Sancho Saldaña: 16

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Capítulo XVI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


MENDO
¿Cómo te has de resistir?
BLANCA
Con firme valor.
MENDO
¿Quién vio
tanta dureza?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
MENDO
¡O qué villanas crueldades!
¿Quién puede impedirme?...
GARCÍA
Yo.
ROJAS, G. García del Castañar.


Apenas habían retirado a Saldaña, cuando la celosa mora, pesarosa ya de lo que había hecho, lloraba y lamentaba por él con la misma ternura que si hubiese perdido el único bien de su corazón. Entró, pues, en su cuarto acongojada sobre manera y arrepentida, y sin poder sujetar sus lágrimas, llamó a su esclava que entró al momento a saber lo que tenía que mandarle.

-Corre -le dijo-, pregunta si ha vuelto en sí el señor de Cuéllar; vuela y vuelve al momento.

Partió la esclava al punto; Zoraida se sentó pensativa, clavó en el suelo sus hermosos ojos, derramó algunas lágrimas y prorrumpió por último hablando consigo misma:

-¿Y qué extraño es que me aborrezca? Si yo fuera más dulce, más humilde con él, acaso me amaría... Si yo le amara de veras, ¿no desearía yo su felicidad antes que la de ningún otro, primero que la mía? ¿Y por qué le he de martirizar? No, yo no le amo, o el amor es sólo nuestro interés. Sí, en vez de decir yo te amo, deberíamos decir yo me amo a mí misma tanto que te quiero esclavizar para mí. Saldaña, perdóname; he hecho mal en atormentarte, pero no me aborrezcas, ¡que oiga yo en tus últimas palabras que me perdonas!...

Diciendo así, su corazón generoso había olvidado ya los desdenes del caballero, y hasta se habían borrado completamente de él los celos que poco antes le atormentaban. Lloraba Zoraida, y lloraba lágrimas de compasión, sin ver en él otro hombre que su amante expirando por culpa suya en aquel momento. Ella misma maldecía su furor, se tachaba de injusta, y sólo deseaba que viviera, que viviera y no más, aunque no la amara, aunque se viera siempre despreciada por él, para no tener nunca que echarse en cara a sí misma la muerte del hombre a quien, a pesar de todo, amaba con toda su alma. La esperanza de lograr el amor de la persona amada es la última que abandona un corazón enamorado de veras, y a veces es tal la ilusión que se forma el amante, que halla en la más insignificante mirada representado un sentimiento que está sólo en su corazón.

Zoraida, pues, encontraba medios de interpretar en favor suyo la misma conmoción que experimentaba Saldaña cuando la veía, y la indignación y la rabia que su presencia le causaba eran, a su entender, obra de los remordimientos que le traían los recuerdos de lo pasado más bien que fruto de su impaciencia y su odio, más temerosa siempre de hallar indiferencia en él que de granjearse su aborrecimiento. Todas estas razones, si tal pueden llamarse los delirios de una pasión, hacían que ahora llorase de veras por el mismo a quien antes había sofocado con sus maldiciones; pero esta dulzura, esta generosidad no debían ser de larga duración en su carácter, y mucho menos si algún malintencionado atizaba con astucia la hoguera de sus celos. Su corazón en este momento podía compararse a una nube de tormenta preñada de rayos, pero que herida del sol parece bordada de suaves colores, hasta que impelida del viento arroja al choque el incendio que ardía en su seno.

No tardó mucho tiempo Jimeno en venir a verla, disfrazando su dañada intención con el cuidado de saber de ella. Entró en su cuarto poco después de la esclava que trajo la noticia de la salud del señor de Cuéllar, caído y triste el semblante, los ojos algo llorosos y adornado con poco esmero, como si las penas que traía en su alma le quitasen el gusto hasta para vestirse. No obstante, aunque la capilla corta que llevaba al hombro y lo restante del traje parecía puesto con desaliño, se notaba que había más arte en aquel aparente descuido, cuando no tanto como pudiera haber empleado en acicalarse y pulirse.

-¡Qué desgraciada eres, Zoraida! ¡Y qué desdichado soy yo viendo lo que padeces!

Zoraida no respondió nada a ninguna de estas exclamaciones que el paje pronunció con aire teatral y arrojando al mismo tiempo un suspiro que parecía que se le arrancaba el pecho. Sentóse en seguida como abrumado de su dolor, y apoyando su frente en una mano, ya bajaba los ojos, ya los alzaba con dolorosa expresión al cielo, ya echaba, volviéndolos a Zoraida, lánguidas y amorosas miradas.

-¿Está mejor? ¿Cómo le habéis dejado? -preguntó Zoraida con voz apagada-. En su situación os necesita a su lado más que yo al mío.

-Ciertamente -repuso Jimeno, moviendo la cabeza con ironía-, era eso lo que debía yo aguardar de ti, que me echases atentamente de tu habitación cuando precisamente vengo a libertarte la vida y a sacrificarme por ti. Pero sí, tienes razón -añadió, levantándose-, no soy aquí necesario, soy más útil al lado del señor de Cuéllar; de allí por lo menos no me echan; puedo oír planes terribles que me horrorizan; pero eso ¿qué te importa a ti? Tenía algunas cosas que decirte, y que creí que desearías saber; pero ya veo que no, ¡cómo ha de ser!, yo lo siento por ti... pero... me iré...

-Jimeno -gritó Zoraida con impetuosidad-, tú tienes un alma de hierro, y parece que te han elegido para darme tormento y añadir a cada instante nuevas inquietudes a las que sufro. Si te interesas verdaderamente por mí, ¿por qué me haces así morir de ansia y de impaciencia, sin hablar de una vez? Y si me odias y eres el instrumento de que mis tiranos se sirven, hiéreme, y no temas que me queje, que ni un ¡ay! saldrá de mi boca cuando entre tu puñal en mi corazón.

-¡Zoraida!, tú me injurias cada vez que me hablas -respondió Jimeno-, y a cada insulto tuyo devuelvo yo un beneficio; pero no gastemos el tiempo en conversaciones frívolas; sabe que Saldaña ha dado orden para que se te encierre esta noche, y allá donde nadie pueda oír tus gritos... tal vez para que no se asuste con ellos su Leonor... desempeñe su oficio nuestro preboste.

-¡Y qué es la muerte para quien no tiene nada en el mundo! -exclamó Zoraida con sentimiento-. Yo la deseo, yo la deseaba, como desea el aire el viajero de los desiertos. Yo nada tengo en el mundo, nada pierdo, ni una lágrima caerá sobre mi sepulcro; mi madre... ya no me llorará, ni yo tampoco tengo por quien llorar. Aguardo, pues, la muerte con resignación.

-¡Sí, cierto, la muerte a veces es un bien; pero tú, tan joven aún, tan hermosa! ¡Es triste, Zoraida, es triste a la verdad morir tan joven! -repuso el paje en tono muy afligido.

-No sé -replicó la mora con pena, pero con sinceridad- si es triste o no morir joven; para mí la vida se acabó ya hace mucho tiempo, y estar encerrada aquí o en la tumba es para mí indiferente.

-¿Y olvidas de esa manera tus sufrimientos, tus venganzas, tu amor y la rival que te ofende? -insistió el paje, desesperado de ver su conformidad.

-¿Para qué decís eso? -preguntó la mora-. ¿Queréis, cuando voy a morir sin remedio, hacer que sienta la muerte y disipar el tedio que tengo a la vida y que es lo que presta resignación a mi alma?

-No -repuso Jimeno-. Quiero inspirarte un deseo tal de vivir, que busques los medios de escapar a tus verdugos. Mi espada está pronta a defenderte de todos, pero no basta. Piensa, Zoraida, que Saldaña te sacrifica a tu rival más que a su odio; que sólo para complacer a Leonor...

-¡Jimeno! -interrumpió Zoraida, encendida en cólera de repente-. ¡Calla y no vuelvas a entrar en mi alma la desesperación!

-Para complacer a Leonor -continuó Jimeno, sin interrumpirse- y hacerle ver que todo, hasta la mujer que más ha amado hasta ahora, todo lo abandona por ella. Le dirá que te ha arrojado de su castillo, que en vano le pediste de rodillas que te dejara un rincón, un calabozo para vivir a su lado, bajo un mismo techo, y dirá, además, que se enterneció, pero que sólo por ella, sólo por su Leonor, por su esposa, lo hubiera podido hacer.

-¡Maldición! -exclamó Zoraida-. ¡Y ella!...

-Ella entonces -prosiguió el paje sin titubear- le agradecerá una prueba tan ponderada de su cariño, le mirará en un principio con lástima, se acostumbrará, por último, a su lenguaje, se envanecerá con su triunfo sobre una mujer a quien yo sé positivamente que teme, y un enlace pacífico terminará las desavenencias de las dos familias y trocará en amistad el odio del caballero de Iscar. Zoraida, tal es el fin que tendrán los amores de Saldaña, y que tú, muerta o viva, has de saber en donde quiera que estés, ora en la tierra, en el paraíso o en el infierno, porque hasta allí resonarán las canciones del día de la boda y los besos que le dé Leonor.

-El mismo ángel de las tinieblas -respondió la mora- no es capaz de afligir y de atormentar como tú. Pero yo no seré ludibrio de esa mujer, no; yo moriré, pero vengada. Antes que el puñal de los asesinos me arranque la vida que aborrezco, ella perecerá. Dame un medio, Jimeno, de martirizarla, dame un medio; piensa, inventa el más terrible, el más bárbaro para que yo me regocije en mi triunfo. Que yo la vea expirar a los ojos de su amante y que él trate de salvarla y no pueda y llore y se desespere. Tienes razón, es cruel, muy cruel, morir sin venganza. ¿Qué más quisieran ellos? ¡Con qué tranquilidad gozarían sin que yo nunca les estorbara! ¡Y ella había de besar los mismos labios que fueron míos! Veneno encontré sólo en ellos, veneno que ha llenado mi corazón de amargura; podría quizá vengarme con dejarla que lo probase; pero no, yo lo he agotado ya todo, y allí no quedan más que dulzuras. ¡Muerte! ¡Muerte! Jimeno, toda yo soy tuya, toda soy tuya si la asesinas.

-(Así te quiero yo -pensó Jimeno-; irritarte es el único modo de vencer tu tenacidad.) Cuando he venido aquí, no he venido -continuó en alta voz- sólo a traerte malas noticias ni a gozarme en tu aflicción como me has dicho. Te amo de veras, y una pasión tan vehemente como la que te domina por ese ingrato ha echado ya hondas raíces en mi corazón. Yo te idolatro, yo he buscado la felicidad y la he hallado en esta agitación incesante, en los celos, en la misma desesperación del amor. Sabe que he aguzado el puñal antes de venir aquí para clavarlo, si preciso fuera, hasta en el mismo Saldaña. Pero es preciso no perder tiempo; de aquí a algunas horas habrás bajado a tu sepultura. Ese soldado aventurero que tú crees amante de Leonor debe esta noche sacarla de aquí, si ella consiente...

-¿No consintió cuando se hablaron? -preguntó la mora con inquietud.

-No -repuso el paje-, no; a lo menos se mostró indecisa, y parecía que le costaba trabajo salir de aquí. En fin, Zoraida, tú te libertarás de la cólera de Saldaña, quedarás vengada o libre de tu rival y triunfarás por último de tus enemigos. ¡Oh, sí! Has de ser mía, y has de serlo ahora mismo.

Diciendo así se arrojó a ella con tal impetuosidad que, sin que pudiese impedirlo, la cubrió de besos, teniéndola estrechada en sus brazos.

-Déjame que en esa boca de delicias estampe yo mil besos... en esa cara de ángel... yo te adoro. ¡Zoraida! ¡Zoraida! ¿Por qué te resistes?

-¡Infame! -gritó la mora, retorciendo los brazos y defendiéndose con toda la furia de su carácter-. En todo mientes. Yo tuya... te aborrezco. Eres mil veces más odioso para mí y más falso que todos. Huye de mí... Sé generoso...

-No, Zoraida; te tengo bien asida para que te escapes-; grita, que nadie te responderá; llama a quien quieras, solos estamos aquí; cede, eres mía, eres mía...

La infame victoria del paje parecía estar decidida; nadie respondía a los gritos de su víctima; en vano había luchado con él con toda su fuerza; en vano trataba aún de defenderse, su pecho latía alborotado de cólera y de fatiga, y la falta de aliento y de vigor para resistir no hacían dudoso su vencimiento; un esfuerzo más y el triunfo era de Jimeno. Pero éste, fatigado también, trémulo y sudoroso, quedó en el instante de su caída suspenso un punto para tomar aliento y dio tiempo a la mora de recobrar su serenidad. Levantóse, pues, de pronto, y antes de que él tuviera lugar para sujetarla, echó mano al puñal del paje, arrancándoselo del cinto, y retirándose algunos pasos avanzó en seguida determinada a clavarlo en su corazón. Sucedió esto en menos tiempo que el que hemos tardado en contarlo, y sólo lo tuvo el paje para parar el golpe, asiéndola fuertemente del brazo.

Entonces empezó una nueva lucha, más terrible, si cabe, que la primera. Cambió Zoraida con la presteza del rayo el puñal a su mano izquierda con intención de herirle, viéndose asida de la derecha, y sin duda hubiera logrado su intento si el paje, en tan inminente peligro, no hubiera hecho uso de toda su fuerza, empujándola de sí con tanto ímpetu que, haciéndola vacilar dos o tres pasos andando de espaldas, logró derribarla segunda vez.

Arrojarse entonces sobre ella, arrancarle el puñal y sujetarla completamente fue obra de un solo punto.

-Vencí, Zoraida -gritó el perverso Jimeno-. Lucha, defiéndete, haz lo que puedas para estorbarme mi triunfo, desdéñame cuanto quieras, ya eres mía. ¿Quién habrá que te arranque de entre mis brazos?

-Yo -gritó Usdróbal, que abrió en este momento la puerta y quedó horrorizado de la terrible escena que se presentaba a sus ojos.

Zoraida, casi sin conocimiento, desgreñado el cabello, el semblante lívido y desencajados los ojos, parecía ahogada de furia; el paje, de rodillas, sujetándola y con el puñal en la mano, descompuesto el vestido y pálido de voluptuosidad; los almohadones, las sillas, derribadas por todas partes y todo en desorden.

-¡Favor, favor! -gritó Zoraida.

-El demonio -dijo Usdróbal- no hace cosa igual. Pardiez el caballero, que no es acción muy noble la que acometéis.

-Maldita sea el alma del que me interrumpe -gritó el paje, levantándose muy colérico y encaminándose a Usdróbal con el puñal en la mano.

-Sosegaos el caballero -repitió Usdróbal con ironía y desenvainando al mismo tiempo su espada-; reportaos, que si no juro por el sol que nos alumbra que os arranque el alma de una estocada; mirad que estoy bien armado.

-¡Villano! -repuso el paje, que, a pesar de su ira, conoció la ventaja de su enemigo y contuvo el paso-. Si fueras caballero...

-Mil veces más que tú -replicó la mora-. ¡Infame! ¡Vil! ¡Valiente con las mujeres! Acércate, acércate a mí ahora. ¡Cobarde!

-Ya veo -repuso Jimeno con su acostumbrada ironía- que te defiende tu amante. ¡Tu amante! ¡Un soldado! ¿Y qué podía esperarse de una mujer como tú sino que te entregaras a un aventurero?

-Reportaos, Jimeno, y no insultéis a una mujer desvalida delante de mí -replicó Usdróbal-. Soy sólo un aventurero, soy lo que represento y no más; pero preferiría mil veces ser un vil verdugo a ser un noble de tu ralea.

-¿Qué he hecho yo, Dios poderoso?¿Qué he hecho yo -exclamó la mora- para que me castigues con tanta crueldad? Usdróbal -continuó, poniéndose delante de él de rodillas-, no me abandonéis, defendedme; todo el mundo me ultraja y todos me desamparan. ¡Tened compasión de mí! ¡Yo soy sola y hasta el vasallo más ínfimo se me atreve!

-Levantaos, Zoraida, levantaos de ahí -replicó Usdróbal-. Soy de nacimiento villano, pero yo os defenderé del caballero que os atropelle. Y vos, señor almibarado paje, si tenéis algo de hombre en vuestro corazón, si no sois tan bajamente cobarde como parecéis, venid, yo os desafío y os reto de forzador y os tacho de infame si no sois capaz de seguirme.

-Si tú mismo confiesas -repuso el paje, aliñando sus vestidos al mismo tiempo- que tu nacimiento no es noble, ¿qué gloria ganaría yo con derramar la sangre de un miserable aventurero? Vete de aquí, y da gracias que no llamo a algunos compañeros tuyos para que te harten de palos.

-La primera voz que des te cuesta la vida -respondió Usdróbal, cogiéndole fuertemente de un brazo.

-Suelta, canalla -replicó el paje, desasiéndose con indignación.

-Juro a Dios -repuso Usdróbal, dejándole- que casi me da vergüenza de medir mi espada contigo, porque a fe mía que me pareces una mujer.

Era el paje, a pesar de todo, valiente, y el último insulto quizá el único que le sacara fuera de sí.

-Vamos -le dijo- donde quieras, y ya que te empeñas, te enseñaré yo mismo el respeto que se merece un noble de un villano como tú eres. Adiós, Zoraida; cuando concluya con este galán veremos quien te defiende.

-Vamos, y basta de amenazas, señor paje, que mucho será que os libréis de mis manos.

Diciendo así salieron del cuarto, dejando a la hermosa mora privada de sentido y todavía descompuesta, la ira y el cansancio de la pasada refriega, habiéndole hecho caer en un accidente del que tardó mucho tiempo en volver.


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