Sancho Saldaña: 13

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Capítulo XIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


SEGISMUNDO
. . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Qué
te suspende?
LESBIA
. . . . . . . . . Hacia allí pasos
sentí y las ramas se mueven.
Veré quién es.
CALDERÓN, Afectos de odio y amor.


Es opinión muy antigua que los hombres manifestamos nuestro carácter, nuestras pasiones, y yo estoy por asegurar que hasta el oficio en que nos ocupamos, en nuestro modo de hablar, de andar, de dormir, etc., y que si algunas excepciones hay, dependen más bien del estado de ficción en que vivimos en la sociedad que no de que sea falsa esta aserción. Así vemos generalmente que a un enamorado se le conoce que lo está en sus distracciones, en sus ojos, o demasiado alegres o muy caídos, y en otras semejantes señales. Descúbrese a un ambicioso en su paso precipitado, su aspecto pensativo y mirada solícita e imponente; a un avaro, porque, por guardar, guardará las manos en los bolsillos hasta en los meses de más calor, y en las ojeadas de desconfianza con que honra a los que le rodean. Y pasando de las condiciones a los oficios, todo el mundo conoce los escribientes de lotería en lo bulle bulle que son y en la viveza ratonil de que están dotados, y nadie equivocará un oidor con un escribano si compara la gravedad, gordura y mesurado continente del uno con la mirada en acecho y el furtivo paso del otro. Con todo, como la duda es el principio del saber, y puede haber muchos contrarios a mi opinión en esta materia, no insistiré más tiempo en convencerlos, no siendo esto de mi incumbencia, y habiéndose escrito ya tanto en el mundo sobre fisonomías, cráneos, etc., y sólo les recomendaré el tratado de frenología del doctor Gall, donde se convencerán de la razón que me asiste, puesto que no le asistió a él más para asegurar que cada joroba de nuestra cabeza es un nido de vicios, de virtudes y de talentos.

Y así, tomando el hilo de nuestra historia, sea esta mi opinión verdadera o falsa, hubiera sido preciso ser muy menguado, torpe o falto de juicio para no conocer a primera vista que un corrillo de diez o doce hombres que estaban aquella mañana juntos a poca distancia del castillo de Cuéllar, sentados al pie de un árbol, eran gente non sancta y un mal encuentro para un viajero. Sus caras, sus trajes y sus armas indicaban bastante su oficio, y no quedará duda ninguna al lector del que ejercían viendo a Usdróbal con ellos y a otros dos o tres más, Zacarías, el bizco y el catalán, conocidos antiguos de la cuadrilla. Su conversación parecía muy animada, y todos ellos hablaban con admiración del valor de su capitán, quien había tenido, la noche antes una aventura, a su entender casi milagrosa, y a que había dado dichoso fin.

-Yo no puedo menos de creer -decía el veterano, de que ya hemos hecho mención en la primera parte de nuestra historia-, sino que el capitán es brujo o el mismo diablo. ¡Jesús me valga! Pues a no ser así no habría podido cogerla cuando ella iba saltando de pino en pino como acostumbra.

-Lo que es brujo -repuso el bizco-, no creo que lo sea-, pero Lucifer mismo no asesta mejor una flecha, aunque sea contra un junco, ni tira con más certeza; así que no me espanto de que, aun cuando la maga fuese volando, la haya hecho bajar sin hacerle mal, con sólo cortarle un ala.

-Sin un conjuro que dice maleficium... demolire universa ejus, o, lo que es igual, te demoleré los huesos, y otras cosas que yo le enseñé, cree mi humildad, caros hermanos míos -replicó Zacarías-, que nada hubiera logrado, a pesar de lo que decís.

-Puede ser -repuso Usdróbal-, mi dulce y respetable maestro; pero el refrán dice, y mejor lo sabéis vos que yo, a Dios rogando y con el mazo dando.

Para entender esta conversación es preciso tomar el hilo de los hechos del buen capitán el Velludo, y retrocediendo algunas páginas sabremos quiénes eran las prisioneras que trajo él mismo a Cuéllar y cómo y en dónde habían venido a sus manos.

El lector se acordará de la promesa que hizo el Velludo a Saldaña de proporcionar un guía experimentado que les condujese a la cueva de la maga, después que no pudo obligar a ninguno de su partida a hacerse cargo de esta empresa por el temor que todos, excepto Usdróbal, habían tomado a la supuesta fantasma. Todos los hombres tienen su amor propio, y así se ve que hasta los más corrompidos, y los más sin fe, gastan su puntillo de honor de cuando en cuando, y toman a cuenta suya ciertas empresas, más por miedo de ser tachados de cobardes, viles o tímidos que por voluntad propia. Tenía el Velludo, además, el conocimiento íntimo de su valor, muy probado y experimentado en mil riesgos, y confiaba tanto en el aliento y arrojo de que estaba dotado, que no podía menos de sentirlo mucho cuando éste le faltaba en la ocasión, siendo un acaso de este género motivo, suficiente para estarse a sí mismo reconviniendo toda la vida hasta que tomaba una especie de satisfacción de su falta, acometiendo otra vez la misma empresa u otra de igual clase que ofreciese más riesgo.

La vista tan inesperada de un espectro en su propia cueva le había sorprendido tanto como si hubiese visto de pronto todo el infierno junto, aunque para hacer justicia a su valentía debe decirse que eran pocos los hombres de aquella época que, a despecho de toda su temeridad, no hubieran mostrado el mismo temor delante de una aparición tan extraordinaria. El Velludo no pudo menos de sobrecogerse un momento, y la ligereza de su aterrada imaginación dominó por entonces su corazón vigoroso; pero esto fue sólo un instante, y poco después, recobrando otra vez su energía, no pudo menos de reprenderse su debilidad. Con todo, ya era tarde; su prisionera se le había escapado, por decirlo así, de las manos, y tuvo que confesar su falta y oír los improperios e insultos de que le colmó el desesperado Saldaña. Pero esto fue precisamente lo que le obligó más que nunca a decidirse a buscar la pretendida maga para resarcir lo que él llamaba su honra, a toda costa, ya volviendo a recobrar a Leonor, ya tomando venganza de su robadora. Dudaba él si sería ésta un ser sobrenatural o un cualquiera que oculto bajo aquel disfraz se había arrojado a tanta temeridad; si lo primero, quedaba en examinándolo disculpada su cobardía; pero si se verificaba lo segundo, en ese caso bien podía llamarse infeliz el autor de empresa tan aventurada.

Con este pensamiento, y más que nunca irritado con los denuestos del señor de Cuéllar, ansiaba más que éste, si cabe, la llegada del saludador, que uno de sus súbditos le había ofrecido traer para que le sirviese de guía.

Consistía este oficio de saludador, que ha durado hasta nuestros días y tal vez conserva su crédito aún hoy mismo en algunos pueblos, en una virtud secreta heredada en ciertas familias, que servía para curar la rabia a los animales, hacer que a su voz se presentasen de repente cuando sus amos los habían perdido, gozando, además, los herederos de esa virtud de otros varios privilegios para sí mismos, como el de ser incombustibles y no poder recibir daño de las brujas, de quienes eran muy temidos. Distinguíase el verdadero saludador en tener dibujada naturalmente en la lengua una rueda de santa Catalina o bien debajo de ella una cruz, aunque nadie todavía ha asegurado que haya visto ni una ni otra señal. El respetable Feijoo prueba con su sano juicio los engaños de que se valían estos impostores para comer a costa de los inocentes que los creían, y la mentira e impiedad de sus supuestos milagros. Ejercía regularmente así este oficio como el de bruja la hez de la sociedad, sin que su ciencia y sus falsedades les sirvieran para otra cosa que para mal comer sin trabajar, siendo como eran los seres más derrotados y despreciables.

El saludador que el bizco había prometido por guía no gozaba en esta parte de más privilegios que sus colegas en la facultad.

Había sido verdugo en Valladolid en su juventud, habiendo dejado fama en aquella ciudad de su destreza, habilidad e ingenio en el arte utilísimo de apretar gañotes, bien así como el respetable tío del gran Tacaño, que era un águila en el oficio. Pero el tiempo, que derriba los torreones, allana los montes y aniquila los imperios más populosos, había ido poco a poco debilitando sus fuerzas y disminuyendo su agilidad, hasta el punto de haber tenido que nombrar por sucesor suyo a su sobrino, mozo vigoroso y robusto, y que adiestrado por su tío, no dejaba nada que desear a los conocedores en el arte gaznático, conviniendo todos, cuando acababa de aciguatar a algún penitente, en aquello de Horacio: «Que el águila altanera nunca engendró a la paloma tímida». El verdugo cesante tomó entonces el oficio de saludador, que, aunque bastante noble, no era, sin duda, tan vistoso como el primero, y andaba a la sazón por aquellos pueblos, quantum mutatus ab illo!, haciendo, según decían, curas tan prodigiosas como había hecho maravillas en su antiguo arte. Sus heridas privaron a Saldaña de conocer a este bellísimo sujeto, que no pudo acudir a verse con el Velludo hasta de allí a dos días por haber estado muy ocupado en curar un mulo rabioso, a quien no por miedo, puesto que su secreta virtud le protegía contra los furores del animal, sino por lástima, no había querido tomar el pulso, y que murió sin duda por haberle llamado tarde.

El Velludo, a quien ya faltaba tiempo para acometer su empresa, deseoso de acabarla solo y recobrar mejor de esta manera su fama y buena opinión con el señor de Cuéllar, no dijo palabra a Usdróbal, que se había ofrecido a acompañarle, ni a ninguno de su comitiva, y llamando a su perro salió al caer de la tarde con el buen hombre en busca de la fantasma y determinado a embestir al mismo Satanás en persona. Fue esta misma noche aquella en que Leonor, por determinación de Elvira, debía volver a su castillo y cuidar de su hermano, que, aunque no tan mal herido como Saldaña, estaba de mucho cuidado.

Dejaron las dos amigas, como hemos dicho, el solitario asilo al oscurecer, sostenida Leonor del brazo de la generosa eremita, y caminaban muy despacio, no habiéndose aquélla recobrado enteramente de su enfermedad, atravesando el sombrío pinar, tristes las dos y sin hablar palabra, Elvira esforzándose a contener las lágrimas que le arrancaba el verse obligada por sus votos a separarse de la única persona en el mundo que pudiera compadecerla, y Leonor, toda sobresaltada, dividiendo los afectos de su alma entre su hermano y su amiga. Largo trecho habían andado, y no estaban ya lejos del castillo de Iscar, cuyas almenas empezaban a platear al rayo de la luna naciente, cuando Leonor, sintiéndose fatigada, se sentó junto a un pino para descansar mientras Elvira, en pie y atenta al menor ruido, temblaba por su amiga al más ligero murmullo del viento.

-Vamos -le dijo-, Leonor, anímate; estos bosques son de mal agüero para ti, y tras de cada rama puede esconderse un hombre.

-Elvira mía -replicó Leonor-, aquí ya no hay miedo; estamos muy cerca de nuestro castillo y los bandidos no se atreven a cometer sus villanías tan cerca de donde a un grito mío podían hallar su castigo.

-Tu castillo -repuso Elvira- está muy lejos aún para que oigan tus gritos, y el jefe de los bandoleros es atrevido como un bribón de batalla. Anímate, ¿no oyes voces que se acercan? -añadió, poniendo el oído al viento-. Huyamos, Leonor -continuó con tono imponente, aunque sobresaltada-. Dios ha puesto el recelo en mi corazón; si no obedecemos su voz, él castigará nuestro orgullo.

Leonor, sobrecogida, se levantó con precipitación, a pesar de su debilidad, y tomando el brazo de Elvira, ambas amigas aceleraron el paso.

No se había engañado la hermana de Saldaña; la voz que llegó a sus oídos no era otra que la del Velludo, que venía en su busca renegando del respetable saludador. Tenía éste el mismo acierto para atinar con las habitaciones de brujas, que no subía, y de que no le había dado las señas, que para curar la rabia a los mulos, y era, además, tan cerril como sus pacientes y tan cachazudo cuanto bastara para hacer desesperar otro ánimo menos impaciente que el del capitán.

El camino que había tomado era precisamente el opuesto al que llevaba a la bóveda de Elvira, y más de dos horas hacía que andaban descarriados de acá para allá por el bosque y a pique, en la oscuridad de la noche, de romperse la cabeza si tropezaban, sin que el sabio saludador hubiese encontrado siquiera vestigios de lo que buscaba. Iba el Velludo dándose a todos los diablos con la torpeza del guía, y más enojado con él casi que con la maga, maldiciéndole e insultándole a cada mal paso que se encontraba.

-¿Dónde demonios -le dijo- me llevas por aquí, sin saber tú mismo dónde vamos, arca de mentiras, que Dios confunda?

-A buscar la bruja -respondió el saludador con calma y con una voz ronca como un tambor destemplado-. Voy mirando hacia arriba por ver si la veo volar.

-Si en vez de haber sido tú verdugo tantas veces, guindando hombres que valían más que tú -replicó el capitán-, hubiera querido Dios que hubieses sido sólo una vez paciente, no andarías engañando a los tontos que te creemos.

-Cuando yo era verdugo -replicó el pobre hombre-, nunca se me quejó ningún amigo que fuese a parar a mis manos, y si no ahí está el manco, tu primo, que si viviera podría decirlo, que cuando me monté sobre él me dijo que no había ningún hombre de armas que montase mejor que yo y otras cosas que callo, porque no le toca a un hombre alabarse.

-En efecto -repuso el Velludo, distraído con el recuerdo de su Primo-, no me descontentó el modo como le ahorcaste. ¡Era mucho hombre mi primo! ¡Qué lástima que cayese en tus manos tan joven!

-A muchos he puesto la cuerda al cuello -repuso el saludador-, pero no he visto ninguno de más hígados que tu primo. Cuando le bajé la gola para ponerle el collar, no parecía sino que se iba a afeitar según lo grave que estaba. ¡Ah! -continuó con sentimiento-. Pasó ya aquel tiempo en que yo era el miembro más lucido de justicia que había en la corte; mi juventud se ha rozado y ha perdido su vigor como una cuerda a fuerza de usarse; mi cuerpo es débil como los palos de una horca vieja, y yo ya no veré alrededor de mí un inmenso concurso admirando mi habilidad; no representaré ya el segundo papel en la fiesta, después del hombre que confiaban a mi cuidado. ¡Infelices racimos de la de palo, cuánto echaréis de menos al misericordioso Soguilla! ¡Hi! ¡Hi!

Decía esto llorando con tanta pena, que el Velludo no pudo menos de sonreírse.

-Buen Soguilla -le dijo-, si no fuera por el respeto que un verdugo decano se merece de los hombres de bien, juro que yo te había de enseñar a ser saludador, y a servir de guía por caminos que no conoces. Pero ¿qué sombra es aquélla? Ya se deslizó detrás de aquel pino. ¡Una mujer! ¡La maga! Ella es: tú por un lado y yo por el otro.

Dos bultos aparecieron en este momento y se ocultaron al punto, refugiándose tras de los árboles por no ser vistos, la maga y Leonor, habiendo oído con mucha claridad las últimas palabras del Velludo, que penetraron en su corazón helando hasta el tuétano de sus huesos. Leonor especialmente más atemorizada se asió al brazo de su compañera sin saber qué hacerse, mientras ésta, más acostumbrada a semejantes azares, miraba a un lado y a otro buscando por dónde huir esforzando a su amiga y rogando a Dios que las librase de aquel peligro. Seguramente Elvira podría haberse escapado de su enemigo, siendo el principal intento de éste, cuyos penetrantes ojos ya habían descubierto a Leonor, no meterse con la maga, si no era preciso, hasta haber recobrado su prisionera, y no siendo el saludador, hombre gordo y ya viejo, un obstáculo muy temible. Pero la idea de abandonar a su amiga no podía abrigarse en el noble corazón de Elvira, resuelta más que nunca a sacrificarse por cita, libre ya de temor en el momento mismo del riesgo, y poniendo toda su confianza en Dios con todo aquel fuego celeste que elevaba tanto su alma.

-Leonor -le dijo a su amiga-, no huyas, porque sería inútil, y colócate tras de mí. Si mi presencia quiso Dios que aterrase a una partida de forajidos, ahora con su poder hará que a mi vista retroceda ese bandolero.

-Mi castillo está cerca; yo gritaré -replicó Leonor-, y acaso podrá oírnos el centinela.

-No muestres nunca tu miedo al que te persigue -repuso Elvira-; antes que te oyeran serías presa de ese mal hombre. El Señor está con nosotras, él nos asistirá.

En esto estaban cuando oyeron decir al Velludo: «¡Ella es!», y se escondieron por instinto detrás del pino.

Era esta la única esperanza que les quedaba en aquel apuro, y acaso el terror que inspiraba la vista de Elvira no habría dejado de producir su efecto si el capitán no estuviese ya prevenido y determinado a hacerle frente y a averiguar quién era, no obstante que en secreto sentía cierta especie de repugnancia conforme se iba acercando. Su guía, no tan valiente como él, ni con mucho, procuró quedarse algunos pasos detrás abriendo los ojos y la boca como espantado y buscando por todas partes la temerosa bruja que él no había visto, y que se le figuraba que iba a echar a volar de pronto, como una perdiz sale de entre las viñas a poca distancia del cazador.

Por último, el Velludo hizo la señal de la cruz y se arrojó hacia ellas con el hacha en la mano gritando:

-Por la Virgen de Covadonga, entrégate, aunque seas el mismo diablo, o te mato.

Tendió hacia él Elvira su mano derecha con majestad, y acaso su imponente y negro aspecto hubieran enfriado la resolución del bandido si Leonor, que vio el hacha en alto amenazando descargar su golpe sobre su amiga, no se hubiese soltado de ella y echándose a los pies del Velludo, pensando salvarla de esta manera de una muerte inevitable a su parecer. Conoció con esto el capitán su fuerza y la debilidad de sus contrarios, por lo que, bajando el hacha, les intimó que se entregasen a discreción, jurando que él no les haría daño alguno ni las ultrajaría en ningún modo, siempre que no tratasen de huir ni hacer la menor resistencia.

-Déjanos en libertad de continuar nuestro camino -respondió Leonor-, y yo te prometo por la fe de caballero de mi hermano darte por nuestro rescate más oro que has visto en toda tu vida.

-Después hablaremos de eso -replicó el Velludo-; veamos antes quién es esta bruja, que me ha hecho pasar más vergüenza que he tenido en toda mi vida.

Y diciendo y haciendo se acercó a Elvira, que, dotada naturalmente de ánimo y arrebatada de su celestial entusiasmo, no había hecho movimiento alguno, y sólo temía por su amiga, a quien ya veía sin remedio en poder de su hermano, a pesar de sus esfuerzos para salvarla.

-Alzate esa capucha -dijo el Velludo- y enséñanos esa cara.

-Huye, malvado -respondió Elvira-, y tenle el castigo del cielo si llegas siquiera a tocarme.

-¡Hola! -replicó el capitán-. Voz muy dulce tiene la maga. Torpe has andado, si eres el diablo, en tomar voz de mujer para asustar a nadie. No me estorbéis el paso, señora -prosiguió hablando con Leonor, que se había abrazado a sus rodillas para detenerle.

-Dejadla por Dios, dejadla -gritaba ésta-; ella no hace mal a nadie; ya me tenéis a mí, llevadme a Cuéllar, matadme, pero dejad, respetad el secreto de esa mujer.

-Nada de eso, y no os abracéis al lobo aunque os parezca manso -respondió el Velludo-. Yo he jurado que le había de quitar las ganas, a quien quiera que fuese, de venir a asustarme a media noche a mi misma casa, y lo cumpliré... ¡Vaya, fuera! -añadió, y empujando a Leonor a un lado y desasiéndose de ella se acercó a Elvira, y a pesar de sus amenazas le echó la capucha atrás y le descubrió el rostro, trayéndola por fuerza adonde daba la luna.

-¡Una mujer tan joven y tan hermosa -gritó el Velludo, atónito de su descubrimiento-, y andar así en este traje por estos andurriales! ¡Eh! ¡Zamacuco! -continuó, llamando a su guía, que no hacía mas que abrir los ojos hecho un bausán, hasta el punto que él mismo pensó que se le rasgaban hasta la cabeza-. Cuida de esa otra dama mientras yo examino esta... ¿Quién eres? -le preguntó, volviéndose a ella.

-Si te dijese mi nombre pecaría; nadie -repuso Elvira con dignidad.

-¿Qué hacías en estos desiertos?

-Nada.

-Secretos tengo yo -respondió el capitán- que te harían hablar, y han hecho soltar la lengua a hombres de bigotes muy ásperos, puesto que determinado venía a enviarte esta noche a dormir al otro mundo; pero eres una mujer, no puedes defenderte y me das lástima. Por lo demás, no me importa saber quién eres; tu oficio de bruja acabó, y por ahora vendrás conmigo a hacer compañía a tu amiga en el castillo de Cuéllar, donde no te faltará quien te agasaje.

-Mis pecados -repuso Elvira en tono solemne- me han traído a este punto, cúmplase la voluntad de Dios.

Entre tanto Leonor había tratado de huir hacia su castillo y alarmar si era posible la guarnición con sus gritos, cuando el Velludo, volviendo con Elvira asida de un brazo hacia ella, se interpuso en su camino con la presteza de un rayo, y la detuvo por el vestido.

-No, ahora no será como la otra vez. Belcebú había de venir y nos las habíamos de ver, él con sus tizones y yo con mi hacha.

-¡Ah! -exclamó Leonor-. ¿No hay quien me favorezca? ¡Los hombres de armas de mi castillo ahí mismo y no me oyen! ¡Casi los siento hablar y no me oyen!

-Y aunque os oyeran sería lo mismo -replicó el Velludo, mandándolas que le siguiesen-. Venid conmigo. Yo no soy cruel, y sentiría tener ahora que serlo si os empeñaseis en no obedecer.

Tenía el Velludo algo en su voz que naturalmente imponía, aunque se esforzase a dulcificarla; y así por esto como por ser toda resistencia inútil, ambas cedieron a su voluntad, Leonor llorando y ofreciéndole mil tesoros por su rescate y maldiciendo su suerte, casi desesperada, y Elvira sin hablar palabra y con estoica resignación.

-¿Qué diablos hacías ahí, papanatas? -dijo el Velludo al saludador, abriendo como él la boca con una mueca.

-¡Toma! -repuso el misericordioso Soguilla con su voz bronca-. ¿Y qué he de hacer con una bruja que se echa a volar? Di que hubiera sido un lobo rabioso y le hubieras visto más manso que una borrega.

-¡Ojalá! -replicó el capitán con sorna.

Tales fueron las aventuras de aquella noche y tal era el asunto de la conversación que hemos interrumpido para contarlas, por lo que volviendo a nuestros bandidos, que aguardaban a su capitán, añadiremos otra persona al corro, a quien en otro tiempo no habrían querido tener tan cerca por su oficio de verdugo, y que ahora departía con ellos agradablemente merced al que ejercía de saludador.

-Si no hubiese sido por mí -dijo éste en adición a lo que había dicho Usdróbal-, poco le hubieran valido vuestros consejos, señor Zacarías; pero yo huelo las brujas lo mismo que olía en mi tiempo cuando iba a haber ocupación en mi oficio, y ensebaba los cordeles de modo que al hombre de menos gusto le habría dado tentación de ahorcarse, y más de una vez estuve yo para hacer la prueba.

-Si la hubieses llegado a verificar una sola vez -dijo Usdróbal-, no habrías ido esta noche a caza de brujas. ¿No es cierto?

-No lo puedo negar -repuso gravemente el saludador-, y para ser tan mozo habláis con mucho tino.

-¿Pero la bruja voló o no voló? -preguntó el veterano Tinieblas.

-Como una garza -contestó Soguilla-; pero yo la hice caer a los pies del Velludo por mi virtud de saludador, puesto que por más que hice no pude hallarle el pescuezo.

-Pero el vuestro por poco que se busque no será difícil hallarlo. ¿No es cierto? -preguntó Usdróbal con mucha seriedad, burlándose del enorme cerviguillo que descubría el ex-verdugo.

-Sin duda -replicó Soguilla mirándole con atención, y volviéndose a los otros continuó-: ¿Este mozo ha estudiado?

-Es un gerifalte -repuso el bizco- y sabe latín.

-¡Oh, amigo!, para verdugo no hay cosa como saber latín.

-Hasta ahora no he estudiado mucho -respondió Usdróbal-; pero mi maestro es el benignísimo y piadosísimo señor que aquí veis -y señaló a Zacarías-, por lo que podéis esperar que si no llego a verdugo llegaré a ahorcado, y en cuanto a saber latín, ya sabéis que sirve lo mismo para uno que para otro.

-No os moféis del humilde siervo de Dios -repuso el maestro con su acostumbrada dulzura.

Usdróbal se levantó, volvió la espalda al corro y empezó a cantar, con aquella apariencia indiferente y alegre que le era natural:

Cuando miro una horca
con su colgajo,
guiño el ojo, me río
y aprieto el paso.
Por mi consuelo
murmurando entre dientes:
morir tenemos.


A pesar de su buen humor y natural alegre, Usdróbal sentía en aquel momento cierta inquietud y desasosiego por una de las prisioneras, a quien, sin saber por qué, habría querido dar libertad de buena gana o verla a lo menos; y sin que él pudiera darse razón a sí mismo, se alegraba entre tanto interiormente de que Saldaña estuviese imposibilitado de entenderse con ella por sus heridas.

Este interés por Leonor, que a no calcular la distancia del rango que los separaba podría acaso atribuirse a otro afecto más vehemente que el de la compasión, le ponía pensativo de cuando en cuando, determinándole a abandonar el servicio del Velludo, incitado, además, por su buena índole y sentimientos nobles, que le hacían desagradable el género de vida que había abrazado más por necesidad que por inclinación. Su mala cabeza y carácter abandonado se lo había hecho sobrellevar sin pesadumbre hasta entonces, pero su corazón se resentía de la villanía de su oficio, mientras su imaginación, engrandeciendo a sus ojos el brillo que rodea al guerrero de buena fama, y mostrándole fácil el camino de la gloria que podría abrirle su lanza hallándose en otro estado más noble, le hacía desear la ocasión de señalarse públicamente por algún rasgo marcado de caballerosa bravura.

Combatido estaba de estas imaginaciones cuando vio venir al Velludo, que salía del castillo mano a mano y hablando amigablemente con un hombre alto y tan seco que parecía que sólo le quedaba el pellejo, según lo correoso que era, el rostro muy tostado del sol, bigote entrecano y caído, pelo del mismo color, nariz larga y tan colorada como si la hubiesen dado de bermellón, lo que le daba trazas de no disgustarle el jugo de la uva, en confirmación de lo cual sus ojos lucían con aquel brillo vidrioso que marca comúnmente a los borrachos de profesión. Traía en la cabeza un gorro de pieles, y envuelto en una ancha capa, sólo dejaba ver sus piernas cubiertas de planchas de hierro puestas unas sobre otras a modo de tejas, lo que daba muestras que venía armado; y en sus movimientos y contoneo jaquetón se conocía que estaba muy pagado de sí mismo y que miraba con desprecio a los otros, todo lo cual confirmaban su mirada de lástima y su labio inferior caído naturalmente.

Era nada menos que el jefe de la compañía aventurera que el señor de Cuéllar pagaba y mantenía en su castillo, aragonés de nación y con mucho renombre de buen soldado y buen bebedor, amigo de la guerra, de las mozas y, sobre todo, de la bota y de los valientes, habiendo reunido una compañía volante con la que andaba al pillaje o servía al que mejor le pagaba, no reconociendo más ley que su espada, más rey que el dinero ni más órdenes que su voluntad. Rayaba ya en los cincuenta años, y era muy grande amigo del Velludo, por haber sido soldados juntos en su mocedad, y no obstante que el aragonés tenía en mucho más su oficio de aventurero que el de bandido, no por eso dejaba de mirar con mucha consideración a su amigo, que tenía tan bien sentada su fama como el que más, y en un momento a una voz suya podía poblar todos aquellos bosques de un ejército de bandoleros.

Llegaron adonde estaba Usdróbal, y el Velludo, viéndole pensativo, le dijo:

-¿En qué piensas, buena alhaja, que estás ahí que pareces un asno viejo?

El aragonés echó una mirada a Usdróbal de arriba a abajo con aquella apariencia insultante de compasión que le era propia, y volviéndose al capitán le guiñó el ojo, empujando la barba hacia él con un gesto que equivalía a preguntar: «¿Qué mozo es ése?», y a que el Velludo contestó mirándole de reojo y echando hacia fuera ambos labios como si fuera a silbar, dándole a entender que el mancebo tenía el alma bien puesta y que era mozo de manos. Todo esto fue obra de un momento, y Usdróbal, sin echarlo de ver, dirigiéndose a su capitán, dijo:

-Estaba pensando que vale más ser cabeza de ratón que cola de león, pero que en caso de ser cola de uno u otro, vale más serlo del rey de los animales.

-No entiendo a qué viene eso -replicó el Velludo-, pero creo que tienes razón si no dices más.

-Viene -replicó Usdróbal- a que yo quisiera más bien ser arriero que burro; pero ya que siempre he de ser burro, quisiera serlo de un señor más bien que de un molinero.

-Todo eso está muy bien -respondió el capitán-; pero si no te explicas más claro te quedarás siendo burro toda tu vida.

-A mí el abad de San Bernardo me enseñó a explicarme por rodeos; pero, aunque algo torcido en mis explicaderas, soy muy recto, y siempre voy por el camino derecho, vía recta, cuando se trata de obrar; así que ahora pregunto, ¿qué querríais más, ser quien sois o ser señor de Cuéllar?

-Ser señor de Cuéllar -repuso el capitán sonriéndose-. ¡Pareces tonto!

-¿Y si os hiciesen rey, lo preferiríais a eso?

-¿Quién lo duda?

-Y en caso de servir, ¿a quién serviríais mejor, al rey o a Sancho Saldaña?

-¡Toma! Al rey.

-Pues vos, mismo habéis desatado mi duda, y ya estoy resuelto a servir como soldado aventurero entre los hombres de armas del señor de Cuéllar y a dejar lugar para otro en vuestra partida.

Frunció el Velludo las cejas, sus ojos se iluminaron de pronto y lanzó una mirada de cólera sobre Usdróbal, irritado de que éste le tuviese a él por tan poco que se creyese ser cola de ratón hallándose en su servicio, mientras su compañero, el aragonés, con su acostumbrado desdeño, le dirigió la palabra:

-¿Y qué hombre eres tú para alistarte bajo mi bandera? ¿Ni qué papel has de hacer tú entre veteranos, que al que menos le llega la barba al cinto?

-Ocuparé el lugar -repuso Usdróbal- que ocupa un hombre en todas partes, y rayaré donde raye el más alto.

-Eso sí -replicó el Velludo-, y cualquiera a quien yo admito en mi partida es muy capaz de romper una lanza con el mejor de tu compañía.

-¡Con el mejor de mi compañía! -respondió el aragonés sonriéndose, y volviéndose a Usdróbal continuó-: ¿Sabes montar a caballo?

-Como un moro granadino.

-¿Enristras bien una lanza?

-No sé quién eres, pero si quieres saberlo por ti mismo me remito a la prueba, y no hay más que hacer.

-¡Puede! -replicó con calma el aventurero-. Di, Velludo, ¿qué te parece de lo que dice este almogárabe?

-Que dice bien -replicó el capitán- y que es muy capaz de hacer lo que dice, pero ven acá, niño -continuó hablando con Usdróbal-, ¿qué ventolera te ha dado de dejar tan pronto mi compañía?

-¿No soy yo libre de hacer lo que mejor me convenga? -preguntó Usdróbal.

-Sin duda eres libre; pero sabe que pierdes mucho en dejarme, primero porque aquí conmigo no tienes más jefe que a mí, y en entrando en el cuerpo de aventureros tendrás mil que no lleguen a la suela de mi zapato.

-¡Pasito, amigo, pasito! -replicó el aragonés-; tú y yo nos conocemos, y basta.

-No hablo por ti -continuó el Velludo-, y, además, como iba diciendo, sabe que este ratón, si toca este cuerno (y señaló al que llevaba a la espalda), reúne en veinticuatro horas más de mil valientes bajo sus órdenes, a quienes paga con más rumbo que puede pagar en su vida el mismo rey en persona.

-Todo eso también lo sé -replicó Usdróbal-, y yo siempre os respetaré, pero por ahora he determinado sentar plaza de aventurero, si me admiten, en las lanzas de ese castillo, y faltaría a un voto que he hecho si no cumpliese mi resolución.

-Pues, hijo, a mí no me haces falta; Dios te guíe, y para que veas que te quiero bien, este amigo es el jefe de la compañía y el que te ha de admitir en ella.

-A mí me basta tu recomendación -repuso el aragonés-, la estatura no es mala, es mozo, parece robusto -añadió, mirándole despacio-, y justamente está vacante la plaza de un buen muchacho que antes de ayer, bebiendo conmigo, por broma le fui a dar de plano con la espada y le rajé la cabeza hasta la barba, sin querer, de una cuchillada. ¡Un buen muchacho!

-Pues sí, amigo, yo te lo recomiendo -respondió el capitán-, y adiós, que voy a recoger mi partida. Adiós, Usdróbal.

-No, eso no; cuenta con lo que se habla, y trae la bota antes de que te vayas -dijo, deteniéndole el aragonés-, que estoy seco de hablar, y este muchacho no se ha de separar de ti como si fuera un nadie.

-Y mucho menos sin despedirme de mi piadosísimo maestro -añadió Usdróbal.

-Pues entonces venid conmigo -respondió el Velludo-, y si han dejado algo lo beberemos en buena paz y compañía.

Diciendo así llegaron al corro, y hallando la bota todavía bastante provista, empinaron el codo hasta vaciarla, y Usdróbal se despidió de sus compañeros. Zacarías lloró, gimoteó y le rogó que no abandonase la paz del desierto por los placeres mundanos; los demás camaradas no mostraron la mayor pena por su partida, y aunque las libaciones fueron copiosas, todos se pusieron en pie al echar el último trago, y el Velludo se despidió de su amigo el aventurero y de Usdróbal, retirándose con su gente, mientras éstos volvieron paso a paso al castillo.

Poca bebida era aquella para hacer dar traspiés al aragonés, que tocante a vino era una cuba sin fondo, y cuando más, llegaba a ponerse alegre; pero aquel día había recibido un amigo íntimo, y su lengua, algo trabada, se resentía del fino agasajo que le había hecho, por lo que todo el camino vino hablando a Usdróbal acerca de sus deberes.

-Sí, señor -decía-, la sibordunación, y la desceplina, y buen empuje cuando se trata de enris... enris... enristrar lanza.

-No tengáis cuidado, que no me quedaré atrás -respondió Usdróbal, interrumpiendo un romance que venía tarareando entre dientes.

-Está bien; porque el hombre ha de ser mulo, y cuando llegue el caso, un trago de vino y a ellos.

Con esta conversación entraron en el castillo, donde Usdróbal fue alistado en la compañía, y le dieron las armas del difunto a quien había relevado, que él se vistió, muy contento de verse ya hombre de armas y, sobre todo, de estar cerca de la hermosa Leonor, decidido a favorecerla en todo y libertarla si fuese necesario a costa de su propia vida.


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