Sancho Saldaña: 29

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Capítulo XXIX
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Sancho Saldaña José de Espronceda

Velada en nubes la celeste cumbre
todo era noche, luto y tempestad,
sólo a tu rostro de divina lumbre
vaga aureola daba majestad,
ANTONIO ROS, La Virgen al pie de la Cruz.


Cuando dicen que las cosas del mundo parecen una novela, no es más sino que una novela es o debe ser la representación de las cosas del mundo, en que todo va a nuestro entender desenlazado y desunido a veces, aunque si se examina bien no carece de cierto orden y regularidad, y en que personas al parecer inútiles y acontecimientos en sí frívolos son acaso tan esenciales y necesarios cuanto que sin ellas o ellos fuera imposible que tuviese tal o cual fin el asunto principal. Nosotros, no obstante, que nada tenemos que hacer sino extractar de las crónicas que dan cuenta de nuestra historia, no podemos vanagloriarnos mucho de este enjambre de personas que en ella andan revueltas, ni de lo distantes que por su jerarquía y oficios parece que habían de estar unos de otros y de la relación que tienen entre sí todos, bien como una ingeniosa máquina en que desde la rueda principal hasta la más pequeña y ruin, aunque obren al parecer en contrario sentido, ayudan todas ellas su movimiento. Pero, como hemos dicho, el mérito, si alguno hay, no es nuestro ni del cronista, sino que así pasó y así lo dispuso Dios, y nosotros no hacemos sino contarlo.

El genio de la historia deja, pues, ahora por un momento los palacios de los reyes y los castillos de los señores, y atando algunos hilos que habían quedado sueltos en el enmarañado transcurso de los anteriores sucesos, dirige su vuelo al campo, y entre los pinares del río Pirón se esconde y desaparece.

-Por el Dios de Abraham...

-No jures así, no sea que saquen por el hilo el ovillo y nos conozcan estos perros. Cuanto más, que si nos descubren con este traje morimos sin remedio.

-En verdad, señor mío, que no sé cómo sabiendo tanto y teniendo tanta experiencia como vuestros años prometen os habéis metido en este oscuro encierro, que para mí creo que no hemos de hallar la salida.

-Las determinaciones del sabio cree el ignorante que son locuras, porque nunca será capaz de entenderlas.

-Lo que yo entiendo es que si se llega a averiguar nuestro enredo nos asaetean vivos, sin que nos valga toda la sabiduría de Salomón, y yo ya sabéis que soy hombre muerto antes que me maten en tales lances.

-Si tienes miedo, puedes volverte desde aquí mismo.

-¿Miedo? ¿Y por qué no he de tener miedo, si nunca hice profesión de valiente? Pero soy criado fiel y no me separaré de vos nunca.

Tal era la conversación que traían dos religiosos de la orden de San Francisco que salían de los pinares, sin duda con intención de vadear el río, y hacían su camino a pie, como deben caminar los frailes de esta religión. Traían echadas las capuchas, que apenas les dejaba descubierto el rostro, y uno de ellos, de pequeña estatura, y el más viejo, llevaba un báculo o bastón grueso, en que se apoyaba para andar con menos trabajo.

Al llegar a la orilla del río hicieron alto, y habiendo buscado el sitio en que hacía más sombra, fatigados del sol por ser las doce del día, se recostaron sobre la arena, y el hermano más joven sacó de las alforjas algunos fiambres y un pedazo de pan, que ambos a dos comieron con mucho apetito, aunque, a decir verdad, el viejo puede decirse que se contentó con probar de aquellas viandas, a que dio fin con extraordinario gusto su compañero. En esto estaban, cuando una voz, que tenía algo de sobrehumano a aquella hora y en aquel sombrío y solitario bosque, llegó a sus oídos, y oyeron que entonaba con angelical melodía un himno sagrado, de que conservó el fraile más anciano algunos trozos en su memoria, que dicen que fueron hallados después de muerto entre sus manuscritos.


Plegaria

Tus dulces ojos con amor piadosa,
Virgen divina, vuelve al pecador;
oye, ¡oh, madre!, mi súplica angustiosa,
tú que sentiste como yo el dolor.

Llanto continuo corre de mis ojos,
y a ti mi rostro no me atrevo a alzar,
árida senda de ásperos abrojos
hace la sangre de mis pies brotar.

Largo camino y duro se me hacía,
flaco sentí mi corazón latir,
débil mujer sin ánimo y sin guía
la tentación no pude resistir.

¡Ay!, yo pequé y abandoné el camino
que lleva sólo a la mansión de paz,
y en negra sombra el resplandor divino
trocarse vi de tu amorosa faz.

Lejos del mundo en santa penitencia,
sola aquí en este túmulo lloré,
para otro aquí imploraba tu clemencia,
por otro aquí mi pecho golpeé.

¡Oh madre mía!, altiva pecadora
nunca por mí rogué en mi vanidad.
Mares de eternas lágrimas ahora
no bastarán para alcanzar piedad.


Resonó el eco la suave armonía que hacía parecer aquel sitio encantado, y aunque los dos religiosos registraron a un lado y a otro por ver quién era el que de aquella manera cantaba tan dulcemente, no vieron a nadie y todo había quedado en silencio; la voz, no obstante, había salido de entre unos escombros y ruinas que a la orilla del río estaban, pero entre los que no hallaron oculto a nadie, por más que recorrieron todo.

-Señor -dijo el más joven de los frailes-, esto es cosa de encantamiento, y el arpa de David no sonó con más suavidad.

-Ciertamente que no he oído voz más dulce, y la hermosa Esther, mi hija querida, que me mataron sin duda estos perros cristianos cuando era niña, no tenía voz más pura. ¿Te acuerdas, Benjamín, de mi hija?

-¿Que si me acuerdo? -repuso el joven-. ¿Puedo yo olvidar nunca a la amiga de mi niñez? ¡Ni cómo olvidaré yo jamás la noche terrible que la perdisteis! Me acuerdo como si hubiera sucedido ayer.

-Tú eras aún muy niño -repuso el viejo, con muestras de mucha pena-, tú te reías de ver arder el castillo y volvías la cara para mirar las llamas que lo consumían, mientras nosotros huíamos delante de la espada de los nazarenos. ¡Oh, mi hija Esther! ¡Hija mía! ¡Mi querida hija! Yo te busqué por medio de las espadas enemigas, al través de las llamas; yo te pedía a todo el mundo, al cielo, a la tierra, y nadie respondía a mis voces. ¡Ah! Tú no viste la desesperación de tu padre: ¡hija mía, hija mía! La flor de tu hermosura había sido ya deshojada por el huracán.

Al decir esto inclinó el buen viejo la barba sobre el pecho y derramó algunas lágrimas. Benjamín dio un suspiro, y ambos guardaron silencio por largo rato.

El viejo prosiguió diciendo:

-Benjamín, el sabio debe ser superior a los contratiempos de la vida, pero aunque han pasado ya muchos años, y a pesar de los cariños de mi segunda esposa y de mi hijo, nada basta a arrancarla de mi memoria; continuamente, a todas horas, la veo delante de mí con aquella gracia infantil, aquel donaire en que yo fundaba toda mi vanidad. ¡Ah! Ya habrá crecido, ya será una mujer. ¿Pero qué digo? Ya sólo es polvo y gusanos. Desde entonces aborrezco el nombre de cristiano y me valgo de cuantas mañas puedo para exterminar una raza maldita de asesinos. ¡Benjamín! ¡Benjamín! Tú no sabes cuántas veces se me saltan las lágrimas al mirame, pensando que te veo aún jugar con mi hija. ¡Ahora tendría tu edad!

Pronunció estas palabras con tanto sentimiento que Benjamín sólo pudo corresponder suspirando al dolor que el buen viejo manifestaba. Fue empero Abraham, a quien ya habrá conocido el lector, el primero de los dos que se recobró, y acordándose sólo de la misión que llevaba, pasó la mano por la frente como para ahuyentar cualquier otro pensamiento, y ya se había puesto en pie para seguir su camino, cuando la misma voz que había cantado sin duda, a juzgar por su suave sonido, vino a interrumpir su marcha diciendo:

-¡Padre mío, padre mío!

Volvieron la cara los dos mentidos frailes al oírse apostrofar de aquel modo, y reciente la imagen de su hija en su memoria, no pudo Abraham menos de estremecerse; pero fijando la vista ya con más atención, vieron venir hacia ellos una figura envuelta en una capa o almalafa negra, que no dejó de asustar a Benjamín y de sorprender bastante al sabio judío.

-Padre mío -repitió la hermana de Saldaña, arrojándose a los pies de Abraham-, en nombre de Dios oídme en confesión, no miréis con desprecio a esta pecadora.

-Levanta, hija mía -repuso el supuesto fraile-. ¿Quién eres, dime, que andas sola por estos despoblados?

-Separaos un momento de vuestro compañero -respondió Elvira-, y si no, no; oídme los dos; sí, el mundo entero sepa mi delito y sea testigo de mi vergüenza. Padre mío, tenéis delante de vos una mujer criminal, una mujer que lleva consigo la maldición del Señor.

-Has de saber -replicó el judío- que voy muy de prisa y...

-No, no os iréis de aquí sin oírme... -repuso Elvira, cogiéndole del hábito.

-Señor, si nos cogen somos perdidos -dijo Benjamín en lengua extraña a su amo.

-Con todo, estoy por darle gusto -replicó en el mismo idioma Abraham-; ¿quién sabe si sus confesiones nos pueden ser útiles?

-Hija mía -prosiguió, volviéndose a ella-, habla y sé breve, que acaso Dios nos pedirá cuenta del tiempo que aquí hemos perdido.

-Padre mío -exclamó Elvira, arrojándose segunda vez de rodillas-, padre mío, yo soy la hermana de Sancho Saldaña, yo había hecho voto de enterrarme en vida y consagrarme a Dios por la salvación de su alma, y yo he faltado a lo que ofrecí. Yo volví a su castillo, le asistí en sus heridas y he sido testigo de nuevos crímenes. He huido otra vez al desierto, e implorando el perdón de mis faltas, mis lágrimas han corrido noche y día sin cesar, pero el Señor no ha respondido a mis súplicas. El demonio del orgullo se apoderó de mi corazón; mi pecado es grande, y la eternidad se abre delante de mí con espanto. ¡Ah! ¡No me maldigáis! Mi arrepentimiento durará toda mi vida; imponedme la penitencia más dura de cumplir, mandadme que peregrine leguas y leguas con los pies descalzos, que maltrate mis carnes, que bese los pies del viajero que encuentre en mi camino, todo me parecerá poco comparado con mi delito. Yo he preferido el amor y la amistad de los hombres al amor de Dios; yo, ¡miserable de mí! he caído en la tentación.

Quedó el judío pensativo, menos compadecido del arrepentimiento fanático de aquella infeliz mujer que cuidadoso de aprovecharse de la ocasión que la suerte le presentaba, por lo que el primer pensamiento que tuvo en cuanto oyó que era hermana de Saldaña fue fomentar su locura y servirse de ella para sus planes.

-El cielo -dijo- ha guiado aquí mis pasos para salvarte de la muerte eterna. Días hace que el Señor puso en el corazón de su siervo la intención y el deseo de morir mártir o salvar a tu hermano del infierno que le amenaza, y mi deseo ha permitido Dios que se cumpla. El Señor ha mirado con ojos benignos al pecador. Grande, como tú has dicho, es tu pecado, pero mayor es la clemencia de Dios. Con todo, la penitencia que te impone por mi boca es terrible; examina primero tu corazón, piensa en el castigo que te aguarda en la eternidad y compáralo con la obligación más penosa en la vida: inflame tu alma el santo fervor que debe acompañar al arrepentimiento. Eleva tu espíritu a la presencia de tu Criador; pon tu confianza en el que da aliento a mi voz e inspira mis palabras, arráncate de los lazos del mundo, olvida a tu hermano, olvídate de ti misma, y el entusiasmo divino de la religión exalte tus potencias para que seas digna de la grande empresa a que tú sola puedes dar fin. ¡Considera que quizá Dios te destina para que libres de la servidumbre a su pueblo!

El rostro del mentiroso judío había tomado una expresión particular de enajenamiento y sublime arrobo que no parecía sino que de veras ardía en su pecho el fuego de la inspiración. Sus ojos habían trocado su natural decaimiento en un brillo vivísimo, como iluminados, y el color ardiente de sus mejillas, la actitud atrevida y religiosa al mismo tiempo de su expresivo semblante hubieran podido engañar a cualquiera otro más suspicaz que Elvira. Besó ésta el cordón de su hábito humildemente, y sin alzar los ojos del suelo respondió:

-Padre mío, mi vanidad humillada no se atreve a lisonjearse de tantas glorias como me habéis ofrecido en nombre de Dios; pero mi corazón no tiembla de la penitencia más cruda. Cumpla yo mi deber para con Dios y véame envilecida y criminal para con los hombres.

-El mayor crimen -replicó el judío-, el delito más horroroso al parecer de los hombres, puede ser agradable a los ojos del Omnipotente (5). Llenas están las Santas Escrituras de acciones delincuentes, según el mezquino juicio del mundo, y que el Señor en su profunda mente ordenó que se cometieran. ¡Quién osará sondear los altos juicios de Dios! Él manda matar para dar vida, y se sirve a veces del insecto más vil para humillar la soberbia del poderoso. Llenos están los montes y los valles de tus maravillas, señor Dios Sabaoth, dijo el salmista. Tú pusiste fuerza en el corazón de Judith cuando derribaste el orgullo del enemigo de tu pueblo. Tú inflamaste el espíritu de la maravillosa Débora y tú comunicaste vigor al brazo de un pastor niño para que de un solo golpe hundiera en la nada la arrogancia del Filisteo. Mujer, ¿por qué has de dudar tú de la elección del Señor, cuando él ha puesto en ti los ojos para que vengues su pueblo y le libres del cautiverio y pone en tu mano la espada de la victoria, que arrojará en el polvo al hijo impío que se rebeló contra su padre, al hijo maldito que excomulgó el pontífice, al nuevo Nabucodonosor que ha encadenado los mancebos y las vírgenes de Sión? Mujer, enciende tu ánimo en santa ira y regocíjate en el Señor. Vano será tu arrepentimiento y vanas tus lágrimas, aunque derramases mil veces más que lleva gotas de agua el océano, si no sigues a ciegas la voz del que en este momento me inspira y me revela tus destinos. Los crímenes de tu hermano han rebosado ya del vaso de la misericordia, tu pecado es grande, y la clemencia divina no la alcanzarás sin que antes hierva en tu brazo la sangre que salte del corazón del impío.

-¡Oh! ¡Padre mío! -exclamó Elvira, atemorizada-. Yo soy una mujer... mi mano es débil... La vista de la sangre me hace caer desmayada; yo la he visto derramar una sola vez a mi mismo hermano, y aún me horrorizo de recordarlo. ¿No bastará otra penitencia menos cruel? Yo no tendré valor para levantar el puñal. ¡Ah! Mandadme comer tierra, andar arrastra como la culebra...

-Mujer cobarde, ingrata al Dios que te dio el ser, yo no te mando nada; Dios me ordena que te hable de esta manera, a él, a él solo, debes darle tus quejas, a él debes reconvenir, que no a mí. Tu alma está corrrompida y sin fe, y tú y tu hermano pereceréis por haber desoído la voz del Omnipotente. A él sólo, a él sólo debes acudir por misericordia. Yo te abandono a tu ceguedad.

Diciendo esto le volvió la espalda y se alejó algunos pasos sin volver siquiera a mirarla.

Benjamín, espantado con el lenguaje de su amo, no osaba decir palabra, no pudiendo comprender el fin que tenían sus discursos, mientras Elvira, fuera de sí y mirándole con los ojos desencajados, parecía haber perdido el conocimiento.

-¡Oh, no me abandonéis, no me abandonéis, padre mío! -exclamó, deteniéndole por el hábito-. ¡Ah! Yo soy una mujer, nada más que una mujer, sin brío, sin ánimo para nada; ni aun lo tuve para resistir al placer de llorar con una amiga, única persona que vi después de tres años en mi soledad. No lo he tenido para sufrir la penitencia que yo misma me impuse. Tened compasión de mí. ¿Cómo queréis que yo pueda derramar la sangre del poderoso? Perdonadme, pero yo mentiría si no os dijese que hay una voz en mi alma que me aconseja lo contrario de lo que me decís.

-Obedécela, pues -repuso el fingido fraile, sin volver la cara, separándola con aspereza-; es la voz de tu debilidad, la voz del demonio. Sigue el camino por donde él se guía, y al fin de él te juntarás con tu hermano, sin que ni a él ni a ti os hayan aprovechado tus penitencias. Adiós.

-¡Oh, no! Yo haré todo cuanto quiera Dios exigir de mi -exclamó Elvira, y cayó en el suelo sin señal de vida.

La compasión, o tal vez el pensamiento de la utilidad que aquella desdichada fanática podía producir a la causa que defendía Abraham, le hizo acudir a darle socorro viéndola en aquel estado y tratar de volverla en sí. Sacó, pues, uno de aquellos milagrosos espíritus que solía llevar consigo, y en habiéndole untado las sienes y aplicado a la nariz, se la vio recobrarse poco a poco, abrir los ojos y arrancar un profundo suspiro.

-Piedad, Señor; tened compasión de mi debilidad -dijo, poniendo los ojos en el cielo, con un acento tan dulce, que el judío, a despecho de su sangre fría, tuvo que apartar la cara a un lado para esconder una lágrima que a su pesar se desprendió de sus ojos, y hacer un esfuerzo para ocultar la sensación que le había causado. Pero reponiéndose al punto y desterrando de su imaginación el recuerdo penoso que aquella voz le traía, dijo:

-Mujer, anímate y cúmplase la voluntad de Dios. No mires tu miseria, sino el poder del que te ha escogido para que resplandezca la espada de su justicia en la tierra. Los reyes tiemblan a su nombre y los montes inclinan delante de él su cerviz. Forsitam enim indignationem suam abscindet et dabit gloriam nomini suo. El tirano ha congregado sus gentes, miles de siervos suyos armados cubren ya esta tierra con sus caballos de batalla y ha caído el terror sobre el corazón de los hombres. El parricida se burla de la excomunión del Pontífice y desafía cara a cara al Omnipotente. Iniquitatem fecimus. Hemos llenado la tierra de nuestras iniquidades, y el Señor ha permitido a este Faraón que nos persiga; pero sus carros se hundirán en el abismo del mar y no quedará rastro de él ni de sus huestes.

»Dichosa tú, hija mía, una y mil veces, dichosa tú, que quebrantarás el cuello del dragón y que subirás a la mansión de gloria acaso con la brillante corona del martirio; allí junto al árbol de la vida beberás las aguas puras del eterno río que fertiliza sus raíces; ángeles y serafines te cantarán y bendecirán; tú acompañarás sus armoniosos cánticos en loor del Todopoderoso. ¡Oh!, sí, vuela, ármate de fortaleza; Dios pondrá constancia en tu ánimo para que desprecies el riesgo, y segunda Judith, hagas que el mundo, postrado y temeroso, reconozca que no hay más que un Dios, que es el Dios de tus padres. Ven, hija mía, tu rostro veo que se inflama, fuego divino arde en tus ojos; ya te anima el entusiasmo que ardió en el corazón de la débil Jael cuando con un clavo atravesó las sienes de Sisera. Esta es la última penitencia que cumplirás por tu salvación y la de tu hermano. El tirano está en su castillo. Yo mismo te guiaré y te fortaleceré hasta el momento de dar el golpe. Un ángel sin duda me ha traído aquí para anunciarte la voluntad de Dios. Ven, sígueme; despréndete de todo miedo, de todo sentimiento terreno, y tuyo es el triunfo sobre el infierno.

-Padre mío -respondió Elvira-, yo me siento desvanecer, y me parece que veo ya la gloria que me prometéis, el mundo se desliza bajo mis pies, y en mi arrebato me siento elevar sobre las nubes hasta el empíreo. Vedlo, el universo rueda delante de mí, un rayo de luz ha iluminado mi frente, la espada del Dios de los ejércitos centellea junto a mí; sí, no hay duda, yo soy llamada por el Omnipotente para asombrar al mundo con su justicia.

Los ojos de Elvira giraban a un lado y otro mientras hablaba; su voz había tomado un tono imponente; su ademán tenía algo de sobrehumano y maravilloso: sus cabellos encrespados ondeaban como la cola de un caballo al escape; hería la tierra ya con un pie, ya con otro, levantaba los brazos; temblaba toda, y parecía que estaba demente.

Era así en efecto; los ayunos, las maceraciones y cilicios habían ya debilitado bastante su juicio, y hacía tiempo que imaginaba que veía visiones de ángeles y de diablos. Las últimas palabras del judío la acabaron de volver loca.

-¡Oh!, sí, en el castillo de mi hermano está -prosiguió diciendo, sin que Abraham, que la miraba atónito, tuviese valor para interrumpirla-; allí correrá su sangre por mi mano. ¡Oh!, ¡sangre!, ¡sangre! -añadía con un gesto de horror, mirando fijamente su mano derecha-. Pero yo soy una segunda Judith.

Y luego cantaba:

Mi diestra fortalece
el Dios de Sabaoth,
de acero impenetrable
cercó mi corazón.

Ved, ya he vencido,
vedlo caer
yerto a las plantas
de una mujer.


-Chis... será menester mucho disimulo... él tiene muchos guardias consigo -proseguía, bajando la voz y acercándose al judío-. Vamos, sí, vamos.

-Modera, hija mía, tu entusiasmo; tú has dicho muy bien. Es preciso, como Judith, engañar a los que guardan a ese segundo Olofernes; tú, como hermana del castellano, tendrás entrada al momento en la fortaleza; allí te retirarás adonde nadie te vea sino yo, y pasarás orando y ayunando tres días. Entonces el ángel del Señor te avisará.

Mirábale Elvira sin pestañear mientras hablaba, y luego que concluyó bajó la cabeza, y sin hablar ya más palabra echó a andar junto a ellos camino del castillo de Cuéllar, en donde ambos frailes entraron aquella tarde.


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