Sancho Saldaña: 11

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Capítulo XI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena!
La pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos.
JOVELLANOS


Optabam esse anathema pro fratribus meis.
SAN PABLO, ad Rom. 9.


A poca distancia de la cueva de los bandidos, y bajando las riberas del Pirón, había habido en los siglos del paganismo un soberbio templo de piedra, erigido sin duda por los romanos en honor de alguna deidad a quien habían consagrado aquel sitio. El furor de los siglos, y acaso la mano del hombre, más destructora que la del tiempo, había ido poco a poco demoliendo este monumento de la grandeza de aquellos conquistadores, y en la época de esta historia no quedaban ya otros vestigios aparentes que algunas piedras cubiertas de musgo, alguna columna rota u otra infeliz muestra de su antigua magnificencia. Una parte de él, sin duda en algún terremoto, se había hundido debajo de tierra, habiendo desaparecido de modo que nadie habría podido sospechar siquiera que entre aquellos escombros, mansión al parecer únicamente de inmundos insectos, estuviera oculta una habitación capaz, bastante para servir de abrigo a algunos hombres en caso de necesidad. Pero una piedra fácil de remover daba entrada a un arco oscuro que debajo de tierra tortuosamente se prolongaba hasta llegar a una espaciosa bóveda octangular, asilo tal vez en otros tiempos de algún religioso ermitaño, y no tan abandonada ahora que no se conociese que servía aún de lo mismo. Con todo, el adorno de esta sepultura (si tal puede llamarse habitándola cuerpos vivos) probaba que quien la había elegido en este tiempo por su morada miraba poco en las comodidades del mundo y sólo pensaba en la salud del alma y en el retiro. Un crucifijo de madera groseramente trabajado estaba con dos clavos sostenido de la pared; delante de él, y a sus pies, venía a parar una lámpara que pendía por una cuerda del techo, y a todas horas mezclaba su moribunda luz con la que escasamente el día reflejaba en aquella estancia. Una pila de agua bendita en un ángulo de la bóveda, unas disciplinas salpicadas de sangre y un cilicio colgados de la pared; una cama de paja y algunos escaños de madera sin pulir completaban los muebles de este ignorado asilo del arrepentimiento. Pero ahora tal vez se notaba más cuidado y compostura en el arreglo de la habitación. La cama de paja parecía más mullida y recogida que de costumbre, y algunos manjares, aunque pobres harto lujosos para quien se mantiene de lágrimas y de ayunos, daban a conocer que la persona dueña de aquel recinto había recibido un huésped a quien trataba de festejar.

En efecto, la maga, como la llamaban en las cercanías, no había descuidado nada de lo que estaba a su alcance y que pudiera en algún modo aminorar la molestia y pobreza de su mansión. Aquí fue donde Leonor, siguiendo los pasos de su misteriosa conductora y obedeciéndola, más por temor que llevada de su voluntad, llegó la noche que en medio de la tormenta la libertó de manos de los bandidos. Ellas fueron las que, pasando junto a Nuño, le hicieron creer que era el guía que había desaparecido; y Leonor, cerca de su fiel vasallo sin saberlo, fue tomada en la imaginación de éste, a tiempo que trepaba con la maga a la altura donde estaba la entrada de su retiro, por el cuerpo del halconero volando a toda prisa camino de los infiernos.

Iba Leonor demasiado sobresaltada para preguntar nada a su conductora, y cuando entraron en la bóveda, los diferentes sucesos del día, el susto pasado, la duda de su situación y el miedo de aquel espantoso espectro, cuya desollada mano, fría como la losa de un sepulcro, tenía asida fuertemente la suya, oprimieron su corazón a un tiempo, de modo que no pudiendo llorar ni respirar siquiera, fijó en ella los ojos con espanto a la débil luz de la lámpara, dio un suspiro y cayó desmayada sobre el escaño donde le hacía señas que se sentara. Tantas sensaciones crueles, tantos sustos, debilitaron sus fuerzas, encendieron su imaginación, y la afligida dama, asaltada de una fiebre ardiente, había pasado en un continuo delirio los días en que tanto Saldaña como su hermano habían suspirado por ella, buscándola con tanta ansia, aunque por tan diferentes motivos. Pero la Providencia, lejos de abandonarla, no contenta con haberle proporcionado una tan milagrosa libertadora, hizo que hallase en aquella misma fantasma, que fija en su memoria le aterraba aun en medio de su delirio, la enfermera más cariñosa. Una mano benéfica mejoró su salud, suministrándole las medicinas más necesarias, y más de una vez hirió su oído una voz llena de suavidad, y se le figuró, en medio de su enajenamiento de espíritu, que había visto junto a sí algunas veces un ángel que la consolaba.

Al cabo de tres días la calentura fue poco a poco disminuyendo, se disipó la confusión de su entendimiento, y Leonor, ya más tranquila, se encontró sola y acostada sobre la paja, y mirando a su alrededor examinó el cuarto donde se hallaba.

La luz de la lámpara, la vista del crucifijo y la oscuridad de la bóveda no dejaron de sorprenderla por un momento, y olvidada de cuanto le había sucedido, y no pudiéndose dar razón de cómo había venido a aquel sitio, casi estuvo por creer que había muerto ya para el mundo y la habían enterrado en vida. Miróse a sí misma con asombro, refregándose los ojos y tentándose por si dormía, y como por más que hacía no podía adivinar cómo se encontraba allí sepultada, pensó un momento que todo aquello era un sueño o un capricho de su fantasía. Pero aclarándose poco a poco sus ideas, empezó a recordar una tras otra cada una de sus desventuras, y completando el cuadro de todas ellas, recordó, no sin temor, la tormenta, la pavorosa fantasma, y reconoció la lámpara a cuya luz la había visto en aquella misma caverna poco antes de desmayarse.

Esta última reflexión no pudo menos de horrorizarla, pensando que aquella visión infernal vivía con ella, y que era sin duda su única compañera; pero, a despecho de su preocupación, la vista del crucifijo y de los dos instrumentos de penitencia (el cilicio y la disciplina) asegurándola de sus temores, le hicieron tomar nueva esperanza, pensando que cualquiera que pudiese ser la persona que allí vivía, sus sentimientos eran religiosos, y que ya no le haría ningún mal quien la había tenido tanto tiempo, sin hacérselo, en su poder.

-¿Qué miedo puedo tener -se decía a sí misma- de quien, sin duda, me ha cuidado en mi enfermedad y sólo ha tratado de hacerme bien? ¿Acaso si esta habitación no ofrece comodidades, no inspira una santa veneración? No hay duda que fue algún ángel el que me salvó de manos de los ladrones y tomó aquella espantosa forma sólo para aterrarlos. Pero si fue un amigo, ¿por qué no ha avisado a mi hermano para que viniese o enviase algunos criados que me trasladasen de aquí al castillo?

Combatida de estas reflexiones, no acertaba a decidir entre sí si era enemigo o amigo su libertador, ya afligiéndose, ya consolándose, terminando sólo sus incertidumbres, y calmándolas de algún modo, el pensamiento de que al cabo no se hallaba en poder de un impío, enemigo de su religión. Alzó su mente a Dios, y después de haberse conformado devotamente con su voluntad, empezó de nuevo la curiosidad a punzarla cada vez más, deseosa de saber quién era el dueño de aquella estancia tan triste.

-Daría -dijo- no sé qué por saber a quién tengo que agradecer el cuidado que de mí ha tenido.

Y levantándose y registrando a un lado y otro, no vio más salida que un arco medio hundido a un lado de la habitación, pero tan oscuro, y amenazando ruina de tal manera, que no se atrevió a aventurarse por aquel camino. Llegóse a él, con todo, dos o tres veces mirando con curiosidad y retirándose con espanto, temerosa de hallar con el espectro aterrador que allí le había conducido, y que ella se figuraba ver en cada sombra que ondulaba al reflejo trémulo de la lámpara. Por último, imaginó que veía una figura negra que se acercaba, cerró los ojos, volvió a abrirlos, y creyéndola ya más cerca huyó de allí al momento, y sin volver la cabeza atrás de miedo, se arrodilló temblando delante del crucifijo.

Hacía un rato que estaba así cuando, repuesta de su temor y dando por una ilusión la figura que la había asustado, volvió la cara y halló detrás de sí, en pie, inmóvil, el bulto negro. Estremecióse al verle, sobrecogida; pero volviendo a mirarle creyó que ya otra vez le había visto y que debajo de aquella almalafa negra iba encubierta la misma mujer que le había anunciado su peligro el día de la caza junto al monasterio. Esta idea le hizo cobrar ánimo, y levantándose le preguntó:

-¿Quién eres tú que parece que te deleitas en asustarme?

-Soy -le respondió la misma voz dulce que entonces la sorprendió tanto- el instrumento de que Dios se ha servido para libertarte a ti y estorbar un crimen al pecador. No temas nada de mí, pues yo sólo, cumpliendo con la voluntad del Señor, he tratado y trato de hacerte bien; soy la que ya no es conocida en el mundo, y la que tú has olvidado en tu corazón.

-¿Por qué usas conmigo tanto misterio? -le preguntó Leonor con algo más de ánimo-. Si tu nombre me es conocido, ¿por qué me lo ocultas? ¿Por qué me escondes tu rostro? Si temes que lo declaro en el mundo, yo te juro por la honra de mi linaje de callarlo hasta el fin de mis días, y no confiar a nadie que te he conocido, ni aun a mi mismo hermano. ¿O has cometido algún crimen y temes por eso decirme cómo te llamas?

-Mis faltas -respondió la fantasma- han sido sólo para con Dios, cuya bondad sin dada me las perdonará, y ningún ser en el mundo puede quejarse de mí. Hubo un tiempo, Leonor, en que la vanidad agitaba mi corazón, en que pude pagarme de la hermosura de mi cuerpo, y descuidé acaso la de mi alma; pero este no es un pecado para con el mundo. Mi nombre fue ilustre, y yo fundé impíamente mi gloria en el valor de mis ascendientes, sin fundarlo en mis méritos para con Dios; pero hace ya tres años que mi mansión es ignorada del hombre como la guarida del lobo; que he ocultado mi rostro como el vergonzoso; mis días pasan en la penitencia y en la meditación, y he arrancado mi pensamiento de la tierra y despreciado las comodidades que mis riquezas me prometían, para elevar aquél únicamente a Dios y trocar éstas por las eternas. Desde entonces, tú y todos los amigos del mundo me han olvidado, y yo he muerto para ellos en mi soledad.

La unción religiosa de su discurso, su imponente presencia y la majestad melancólica de sus palabras inspiraron tal respeto a Leonor, que de haberla creído poco antes un espíritu del infierno, pasó a imaginarse que estaba delante de una santa, a quien sólo faltaba morir para ir a sentarse en el paraíso. Postróse ante ella, y quizá le hubiese tributado adoración si la maga, levantándola con dulzura, no la hubiese hecho avergonzarse de su intención.

-Alzate de ahí, Leonor -le dijo-, yo soy una pecadora como tú, y para que te desengañes y veas que no hay otro misterio que el que me fuerza a guardar un voto hecho por la salvación del alma de un hombre, aún no saciado de sus delitos, mírame bien y reconóceme de una vez.

Diciendo esto se echó atrás la capucha que le tapaba el rostro y quedó descubierta delante de ella.

-¿No me conoces? -prosiguió, viendo que Leonor la miraba atónita sin hablarle ni recordar su fisonomía-; seis años hace que no nos vemos. ¿Es posible que ya no te acuerdes de Elvira de Saldaña, la hermana de Sancho Saldaña, o, por mejor decir, la compañera de tu niñez?

-¡Elvira mía! ¿Eres tú? -exclamó Leonor, loca de alegría de haber hallado una amiga en su libertadora, echándole los brazos al cuello para estrecharla en su corazón.

Elvira la miró con cariño, dejándose abrazar de su amiga; pero sus ojos manifestaban la tristeza, y con los brazos caídos no le devolvió ninguna de sus caricias.

-Retírate, Leonor -le dijo con sentimiento, separándola con entereza-, y no hagas con tus extremos que renazca en un corazón entregado enteramente a Dios ningún sentimiento mundano.

-¡Tú me arrojas de ti! -exclamó Leonor sorprendida-. ¿No eres ya mi amiga? ¿No me amas ya, o acaso la enemistad de nuestros hermanos ha hallado también cabida en tu corazón?

-La amistad y la enemistad de los hombres -repuso Elvira con solemne y religioso ademán-, sus odios, sus pasiones, las sensaciones profanas de la ternura, nunca habitaron en el alma que se alimenta sólo de las dulzuras espirituales, y que ya en la tierra se desprende de su deleznable cuerpo y se eleva a contemplar la imagen de su Hacedor. No que la mía haya llegado aún a este grado de enajenamiento celeste a que alza Dios las almas de sus elegidos; no, todavía conozco en mí la debilidad de la criatura -prosiguió, llena de emoción y sin poder contener una lágrima a su pesar-; yo amo aún en el mundo; yo no he podido romper todavía los lazos de la sangre y de la amistad que hicieron las delicias de mi juventud, yo amo aún a mi hermano; amo al asesino del justo, del santo sacerdote que consoló a mi padre en la agonía de la muerte; yo te amo a ti también, Leonor, a ti, la amiga de mi infancia; me he descubierto a ti; he permitido que me abrazaras, no porque no conozca que he pecado faltando al voto que contraje delante de los altares... Dios me perdonará; yo ya río podía contenerme.

Atónita, Leonor había contemplado la fisonomía de Elvira mientras hablaba, y sus ojos, brillantes con la luz de la inspiración, su semblante majestuoso en que se reflejaban al mismo tiempo uno por uno los distintos afectos que en su alma se combatían, la habían sorprendido de modo que la alegría del primer momento se trocó en un respeto místico hacia su amiga. Con todo, las últimas palabras volvieron a despertar en su corazón los sentimientos de la amistad, y el enajenamiento con que Elvira las había pronunciado le inspiró el dulce deseo de tranquilizarla.

-No sé -le respondió- qué votos son los que te obligan a ocultarte y vivir sola en esta especie de sepultura; pero, pues Dios permite que en tu corazón abrigues aún un resto de ternura hacia tus amigos y algún dulce recuerdo de lo que hizo en otro tiempo tu dicha, ¿por qué temes entregarte a sensaciones tan inocentes? He oído decir a los sacerdotes que Dios nos deja ese consuelo en todas nuestras adversidades.

-El único consuelo del santo -repuso Elvira recobrando su tono imponente- debe buscarlo en el Todopoderoso, y no en los consuelos pasajeros de sentimientos terrenos, robados a la divinidad, en quien deben emplearse todos los de nuestra alma. Pero tú hablas por boca de Satanás, y tus palabras afectuosas tratan de seducirme. Yo he provocado la tentación con descubrirme a ti. Tu discurso es inspirado sin duda por el enemigo.

-Te protesto -replicó Leonor, atemorizada de oírla-, que te he hablado con inocencia, y que he creído hacerte bien y sosegar tu conciencia diciéndote lo que creo. Yo no puedo imaginarme que sea un crimen amar a mis semejantes.

-Amarlos en Dios, no en ellos -exclamó Elvira con fanática indignación-. Pero tú no sabes lo que dices -añadió con más suavidad-; ¡y con todo, es tan dulce ser amado de sus semejantes y amarlos!

Elvira quedó un momento suspensa, bajó los ojos y derramó algunas lágrimas en silencio, mientras Leonor, sensible a sus emociones, la correspondía con su llanto entre intimidada y enternecida.

Duró esta escena muda algunos minutos, hasta que Elvira, dominando su turbación, levantó su hermosa cabeza con gravedad, alzó sus ojos al cielo y exclamó:

-Dios mío, perdonadme si aún doy oídos al lenguaje de los mundanos; perdonadme si he cedido un momento a las instigaciones de mi flaca naturaleza. Leonor -prosiguió, volviendo a ella sus ojos cubiertos de lágrimas y mirándola con agrado-, yo te amo y yo he pecado por ti. Tres años hace que no me ha dirigido su voz ninguna criatura humana, rara vez he visto la luz del sol; mi única habitación en la tierra es esta tumba; mi alimento, las lágrimas de la penitencia; mi cama, el suelo; el alivio de mis pesares, el ayuno y la disciplina, y Dios ha sido mi único compañero en la soledad. Tanto tiempo desterrada del mundo, tantas maceraciones, no han bastado aún a fortalecer mi alma: ¡miserable vaso de perdición! Yo ofrecí delante de los altares sacrificarme en vida a Dios para salvar a mi hermano del infierno que le amenazaba. Yo le vi, yo le veo aún sordo a la voz de mi padre moribundo, que le llamaba para darle su última bendición, negándose a recibirla, embriagado en los deleites de su manceba, y maldiciendo al siervo que le interrumpía en sus placeres para llamarle. Yo le vi cuando furioso, hirviendo en toda la cólera del infierno, alzó el puñal, guiado por los demonios, y lo hincó en el corazón del sacerdote que piadosamente le reprendía. Yo le vi después, cubierto aún de sangre, reposarse en brazos de su Zoraida y oí su risa y sus carcajadas emborrachándose en el festín. El infierno se estremeció de júbilo y los demonios alargaron sus manos para agarrar su presa; yo los oí que reían, y me horroricé. Entonces me postré delante de Dios, oré por el pecador y ofrecí sepultarme en vida, cubrir mi rostro y alejar de mí todas las vanidades del mundo para expiación de los crímenes de mi hermano. Desde entonces cambié mis galas por el cilicio, troqué la blandura de mi lecho por un poco de paja, comí las raíces de los árboles, los frutos silvestres y traté mi cuerpo como a un animal inmundo. Vime odiada y maldecida de los habitantes de las cercanías, creída bruja y mirada como un agente de Satanás; y yo, para más humillarme y contener al mismo tiempo la curiosidad de las gentes con el temor, adulé su credulidad confirmándola con mi apariencia. Porque no sólo prometí no cuidar de mi fama, sino que también ofrecí exponerla a las lenguas de las gentes y sufrir el oprobio con humildad. Pero, ¡ah!, ¡cuánto me ha costado vencerme; cuántas veces ha resonado en mi oído la voz de Satanás, que me incitaba a faltar a mis votos para con Dios, y he querido volver al mundo, lisonjear mi vanidad publicando mi penitencia y realzar de nuevo los dulces vínculos de la sangre y de la amistad que rompí para desterrarme, destrozando mi corazón! Yo recordaba, a pesar mío, los primeros días de mi juventud, y mis ojos se cubrían de lágrimas; yo habría dado el resto de mi vida por un momento de consuelo, sólo porque la mano de un semejante mío, aunque fuese desconocida, hubiera enjugado una vez el llanto de mi amargura. El sol, que derrama su luz para todos, estaba oscurecido para mí en esta bóveda, y si acaso alguna vez vivificaban sus rayos mis miembros yertos y debilitados, mi vista inspiraba el terror a los habitantes de las cercanías, que huían delante de mí, y no hallaba una mirada de afecto, una muestra siquiera de lástima que compensase mis privaciones. ¡Ah!, ¡tú no sabes cuán duro, cuán amargo, es este aislamiento del mundo, cuán triste es verse aborrecida sin merecerlo!

El sentimiento íntimo con que pronunció estas palabras mostró más que nunca en este instante su agitación. Sus ojos se inundaron de lágrimas, inclinó su rostro al suelo con una expresión peculiar de tristeza y de santidad, y puesta una mano sobre el corazón, como para aliviar el dolor que la atormentaba, largo tiempo quedó sin poder hablar, interrumpiendo el silencio que reinaba alrededor de ella sólo con sus sollozos y sus gemidos. La soledad y la lobreguez de la bóveda, alumbrada apenas por la lámpara que ardía delante del crucifijo, y, sobre todo, el tono, ya místico y ya melancólico, que había dado Elvira a sus expresiones, acaloraron de tal modo la imaginación de Leonor, que sintió correr un sudor frío por su cuerpo, y tuvo que arrimarse a un ángulo de la estancia para sostenerse. Sus ojos llenos de piedad se fijaron, por último, en su amiga, que inmóvil delante del crucifijo y cubierta de su almalafa negra, clavados los ojos al suelo sin pestañear, y en su rostro pálido y desencajado reflejando acaso la amortiguada luz de la lámpara, tenía el aspecto de un cadáver vestido de su mortaja, que se había levantado de su ataúd. En vano Leonor había tratado algunas veces de interrumpirla; sus palabras se habían helado en su boca, dudosa si servirían más bien para aumentar su dolor que para aliviarlo, y en este momento, sin saber qué decirle, obedecía a los sentimientos que Elvira comunicaba a su corazón llorando con ella, sin hallar otro medio de consolarla.

Duró un rato el silencio, y Leonor, esforzándose, se acercó a ella, y tomándole una mano, que apretó cariñosamente entre las suyas, le dijo:

-Hermana mía, si las caricias de una amiga pueden hacerte sobrellevar la carga del voto que has contraído, yo no te olvidaré nunca; yo vendré a verte todos los días y tú hallarás en mí todos los cariños juntos que echa de menos tu corazón. Yo, si es necesario para tu consuelo, participaré de tus penitencias, dividiré alegremente tu cama y rogaré a Dios contigo. Tendrás al menos un ser en el mundo que te ame y te compadezca.

-¡Leonor! -repuso Elvira, apoyando su frente en el hombro de su amiga, sin poder contener más tiempo los impulsos de su ternura-. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo he pasado sin que una voz dulce como la tuya regalase mi corazón! ¡Cuán largos se me han hecho los días en mi soledad! Pero, ¡ah!, sólo cuando se han pasado días y días en el desierto y en el silencio, cuando se iba sido un objeto de odio y terror para sus semejantes, cuando la Naturaleza se ha mostrado a nuestros ojos yerma, sola y sin ofrecer un árbol a cuya sombra reposarse de las fatigas de una larga y penosa peregrinación, sólo entonces se pueden valuar justamente las dulzuras, las delicias de la amistad. ¡Dichosos aquellos que sin pecar ni faltar a los votos que contrajeron pueden desahogar su alma en la de su amigo y sentir en su corazón herido gota a gota el bálsamo suavísimo del consuelo! Pero yo -añadió, empujando de sí a Leonor y como horrorizándose de sí misma-, yo he atraído sobre mí la maldición de un Dios colérico contra el perjuro. La amistad en mí es un crimen; yo he jurado olvidar el mundo, olvidarme hasta de mi existencia. ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Yo he quebrantado mis votos! ¡Ah, hermano mío! ¡Yo que los hice por ti, como si yo no tuviera nada que reconvenirme! El Señor ha castigado mi orgullo y debilidad. ¡Y tú también, Leonor, tú quieres sacrificarte por mí y tomar parte en mis miserias y penitencias!... Dulce, dulcísimo sería para mí, sin duda, tener conmigo quien comprendiese la voz de mí corazón... Dios mío, recibe benigno esta privación, la más cruel que puedo imponerme, en descargo de mis pecados.

«No, Leonor -continuó más tranquila, aunque en su voz trémula se notaba su agitación-; para ti sería un sacrificio inmenso; para mí, una culpa imperdonable si yo consintiese con tu amistad. Nosotras no volveremos a vernos más; una casualidad fue causa de que nos halláramos; esta bóveda no está lejos de la cueva de los bandidos; yo pasé cerca de ellos aquella mañana y los oí hablar de mi hermano; curiosa de saber sus maquinaciones, me oculté a sus espaldas entre los árboles. Desde allí oí a su capitán que comunicaba su plan a uno de los suyos. ¡Ah! Dios condujo allí mis pasos para impedir a mi hermano que consumase el crimen que había pensado. Tú ibas a ser entregada a su voluntad para satisfacer su torpeza o a ser víctima de su furia. El Señor puso su fortaleza en mi corazón, eligiendo para salvarte de manos de los forajidos a una mujer débil que los aterró con sólo una máscara, como si hubiese llevado consigo un ejército poderoso.

-¡Oh! Sí -exclamó Leonor-, yo te debo más que la vida, puesto que te debo mi honra. Tú que te expusiste tanto por mí, ¿cómo podré yo pagarte?

-Leonor -dijo Elvira en tono solemne-, no blasfemes; sólo al que vela sin cesar sobre los oprimidos debes tu salvación; a él debes dar gracias en tus oraciones. Yo fui la mano de que se valió en su benignidad, y no corrí riesgo alguno, cubierta, como iba, con el escudo de su omnipotencia.

-Pues bien -le respondió Leonor-, yo aquí contigo se las tributaré, y mis oraciones, juntamente con las tuyas, volarán hasta su trono como una nube de aromas. Tu boca, más pura que la mía...

-Leonor -interrumpió su amiga-, no adules mi vanidad; yo soy un vil gusano como tú delante del Altísimo. ¿Quién osa hablar delante de él de pureza? ¿Yo que he quebrantado mis votos sólo por un momento de deleite mundano? ¡Ah!...

Diciendo esto, sus ojos salieron de sus órbitas, alzó ambas manos al cielo y pareció como arrobada y fuera de sí algún tiempo. Poco después dobló las rodillas delante del crucifijo, oró, besó la tierra y dio muestras de un verdadero arrepentimiento, y sintiéndose más tranquila, se levantó de nuevo y se acercó a Leonor, que había contemplado su éxtasis en silencio.

-Es preciso que nos separemos -dijo con el acento melancólico que daba algunas veces a sus palabras-, es preciso; yo cometería un pecado imperdonable si te tuviese más tiempo conmigo, y, por otra parte, tú tienes un hermano que te ha buscado con ansia y que ahora, más que nunca, necesita de tu cuidado. Tienes cien lanzas en tu castillo que te defenderán de tus enemigos, y no te has obligado, como yo, a vivir sola y a olvidar y a ser olvidada de tus amigos. Tu juventud no debe marchitarse en un destierro, como la mía; tu corazón puede abrirse sin pecar a todas las sensaciones más dulces que hacen las delicias de los mortales; el mío debe cerrarse aun para las más inocentes; sí, Leonor, aun para las más inocentes. Cuando yo te he visto estos días enferma sobre esa paja, te he estrechado mil veces contra mi pecho, te he mirado como a mi única joya en el desierto, y he pecado. ¡Ah! Tú no sabes ahora cuánto, cuánto me cuesta separarme de ti; pero es preciso; sería en mí un espantoso crimen recibir otra vez una caricia tuya.

-¡Ah! -exclamó Leonor conmovida-, yo no te abandonaré, yo no me separaré de ti.

-No hay remedio, Leonor -repuso Elvira con resignación-; Dios me lo manda.

-Yo vestiré como tú un cilicio -respondió Leonor-, y su clemencia te perdonará.

-Tu hermano está herido -dijo Elvira-, y te llama tal vez en este momento desde su lecho.

-¡Herido! -exclamó Leonor-. Vamos, sí, que yo le vea. ¡Mi hermano herido! Pero, ¡ah! -continuó, dirigiéndose a su amiga-, tú me dejarás que venga alguna vez a llorar aquí contigo, a consolarte, Elvira mía.

-No, jamás -respondió Elvira, haciendo un esfuerzo-, jamás; cuando tú hayas salido de aquí, olvídame; yo te lo pido por amistad. No más, Leonor -continuó, alargando su mano hacia su boca, viéndola en ademán de interrumpirla-. No más; olvídame; ¡cúmplase la voluntad de Dios! La noche debe ya haber cubierto el mundo con su oscuridad, pues no penetra ninguna luz por las aberturas del techo. Tu hermano está herido; ven, sígueme.

Diciendo esto tomó de la mano a Leonor, que, inquieta por la salud de Hernando, no hizo más resistencia, y guiándola a tientas por el arruinado arco por donde se salía de la bóveda, Elvira empujó una piedra, que cedió dócilmente a su impulso, sintieron el aire del campo y ambas tomaron tristemente el camino de su castillo.


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