Sancho Saldaña: 15

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Capítulo XV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Padece, llora, experimenta y gusta
de tu llanto y dolor, muerte y tormento,
que es justo premio de venganza justa
un tal castigo para tal intento:
si hay cuchillo de fuerza más robusta,
verdugo sea el amor de tu contento,
porque entre ese dolor, rabia y discordia,
aprendas a tener misericordia.
BERNARDO


Abiertas aún las heridas, pálido, débil y apoyado en el brazo de su favorito paje, dejó Saldaña el lecho donde había pasado diez días esperando la muerte en la agonía de la desesperación, y con pasos poco seguros se dirigió a la habitación de Leonor. Vanamente Jimeno y los cirujanos trataron de disuadirle de dar este paso, manifestándole el flaco estado de su salud, y el peligro que corría a cualquier acaloramiento o incomodidad que tomara.

-El mayor mal que me aflige -respondió el herido- no está en vuestra mano curarlo, y ninguna incomodidad puede haber que iguale al tormento de mi imaginación.

Con esto, y viéndole resuelto a levantarse y a ir a ver a sus prisioneras, nadie osó oponerse a su voluntad, y el tétrico Saldaña, lleno el corazón de temores y esperanzas, envió recado de su visita.

Entre tanto, Leonor, que había hablado ya con Usdróbal, animada con la esperanza de salir de allí pronto, parecía más alegre que de costumbre, sabedora de que había un hombre que se interesaba por ella en donde menos podía presumir encontrarlo. Desde que se vio prisionera, rodeada de personas desconocidas y todas ellas indiferentes a su dolor, no había tenido otro consuelo que sus lágrimas y las religiosas palabras con que tal vez confortaba su ánimo la generosa Elvira, que por fortuna se encontraba en la misma estancia con ella. Pero esta mujer fanática, sin dejar ver su rostro a nadie, persuadida de que Dios permitía todo aquello en castigo de la falta que había cometido dejándose ver de Leonor, rara vez se acercaba a hablarla, embebecida en sus oraciones y creída en que cometía un pecado, cuando, movido su corazón por un sentimiento dulce, pero mundano, dirigía la palabra a su amiga.

No obstante, su natural ternura vencía a veces su fanática obstinación, y buscando palabras con que aliviarla de sus pesares, proporcionaba a la doncella de Iscar los únicos momentos de dulzura que gozaba en la cárcel; cárcel decimos, si tal puede llamarse la estancia más elegante y mejor alhajada que había en el castillo, puesto que, aunque privadas de libertad, todo era abundancia a su alrededor, y varios espaciosos jardines con ricos surtidores de aguas y poblados de sombríos árboles, a que daban las puertas de aquella estancia, les proporcionaban delicioso paseo, mientras las doncellas que las servían y algunos juglares se esmeraban en divertirlas. ¿Pero qué vale el beber en oro y verse servido de mil esclavos atentos al menor movimiento del obsequiado cautivo, si al fin no puede pasar de un término prefijado, si no respira el aire puro de la libertad?

La mayor pena que abrumaba el corazón de Leonor, era entonces verse imposibilitada de asistir a su hermano, que tal vez necesitaba de su cariño y la nombraba a cada momento. Esta idea no se apartaba un punto de su imaginación, y el llanto que humedecía sus ojos con frecuencia era más bien un tributo al amor fraternal que una prueba de la debilidad de su sexo. Olvidada de sí misma, había tenido más alegría al hallar allí un protector, por la esperanza de llegar a tiempo para cuidar de su hermano viéndose libre, que por su propio interés, sólo el temor de algún infame atropello, haciéndole sentir por sí su cautividad. En vano trataba de distraerla el juglar con sus cantos y sus historias, y la demás turba de histriones que corrían en aquella época los castillos con sus músicas y bailes a la morisca. La herida de su hermano no se apartaba de su memoria, y su situación y el atropellado amor de Saldaña no dejaban descansar un instante su corazón. Elvira, encerrada a todas horas en un oratorio que allí había, rara vez, como hemos dicho, humillaba hasta nuestro suelo sus pensamientos, todos ellos empleados en la contemplación de las cosas celestes. Tal era, por último, el estado del ánimo de las dos amigas, cuando una de las mujeres de la servidumbre entró y anunció la visita del señor de Cuéllar.

Turbóse Leonor al oír su nombre, no hallando palabras con que dar el permiso que le pedían de parte del que podía visitarla sin él, y volvió el rostro a Elvira, que en aquella sazón entraba, habiendo oído las últimas palabras de la camarera.

-Decid -respondió ésta- al señor de Cuéllar, que hace mal en pedir permiso para visitarnos cuando tiene el suyo y el del demonio para cometer todo género de crímenes y de villanías.

-Señora -respondió la doncella-, si yo doy ese recado, es bien seguro que el conde me hará castigar...

-Pero ¡ojalá Dios se complazca en perdonarte, oh Saldaña! -prosiguió Elvira en uno de sus arrebatos de entusiasmo, sin atender a la respuesta de la camarera-. ¡Ojalá, y que descargue sobre mí el peso de su ira y cumpla yo de esa manera mis votos!

Diciendo así bajó la cabeza, cruzó ambas manos sobre el pecho, y pareció que elevaba al cielo alguna súplica por el pecador. La doncella permaneció un momento delante de ella sin atreverse a interrumpirla; pero viendo que no debía esperar más respuesta, volvió a preguntar a Leonor, la que, vuelta ya de su turbación, dijo:

-Id y decidle que el cautivo está a merced del que le cautivó, y no es a él a quien toca conceder permiso cuando éste sólo lo pide por cumplimiento, sabiendo que nunca es agradable la presencia del amo para el esclavo.

Esta respuesta tuvo al fin que contentar a la camarera, la cual, muy de mala gana y temerosa, salió a llevársela a su señor. Pero antes de que ella llegara, el lindo paje, que irritado de su tardanza había ido con licencia de Saldaña a saber qué había, se atravesó en el camino, y la camarera con muy buen cuidado en cuanto le vio descargó en él el peso de su comisión, contándole lo que había pasado, y encargándole que fuese a referirlo a Saldaña.

-Reina mía -le dijo el paje con una cortesía burlesca-, paréceme que vos queréis que meta yo el dedo en la lumbre y comeros vos las castañas..., pero no... no os pongáis colorada por eso: ¿qué no haría yo por una hermosa joven a quien sólo la falta de una media docena de muelas y la sobra de algunos años puede hacer parecer un tanto desagradable?

-Insolente, deslenguado -gritó la camarera indignada de la verdad con que el paje le había hablado; y murmurando un millón de maldiciones se retiró, dejando al desvergonzado Jimeno riéndose de su furia.

Quedó un momento en seguida algo pensativo el buen paje, y torciendo el camino, en vez de volver adonde estaba su amo, de una carrera atravesó algunos corredores y desapareció.

De allí a poco se oyó su voz cerca de las habitaciones al oriente de la fortaleza, como si hablara con alguien a quien tratara de consolar, mientras que otras voces respondían y seguían la cuestión, al parecer con calor, según se podía conjeturar por el tono vehemente y la precipitación con que a veces resonaban en alto, y a veces se percibía apenas el murmullo de las atropelladas palabras. Duró este diálogo sólo un instante, se oyó cerrar una puerta con ímpetu, se sintieron los pasos de un hombre que corría por aquellos tránsitos, y poco después se vio al paje que volvía con la misma prisa que había desaparecido. Llegó en seguida adonde estaba Saldaña, y cambiando las palabras de la camarera, le dijo que Leonor no tenía dificultad en recibirle, siempre que como caballero ofreciese no abusar de su posición.

-¡Consiente al fin en verme! -exclamó Saldaña-: ¡pero tiene desconfianza de mí! ¡Cómo ha de ser! ¡harta razón tiene para desconfiar!

-Eso prueba que está ya medio rendida -replicó Jimeno-; animaos, señor, que a buen seguro que no se os escapa esta vez.

-Si vuelvo a oírte hablar con esa irreverencia de la que no eres tú digno de besar el polvo que pisa, juro que te he de hacer arrepentir para siempre de tu indiscreción.

-Perdonad, señor; yo no he querido ofenderla -contestó el paje, y bajó la cabeza en señal de sumisión; pero una maliciosa sonrisa que pasó por sus labios daba al mismo tiempo a conocer el placer que sentía en incomodarle.

Con esto se asió de su brazo el herido para sostenerse, y meditando lo que había de decir, llegó a la habitación de las prisioneras. Levantóse Leonor de su asiento, saludándole con dignidad; entróse en el oratorio Elvira sin descubrirse, y el paje acercó uno de los sillones detrás del herido caballero para que se sentase, hecho lo cual salió de la habitación mientras éste apenas osaba alzar los ojos, y parecía luchar dentro de sí con sus remordimientos y sin hallar palabras con que empezar.

Sentáronse los dos por último; hubo aún una pausa, hasta que el caballero alzó los ojos, y fijándolos en Leonor con cierta timidez, rompió por fin el silencio pronunciando con débil voz esta frase, que apenas fue inteligible.

-Yo os he agraviado, Leonor, y vos sin duda me aborrecéis.

-Mentiría -repuso Leonor con firmeza- si no os dijera que vuestra conducta para conmigo es muy ajena de un hombre que profesa la orden de la caballería. Vos habéis puesto en peligro mi honra, me habéis entregado a una horda de bandidos, y por último, me tenéis ahora mismo prisionera en vuestro castillo contra toda razón y justicia.

-Verdad es, Leonor; y así no podré nunca aspirar siquiera a merecer vuestra estimación -replicó Saldaña algo más animado-; pero si el amor puede disculpar mis errores; si los tormentos que padezco y que vos sola podéis calmar; si el hastío con que vivo, la angustia que me acongoja y la desesperación que me ahoga alcanzan una mirada de lástima de vuestros ojos; si, en fin, basta además mi arrepentimiento de lo que os he hecho sufrir, creo que lejos de merecer vuestro odio, merezco siquiera vuestra compasión.

-Mi compasión, la tenéis, Saldaña -replicó Leonor conmovida-. ¿Quién habrá, que como yo os conozca, que no os compadezca? Vos, libre y poderoso, y yo cautiva, huérfana y ultrajada en este momento, me tengo mil veces por más dichosa que vos, mi alma es inocente y mi corazón es puro; pero si estáis de veras arrepentido, ponednos en libertad a mi amiga y a mí, y tal vez, si no está corrompido vuestro corazón, os cause un nuevo gozo hacer esta buena obra.

-Eso no; ¡nunca! -respondió Saldaña muy agitado-; cien muertes antes, cien infiernos padezca yo antes que te separes de mí, Leonor. ¡Nunca! Yo besaré el polvo que pises, te serviré de rodillas, te adoraré como se adora a la Virgen que está en el altar...

-¡Silencio, impío! -interrumpió una voz suave, pero en acento terrible, detrás de Saldaña-. ¡Silencio, y no profanes con tu boca de podredumbre el puro nombre de la Santa Madre de Dios!

Volvió Saldaña los ojos airados a ver quién era la que con tanto atrevimiento le interrumpía, y halló en pie a su espalda a Elvira envuelta en su almalafa, como hemos dicho, que salía entonces del oratorio.

-¿Quién eres tú -le preguntó Saldaña con enfado- que te atreves así a insultarme? Mal haces si crees que ese disfraz que llevas te da permiso para abusar de esa manera de mi paciencia.

-Las amenazas, los tormentos, los más crueles martirios -repuso Elvira- que puedas imaginarte, son para el penitente aureolas de gloria y nuevos soles que le guían en el camino escabroso de la virtud. Nada temo de ti, Saldaña, y todo lo temo por ti; mira un momento dentro de ti y te horrorizarás de ti mismo. Tu conciencia te remuerde; continua guerra se hace en tu corazón; en él habita tu desdicha; en él se albergan el odio, la envidia, el temor, la rabia y la desesperación; sobre tu frente está grabada la marca del réprobo; mil maldiciones te abruman, mil funestos recuerdos te acongojan, oro que toques te se volverá ceniza, y la flor más pura perderá su aroma y se marchitará tan sólo con que tú llegues a olerla. Saldaña, el lobo hambriento que se expone a la furia de los pastores y los mastines, que en tiempo de nieves busca trabajosamente alimento para él y para sus hijos que le esperan con ansia en la camada, y que vuelve sin él mordido, fatigado y aullando, es mil veces más venturoso, es mil veces más dichoso que tú. ¡Ah, Saldaña! Recuerda los primeros años de tu juventud, cuando era aún inocente tu corazón, recuérdalos y llora, llora lágrimas eternas de arrepentimiento.

-Mujer fantástica -replicó Saldaña-, cuando yo me presente a dar cuenta a Dios de mi vida, sé muy bien el modo de disculparme, y aquí en la tierra el amor es harta buena defensa de mis mayores delitos. Sí, Leonor -prosiguió volviendo la espalda a Elvira-; pero esta mujer tiene razón, nadie es más desdichado que yo. Todos los hombres, en medio de su desgracia, tienen algún dulce recuerdo que los halague, algún sueño de oro para el porvenir, alguna persona, en fin, que los ame y que llore con ellos su desventura. Pero yo, Leonor, oídme -continuó con pesadumbre-, yo no tengo nada, nada que me consuele; mis recuerdos eran penosos; negro y tormentoso contemplaba mi porvenir; ni una estrella, ni una luz, por débil y amortiguada que fuera, alumbraba mi peregrinación; todo era noche, todo era un abismo, un caos inmenso donde a cualquier parte que volvía la vista me hallaba siempre conmigo solo, solo y sepultado en la oscuridad.

»Un recuerdo, dulce como el aroma de las flores, me quedaba aún; un recuerdo que podía traer a mi memoria sin horrorizarme ni estremecerme. Tú, joven hermosa, virgen pura; tú, a quien yo había amado ya cuando mi corazón era bueno; tú sola podías hacer mi felicidad; tú eras la llama de mi existencia; yo te veía en todas partes, para mí no había ya soledad, porque tú siempre me acompañabas. ¡Ah! Yo necesitaba de ti, de ti para que fueses el rocío de mi alma; pero tú me desdeñabas. ¿Qué me quedaba que hacer? Robarte para poseerte; ahora yo soy tu esclavo, ¿qué quieres de mí, di, mi sangre? Estoy pronto a derramarla toda por ti -añadió arrojándose a sus pies-. ¡Oh!, di que me amarás, dilo siquiera por lástima. El hombre que fuese al patíbulo cargado de crímenes y que más te hubiese injuriado, ¿no merecería de ti, si en eso le iba la vida, que le dijeras: yo te perdono? ¿Y para salvar mi alma de la eterna condenación no me dirás: yo te amo?

-¡Hermano mío! -exclamó Elvira con entusiasmo, echando atrás su capucha, y descubriendo el rostro-. ¡Yo te amo!, ¡yo soy tu hermana, que te ama con todo su corazón! ¡Ah! sí, tú tienes necesidad de amor, y yo te ofrezco el mío, puro, amor de hermanos, lleno de ternura, de ilusiones y de verdad.

-¡Elvira! -gritó Saldaña espantado y retrocediendo algunos pasos con susto-. ¡Por Santiago! ¿eres tú Elvira? ¡Qué horror!, ¡qué horror! ¡Eres tú, que has dejado la tumba para venirme a ofrecer el amor de hermana! ¡Elvira!...

-No -exclamó Leonor-, no es una aparición; recobraos, Saldaña; es vuestra hermana, que se ha sacrificado generosamente por vos, que os ama, que ha llorado día y noche por vos durante tres años en un desierto; ella os hará feliz; vedla, abrazadla, aconsejaos con ella; podéis todavía ser feliz: no lo dudéis. Yo no os aborrezco, y os perdono todo. Dejadme ir de aquí: mi hermano está herido. El cariño de vuestra hermana os hará completamente feliz.

-Elvira -exclamó con humildad Saldaña-, perdóname.

-Pide a Dios tu perdón, no a mí -repuso Elvira con majestad-: arrepiéntete de tus crímenes, deja libre a esa mujer, y no vuelvas a pensar en ella puesto que no es para ti.

-¡Oh!, eso no -replicó Saldaña-: ya es tarde para que yo me arrepienta; mis súplicas han sido otras veces desoídas, y yo ya estoy condenado; ya es tarde -continuó con horrible desesperación-: no, yo no volveré a humillarme, yo no dejaré la prenda más segura de mi felicidad, la gloria de mi vida, la mujer que tanta pena me ha costado tener conmigo, por un arrepentimiento sin fruto, que lejos de aliviar mis penas, hará que se redoblen prolongando con ellas mis desesperación. Leonor ya es mía, será mía, y ya es tarde para arrepentirme.

-¡Profanación! ¡Blasfemia! -exclamó Elvira alzando ambas manos al cielo.

Pero otra voz resonó de pronto en la estancia, y todos se estremecieron.

-Ya es tarde, sí -repitió Zoraida entrando a deshora, desencajados los ojos, y trémula de furor.

Traía el cabello desgreñado y suelto, el rostro pálido de color de cera, y en su agitación incesante y sus movimientos convulsivos parecía latir toda de cólera; sus miradas eran de fuego, y su estatura, que parecía realzada con la ira, le daban un aspecto hermoso, sí, pero imponente y terrible.

Quedaron todos suspensos: Leonor se apartó amedrentada, Elvira se persignó y Saldaña se puso encendido de rabia, lanzando sobre ella miradas capaces de infundir terror a otra mujer de menos ánimo que Zoraida. Pero ésta, sin titubear por eso, prosiguió:

-Sí, la maldición de tu Dios y del mío ha caído ya sobre nosotros dos. Mírame, Saldaña, y estremécete. Tú eres el alma condenada, y yo soy el demonio, que te atormento y te persigo; el demonio, que cuenta tus horas, que sigue tus pasos, que convierte en hiel el manjar más dulce en tu boca, que te ha guiado en el crimen, que turbará tus placeres, que reirá junto a ti cuando sufras; mírame, tú me has abandonado, tú has querido alejarte de mí, pero en vano, porque yo estoy condenada a velar sobre ti para afligirte, ahora en la vida, y luego en la eternidad. No le ames, mujer -prosiguió dirigiéndose a Leonor-, no le ames; su lengua es engañosa, su corazón es malvado, y él te engañará y hará del tuyo un infierno, como ha hecho del mío, y como hace que sea cuanto está junto a él; no le ames, si no quieres como yo hundirte con él en el abismo de su perdición. Mira, yo era feliz -continuó con acento melancólico-; yo era inocente como tú; como tú he sido robada; me amó, le amé, y ya fui viciosa, criminal y despreciable para todo el mundo. ¡Ah!, y yo le amaba con más ternura que tú; yo le amaba como una madre al hijo que tiene al pecho, como la huérfana al hombre que le sirve de segundo padre, como una hermana a un hermano, como una mujer adora al ídolo, al Dios de su corazón. ¡Él me ha despreciado, él me ha visto derramar lágrimas, y se ha mofado de mi dolor, y yo le amaba todavía, y yo le amo!

-¡Bruja de maldición, calla! -replicó Saldaña rechinando los dientes-- Verdaderamente que tú eres el demonio que me persigue, pero yo te enviaré a los infiernos para que allá me aguardes y dejes al menos de atormentarme en vida. ¡Mi daga! Por Dios que me he olvidado de traerla -continuó, echando mano a su cintura, donde la llevaba ordinariamente-. ¡Mi daga! ¿Y qué importa? ¡Mujer infame!, entre mis manos te ahogaré.

-Teneos, Saldaña -gritó Leonor poniéndose entre él y la mora-. ¿Qué vais a hacer? ¡Siquiera por mí, por vuestra hermana! ¿Vais a cometer otro asesinato? ¿Es acción digna de un caballero poner la mano en una mujer?

-Si tienes algún temor de Dios, detente -gritó Elvira-, y acuérdate que con esas mismas manos que quieres ahogarla la has colmado de caricias impuras en otro tiempo.

-Ven, ven y despedázame -exclamó Zoraida, que no había retrocedido un paso al verle venir hacia ella-. Te engañas si piensas por eso libertarte de mí. Hiéreme, y abre tú mismo mi sepultura; hazla bien honda, bien profunda, sepúltame tú mismo, y arroja sobre mí un monte; mi espectro ensangrentado saldrá de allí; de día me verás en los rayos del sol, en la sombra de cada árbol; oirás mi voz en el crujido de cualquier puerta, sentirás mis pasos detrás de ti; de noche, en la luz sangrienta de la luna, delante de ti, yo vendré a tu cama, y perturbaré tus sueños; te despertaré, y me verás, y mi mano fría con la muerte sentirás que te hiela tu corazón. Aún más: yo evocaré las sombras de los que murieron por tu injusticia, la de tu padre. ¿Qué, te amedrentas? ¡Con qué placer te veremos en la agonía, cuando juntos tantos espectros oigas el rechinamiento de dientes, y el crujido de huesos, y sus aullidos, y los veas saltar en derredor de tu cama, en ti fijos sus ojos brillantes como ascuas, y sientas frío y temblor hasta en el tuétano de tus huesos!

-¡Oh! ¡basta! ¡basta! -gritó Saldaña aterrorizado, dejándose caer sobre una silla medio exánime y sin aliento-. ¡Jimeno -exclamó-, sácame de aquí! Yo muero...

Y dejando caer la cabeza, la debilidad en que estaba y la agitación que había tomado, le causaron un parasismo, y quedó como muerto.

-¡Oh Dios! yo he causado su muerte -gritó la mora con el acento de la desesperación, y salió precipitadamente del cuarto.

Leonor y Elvira acudieron a socorrerle, y tomándole ésta una mano, sintió el hielo de la muerte en la paralización de su pulso.

-¡Oh, hermano mío! -exclamó-: ¡ojalá Dios te vuelva a la vida, y te dé tiempo de arrepentirte! Caiga su maldición sobre mí; yo te amo, hermano mío, vive tú y muera yo por ti. ¡Oh! Sí, es un desmayo; él volverá en sí. Tú volverás a ser virtuoso; tú tenías en tu infancia todos los gérmenes de la virtud en tu alma. El vicio la ha cubierto de sombras y de nieblas perpetuas. Pero escrito está que Dios no quiere la muerte del pecador.

Entró Jimeno al momento, acompañado de otros dos escuderos, y tomando el sillón en brazos le llevaron a su estancia, acostáronle en su cama, y habiéndole los cirujanos hecho volver en sí con algunos espíritus que le aplicaron a la nariz, encargaron el silencio y se retiraron.


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