Sancho Saldaña: 35

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XXXV
Pág. 35 de 49
Sancho Saldaña José de Espronceda


Adiós por siempre, ¡oh sol!, naturaleza
del mundo entero, adiós. ¡Ah! No más sufra
yo el triste peso de la amarga vida,
para mí de pesares tan fecunda.
¡Oh, muerte! escucha mi postrer plegaria:
ven, oh sueño eternal, ven en mi ayuda.
EUGENIO OCHOA, La muerte del Abad.


Cuando el judío se arrojó en medio del tribunal a abrazar a su hija, acababa de entrar hacía poco en la sala, y habiendo preguntado a uno de los espectadores, hombre ya viejo y que parecía por sus modales haber sido en otro tiempo soldado, qué hacía allí aquella gente reunida, éste, después de satisfacer su curiosidad, le refirió, además, cómo él conocía a la acusada hacía ya algunos años. Esta conversación ofrecía tanto interés para el viejo hebreo, que no pudo menos de preguntarle dónde y cuándo la había conocido; a lo que respondió el soldado, que justamente lo era de la guarnición de Cuéllar, contándole toda la historia de la mora desde el momento de su cautiverio hasta el día.

Crecía el ansia y la inquietud de Abraham a cada palabra de aquel hombre, como si en ellas se encerrase algún encanto particular, hasta que llegando a dar señales del sitio donde la habían cautivado y de las ricas alhajas que traía consigo, con todas las demás circunstancias del asalto en que se había hallado él mismo, reconoció el judío a su hija, y a pesar del peligro a que se exponía si llegaban a conocerle como uno de los principales enemigos del rey, sin acordarse de nada en aquel momento, y perdiendo de repente su estoica serenidad, atropelló por todo, y se lanzó al cuello de la hija que creía perdida, con la violencia de una leona que ve a su leoncillo en manos del cazador.

Tal fue la causa que alborotó a todos los espectadores y motivó la sorpresa que acaso este suceso habrá producido al lector. Sólo el nombre de la acusada no convenía con las otras señas que el soldado dio al judío, llamándose ella Zoraida y siendo Esther el nombre de su hija. Pero, además de que esta circunstancia nada quitaba a la verdad de su relación, era muy fácil le hubiesen trocado el nombre poniéndole otro más acomodado a la pronunciación castellana, lo que el judío supuso también al momento, puesto que de lo demás de creerla árabe era muy natural habiéndola cautivado en un fuerte perteneciente a aquella nación. Y esta es la solución que da la crónica de que extractamos nuestra historia a las dudas que puedan ocurrir acerca de este maravilloso acontecimiento, no saliendo nosotros responsables de las que acaso ponga, además, algún lector quisquilloso.

Cuenta, pues, la historia que así como el judío salió de la sala entre los cuatro alabarderos que le sujetaron, que tal la rabia y el dolor que sintió, que llegó a perder el conocimiento, y le dejaron como muerto en uno de los oscuros corredores del edificio, habiendo dado orden, además, a los guardas de que de ningún modo le dejasen entrar si volvía de su parasismo.

Algunos del pueblo se acercaron a él, y en particular su joven criado el tímido Benjamín, que, a pesar del mucho cariño que tenía a su amo, no se había atrevido a manifestarlo delante de los alabarderos, contentándose con llorar a sus solas la suerte de la compañera de su niñez y el peligro a que se exponía su señor. Pero al momento que le vio libre de sus opresores llamó a dos hombres, quienes piadosamente, mediante cierta cantidad que les ofreció, le ayudaron a transportar su cuerpo a otra parte. Cuando el judío volvió en sí, lo primero que preguntó fue por su hija; pero lejos de arrebatarse y dejarse llevar del sentimiento que desgarraba su corazón, pareció mucho más tranquilo y que había recobrado su sangre fría acostumbrada.

-Es menester -se dijo a sí mismo- salvarla, y esto no se logra con desesperarse. Lo primero que hay que hacer es penetrar en su cárcel. Le han dado dos horas y es preciso que yo la vea en este tiempo.

Y luego se levantó del lecho, no obstante las reflexiones de Benjamín, que hizo cuantos esfuerzos pudo para oponerse a la determinación de su amo, creyendo que se había vuelto loco, porque el judío echaba sus cálculos entre sí, y sólo tal cual vez dejaba entender alguna palabra suelta.

Entre tanto, el gentío congregado en Campo Grande desde el amanecer estaba ya sobremanera impaciente y desesperado con la tardanza de la función que aguardaba. No parecía sino que se les debía de justicia la muerte o la vida de aquella infeliz, que a todo estaban convenidos con tal de pasar el rato, ya viéndola ir al suplicio o salir salva de la prueba que debía sufrir. Pero el tiempo volaba, las horas corrían y no llegaba, no obstante, la que el pueblo esperaba con tanta ansia. Decían unos:

-Sin duda la bruja halló una escoba y se escapó por el agujero de la chimenea.

Gritaban otros:

-Es una infamia tenernos así todo el día esperando ahí una hechicerilla, que, al fin y al cabo, no es ninguna Medea -y el buen estudiante citaba el precepto clásico, nec coram populo Medea truciaet.

-La culpa de eso -decía otro- la tiene el rector de la Universidad, que entretiene al tribunal más de lo que debiera con sus discursos.

-Como que es el secretario del obispo.

-Muera el rector.

-Y los jueces.

-A sacar la bruja y nosotros la quemaremos -gritaba otro.

Y el tumulto crecía, y los arqueros que estaban de centinela no las tuvieron todas consigo. Pero el pueblo de Valladolid, así como todo el de España, sensato, pacífico y sufridor por naturaleza, no es de aquellos que se alborotan porque les hagan esperar mucho tiempo; así que, excepto algunos estudiantes de los más perdidos, nadie tomó parte en el alboroto, causando miedo un unos, risa en otros y apatía en todos la intrepidez de aquellos extravagantes mozuelos.

En esto el reloj de sol del convento de los Agustinos señaló las tres, y al mismo tiempo se oyeron gritos de alegría, tal como cuando sale el toro en la plaza los suele dar el pueblo, si hace mucho que espera la llegada del que ha de presidir la función.

-¡Ahí viene! ¡Ahí viene! -gritaban de todas partes los que ocupaban las alturas, mientras los que estaban debajo empinaban los gaznates por si lograban ver algo.

Pero no tardó mucho en aparecer la fúnebre comitiva con dos pregoneros delante, que a grito herido iban declarando los supuestos crímenes de Zoraida y la determinación del tribunal. Venía en seguida gran número de arqueros a caballo escoltando a la prisionera, que a pie y en medio de ellos con los pies descalzos venía marchando con paso bastante seguro. Llevaba la espalda inclinada hacia delante y la cabeza baja, y tal vez su boca convulsa se contraía esforzándose para no llorar.

Así encorvada en su angustia parecía una palma tronchada por el huracán. Seguían tras de ella otros tantos alabarderos, menos por guardarla que por honra del obispo, que también con los otros jueces, cada uno en su litera, venía, como era de su deber, a presenciar el juicio de Dios. Al llegar a una de las entradas del palenque la comitiva hizo alto, sonaron las trompetas, formó la tropa y el obispo bendijo al pueblo desde la ventanilla de su litera. Apeóse en seguida, y lo mismo hicieron los otros jueces que le acompañaban, y en habiendo tomado asiento en el tablado, mandó el obispo trajesen allí a la acusada, y dijo:

-Tú eres una extranjera y no tienes aquí nadie que te proteja, pero has apelado al juicio de Dios, y él te salvará si no eres culpable. Su voluntad va a manifestarse, y el hombre no podrá hacer otra cosa que someterse a sus inerrables juicios. ¿Has encontrado caballero en el tiempo que el tribunal te ha concedido para buscarlo?

-¿Cómo quieres que una extranjera -respondió Zoraida-, como tú mismo has dicho que soy, pueda encontrar en tan poco tiempo ninguno que se exponga a defenderla, no sólo contra el acero de mi enemigo, sino contra la preocupación de los que, sin saber por qué, me aborrecen?

-Y vos -dijo el obispo, dirigiéndose a Jimeno, que, como acusador, estaba colocado enfrente de la acusada-, ya que no se presenta campeón ninguno que defienda la inocencia de esta mujer, ¿qué prueba queréis que dé de que es inocente?

Miróla Jimeno de hito en hito, cambiando tal vez de color, y pensando al mismo tiempo entre sí que eran aquellos pies demasiado lindos y delicados para no hollar siempre flores en vez de hierros ardiendo. Y no había formado la naturaleza aquella mano de nieve y rosas para oprimirla y reducirla a cenizas dentro de un guantelete de fuego.

-(Pero no importa -se dijo-, me ha despreciado, y debe morir). La prueba de las barras -continuó en alta voz, dirigiéndose al tribunal.

-Mujer -dijo el obispo-, la ira de Dios va a caer sobre ti si eres culpable, y allí, además -añadió, señalando a la hoguera-, encontrarás la pena de tus crímenes en la tierra. Cúmplase la voluntad de Dios.

Volvió Zoraida la vista al hornillo, que resonaba con el continuo y monótono son de los martillos que a compás caían sobre el yunque, y cada golpe le pareció sentirlo en el corazón. Y cuando la apartó de allí horrorizada y vio la leña que había de consumir su cuerpo, cerró los ojos y sintió, como si se le despegara la carne de los huesos, un dolor tan intenso que estuvo próxima a desmayarse. Pero su valor la sostuvo, y cuando abrió segunda vez los ojos miró al hornillo y la hoguera con serenidad.

Los dos maestres de campo, que asistían a la prueba por si acaso la acusada encontraba caballero que la defendiese, se retiraron a un lado del palenque y cedieron sus puestos a dos alguaciles del tribunal, que debían sostener a la acusada por los brazos mientras paseaba las barras. Dos escribanos que allí había debían dar fe de cómo se había verificado la prueba sin malicia, engaño ni hechicería, tanto por parte de la procesada como por la del acusador. Presentó un sacerdote a Jimeno los Santos Evangelios para que jurara no traer sobre sí encanto alguno ni sortilegio que torciese el juicio de Dios en daño de la acusada, lo que el paje juró, muy seguro de que no había necesidad de más sortilegio que el hierro ardiendo para abrasar los pies de la mora.

El obispo lanzó de nuevo mil maldiciones contra el mal espíritu para que no interpusiese su influjo en contra o en favor de ella, y luego resonaron los golpes sobre el yunque con más fuerza, los jueces murmuraron algunas oraciones y salmos en voz baja, y el pueblo en silencio esperaba el fin de la prueba con cierto temor religioso. Entre tanto los tiznados satélites de Vulcano sacaron del hornillo hasta once ascuas largas de dos pies, que pusieron paralelas unas junto a otras por donde había de pasar la acusada. Los dos alguaciles la acercaron por fuerza hacia las barras, y Zoraida sintió crispársele los pies y, en todo su cuerpo, dolorosas contracciones de nervios. En vano se esforzaba a poner el pie; la naturaleza se resistía a aquel martirio, y sus miembros no obedecían a su voluntad.

-¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! -clamó, arrojándose a los pies de los alguaciles que la empujaban-. Yo no me muevo de aquí; yo no puedo... ¡Perdón! Soy inocente... La muerte, la muerte... Sí, yo prefiero morir mil veces a pasar por aquí...

En balde fuera querer pintar el sonido de su voz, ya dulce y humilde, ya dando gritos horribles al mirar las ascuas que sus pies habían de pisar, y las miradas de piedad y de terror que volvía a todas partes y sus movimientos y contorsiones en aquel terrible momento.

Pero sus ojos no encontraban compasión en la fisonomía inflexible de sus verdugos, que, acostumbrados a presenciar todos los días semejantes crueldades, no hacían más caso de las lágrimas y súplicas de sus víctimas que del llanto de un niño que hubiera perdido un juguete.

-Vamos, reina mía -decía uno de los alguaciles, que se pierde tiempo. Más caliente estará el infierno, y no te pesaba tanto ir allá.

-¡Por Dios! ¡Por Dios! -gritaba con voz que desgarraba el corazón de oírla-. ¡Matadme! No me martiricéis. ¡Ah! ¿Quién me había de decir en otro tiempo que el hombre a quien he amado más en mi vida había de dejar que me martirizasen así? Yo deseo la muerte; dádmela; yo soy culpable; yo diré todo lo que queráis con tal de no pasar por aquí.

Esta última confesión suspendió el empeño de los alguaciles, y el juez, que en pie y junto a ella debía presenciar la prueba, se acercó al tablado y dijo:

-Atendido a que la acusada se resiste a sufrir la prueba y ha confesado todo, pido que sin más dilación sufra la pena de muerte a que en este caso está condenada por el tribunal.

-La voluntad de Dios -dijo el obispo- se ha declarado manifiestamente y el demonio no se ha atrevido a arrostrar su juicio y ha abandonado el campo, entregando a la justicia su presa. Que se ejecute la ley, y Dios tenga piedad de su alma.

-Amén -contestaron a una voz los jueces.

-Jimeno -prosiguió el obispo, dirigiéndose al paje-, habéis sostenido vuestra acusación como leal y noble que sois, y el tribunal os declara libre de la palabra que habéis empeñado de sostenerla hasta el último trance, puesto que desiste de la prueba propuesta vuestra acusada.

En oyendo esto, Jimeno, acompañado de los maestros de campo, echó a andar, después de haber saludado al tribunal respetuosamente, y se dirigió pensativo, con la cabeza baja y sin mirar a Zoraida, hacia la puerta del palenque, que caía al otro extremo. El verdugo tomó el hacha en la mano y se dirigió adonde estaba Zoraida todavía de rodillas, sin movimiento. Sus dos ayudantes pusieron fuego a la leña, que, por estar embreada, ardió en un momento, y los dos alguaciles se separaron de ella para hacer lugar al ejecutor.

Algunos corazones del pueblo, que la hermosura de Zoraida y sus gritos habían movido a piedad, temblaron en aquel instante cuando vieron la hermosa cabellera de la desventurada en manos del verdugo, que la arrojó adelante con indiferencia, cubriendo con ella su hermoso rostro, y echando en seguida el pie derecho atrás y levantando el hacha en alto, se disponía a descargarla ya sobre aquel cuello de alabastro, morada de los amores.

Pero en aquel mismo instante, y cuando aún no había salido el paje del palenque, resonó un grito, que se extendió como un golpe eléctrico de boca en boca, y cien voces resonaron a un tiempo con alegría: «¡Un caballero! ¡Un caballero!»

El verdugo volvió la vista a los jueces, y el obispo le hizo señas de detenerse. Bajó el hacha y quedó inmóvil detrás de Zoraida, que clavada en el suelo de rodillas, esperando la muerte con resignación, parecía una estatua de mármol de las que suelen adornar algunos sepulcros.

En este momento un caballero armado de punta en blanco entró en el palenque a rienda suelta montado en un generoso alazán, y arrojándose pie a tierra de un salto, se dirigió al tablado de los jueces con gallardo desembarazo. Era de mediana estatura, robusto y airoso de continente.

Uno de los maestres de campo se acercó a él y le preguntó a qué venía.

-A sostener la verdad contra la mentira, a proteger la inocencia contra el hombre más infame y falso que existe, si la acusada me quiere por su caballero.

-Para eso -respondió el maestre- es preciso que digáis vuestro nombre y os dejéis registrar por si se esconde en vos alguna superchería.

-¡Superchería! El acusador de esa infeliz es capaz de usarla, que no yo. De todos modos, estoy pronto a todo, menos a decir mi nombre.

-Vuestra nobleza al menos...

-La probará mi espada -respondió con intrepidez el desconocido-; además, el acusador y yo en otra ocasión hemos trocado ciertas prendas, y la que él me dio la traigo siempre conmigo. Quiero, pues, que me devuelva la que le entregué.

-Os creo, caballero, y esa prueba me basta -respondió el maestre, mirando una sortija que el incógnito le enseñó quitándose el guantelete de la mano derecha, y en la cual estaba grabado un blasón.

Diciendo así le presentó ante los jueces.

-Este caballero -dijo- está pronto a sostener a pie y a caballo que la acusación hecha contra esa mujer es falsa y apela nuevamente en su favor al juicio de Dios.

-La acusada -respondió el obispo- se ha negado a la prueba de las barras y ha preferido la muerte más bien que las consecuencias del juicio divino, y nosotros hemos dado por libre a su acusador.

-Sin embargo, si vuestra ilustrísima lo permite -dijo el maestre-, observaré que la prueba del combate fue la primera en que la acusada convino y la que el tribunal aprobó, dándole dos horas para que buscase su campeón.

El tribunal, después de una corta, aunque muy acalorada discusión, mandó se le preguntase a Zoraida si convenía en esta prueba, y el maestre que acompañaba al caballero desconocido se acercó a preguntárselo.

Habíase recobrado Zoraida de su estupor, y las voces de la multitud y los vivas con que celebraron la llegada del caballero resonaban tan confusamente en su imaginación, mezclados con el golpe de martillo en el yunque (que, aunque ya había parado, todavía hacía dar saltos a su corazón, repitiéndose en sus oídos) que apenas podía darse razón a sí misma de lo que le pasaba. Trató de echarse el cabello a la espalda para despejar la frente y mirar a su alrededor; pero halló que tenía las manos atadas atrás, y entonces exhaló un gemido. Extrañábale, sin embargo, la tardanza del verdugo en sacudir el golpe terrible que la había de quitar para siempre de penas, y por un movimiento de instinto encogía de cuando en cuando los hombros.

Su ropaje era blanco, su cuello estaba desnudo, y de rodillas en medio del campo, detrás de ella el verdugo, el hacha al lado, mirándola con ojos estúpidos, aguardando sólo una seña para retirarse o matarla, y en su rostro cuadrado marcada la insensibilidad, ofrecían un conjunto de resignación, de belleza, de horror y de estolidez inexplicable.

Uno de los alguaciles mandó al verdugo que se retirara, lo que él hizo refunfuñando; la levantó, le desató las manos, y Zoraida entonces, echándose el cabello a la espalda, miró con ojos espantados alrededor, y enseñó el rostro pálido con la huella de la muerte en él. Hubiérase dicho un cadáver que volvía a la vida. Entonces llegaron a ella el maestre y el caballero que se ofreció por su campeón. Entendió apenas Zoraida lo que le decían, pero respondió que sí le aceptaba, y entonces la sentaron en un escaño junto a la hoguera, mientras decidía la próxima lid de su suerte.

Preguntó el otro maestre a Jimeno si estaba dispuesto a sostener la lid, a lo que respondió que sí, siempre que su contrario manifestase su nombre.

Entonces los dos enemigos se carearon, y el desconocido le dijo, presentándole la sortija:

-¿Jimeno, reconoces esta joya? Tú debes tener en tu poder un relicario con un pedazo de la verdadera cruz que te cambiaron por ella.

Jimeno palideció; aquella voz le parecía haberla oído otra vez; pero no era la voz de un vivo; aquel cuya era había muerto hacía mucho tiempo.

-¿Quién eres? -le preguntó en voz baja, temblando.

-Pronto me conocerás -repuso el incógnito-; monta a caballo y luego verás quién soy.

-No, yo no me bato contigo; tú eres el alma de...

-De Usdróbal quieres decir -replicó el campeón de la mora-; calla y monta a caballo, o te declaro cobarde y manifiesto tu villanía.

-Eso no, ¡vive Dios! Más que seas el demonio mismo, no te temo -respondió el paje-, y si eres Usdróbal y vives todavía, lo que es imposible, yo haré que no vuelvas otra vez a presentarte delante de mí. Estoy pronto -añadió, volviéndose a los padrinos.

El despecho y la cólera habían sucedido al espanto de la sorpresa en el alma negra del paje; calándose el casco, salió gallardamente al medio y montó un caballo que le presentó su escudero. No obstante el coraje y la duda que le irritaba y afligía a un mismo tiempo, todavía se gallardeó en la silla y dio una vuelta haciendo gentilezas por el palenque.

Al pasar junto a Usdróbal, que cerca del tablado estaba a caballo apoyado en la lanza, soltó una carcajada y le dijo:

-Tu protegida y tú vais ahora al otro mundo de fijo, y yo te aseguro que no me has de estorbar tercera vez hacer lo que me dé gana. Para un villano, no te tienes mal a caballo.

-Mejor que tú, y no hace muchos días que te lo probé -contestó el campeón.

(Imposible es que sea Usdróbal -se decía a sí mismo Jimeno-; yo mismo lo eché en el foso).

Hechas, pues, todas las ceremonias de uso y habiendo jurado los dos campeones ante el crucifijo que iban a combatir lealmente para aclarar la verdad y hacer patente el juicio divino, tomaron lanzas de manos de los escuderos, los dos maestres partieron el campo y las trompetas dieron la señal de la acometida.

Creció entonces el ansia y la zozobra en todos los corazones, cada cual tomando interés por uno de los dos contrarios, aunque la mayor parte deseaban el triunfo al desconocido.

Tenía, no obstante, Jimeno sus partidarios entre los que, sin conocer a fondo los sujetos, juzgan únicamente por la apariencia, y en particular entre las mujeres, habiendo agradado generalmente la belleza de su rostro, su natural buen humor y la elegancia de su apostura. Pero de todos los espectadores no había ninguno tan conmovido como el judío, que a la llegada del caballero había logrado introducirse, aunque con mucha dificultad, en uno de los grupos que más cerca estaban del palenque, y que desde allí no quitaba los ojos de su hija sino para mirar a su campeón, tan embebecido y desasosegado que puede decirse temía más que ella el término de la lucha.

Entre tanto, como hemos dicho, sonaron las trompetas, y ambos campeones se lanzaron a la carrera. Igual era su furia y su valentía, igual, sin duda, el deseo de venganza y el odio que mutuamente los animaba. Encontráronse, pues, con tanta fuerza, tanta violencia y coraje, que aún no los habían visto arrancar de sus puestos cuando vieron los espectadores con espanto rodar por tierra a entrambos jinetes con sus caballos. El incógnito había caído envuelto con su bridón hecho un lío, con un mechón de crin en la mano a que se había asido. El trotón de Jimeno, habiéndose levantado de manos, midió el palenque con sus espaldas, mientras que su señor, al que había encontrado en todo el ímpetu de la embestida la lanza de su contrario en su pecho, botó de la silla como una pelota al aire, yendo a parar a más de dos varas de su caballo. Desembarazarse de los estribos, levantarse y echar mano a la espada el campeón de Zoraida fue obra de un solo punto; pero viendo que Jimeno no se movía, se acercó a ver si respiraba aún, y en tal caso a obligarle a confesar su delito. Los dos maestres de campo llegaron al paje igualmente, y en habiéndole desarmado, reconocieron que estaba expirando.

La lanza del desconocido había saltado en dos partes, y una de ellas, que le había entrado por la juntura de la coraza, asomaba a su espalda el hierro y más de una cuarta de asta. El golpe que había llevado al caer le acabó de matar, reventándole, y la sangre le saltaba aún a caños por las narices, los ojos y los oídos. Cuando su contrario lo exigió con el puñal en la mano que manifestase su crimen, todas sus facciones se contrajeron, rechinó los dientes y gritó:

-¡Maldición! -y quedó muerto.

Sucedió a esto en el concurso un profundo silencio.

El obispo y todos los jueces se levantaron, y habiendo traído a Zoraida, toda turbada y confusa, el obispo dijo:

-He aquí el juicio de Dios. Mujer, eres inocente.


<<<

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII - XXXVIII - XXXIX - XL - XLI - XLII - XLIII - XLIV - XLV - XLVI - XLVII - Capítulo último - Conclusión

>>>