Sancho Saldaña: 34

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Capítulo XXXIV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


¡Adiós!... exclama la encendida mora
bañando en llanto la cadena dura,
¡adiós!... que siempre el corazón te adora
aunque hiciste nacer mi desventura:
cadalso horrible, hoguera destructora
prepara el fanatismo a mi ternura...
Por ti perdí mi patria y mi inocencia,
¡por ti pierdo la mísera existencia!...
RAFAEL GONZÁLEZ CARVAJAL


Hay un campo fuera de Valladolid que llaman el Campo Grande, que sirve hoy de paseo a las gentes de aquella ciudad, y donde se cuentan hasta catorce edificios... o conventos, puesto que todavía a ciertas gentes les parecen pocos, por aquel dicho sin duda de que nunca lo bueno fue mucho. Pero dejando esto aparte (que a fe mía que el que quiera frailes, en España no ha de llorar por ellos), seguiremos el hilo de nuestro cuento, si es que lo tiene tan enmarañada madeja, y veremos de poner nuevamente en la escena algunas personas que probablemente no habrá olvidado el lector.

Era entonces el Campo Grande una espaciosa llanura, sin los secos árboles ni las enjutas fuentes que adornan hoy día la parte que se llama el Paseo, y la hierba que crecía allí a toda su voluntad no había sido aún arrancada para poner arena y chinas en su lugar. Algunos álamos aquí y allí crecían solitarios, y sólo tal cual huerta murada de algún convento solía alegrar de cuando en cuando la vista. La gente entonces frecuentaba muy poco este sitio, y sólo algún reverendo padre se veía tal vez pasear al caer la tarde con mucho sosiego delante de la puerta de su convento, tal vez algún viejo abandonado del mundo, o al robusto lego franciscano que volvía de los lugares de la comarca con las alforjas llenas al hombro y un palo en la mano para ayudar el camino, después de bien regalado y agasajado por las hermanas y hermanos de la cofradía. Para los días de fiesta había otro paseo, adonde acudían los caballeros del pueblo, los mancebos, las mozas y los estudiantes, que ya entonces estaba establecida la Universidad. El que desee saber algo de este paseo puede leer a Quevedo, y verá lo que de él dice algunos siglos después; y nosotros sólo diremos que era el famoso Espolón, citando al mismo tiempo cuatro versos del mencionado poeta:

Claro está que el Espolón
es una salida necia
calva de yerbas y flores
y lampiña de arboleda.

Pero el Campo Grande no estaba siempre desierto, y algunas veces millares de hombres y mujeres de todas clases lo poblaban cuando se celebraban allí torneos y toros, o servía de espectáculo algún criminal famoso, bruja o mago, cuya sentencia se ejecutaba en aquel sitio generalmente; entonces se despoblaban los lugares circunvecinos, se levantaban tablados o cadalsos para los jueces y las personas de alta jerarquía, se circunvalaba el paraje donde se había de representar la tragedia, la gente se atropellaban unos a otros, los tejados de los conventos, torres, los árboles se veían coronados de hombres y muchachos que trepaban hasta la veleta del campanario más alto, armábanse pendencias por tomar puesto, mofábanse de los que estaban mal los que habían logrado colocarse bien, voceaban todos, reían, juraban, pensaban muchos que se divertían, y el Campo Grande era un hervidero de cabezas amontonadas y empinadas unas sobre otras para ver acaso perder la suya a algún infeliz condenado a muerte.

El día en que sucedió lo que vamos a referir era justamente uno de aquellos que por famosos se cuentan en las crónicas de aquel país. No que fuera un espectáculo nuevo la quema de una bruja (que al cabo no era otra cosa la diversión con que esperaban pasar su tiempo los dignos habitantes de Valladolid) sino que la fama de la hermosura de la desgraciada, sus estupendos y maravillosos crímenes, que corrían de boca en boca, pasmando a los que los oían referir, y de que se hacían nuevas ediciones aumentadas y corregidas a cada instante, y sobre todo la grandeza y poder del señor al que con sus artes había hechizado, añadían tanta importancia a un suceso que ya en sí mismo ofrecía cierto encanto, que hasta los viejos más admiradores del tiempo antiguo confesaban que sólo uno u otro caso semejante habían presenciado en su juventud.

Un espacioso cuadro a manera de palenque cogía una parte del Campo; levantábanse a sus extremos, fronteros uno de otro, dos cadalsos cubiertos de bayeta negra, con asientos asimismo enlutados, para los jueces; ardía en el otro frente del cuadro un grande hornillo de herrería, cuyo fuego atizaban dos negros cíclopes con un enorme fuelle que hacía llover chispas a todas partes y levantaba una espesa columna de humo que se disipaba a grande altura en el aire.

El día estaba nublado, y la llama resplandecía bastante, a pesar de la claridad natural; otros tiznados compañeros machacaban largos hierros hechos ascua, que metían a cada instante en la fragua, y que cortaban y arreglaban en pequeñas barras anchas de un palmo y largas de dos pies. El eco repetía el golpe de sus martillos, que entre el ruido y las voces de la multitud resonaba de cuando en cuando, y sus negras caras y ocupación infernal no les habría hecho desmerecer el título de demonios.

En el otro frente estaban en pie dos hombres de caras triangulares y ojos hundidos con un bonete rojo y una sobrevesta de mil colores, sobremanera charros y mal tejidos, que los hacían parecer tan ridículos como feos. Detrás de ellos veíase un gran montón de leña seca, colocada con mucho cuidado, embreada para que no tardase en arder, junto al cual sentado tranquilamente aparecía un hombre de frente de buitre y cerviguillo de toro, grueso y pequeño de cuerpo, vestido de rojo y amarillo, con un hacha entre las piernas, y que sin duda era el jefe o padre de los otros dos cocodrilos que hemos procurado pintar.

Entre la hoguera y uno de los cadalsos brillaba sobre un altar cubierto también de paño negro un gran crucifijo de plata, y algunos milagros de cera se veían colgados en los paños que servían al altar de dosel. Algunos alabarderos procuraban contener el pueblo que, agrupados y hacinados unos sobre otros, traspasaba a veces la línea donde debiera pararse, mientras los impertérritos centinelas, saludando con el mango de sus alabardas a los más atrevidos, los hacían bajar la cabeza más de lo que ellos quisieran.

Resultaban de aquí disputas, echándose unos a otros la culpa del golpe que habían llevado sin merecerlo; reñían, y en medio de la quimera solía venir tal cual teja volando por el aire, que desde el tejado del convento más próximo tiraba algún mal intencionado muchacho que despartía a los combatientes, haciéndoles dirigir hacia otra parte su ira, causando nuevos agravios y dando que reír a los malignos mozuelos que haciendo diabluras por allí andaban. Discutían en otro corrillo si quemarían viva a la bruja o el verdugo le cortaría la cabeza primero; hablaban los estudiantes a voces desde dondequiera que estaban, aturdiendo a todo el mundo con sus desentonados gritos que retumbaban sobre el bullicio de la multitud, mezclando latinajos en su atronadora conversación y mofándose de cuantos hombres formales y mujeres de cierta edad acertaban a pasar delante de sus ojos por su desgracia. Oíase la voz melancólica de los asquerosos pobres que pedían limosna con su acostumbrada pesadez, enojando y fastidiando a los que en aquel aprieto mal de su agrado no podían alejarse de ellos. Lloraban los chiquillos, que, medio ahogados, no podían salir de la apretura en que su curiosidad les había metido; pellizcaban otros en las piernas a los que los sofocaban, haciéndoles chillar y saltar bruscamente a cada picotazo que inesperadamente sentían; en fin, todo era ruido, disputas, voces, quimeras y juramentos, y sin poder siquiera rebullirse ni menearse, era cosa de ver aquel sinnúmero de cabezas en movimiento, que, como nos pintan las ánimas del purgatorio, juntas y embutidas unas en otras ni aun podían volver a mirar atrás.

-Hola, señor Soguilla, parece que todavía le queda a vuesa merced la afición -dijo a un hombre gordo y que sudaba a chorros, medio ahogado en aquel conflicto, otro bizco, pequeño de cuerpo, de quien el lector no es difícil que se acuerde si no ha olvidado aún las figuras de los satélites del Velludo.

-Amigo -respondió el verdugo cesante-, cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, a mí me toca ahora ver como otras veces me tocó lucirme; pero allí está mi sobrino, que parece un rey. Ved con qué serenidad está; vamos, da gusto; bien puedo decir que es sobrino mío sin avergonzarme.

-Así es efectivamente -respondió el bizco-; pero voto a tal que no quisiera yo que él se luciese conmigo.

-Pues yo os juro -repuso el saludador con su voz bronca- que no sois hombre de gusto. Pero hablando de otra cosa, ¿cómo habéis dejado a mi compadre el Velludo, o traéis quizá algún encargo?

-Nada de eso, señor Soguilla; he dejado al Velludo por cosas muy largas de contar, y he venido acompañando al señor Zacarías, que también ha de representar aquí su papel.

-Ya entiendo, sí -repuso Soguilla-; es aquel buen hombre flaco que sabe latín y tiene un pescuezo tan largo y delgado que más de una vez me han dado ganas de ahorcarle; porque a hablar verdad, está diciendo comedme.

-Pues el mismo, y si pudiéramos salir de aquí nos iríamos hacia el tribunal, donde veríais que se las tiene tiesas con el obispo.

-Voto a tal, que daría el mejor mulo de cuantos me quedan que curar en mi vida o la cuerda mejor ensebada de que haya hecho uso el mejor de cuantos ajustan gaznates con tal de verle disputárselas con el obispo; porque, aunque no lo entiendo, me gusta mucho oír hablar en latín.

-Pues ánimo y veamos si podemos salir de estas apreturas, porque todavía es temprano y hasta las dos lo menos no quemarán la bruja.

Ardua empresa era la que proponía el bizco, y mucho más a un hombre tan gordo y pesado como Soguilla, que empujado, apretado y sofocado con tanta gente apenas podía respirar. Empezaron, no obstante, a forcejear, codeando a los de al lado y empujando a los de atrás por ver si podían romper brecha y salir de allí, el bizco, más ligero, deslizándose de medio lado, y el honrado Soguilla a pique de sofocarse.

-¡Hola, eh! -decía un estudiante-. ¿A dónde va ese tonel?

-Es el antiguo verdugo de la ciudad -gritó otro.

-Allá vas, catedrático de la soga, aligerador de pescuezos.

-Es el saludador que cura mulos rabiosos. Medicus asinorum.

-¡Plaza, plaza! -gritaba otro-, que ese hombre está ético, y nos puede pegar el mal.

Nosotros les dejaremos salir como puedan de aquel apuro en que por su culpa se hallaban, que al fin saldrán si pueden; y peor para el desdichado verdugo, que sin considerar sus dimensiones se había metido en donde no había lugar para él a pique de que le diera una aplopejía, y trasladaremos a otra parte al lector, adonde, aunque había pocas menos personas, reinaba un profundo silencio.

En un gran salón del edificio en que celebraba sus sesiones el tribunal eclesiástico, dividido en dos partes por una baranda de hierro de tres pies de altura, que se abría en su mitad, veíase de un lado al pueblo agrupado y atento, puestos muchos de puntillas y con los ojos fijos al frente, y encargándose mutuamente el silencio con repetidos siseos. Dos alabarderos, con las armas del obispo grabadas en sus alabardas, parecían dos estatuas clavadas a la parte de allá de la baranda con las espaldas vueltas al pueblo. Todas las ventanas estaban cerradas, y sólo por las claraboyas que junto al techo estaban abiertas penetraba escasamente la luz del día. Ardían, en cambio, en grandes candelabros de ébano infinidad de velas de cera amarilla, cuyo pálido reflejo daba un tinte sombrío y melancólico a todo el cuadro. Brillaba en el fondo una gran cruz de plata colocada sobre una especie de túmulo o catafalco vestido de paños negros con calaveras y huesos pintados; desde la baranda de hierro hasta el extremo donde el catafalco se levantaba corrían largas filas de bancos enlutados con ricos paños bordados de oro, y las armas también del obispo, y en ellos estaban sentados gran número de hábitos negros con impasibles semblantes y devotas fisonomías. Un magnífico sillón bordado todo de oro y colocado en cierto lugar preferente servía para el obispo, que con su capa pluvial y demás distintivos de su alto cargo presidía el tribunal. Otros dos alabarderos estaban colocados uno frente de otro a la mitad de la sala, además de otros cuatro que guardaban el catafalco. Un grupo de partesanas y alabardas rodeaba al reo, que por una puerta abierta a la derecha del catafalco, junto al sillón del obispo, acababa de entrar en el tribunal.

Era una mujer vestida a la usanza arabesca, pero sin toca ni velo en la cabeza y con el cabello tendido, que le enlutaba toda la espalda, según era negro y espeso. Traía la cabeza baja y sus ojos sin brillo clavados tristemente en el suelo, las manos atadas y puestas en cruz sobre el pecho y los pies desnudos, por lo que al andar parecía que se lastimaba.

-Esa es la bruja, la mora -corrió la voz entre los asistentes; pero bien pronto sucedió el silencio a una orden de los ministriles de su ilustrísima.

Acercáronse al catafalco, y en habiéndola mandado que se prosternara, lo que hizo sin decir palabra, el obispo se levantó y entonó con grave y serena voz el De profundis, cuyo tenor siguieron cuantos allí había. Concluido el salmo, púsose el obispo la estola, hizo agua bendita, que esparció aquí y allí diciendo:

-Te invocamus, te adoramus -y en confuso y sordo murmullo respondieron todos del mismo modo. Entonces se levantaron todos y empezaron a cantar trozos de salmos tristes y melancólicos.

Domine nec in furore tuo arguas me, neque in ira tua corripias me.

Dirigió el obispo en seguida muchas maldiciones a Satanás, mandándole que se ahuyentara de aquellos sitios, y amenazándole si no lo hacía con redoblar sus conjuros.

Y en señal de maldición se apagaron las luces, sonó la campana de execración en la catedral, hirió el obispo con el pie el pavimento, mandando al diablo por segunda vez que dejara libre a su víctima para que pudiera responder verdad, excomulgándole y maldiciéndole por si acaso permanecía en aquella estancia con intento de ofuscar el entendimiento de los jueces y hacerles faltar a su deber, y luego a una voz cantaron todos en las tinieblas:

-Discedite omnes qui operamini iniquitatem.

Este cántico, entonado majestuosamente en medio de la oscuridad y en aquella bóveda que retumbaba la voz, era el canto de muerte para la infeliz Zoraida, que apenas comprendía lo que todo aquello quería decir.

El pueblo escuchaba con devoción y recogimiento.

Volvieron a encender las luces, el obispo se sentó en su silla y los demás en los bancos, y el secretario, que tenía la mesa junto al sitio que ocupaba el obispo, tomó unos pergaminos, y poniéndose en pie empezó a leer en latín el proceso de la acusación.

Consistía éste, como todos los de su jaez, en un enjambre de desatinos, testimonios falsos y acusaciones ridículas, que si bien en el día pudieran tal vez hacernos reír al leerlas, servían en aquellos tiempos, y aun sirvieron muchos siglos después, para llevar al patíbulo infinidad de inocentes. Persuadido estaba el secretario que no era cosa de broma lo que rezaba el proceso, por lo que aprovechándose de los diferentes tonos a que sabía acomodar la voz, empezando a leer en bajo y concluyendo cada período en tiple, procuraba asimismo sacar partido de su ridícula figurilla, alzándose sobre las puntas de los pies por ser pequeño de cuerpo y gesticulando con su cara de chorlito a cada palabra sobre la cual quería llamar la atención. Oíanle los jueces sin pestañear, y lo más gracioso es que el pueblo, sin entenderle, le oía tan atentamente como si cada uno de los que allí estaban fuese un dómine examinado.

Leída que fue la declaración del acusador, entró en la sala un joven lindo de cara con la visera alta y armado lujosamente de punta en blanco, y acercándose a la mesa del secretario con desenfado volvió la cabeza a un lado y a otro, clavó un momento los ojos en Zoraida, que no alzaba los suyos del suelo, y en habiéndola mirado se encogió de hombros, y aun muchos creyeron haber reparado en sus labios una sonrisa de Lucifer.

-El tribunal -dijo el secretario- os pide a vos Jimeno Díaz, paje de lanza del castellano y señor de Cuéllar, que os ratifiquéis y afirméis en la acusación hecha por vos contra Zoraida, de nación árabe, su religión mahometana, acusada de haber hecho pacto con el demonio para hechizar a vuestro amo el señor de Cuéllar, como también de asistir los sábados a las orgías de Satanás, bautizar sapos y preparar bebidas que vuelven loco al que las bebe o le mudan la voluntad. ¿Juráis sobre los santos Evangelios y os ratificáis en haber dicho verdad?

Jimeno respondió sin titubear.

-Sí, juro.

El obispo mandó acercar a Zoraida, y el secretario le preguntó:

-¿Tenéis algo que responder a vuestro acusador?

Zoraida no respondió palabra.

-Habéis oído vuestra acusación y visto lo que resulta del proceso -continuó el secretario, sin preguntarle primero si entendía el latín-, y si tenéis algo que exponer en vuestro favor, el tribunal está pronto a oíros.

-Mujer -dijo el obispo con muchas severidad-, veo que el espíritu maligno te ha privado del uso de la palabra y te fuerza a no responder. Pero debe entender el demonio que te posee que nos valdremos del fuego y del agua para obligarle a obedecernos si persiste como hasta ahora en callar. Entretanto puede procederse a las declaraciones de los demás testigos.

El segundo que se presentó era el benéfico Zacarías con su cabeza todavía vendada, su traza humilde y devota y su tono de voz melifluo y afeminado. Luego que hubo jurado y besado devotamente la cruz del rosario que traía en la mano, empezó su declaración diciendo cómo la había visto volar una noche montada en una serpiente de fuego, y que detrás y delante de ella llevaba una columna de humo pestífero que dejó al testigo caer sin sentido en tierra encomendándose a Dios. Recordó también la aparición de Elvira en la cueva de los bandidos, achacándosela ahora a Zoraida con toda seguridad, y concluyó diciendo:

-Vuestras señorías ilustrísimas deben saber, como dice el texto, que hay cosas quod homo non inteliget; y yo, señores, juro delante de Dios con la humildad y la llaneza de un siervo infeliz que ha de dar pronto cuenta a Dios de su alma, que esta mujer que aquí está la he visto yo brincar desde el castillo de Cuéllar hasta la torre de Iscar, cosa pasmosa, porque hay más de tres leguas de distancia, y sólo una bruja pudiera hacerlo, mulier cum maleficius saltarat longa vía est, y ahí va ese trozo de latín mío, que, gracias a Dios, hay aquí quien lo entiende.

A risa hubiera movido sin duda el disparatado latinajo de Zacarías si la causa que ocupaba a los jueces y el interesante testimonio que acababan de oír de boca de aquel hombre devoto no hubiesen llamado la atención general, escandalizando y asombrando de tal manera, que hasta el más incrédulo no estaba de humor de reír.

Otros varios testigos dijeron poco más o menos lo mismo, con añadidura, si acaso, de algún cuento que habían oído o imaginaron del caso, y como soldados que eran los más de la guarnición del castillo, refirieron cómo el señor de Cuéllar se estremecía todo y perdía el sentido a veces cuando veía delante de sí aquella mujer, que le había hecho asesinar a su sacerdote por su propia mano (por lo que tuvo que acudir al Papa que le perdonara) y cometer otra porción de crímenes por medio de hechizos y bebidas que le había dado. Recordaron asimismo la noche aquella en que la infeliz Zoraida, agitada de los celos en el delirio de una fiebre ardiente, recorrió de torre en torre el alcázar con asombro de los centinelas, y luego salió al campo y halló una vieja que también con endiablada risa y voz cascada se presentó ahora en el tribunal a atestiguar contra ella.

-Pardiez, la tía Gila -dijo uno de los del auditorio-. Mal se quieren las brujas cuando ellas mismas se delatan unas a otras.

-Silencio -gritó uno de los alguaciles del tribunal, volviendo su mal gesto hacia el pueblo.

Hasta entonces la desventurada Zoraida no había levantado los ojos del suelo ni había contradicho nada de lo que contra ella habían expuesto los testigos, ni visto ni oído al parecer nada de lo que le rodeaba; su profundo dolor, el recuerdo de los días del placer y la infame crueldad del hombre que la sacrificaba a otra mujer, pagando sus cariños con la muerte, la lúgubre estancia donde se hallaba, y adonde la habían traído sacándola de un calabozo infecto donde había pasado noches y noches sin saber nunca cuándo amanecía, las caras extrañas e insensiblemente apáticas de sus jueces, todo había llegado a abatir de tal manera su ánimo, que poseída de un pensamiento único no había oído siquiera ni aun reparado en sus acusadores. Al oír la voz de la vieja levantó la cabeza, se estremeció de repente, y volviendo a un lado y otro sus ojos atónitos, los clavó al fin en aquella momia reseca y diminuta, en cuyo rostro sólo se veían dos ojos que brillaban con la intención de una víbora.

-¡Qué horror! -exclamó la mora-. ¡Al fin se ha cumplido su maldición!

Fue tan agudo y llevaba una expresión tal de dolor el grito histérico que arrojó Zoraida, que hasta los más indiferentes y apáticos volvieron la cabeza a mirarla asombrados, y algunos jueces, que se habían dormido durante el curso del proceso, se despertaron creyendo que era la campanilla del presidente que ya los llamaba para votar la muerte de la prisionera.

-El testimonio de esta buena mujer -dijo el obispo, señalando a la vieja- es tan veraz y poderoso, que el diablo no ha podido menos de dejar hablar a su víctima, obligándola a que confiese cómo y cuándo se ha cumplido la maldición que sin duda arrojó sobre ella algún santo varón a quien trató de dañar con sus maleficios.

-Si su ilustrísima lo permite -dijo el fiscal eclesiástico-, requiero que se presente, como es uso, el hechizado en el tribunal para que dé más fuerza a la acusación.

-El hechizado es el señor de Cuéllar, y se halla en este momento al lado de su alteza -replicó Jimeno- mucho mejor y más aliviado desde el día en que se empezó a formar este proceso. Yo le represento ante el tribunal, y por encargo suyo y obligación que mi conciencia me ha impuesto he acusado a esta mujer de bruja y hechicera infame, con pacto con el diablo, que la protege, como también de haber hechizado y tratar de asesinar a mi muy ilustre señor el castellano de Cuéllar, y me ratifico en mi acusación.

-¡Es un infame, es un infame! -exclamó Zoraida-. ¡Miente, miente! Y no hay Dios cuando no le traga la tierra.

Jimeno la miró con terror y bajó en seguida los ojos.

-¡Blasfemia! ¡Blasfemia! -gritaron todos los jueces.

El que parecía más dulce dijo:

-Que se le atraviese la lengua con un hierro ardiendo por mano del verdugo.

Pero una voz sonó en este momento entre los espectadores, tan dolorosa y terrible que habría hecho estremecer una piedra.

-¡Es mi hija! ¡Es mi hija! ¡Y me la van a matar!

-¡Hola! -gritó el obispo-. ¡Alguaciles! ¡Que echen de ahí ese impertinente!

Pero aún no había acabado de decirlo cuando, sin respeto a los centinelas y atropellando por medio, de todo como un rayo, se arrojó en medio de la sala un hombre al parecer frenético, y antes que ninguno se opusiese a su intento, abrazó estrechamente a Zoraida, que no menos atónita que cuantos estaban presentes, ni aun tuvo fuerza para separarlo de sí.

-¡Hija mía! ¡Hija mía! Yo soy tu padre. ¿No me conoces? -decía llorando-. ¡Cuántas veces te he tenido sobre mis rodillas y me encantabas con tu sonrisa! ¿No te dice tu corazón que te abraza tu padre? Mírame, hija mía... ya estamos juntos... ya no nos separaremos más, nunca más. Volvédmela, es mi hija -proseguía, volviéndose a los jueces-, es el apoyo de mis canas, es inocente; vosotros la perdonaréis. ¡Hija mía! ¡Hija mía!

Y al mismo tiempo la cubría de lágrimas y de besos, y corría de una parte a otra enajenado, implorando a los jueces, abrazándoles las rodillas y volviendo siempre a su hija con muestras de amor, de alegría, de pena y desesperación.

Lloraban los espectadores; algunos alabarderos que se acercaron a separarle de Zoraida apenas podían contener sus lágrimas, ni cumplían tampoco con su deber; hasta Jimeno mismo, a despecho de su mal alma y refinada maldad, sintió oprimírsele el corazón, y aun se arrepintió de lo que había hecho; sólo aquellos eclesiásticos, viejos ya, y en cuyas almas de hielo jamás había penetrado la ternura del amor paterno, cuyo deber había sido sofocar las pasiones de la juventud, y que nada veían ya en su vejez sino a sí mismos, se mantenían impasibles y pretendían arrojar de allí aquel hombre enojoso, que había faltado al miramiento debido a tan respetable tribunal con la osadía, nunca vista, de haber atropellado el foro.

-Prended a ese hombre y que vaya fuera de aquí -gritaba el obispo.

-¡Fuera! -repetían los demás jueces.

Y entre tanto el judío Abraham, que él era el padre de la desdichada Zoraida, temía, rogaba, maldecía, se ponía de rodillas, abrazaba a su hija, se arrancaba mechones de pelo, resistía a sus verdugos, besaba sus plantas y exclamaba a cada momento:

-¡Hija de mi dolor! ¡Hija mía! ¡Hija de mis entrañas!

No volvía en sí Zoraida de su sorpresa; pero aunque no hacía sino mirarle, se dejaba acariciar de él, y aun sentía en medio de tantas penas cierta dulzura en su alma, bien así como si ya hubiese pasado a otro mundo de más paz, donde había encontrado todavía otro ser tan infeliz como ella que la amaba y la acariciaba.

Pero los alabarderos empezaban ya a cansarse de aquella escena viendo al obispo y los demás jueces encolerizados, y el pueblo, aunque en un principio había tomado cierto interés, deseaba que prosiguiese ya la tragedia.

El horror que el leal pueblo de Valladolid tenía a la magia y a los que por influjo del diablo la ejercían, venció por último la sensación que el encuentro de un padre con su hija en situación tan triste había producido al principio. Con todo, y para decir verdad, muchos hubo que, sin poder resistir más, se salieron del tribunal llenos de lástima y pesadumbre.

-¡Ea! Cumplid las órdenes del tribunal -dijo el obispo, levantándose.

-¡Oh! No, no. Yo soy su padre -exclamó el judío-, y no me la arrancarán otra vez. ¿Veis cómo llora? ¡Hija mía! Yo creí que había muerto, y me la encuentro aquí ahora. Había perdido ya toda esperanza de volverla a ver. ¿Me la volvéis para quitármela para siempre? Ella era una niña; oíd su historia. Yo era alcaide del castillo de Zahara (6); una noche, después de dos meses de sitio, asaltaron los cristianos la fortaleza y la entraron a hierro y fuego. ¡Ah! Entonces la cautivaron; era una niña hermosa como un ángel, un retrato de la mujer que más he amado en mi vida, de mi esposa Sara. No os enojéis; seré breve. Ahora me la daréis, es verdad. ¡Hija mía!, tú serás el consuelo de mi vejez, yo te mimaré, te acariciaré, te adoraré noche y día.

-¡Oh! Sí, sí, vos sois sin duda mi padre -exclamó Zoraida, devolviéndole sus abrazos-, puesto que vos sois en el mundo la única persona que me favorece. Sí, vos sois mi padre; es el único amor que siento que penetra en mi alma sin celos ni remordimientos. Yo soy inocente, soy una infeliz sin otro crimen que haber idolatrado a un hombre sin merecerlo; pero no sé por qué todos son enemigos míos; vos sois mi único amigo, mi consuelo; vos no me engañáis, me amáis de veras. ¡Padre mío!, mi corazón me dice que sois mi padre.

-¡Oh! Yo enloquezco al oírte decir ese nombre; bendita, bendita sea tu boca que lo pronuncia.

-Basta ya -gritó uno de los alabarderos, que sin duda era el jefe de los demás-; es preciso echar este loco de aquí.

-¡Loco! -exclamó el judío-. Loco, sí, de placer de haber encontrado a mi hija. Pero no, no me separéis de ella, haced que muramos juntos. Si sois padres... ¿No habéis tenido hijos nunca? ¡Ah! Yo soy un anciano, mis desgracias me habían hecho aborrecer a los hombres y me había vuelto misántropo; volvedme a mi hija y yo os amaré a todos por amor de ella.

Diciendo así se arrojó en el suelo, besaba los pies de los guardas, se defendía y resistía con toda su fuerza.

-¡Bárbaros! -exclamó por último, apresado ya por cuatro de ellos, que habían logrado sujetarle-. Vosotros no sois jueces, sino tigres sedientos de la sangre de mi hija. ¡Maldición! ¡Hija mía! ¡Hija mía! Apela al juicio de Dios.

-¡Oh! No hay duda -dijo Zoraida, mirándole fijamente a tiempo que se lo llevaban de allí medio muerto-, es mi padre, y es tan infeliz como yo.

Y en seguida inclinó la barba sobre el pecho, acongojada, sin poder llorar, gimiendo y sollozando con tan angustiosa agonía que no parecía sino que se le arrancaba el alma.

Luego que sacaron del tribunal al desdichado judío, uno de los jueces tomó la palabra y dijo:

-Ya que no nos volverá a interrumpir ese hombre furioso, pido al tribunal que continúe juzgando.

El procurador de la acusada se levantó y propuso que, puesto que su cliente ni se defendía ni confesaba el delito, él pedía en su nombre a su ilustrísima refiriese su juicio al de Dios, haciendo con ella las pruebas que en tal caso requería la ley.

El obispo y todos los jueces aprobaron su proposición, y el tribunal levantó la sesión en el mismo punto, dándole dos horas de término a la acusanda para que buscase caballero que la defendiese, pues de lo contrario sufriría otra prueba, pasando con los pies desnudos por once barras de hierro ardiendo.

Decretado que fue esto, el tribunal preguntó de nuevo a Jimeno si se ratificaba en su acusación y estaba dispuesto a combatir en buena ley, y sin valerse de hechizo ni superchería alguna, con cualquier caballero que tomase la demanda por aquella mujer, y Jimeno juró de nuevo y se afirmó tanto en lo que había dicho como en lo que ahora se le preguntaba.

Entonces se levantaron todos, se oyó ruido de pies en la antesala del pueblo, que se ponía en movimiento para marcharse, y los jueces, precedidos del obispo, se retiraron.

Al salir Zoraida en medio de los alabarderos, el paje se acercó a ella.

-¿Quieres ser mía? Todavía estás a tiempo.

-Huye, demonio de mi desdicha -respondió la mora, mirándole con ojos hechos ascuas de ira-; la muerte, el infierno, todo me es más agradable que tú.

-Tanto peor para ti -repuso el paje, volviendo la espalda-. No porque tú me desdeñes he de creerme más feo, y este desaire me lo vas a pagar bien caro.

Echó a andar entonces haciendo ruido con las espuelas, y en saliendo a la calle empezó a mirar a las celosías por si veía alguna dama a quien hacer señas.


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