué hacer; que se vayan, y cuanto antes.

La respuesta era tan definitiva que nada quedaba que replicar; pero Leonor, considerando los peligros a que se exponía su padre haciendo este desaire a Saldaña, determinó sacar de él una respuesta más dulce y que no le expusiese para lo futuro a los riesgos que cualquiera indiscreción podría atraer sobre ellos en circunstancias tan espinosas, y así añadió con voz tímida:

-Padre mío, ¿y si viene a proponeros una reconciliación?

-Entre nosotros no cabe ninguna, hija mía.

Y deteniéndose un momento como pensativo, exclamó:

-Sí, que entre, que entre; quiero seguir el parecer de nuestro sabio rey don Alfonso, que decía que antes de sentenciar es menester oír las partes.

Mucho debió de agradecer Saldaña que este dicho de Alfonso X se presentase a la memoria del caballero, pues de lo contrario hubiera tenido que volver pies atrás; pero las sentencias del sabio Alfonso eran para don Jaime tan sagradas como los preceptos de la religión, no conociendo otro rey ni otra autoridad que la suya; y aunque Sancho el Bravo era el verdadero rey de Castilla entonces, él siempre daba este título a su padre, sin que hubiera fuerzas humanas que le hicieran dar al hijo otro nombre que el del rebelde.

En esto Sancho Saldaña, habiendo recibido el permiso de entrada, llegó al salón donde estaba sentado don Jaime aguardándole, y de que había salido Leonor por respeto a su padre y decoro de su persona.

Conservaba aún Sancho algunos restos de su belleza, marchita ya por el rigor de sus pasiones y el estrago que habían hecho en él los vicios a que últimamente se había entregado; pero en medio de la palidez y severidad de su rostro y la expresión melancólica de su fisonomía, creyó descubrir el anciano en su porte vigoroso y caballerosa apostura alguna semejanza con la marcialidad y belleza del padre en los tiempos de su juventud. El primero que habló fue don Jaime, y dijo:

-Mucho me extraña vuestra visita, señor conde, que puesto que vuestro padre y yo fuimos amigos y compañeros en mejores tiempos que los presentes, ya hace años que acabó nuestra amistad y rompimos lanza con punta de tal modo que se hizo imposible entre nosotros toda reconciliación.

-No vengo ahora -respondió el conde con aire noble, aunque sumiso y arrepentido- a discutir con vos los motivos de vuestros resentimientos con mi padre. Baste deciros que mi poca edad me perdonó el disgusto de mediar en ellos, y que las causas que os resintieron con él no creo que existan para conmigo.

-Tendríais razón, joven -repuso el señor de Iscar-, si vos, dejando a un lado las opiniones de vuestro padre, hubierais depuesto al menos las armas y no hubierais seguido también el partido del hijo rebelde, que no podrá hallar paz nunca en su corazón por haber levantado bandera contra su mismo padre.

Estremecióse Sancho Saldaña al oír estas palabras que pronunció el señor de Iscar con sentimiento, frunció las cejas, y el temblor convulsivo de sus labios anunció que algún remordimiento le fatigaba; pero el anciano, sin echarlo de ver, continuó diciendo:

-Digo, pues, que tendríais en ese caso razón; pero vos desoísteis la voz de vuestra conciencia, seguisteis el ejemplo de vuestro padre, y aunque puede ser más perdonable en vos que en él, a causa de vuestra edad, yo he jurado odio implacable a los enemigos de mi rey, y si acaso puedo compadecer a alguno por el merecido castigo que les aguarda del Vengador de los justos, no podré nunca en mi vida reconciliarme con ellos. Ahora decid lo que tengáis que comunicarme.

Dicho esto se puso a mirarlo con atención, como aguardando su respuesta; pero Sancho Saldaña no se hallaba en estado de responderle. Por una parte, veía frustradas sus esperanzas, y se juzgaba condenado a ser eternamente infeliz, mientras por otra, algunas palabras de las que había dicho el anciano tenían tanta relación con alguna de las causas de sus remordimientos, que sintió ahogársele la palabra, y un estremecimiento convulsivo se apoderó de todos sus miembros. El anciano esperó un rato la respuesta, y habiendo notado sus movimientos, los atribuyó a su orgullo ultrajado por haberle supuesto un momento capaz de humillarse hasta el punto de venir a implorar de él una reconciliación.

-Veo en vos -dijo- el carácter de vuestro padre, y sé que los Saldañas han sido siempre demasiado altivos para mendigar la amistad de cualquiera que sea; pero como podíais tener algún intento que proponerme sobre el que requirieseis mi asentimiento, he empezado por haceros ver que conmigo es imposible toda reconciliación.

-Y si dependiese de ella -exclamó tristemente Saldaña- la esperanza, la felicidad de un joven que, aunque criminal, nada os ha hecho para merecer vuestro odio; si dependiera de vos que un alma se ganara todavía para el cielo en vez de que, entregándola a la desesperación, quede abandonada a todas las asechanzas de Satanás, entonces, señor, entonces, ¿que diríais? ¿Qué determinaríais?

-Hablad -repuso al momento don Jaime-: el sabio rey don Alfonso decía que todos tienen derecho a exigir siempre que se les oiga.

-Señor -continuó el conde, lleno de agitación-, de este momento depende mi vida o mi muerte; vos sólo podéis pronunciar mi sentencia, vos sólo podéis salvarme, de una sola palabra vuestra depende mi felicidad. No me consideréis como el hijo de Rodrigo Saldaña, miradme como un extraño; suponed en mí un pasajero que en la oscuridad de la noche no puede encontrar un asilo donde refugiarse de la lluvia y os pide hospitalidad; mirad en mí un pecador arrepentido, un hombre que va a arrojarse a un abismo, y cuya muerte podéis evitar con sólo tenderle una mano que le separe. Miradme así, y no me negaréis el tesoro único que deseo en el mundo, el día, la vida, el cielo de mi corazón.

-Hablad, pues -exclamó conmovido el anciano- y yo os prometo que como mi honor y el de mis hijos no peligre ni se mezcle en lo que me pidáis, que, olvidando todo resentimiento, os concederé lo que me suplicáis tan de veras.

Sancho Saldaña bajó un momento los ojos al suelo como indeciso, miró a don Jaime, volvió a bajarlos, y como un hombre que arroja de sí un peso superior a sus fuerzas, dio un suspiro y dijo en voz apenas inteligible:

-Yo amo a Leonor.

-Sé que la habéis amado; continuad -repuso gravemente don Jaime.

-La he amado, sí, pero nunca tanto como ahora que veo en ella la fortaleza de mi descanso -repuso el conde-; la he amado, pero ahora veo en ella sola el reposo y la paz de toda mi vida. Yo vivo ya ha mucho tiempo fatigado y harto de cuanto bueno y malo me rodea; el mundo es más viejo para mí, a pesar de mis pocos años, que lo es para vos al cabo de vuestra edad; todo está usado en él; nada hallo nuevo en la Naturaleza; la luz del sol, la noche, la primavera, lo más bello, lo más tremendo con que puede recrear el cielo o amenazar en su cólera, nada me inspira un sentimiento nuevo; sólo Leonor es el único objeto que puede inspirármelo, sólo ella puede volver a mi alma la sensibilidad que ha perdido. Su mano...

-Joven, ¿sabéis lo que me pedís? -repuso don Jaime levantándose con dignidad-. Nunca mi sangre se mezclará con la vuestra, así como la lealtad no se ha mezclado nunca con la traición.

-Ved, señor -exclamó el conde-, que va mi dicha en vuestras palabras.

-Silencio -replicó el caballero-. Os he oído con paciencia, y es cuanto podíais exigir de mí; os compadezco, pero no penséis más en Leonor.

-¿Y me abandonaréis a mi suerte? -dijo el conde en actitud decente, pero suplicante-. ¿Desecharéis mis súplicas y me dejaréis en el camino de la perdición?

-Basta, basta -replicó el anciano-, y en verdad que es humillante para un hombre de vuestro linaje abatirse tanto delante de su enemigo.

-¿Queréis serlo? -respondió Saldaña, recobrando su natural fiereza, impelido de su altivez-; pues bien, sobre vos caigan los nuevos crímenes que me haga cometer la dureza de vuestro corazón, sobre vos caigan las maldiciones de un joven perdido en lo mejor de sus años y condenado ya en vida a todos los tormentos del infierno. Sobre vos...

-Basta, he dicho -replicó irritado don Jaime-; salid de mi castillo, y dad gracias al modo y la intención con que habéis venido que no os mando arrojar por una ven tana.

-¿A mí? -repuso todo encolerizado don Sancho-. ¿A mí? -pero conteniendo su ira, continuó-: Viejo cruel, no me precipitéis; un crimen es para mí poca cosa; dame tu hija, yo te pediré perdón, yo seré feliz y te lo deberé a ti solo, si no... poseerla no me costará más que cometer un delito.

-¡Hernando! -gritó el anciano a su hijo, que se presentó al momento a su voz-, echad del castillo a ese traidor, hijo de un traidor, que viene a insultar mis canas.

-¡Conde don Sancho!... -dijo entonces Hernando.

-¡Hernando! ¡Amigo! -exclamó Saldaña.

-¡Conde don Sancho, repito, obedeced a mi padre!

-Está bien -repuso el conde-, salgo de vuestro castillo; no mancharé mi espada en la sangre del amigo de mi juventud, porque ya tengo bastantes manchas de sangre inocente en mis vestidos; pero juro que ha de ser mía Leonor, ha de ser mía, ¡vive Dios!, de fuerza o de voluntad.

Dicho esto dejó el castillo, y metiendo espuelas a su caballo corrió a rienda suelta hasta Cuéllar sin ver el camino que llevaba ni reparar si le seguía o no su gente. Desde entonces mil imaginaciones, mil venganzas le agitaron, y la cólera y el orgullo luchaban en su corazón; pero ya sea el miedo de irritar a Leonor, particularmente si atropellaba el castillo de su hermano asaltándolo para robarla, ya que creyese, vista la guarnición de la fortaleza, que era empresa de mucho tiempo y dificultad, lo cierto es que en mucho tiempo pareció haber olvidado su juramento y no hizo o no pareció hacer intención de cumplirlo. Con todo, día y noche pensaba en su felicidad, y, por consiguiente, en Leonor, y resuelto, por último, a poseerla de cualquier modo, imaginó robarla como único medio que le quedaba.

El Velludo, a quien daban este mote por el mucho vello de que estaba cubierto, era el ladrón más famoso en Castilla y el terror de aquellos contornos. Había sido soldado en su mocedad y militado en diversas partes, habiendo alcanzado en todas ellas fama de esforzado, y debiendo esta gloria tanto a su buena suerte como a su intrepidez natural. Era entonces de edad de cuarenta años, y no había perdido nada de la robustez y fuerza de su juventud. Fiero y colérico en demasía, no dejaba de ser a veces cruel si le arrebataba la ira, pero su índole era generosa naturalmente, y más bien hacía mal por oficio que por inclinación. Durante las refriegas de Castilla, y en medio de la confusión que dominaba en el reino, había tomado las armas y formado su tropa de bandoleros, saqueando acá y allá, tan pronto a un partido como a otro, prestando sus servicios a todos cuando la utilidad de éstos se convenía con su interés propio, y distinguiéndose siempre en sus hechos tanto por su astucia como por la osadía de sus planes.

A éste, pues, comunicó los suyos Sancho Saldaña, imaginando diestramente el modo de robar a Leonor sin que él apareciese culpable.

Ya hemos dicho que había dejado pasar el conde mucho tiempo desde la entrevista con don Jaime hasta el momento de cumplir su empresa, y en más de un año después de la muerte del caballero no tuvo medio o no se resolvió a efectuarla. Presentósele la mejor ocasión que podía esperar, sabía que la caza era una de las diversiones favoritas de los dos hermanos, y habiendo introducido un halconero de su confianza en el servicio del señor Iscar, tuvo aviso del primer día en que pasado el tiempo del duelo volverían los hermanos a su acostumbrado divertimiento.

Llamó al punto al Velludo, y ofreciéndole una recompensa considerable, trataron juntos del modo de robar a la dama sin que él se comprometiese y, al contrario ganase su voluntad. Para esto se valieron del modo ya referido en el capítulo anterior, teniendo Saldaña el intento de al siguiente día presentarse delante de los bandidos, que habían de huir a su vista y abandonarle a Leonor para que él, como libertador suyo, mereciese de este modo su afecto con menos dificultad.

Pero el cielo, que vela sobre la inocencia y convierte en humo las asechanzas y los pensamientos del impío, hizo que en medio de la agonía de Leonor se presentase a deshora un ser en apariencia sobrenatural que, aterrando con su vista a aquellos hombres supersticiosos y crédulos, la libertó por entonces de sus enemigos y desbarató los planes del tétrico y desesperado Saldaña.


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