Sancho Saldaña: 37

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Capítulo XXXVII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


BOABDIL
Pues la sentencia pronunció tu labio,
él vivirá; pero a mi amor sincero
has de corresponder.
ZORAIDA
¡Señor!, ¡amaros!
BOABDIL
O caerá su cabeza en este día.
ZORAIDA
¿Hay mayor crueldad?
NICASIO ÁLVAREZ DE CIENFUEGOS, Zoraida.


Mientras esto pasaba en Valladolid, proseguía Sancho IV en el castillo de Cuéllar ocupado en castigar los jefes de los rebeldes, llevando la crueldad al punto de no perdonar uno solo de cuantos tuvieron la desgracia de caer en sus manos. Cabezas ilustres desprendió de sus troncos el hacha del verdugo, y pocas veces bañó sangre más noble el cadalso, siendo la mayor parte de los que en él perecieron fieles servidores del sabio rey don Alfonso, en cuyo servicio habían arriesgado su vida más de una vez valerosamente en los combates. Sólo Hernando de Iscar quedaba hasta entonces vivo, si puede llamarse vida la miserable existencia que arrastraba en una estrecha prisión del castillo de Cuéllar, adonde le habían trasladado luego que la victoria del rey desbarató los planes de sus compañeros. Pero su mala suerte estaba muy lejos de ofrecerle tarde o temprano la libertad, puesto que como jefe principal de los revoltosos era casi seguro correría igual fortuna que sus amigos, muriendo en un patíbulo como traidor si ya el rey, cediendo a las instancias de Saldaña, no le perdonaba la vida.

Tal era, sin duda, el pensamiento del castellano de Cuéllar, que ya había logrado del rey dilatar su muerte con esperanza de alcanzar la mano de Leonor, condición que pensaba poner, y sin la cual estaba firmemente resuelto a no interponer su influjo en favor de Hernando. Traíale esta idea sobremanera distraído y silencioso, y aunque en él no fuera extraña jamás la tristeza, en su rostro amarillo y en sus hundidos ojos notábase empero que no era ya un mar de pensamientos el que movía borrascas en su alma, sino que uno inmutable, único, se había apoderado de todo él. Paseábase solo calculando entre sí cómo haría para no ser aborrecido de aquella mujer que era el sueño de su felicidad, ya dudando si obraría generosamente poniendo en libertad a su hermano, ya temiendo no recibir en tal caso más que una fría muestra de agradecimiento de parte de su altiva prisionera, quedando al mismo tiempo sin medios de forzar en adelante su voluntad, por haberse privado del único recurso que en su desesperación le quedaba.

-No -se decía a sí mismo-, no para obrar tan neciamente os he hecho traer prisioneros a mi castillo. Tu hermano morirá si te obstinas, tú estarás aquí presa toda tu vida, y al fin te he de poseer por fuerza o por voluntad.

En diciendo esto se encaminó hacia la habitación de Leonor, resuelto a poner por obra lo que había pensado; sólo que al entrar sintió enfriarse su valor, titubeó, se maldijo a sí mismo, y tuvo que hacer un no pequeño esfuerzo para afirmarse en su determinación.

Estaba Leonor acompañada de dos de las doncellas que la servían, quienes viendo entrar a Saldaña se retiraron, y él se sentó enfrente de ella.

-Tráigoos, señora -le dijo con los ojos torvos clavados en tierra y una agitación que desmentía el tono tranquilo de sus palabras-, una muy mala noticia.

-¿Ha muerto mi hermano? -preguntó Leonor toda sobrecogida.

-Es mucho peor -replicó Saldaña con la misma calma aparente-; vuestro hermano cayó prisionero, y...

-Es falso -exclamó Leonor con orgullo-: mi hermano hubiera muerto mil veces antes de dejarse prender; es falso.

-La suerte de la guerra -continuó Saldaña moderando su voz-, es tal que muchas veces sucede lo que uno menos se imaginaba. Vos no lo creeréis, pero la prisión de vuestro hermano no es menos cierta por eso: yo os lo digo a fe de caballero.

-¿Y qué será ahora de él? ¡Saldaña! -exclamó Leonor mirándole horrorizada-, ¿qué será de él?

Bajó Saldaña la cabeza sobre el pecho, cruzó los brazos, hubo una pausa, encogióse de hombros, y dijo:

-Su suerte será la de sus compañeros; morirá como ellos en un cadalso pregonado como traidor.

-¿Y vos me lo decís así, Saldaña? -exclamó Leonor-, ¿vos me lo decís tan fríamente?

-Y si yo os pregunto si me amáis, ¿no me responderéis fríamente que no? -replicó Saldaña-. ¿Y creéis acaso que es más una sentencia de muerte, un pregón que se olvida en cuanto se ha acabado de oír, una nota de infamia que allá en el otro mundo no ha de aumentar las penas del infierno ni las dulzuras de la gloria; creéis que es más que un no de la mujer que se adora, que puede forzar al hombre a cometer crímenes, a hacer eterna la condenación de su alma, eternos sus tormentos, y obligarle a llevar años y años una vida de maldición que sólo podría trocarse por la muerte de horror y desesperación que le aguarda? ¡Ah! Y vos me habéis dicho ese no fríamente más de una vez.

-Vuestro honor mismo, Saldaña, está comprometido a salvar a mi hermano -repuso Leonor conmovida-; él ha sido el amigo de vuestra juventud, él ha sido vuestro enemigo noblemente en el campo. Un caballero generoso debe recordar sólo en tal caso la amistad, y olvidar todo resentimiento.

-¡Mi honor! -respondió el de Cuéllar con una amarga sonrisa-. ¡Un caballero generoso! ¡La amistad! Yo ya no tengo amistad, generosidad ni honor; tú me has dicho que no, y yo he sacrificado ya todo por lograr un sí de tu boca.

-¡Oh! Saldaña -exclamó Leonor con aquel eco de voz tan dulce que enterneciera un diamante, y arrojándose al mismo tiempo delante de él de rodillas-, por Dios, por mí, si me amas, salva, salva a mi hermano.

-¡Leonor! -gritó Saldaña sorprendido de aquella acción tan inesperada-: levantad, que yo no soy sino un hombre y tú una divinidad, y yo sí que debo besar tus pies.

-¿Salvarás a mi hermano?, ¿me lo prometes? -preguntó Leonor, poniéndose en pie.

-¿Serás tú mía? -preguntó Saldaña-; ¿me lo juras?

Esta pregunta hizo volver en su acuerdo a la desdichada Leonor, que se sonrojó avergonzada de haberse humillado hasta el punto de tener que oír con paciencia el atrevimiento que ella misma había provocado, arrebatada del deseo de libertar la vida a su hermano. Sentóse otra vez en su silla, y quedó pensativa por largo rato; Saldaña ocupó de nuevo su asiento.

-¡Qué dijera Hernando de mí -se dijo a sí misma-, si ahora me hubiese visto rogar por él a los pies de su enemigo! ¡Qué poco reconocería en mí a su hermana!

Mientras reflexionaba de esta manera y procuraba recobrar la entereza digna de una dama de aquellos tiempos heroicos, esforzándose a mirar con serenidad el rostro a la fortuna, Saldaña, no menos pensativo, aunque mucho más animoso, no quitaba los ojos de ella, dándose a sí mismo ya el parabién de su triunfo.

-Leonor -dijo-, tu hermano vivirá, y sus estados y todo lo que ha perdido le será devuelto con sólo que tú pronuncies una palabra. Mil veces te he dicho que te idolatro, y te he pintado el amor de fuego con que has abrasado mi alma. No me hables de generosidad, no me pidas por él: es inútil; eres tú quien le ha de librar, y yo no he de ser sino el instrumento de tu voluntad. Mentiría si te ocultase que puedo fácilmente salvarle; pero no, Leonor, tú no has sido generosa conmigo; tú me has visto a tus pies triste, afligido y acosado de mil tormentos; te he pedido, no que me libertases de una muerte pronta, sino una lágrima de piedad, mi felicidad en la tierra y la salvación de mi alma; tú me has arrojado de ti con desdén, y el lobo tiene más piedad del cordero que devora, que tú has tenido de mí ¡Leonor! ¡Leonor! No apeles a mi generosidad.

-Sí, me he engañado -replicó la hermosa de Iscar, recobrando su natural gravedad-; te creía criminal, pero caballero; ahora conozco que tu corazón no tiene otro resorte que tu egoísmo, que en ti la orden de caballería está peor empleada que en el más ruin villano. Sí, baja los ojos y avergüénzate, Saldaña: mi hermano morirá en un cadalso, le llamarán traidor, pero la posteridad le juzgará como a bueno, y tú y sus enemigos llevaréis la mancha con que intentáis ahora empañar el lustro de sus hazañas. En cuanto a mí, soy noble castellana y hermana suya; la misma sangre que arde en sus venas anima mi corazón; rogaré a Dios por su alma, y no se dirá que desmentí con una sola lágrima de debilidad mi linaje.

Pronunció estas palabras con tanta majestad, entreviéndose al mismo tiempo la pena que le causaba la situación de un hermano que hacía con ella las veces de padre y a quien tenía por único cariño en el mundo, que el insensible Saldaña no pudo menos de conmoverse.

-Leonor -le dijo, arrodillándose a sus pies y tirando de la daga que llevaba al cinto-, un solo remedio hay para mí: si tan infame te parezco, toma este puñal y clávalo en mi corazón. Véngate de los insultos que te he hecho, y venga al mismo tiempo a tu hermano. Animo tengo para sufrir la muerte y bajar al infierno que me aguarda; pero quitarme yo mismo el único recurso que me queda para obligarte a que seas mía si vivo, ni quiero, ni puedo: hiéreme.

-Retiraos, Saldaña, retiraos de aquí -repuso Leonor con serenidad-, y si queda en vuestro corazón algo del respeto que me habéis manifestado siempre hasta ahora, no volváis más a insultarme con vuestra presencia. Entre nosotros no cabe ya reconciliación: yo soy vuestra prisionera, mi hermano es vuestra víctima, y vos nuestro enemigo común.

-En efecto -replicó Saldaña, levantándose y dando rienda suelta a la ira-, tú eres mi prisionera, y yo dispondré de ti a mi voluntad: he sufrido tus insultos, te he rogado cuando podía mandarte, me he visto ajado y hollado por tu soberbia. Desde ahora cuenta que hemos cambiado ya de papel; a mí me toca mandar, a ti obedecer, suplicarme y llorar, y tu hermano morirá, o tú has de ceder a mi gusto. Tres días te doy de término para resolverte, cumplidos éstos, Hernando acabará en el patíbulo su vida, y de grado o de fuerza te poseeré.

Los ojos hundidos de Saldaña lanzaron sobre la infeliz una mirada de tigre; el tono de su voz ronco y oscuro semejaba al zumbido del huracán entre los árboles, y Leonor, a despecho de la entereza que se esforzaba a aparentar, no pudo menos de apartar de él la vista y estremecerse.


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