Sancho Saldaña: 12

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Capítulo XII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Yo triunfaré de mi pasión insana,
yo desde ahora aborrecerle quiero,
le quiero aborrecer... ¡Oh! quién me diera
desenclavar del corazón mi afecto.
CIENFUEGOS. Safo, en la tragedia de Pitaco.


La luna caminaba ya a occidente acompañada del lucero de la mañana, y todo estaba en silencio en el castillo de Cuéllar. Saldaña había ya vuelto de su parasismo, y sus heridas, aunque peligrosas, no habían sido declaradas mortales por los maestros. Un calmante le proporcionó algunas horas de sueño, y a la hora de la mañana descansaba de las fatigas de su combate con mucho placer del viejo Duarte y su favorito Jimeno, que se aprovecharon de este momento de reposo, el primero, para dormir, y el segundo, para vaciar algunas botellas de buen vino y refrigerarse al lado de su cuotidiana, como él llamaba a su concubina.

No se oían los cantos ni las voces de los soldados, ninguna luz ardía en el castillo excepto las de las cuadras, y sólo el ladrido de algún perro o la voz del vigía que anunciaba las horas, más cuidadoso de su relevo que de contemplar la diosa de las tres caras, interrumpían de tiempo en tiempo el silencio misterioso de esta hora de la noche, en que toda la Naturaleza parece que se abandona profundamente al reposo. Sólo una luz se vio cruzar de ventana en ventana y desaparecer, se oyó crujir una puerta que se cerraba, y poco después la voz, las carcajadas de Jimeno y el ruido que formaba el choque de los vasos anunciaron que aún la disipación y el vicio estaban despiertos en el castillo. Pero este rumor fue poco a poco disminuyéndose, hasta que cesó enteramente, y otra vez se oyeron los pasos del centinela, que, al parecer, era el único que velaba en la fortaleza.

Tal creía él, al menos, sin imaginarse que otro motivo que el de su deber pudiese desterrar el sueño de los ojos de ningún habitante del castillo, y muy ajeno de pensar que el amor tenía aún abiertos los de la hermosa Zoraida, que más que nunca combatida entonces de su pasión, y sentada en aquel momento a la reja de su estancia, miraba la luz de la luna sola y melancólica, mientras el orgullo y el cariño luchaban en su corazón. Con una mano apoyada sobre la reja, adonde se entretejían, como hemos dicho, algunas ramas de árboles, reclinada en los almohadones, apoyada su frente en la otra mano y desnuda de todas sus joyas, pero más hermosa que nunca, al rayo de la luna, que se quebraba allí penetrando con débil luz en la estancia, se entretenía, embebecida en sus pensamientos, en arrancar algunas hojas, que desmenuzaba distraída entre sus dedos, mientras la brisa de la mañana susurraba mansamente a su alrededor.

En otro tiempo ella hubiera sido la primera a quien Saldaña habría llamado junto a su lecho, y sus palabras hubieran sido el mejor bálsamo para sus heridas. En otro tiempo ella habría cuidado de su reposo; pero ahora su amante no la había nombrado siquiera, y si acaso se hubiera acordado de la desdichada Zoraida, habría sido sin duda para maldecirla, procurando arrojarla cuanto antes de su memoria como a un objeto de odio y horror. Sola allí y olvidada ya de todos aquellos que en otro tiempo la adulaban y deseaban parecer agradables a sus ojos para serio a los de Saldaña, servida únicamente por una esclava de poca edad, que dormía muy descuidada de las penas de su señora, si había sabido lo que pasaba en el castillo lo debía más a su vigilancia y cuidado por el ingrato que a ninguna noticia que le hubiesen dado.

Jimeno, el lindo Jimeno, era el único que parecía compadecerla, y le traía con frecuencia nuevas de su señor; pero, además de que Zoraida recibía sus atenciones con desdén y que él no era muy de su gusto, sus noticias servían más bien para irritar su orgullo que para dar esperanza a su corazón, no pareciendo sino que en medio de la pesadumbre que mostraba el compasivo paje al comunicárselas se gozaba secretamente en atormentarla. El fue el primero que avisó a la mora de las heridas de Saldaña, engrandeciendo y pintando el riesgo en que se hallaba su vida con tan vivos colores y tan sin compasión de la pena que manifestaba Zoraida, que parecía más entretenido en referir su cuento que en observar su rostro, dando al mismo tiempo a su narración cierto aire aparente de sencillez. El fue el primero que cuando el señor de Cuéllar volvió de su desmayo tuvo el cuidado de venir a contarle cómo no había preguntado por ella ni había dicho que la llamaran, siendo este el golpe más cruel que podía recibir Zoraida, cuyo orgullo ultrajado ahogó un instante en su alma el sentimiento de su cariño; pero la situación de Saldaña, casi moribundo, y, sobre todo, la violencia con que, a su despecho, le idolatraba, triunfaron de todo, haciéndola olvidar por entonces sus desprecios, pensando sólo en el riesgo en que se encontraba y dispuesta a dar hasta su vida para salvarle la suya.

El amor es generoso, aunque vengativo, y él era al fin el único hombre a quien ella había amado; era su primer amor, podía aborrecerle, vengarse de él, detestarle, pero amándole siempre, idolatrándole a su pesar y olvidando todo en el momento de su peligro para protegerle, bien así como un enemigo pundonoroso devuelve a su contrario la espada que le derribó su destreza, en vez de aprovecharse de su victoria para herirle desarmado. Tales eran los pensamientos de Zoraida, triste y desdeñada, pero deseosa aún de cuidar por sí misma del herido caballero que tan mal pagaba su amor, y creída que, estando tan cerca de su última hora, no era aquella ocasión de mostrarse airada, sino de vengarse de sus desdenes probándole con su generosidad cuál era la mujer que había despreciado su ingratitud.

De esta manera trataba la enamorada cautiva de disfrazar el vehemente deseo que la incitaba a ir a verle, esforzándose a sí misma y queriendo cubrir a sus mismos ojos, bajo el velo de la caridad y la compasión, lo que era sólo un amor frenético, vanamente contenido por el orgullo. Ya varias veces había hecho ánimo de levantarse para ir a verle, ya otras tantas su amor propio lo había impedido cumplir su resolución, ya agitada del temor, ya del deseo, hasta que al fin la voz de la más poderosa hizo callar la de las otras pasiones.

Zoraida se levantó en pie de pronto, tomó una luz que ardía en la sala contigua a su tocador, cerró su puerta sin ruido, y con callados y ligeros pasos se dirigió a la estancia donde estaba Saldaña. Pintada la agitación de su rostro, trémula y deteniendo su marcha como si temiera que la sintiese el mismo a quien iba a buscar, llegó toda azorada a su cuarto, empujó con mucho tiento la puerta, alargó la cabeza a mirarle sin atreverse aún a entrar, y sintiendo por su respiración que dormía, se resolvió por último, puso la luz sobre una mesa y se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba a su lado, como cansada del trabajo que le había costado vencerse para llegar hasta allí.

Saldaña reposaba entonces, si puede decirse que reposa el que en su sueño no halla descanso para su espíritu; su color pálido, además, por la mucha sangre que había perdido, su cabeza, que en la agitación de su sueño había cambiado varias veces de sitio sin encontrar nunca la comodidad que buscaba, estaba caída fuera de la almohada al borde de la cama, reclinada sobre su pecho, y su frente arrugada, sobre la cual caían algunos mechones de pelo, sus cejas fruncidas, que le daban un aspecto feroz, y su respiración anhelosa probaban que estaba muy lejos de gozar en su sueño de tranquilidad. Su brazo derecho colgaba desnudo al suelo, mientras, tirado atrás, el izquierdo le caía doblado sobre la cabeza, y su cuerpo, torcido en una posición bastante penosa, le hacía que casi descansase sobre su herida, lo que tal vez era causa en parte de la pesadilla que le fatigaba.

Es sabido que una mujer dotada de sensibilidad se identifica de tal modo con las desgracias que le cuentan o los males de que es testigo, como si los padeciera ella misma, aun tratándose de un desconocido. Su fibra, más delicada que la del hombre, corresponde a la voz de la compasión con la misma fuerza con que siente la chispa eléctrica el que más distante está de la máquina, por ligero que sea el contacto que le una con aquel a quien su golpe se comunique, y no hay duda que el más dulce consuelo de nuestros pesares es la piedad y el cuidado de una mujer. El carácter de Zoraida, a despecho de su altivez, era tan flexible al sentimiento y la melancolía como a todos los arrebatos de la ira, siendo su alma de fuego y no habiendo conocido nunca sino el último extremo de las pasiones, tan arrebatada en sus celos como exagerada en su amor sin que hubiese dique alguno que bastase a detener siquiera el torrente de su corazón. Los lazos que lo habían unido a Saldaña eran los únicos que le unían al mundo, y aislada y cautiva casi desde su infancia, había cifrado en el señor de Cuéllar todos los cariños de su alma mirándole como a su padre, a su hermano, a su amigo, a su amante, a su único protector en su cautiverio.

Saldaña había cometido crímenes por su amor, pero sin que ella hubiese tomado parte activa en ninguno, habiendo sido tal vez causa inocente de todos ellos, y aunque en su imaginación sombría Zoraida se ofreciese como una furia que le arrastraba al delito, más bien dependía esta idea de que él necesitaba disculparse de algún modo, que no de que fuera cierta, y la enamorada mora no le debía a él sino desgracias. Su padre, alcaide de un castillo en las fronteras de Granada, perdió la vida a manos del padre de Sancho Saldaña, y ella vio perecer allí sus compatriotas al filo de la espada de los cristianos, mientras ya prisionera de ellos, un mar de fuego envolvía hasta las almenas de su fortaleza. Perdió su patria, sus riquezas, un padre anciano que era su único apoyo, y para colmo de su desventura se enamoró del hijo de su enemigo para verse después, en premio de su cariño, despreciada y aborrecida. Pero ahora, viéndole postrado en su lecho, había olvidado sus propios pesares, compadecida y enamorada más que nunca del ingrato que la maldecía, y le contemplaba con ternura, mientras él mostraba en su fatigoso y agitado sueño el mismo fastidio, la misma inquietud y el disgusto mismo que eran el tipo de su carácter mientras estaba despierto.

-He aquí -se dijo a sí misma, levantándose de su asiento y acercándose a su lecho paso a paso para no despertarle-, he aquí solo y abandonado a mi voluntad, sin poderse valer a sí mismo y sin tener a nadie que le socorra, el caballero más poderoso e intrépido de Castilla, el terror de mis compatriotas, el despreciador de su cautiva, el que hace dos días tuvo puesto el puñal a mi pecho para asesinarme. Héle aquí. ¿Quién me quitaría vengarme si yo no le amase aún con todo mi corazón? ¿Quién, si no estuviese yo ahora más dispuesta a cuidarle y defenderle que a satisfacer mi venganza? ¡Cómo el ceño de su semblante descubre los tormentos de su alma! El sudor de su frente es frío como un hielo -añadió, llegando cuidadosamente una mano y estremeciéndose al tocarle-. ¡Ah! ¡No parece sino que este frío penetra en mi corazón! ¡Cuán mustio, cuán otro está de aquel que entre mis brazos se llamó tantas veces el hombre más feliz de los hombres, de aquel en cuya boca recogía yo enajenada la dulce sonrisa del deleite en medio del placer de oírle que me adoraba! Su frente, entonces tersa como el marfil, brillaba aún libre de la nube de los pesares, sus ojos ardían de amor, y la palidez de sus mejillas mostraba más languidez que tristeza; pero ahora... ¡Cuánto sufres!... ¡Cuántos tormentos han abrumado tu alma! Y yo... ¡yo con mi amor he sido causa de tus desgracias!... Pero no me aborrezcas, no; yo te idolatro, Saldaña; sí, yo te idolatro y te perdono tu ingratitud.

Diciendo esto se había arrodillado junto a la cama, y tomando entre las suyas trémulas la mano que Saldaña tenía pendiente la llegó mil veces a sus ardorosos labios y la cubrió de lágrimas y de besos.

-¡Con qué fatiga respiras, ídolo mío!... ¡Ah! ¿Me oyes tú? ¡Suspira! -continuó, mirándole con dulzura y sin soltar la mano que tenía cogida y apretándola suavemente-; ¡oh, sí!, tú me amas aún; las arrugas de su frente veo poco a poco que se disipan, su mano se estrecha contra la mía, sus mejillas se sonrosean... sus labios se abren como si fuera a hablar... yo tiemblo... ¡Qué oigo!... sí...

-¿Me amas? -dijo en este momento Saldaña con voz muy apagada-. ¡Perdóname!

-¡Oh! ¡Yo soy feliz! -exclamó Zoraida fuera de sí de placer-. Sí, yo te perdono con todo mi corazón, yo te he perdonado ya, ya he olvidado todo, todo ha desaparecido de mi memoria como si las olas del mar hubiesen pasado sobre mis agravios Tú, tú eres quien tienes que perdonarme.

-¡Leonor! ¡Leonor! -exclamó Saldaña sin despertar con el acento más tierno.

-¡Cielos! ¡Qué oigo! -gritó Zoraida, soltándole la mano de pronto y levantándose desesperada-. ¡Ah! -continuó con amargura-. ¡Yo me había olvidado de mi rival y creí que él estaba soñando conmigo. ¡Y yo te había perdonado! ¡Yo! ¡Jamás, jamás!

Todo el amor, toda la dulzura de la desgraciada Zoraida se trocó ahora en la más espantosa furia al oír el nombre de su rival, sus ojos parecían querer salir de sus órbitas, los músculos de su rostro se contrajeron, pintándose en él todas las señales de la locura, sus labios trémulos cambiaron su color rosa en un blanco cárdeno; como sobrecogida de un accidente, retorcía sus manos, y ya, sin temor de interrumpir el sueño del herido, gritaba con el acento de la más horrible desesperación:

-¡Jamás! ¡Jamás ¡Yo me vengaría! ¡No, Leonor no será tuya jamás!

A sus gritos despertó Saldaña despavorido, abrió los ojos y quiso incorporarse en el lecho. Por una transición de ideas, muy natural en un hombre cuyos sentidos están muy debilitados por cualquier causa que sea, y cuyo sueño han interrumpido de pronto voces u otro repentino estruendo, Saldaña, que había estado soñando con Leonor, aunque sin mudar de objeto, había cambiado la decoración en la última parte de su sueño, y creía que la maga, habiéndosela arrebatado de entre sus brazos, se esforzaba en ahogarle en los suyos como a una presa ya digna de los infiernos. Cuando despertó estaba todavía confusa su imaginación, y al ver los ademanes de la mora y oyendo sus últimas palabras: «¡No, Leonor no será tuya jamás!», imaginó que era la maga quien se lo decía.

-¡Ah! -suspiró Saldaña, gritando con una voz sepulcral-. ¿No has cumplido aún tu venganza? ¿No bastaba que la robaras, era menester quitarme con ella hasta la única esperanza que me quedaba?

-Sí, hasta la última esperanza -repitió Zoraida con amargura, volviendo a él los ojos en que estaba pintado su frenesí-. ¿Y tú no me has robado a mí todo cuanto poseía? ¿Mis padres, mi patria, mi gloria, mi inocencia, mi felicidad, mi esperanza? ¿No me lo robaste tú todo?

¡Y a pesar de eso te amé, a pesar de eso me dejé seducir de tus mentiras y cifré en ti mi universo! ¡Oh!, maldito el día en que me engendraron, maldito el día en que nací para idolatrarte y verme pagada con celos y con escarnio. ¡Ojalá nunca hubiese lucido aquel día!

-Mujer infernal -exclamó Saldaña, que la había conocido-, ¿quién te dejó entrar aquí? Huye de mi presencia, y maldita sea la hora en que te conocí, demonio de mi persecución; ¡huye!, y no vengas a atormentar al enfermo en su lecho del dolor.

-Plugiese al cielo -respondió la mora- que todo el infierno junto ardiese en tu corazón como arde en este momento en el mío; plugiese al cielo que pudiera hartarte del veneno de que tú has inundado mi alma... ¡Ah! ¡Yo reiría entonces viendo que tú dividías conmigo mis sufrimientos! ¡Ojalá veas en brazos de otro esa Leonor a quien amas! Tal vez está así ahora mismo en brazos de otro, sí. Tal vez es un amante disfrazado, a quien ella adora, esa bruja que te la robó. Sí, sufre, sufre como tú me haces sufrir a mí; es el único consuelo que me queda en mi desesperación.

-Mientes, boca de Satanás, mientes -respondió Saldaña haciendo un esfuerzo, que no pudo lograr, para levantarse-, mientes; Leonor no tiene ningún amante; no me amará a mí, pero no ama a otro ninguno tampoco.

-¿Y tú qué sabes? -replicó Zoraida con una sonrisa sardónica-. Por lo menos te aborrece a ti; te aborrece, y yo estoy aquí para repetírtelo. No me mires con esa ira, no te esfuerces en levantarte; tú eres un caballero muy poderoso, pero ahora yaces en esa cama como si te hubiesen ligado con cien cadenas; yaces herido por la espada del hermano de la que adoras, que te aborrecerá más por eso, porque tú también le has herido a él, y él le comunicará el furor con que te detesta.

-¡Mujer! -gritó Saldaña, casi fuera de sí-, ¿has venido a asesinarme?

-¡Ah! -repuso la celosa mora-, no; ¡he venido a acabar de ser infeliz, a saber de tu propia boca que me aborreces!

-Pues sí, yo te aborrezco -replicó el herido-, yo te abomino, instigadora de mis delitos; huye de aquí, furia vomitada por el infierno. ¡Duarte! ¡Jimeno! ¡García!, echad de aquí a esta mujer, que viene a mofarse del moribundo. ¡Duarte! ¿Qué, no hay aquí nadie conmigo?

El viejo Duarte, que al acostarse sólo había pensado dormir media hora, hacía ya una y media que roncaba en otra estancia al lado de la que ocupaba su amo cuando llegó su nombre a sus oídos y conoció la voz de Saldaña que le llamaba. Púsose en pie al instante y entró a ver qué le quería su señor, buscando alguna excusa que darle por no haber estado velándole como debía, cuando su amo le alivió de este trabajo gritándole en cuanto le vio.

-Echa de aquí a esa mujer, quítala de mi vista, y cuida que no vuelva otra vez a presentarse delante de mí.

-¡Zoraida! -gritó, dirigiéndose a ella-, huye, huye de mi presencia o te mando quemar viva en la explanada de mi castillo.

-Sí, yo me iré -respondió la mora con pesadumbre-, yo me iré, no por miedo de tus amenazas, sino porque aún tengo compasión de ti, Saldaña -añadió más tranquila-, puede ser que yo haya sido tu perdición, pero no hay duda que tú has causado la mía; adiós.

Diciendo así rechazó con orgullo la mano de Duarte, que había hecho ademán de cogerla, salió del cuarto con majestad y se retiró a su habitación, donde poco después, tranquilizándose su furor, derramó un torrente de lágrimas. Entre tanto la mañana despuntaba ya en el oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitase en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío. Jimeno, que no había oído nada de la escena que acababa de pasar en la habitación de Saldaña, por tener su cuarto en la parte opuesta del castillo, dejaba en aquel mismo punto su lecho, más cansado de las caricias de su manceba que cuidadoso de su deber, y estaba entonces arreglando muy detenidamente su tocado, operación para él tan esencial como la de comer, todos sus cuidados, refiriéndose más al adorno de su persona que a ninguna otra cosa en el mundo. Con todo, como su obligación era mostrarse aquel día con semblante triste ante su señor, eligió el traje a su entender más análogo con la pesadumbre que debía aparentar, y aunque tan puesto y pulido como si fuese de gala, se adornó con un estudiado descuido, bien así como si dijésemos a la negligé. En esto estaba tarareando el antiguo romance.

Rey Rodrigo, rey Rodrigo,
tu suerte yo bien querría;
si perdistes el ser rey
también hubiste a Florinda.


cuando sintió que andaban a su puerta, y poco después entró García, el compañero de Duarte.

-¿Qué me quieres, zorro viejo? -preguntó el paje-. ¿Vienes de embajador de alguna sílfide que suspira por mis pedazos?

-Si yo soy zorro -replicó García con enfado-, a ti no te falta sino ser viejo, y has de saber que ni yo ni ninguno de mi casta ha servido a nadie de tercero en su vida.

-¡Ve ahí! ¿No lo digo? -replicó el paje-. El oficio que, según dicen, ejerce todo un don Lope de Haro con su sobrina y el rey, y se enoja un pobre escudero que se lo achaquen como si fuera un insulto.

García meneó la cabeza, no muy gustoso de la desfachatez de Jimeno, y dijo:

-Lo que yo tengo que decirte es que el señor de Cuéllar pregunta por ti, que ha estado allí la mora y le ha vuelto el juicio, según me ha dicho Duarte, aunque yo me figuro que está hechizado, y me ha encargado que te llame y vayas allá al momento.

-¿Zoraida ha ido a verle? -murmuró entre sí el paje-. ¿Y él la ha despreciado como acostumbra? ¡Bueno! ¡Soberbio! No parece sino que ella misma me ayuda; sí, vamos -continuó, saliendo del cuarto y dirigiéndose al escudero.

-No será nada, sino que ese estúpido de Duarte, que no habla nunca sino para reñir, es más a propósito para velar a un muerto que para cuidar un enfermo.

-Como tú -replicó García entre dientes siguiendo detrás de él-, valdrías más para moza de un serrallo que para ser paje de lanza.

El paje entre tanto compuso su rostro, tomando la fisonomía más triste que pudo, y cuando entró en la estancia de su señor podría habérsele comparado a un novicio por sus ojos caídos y el recogimiento que aparentaba.

Saldaña estaba entonces con una calentura furiosa a causa de la cólera que había tomado, y habiéndose recogido toda su sangre a su corazón, tenía una especie de ahoguido que le hacía respirar con dificultad. Sus ojos estaban cubiertos de un velo cristalino, su corazón se oía latir, y la ropa de su cama, toda revuelta, manifestaba los muchos vuelcos que en su inquietud había dado a un lado y a otro.

Jimeno se acercó a la cabecera, y habiendo mandado a Duarte que saliese a buscar el cirujano del castillo, le dio a beber un agua, a que mezcló algunas gotas del elixir que le habían recetado, hecho lo cual se sentó junto a él, y Saldaña pareció más sosegado.

-Jimeno -le dijo con el acento sombrío de la desesperación-, ¿crees tú que habrá perdón para mí?

-¿Y por qué no? -replicó el paje-. ¿Acaso habéis hecho algo nuevo en el mundo? Tal mujer burlada, tal homicidio cometido en un acceso de ira no son, a mi parecer, culpas imperdonables. ¿Pero a qué viene eso? ¿Os queréis morir?

-¡Morir! -exclamó Saldaña-. ¡Ojalá, si no hubiese un infierno! ¡Ah!, tú no sabes hasta qué punto me sobresalta esta idea; ¡toda una eternidad!

-Tiempo os queda de arrepentiros -respondió el paje-, aunque sea en medio del camino que hay de aquí a allá. Cuanto más que si vos habéis burlado una mujer, ha sido una enemiga de nuestra religión; de las otras podéis decir que pensabais casaros con ellas, y en cuanto a haber hecho morir a éste o aquél con más o menos justicia, nadie está libre de un momento de irreflexión, y tal vez la muerte que les anticipasteis les abrió el camino de la salvación, quitándoles de cometer delitos que si hubieran vivido les habrían hecho hallar cerradas las puertas del cielo.

-Es verdad, Jimeno -replicó el herido, que cogía con avidez cualquier excusa que aminorase sus culpas a su entender-, es verdad, y entonces yo no soy criminal, ni debo temer el infierno; Zoraida ha sido la causa de la mayor parte de mis delitos.

-Así es -replicó Jimeno sin titubear-; esa mujer os precipita, y sobre ella, si acaso, debéis cargar el peso de vuestros pecados. Su suerte ha sido que no haya estado yo aquí cuando vino a atormentaros, sin consideración a que estáis herido. Si llego a estar presente la echo al foso desde la ventana más alta. Y es mentira; ni ella os ama ni os ha amado nunca; a ella le convenía, es mujer, y no hay mujer que no mienta.

-Conque ¿tú crees que aún puedo encontrar perdón? -insistió el supersticioso Saldaña.

-¿Y qué os podía hacer pensar de otro modo? -respondió el paje.

-¡Qué! Que más de una vez -repuso el de Cuéllar con sobresalto- he visto ahí, ahí mismo donde tú estás, un demonio que me escarnecía y me anunciaba que no había perdón para mí; yo he querido orar, y todos los rezos habían huido de mi memoria, y hasta mi lengua se resistía a pronunciar las pocas palabras sagradas de que pude acordarme, mientras él las hacía sonar en mi oído como blasfemias, y, mofándose, me cargaba de maldiciones.

-¡Ave María Purísima! -exclamó el paje haciendo la señal de la cruz-. Eso sería un delirio, una ilusión; pero, no obstante, tomad esa reliquia, que os librará por lo menos de su presencia.

Diciendo esto sacó una medalla del pecho, y el impío Saldaña la tomó con religiosa codicia y la besó respetuosamente.

-Siento algún consuelo -le dijo, guardándola debajo de la almohada-. ¿Y Leonor? ¡Ah! ¿No me amará jamás? No creo que peco con hablar de ella; mi fin es hacerla mi esposa. ¿Y cómo podré ya si tal vez su hermano está enterrado a estas horas? Yo le vi muerto a mis pies. Pero él tuvo la culpa; todavía me irrito cuando me acuerdo de sus insultos.

-Cuando nosotros llegamos -repuso el paje- había ya vuelto en sí y sus heridas no me parecieron muy peligrosas. Y a las mujeres, ¿qué les hace eso? Leonor os amará porque sois hombre; no hay mujer que se resista a un hombre de las prendas que vos tenéis. En Valladolid maté yo al hermano de una que cortejaba y no me quiso menos por eso.

-Sí, pero Leonor no es de ésas -repuso Saldaña con fuerza, no muy agradado de las comparaciones del paje.

La llegada del cirujano interrumpió su conversación, y habiendo notado que su enfermo se había agitado demasiado para el estado en que se encontraba de debilidad, le encargó que no hablase, y mandó que se guardase el mayor silencio en la estancia para no turbar el reposo de que tenía mucha falta. Poco después llegó el Velludo al castillo con dos prisioneras que había hecho la noche antes, a quienes dieron habitación en la parte del mediodía contigua a la de Saldaña, aunque no le dijeron nada de este suceso, pues en la situación en que se hallaba, a voto de los cirujanos, cualquier sensación fuerte, ora de alegría, ora de pesadumbre, podía serle funesta.


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