Sancho Saldaña: 36

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Capítulo XXXVI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


DON JUAN
. . . . . . . . . . . . . Por estotra puerta
te puedes ir . . . . . . . . . . . . . . . . . .
AGUSTÍN MORETO, Trampa adelante.


Luego que Esther o Zoraida fue declarada inocente, prorrumpió el pueblo en infinitos vivas y estrepitosas aclamaciones, dando el parabién por su victoria al guerrero que tan generosamente había tomado a su cargo salvar aquella mujer desvalida. Los que ocupaban los tejados de los conventos se desprendieron todos, a cuál más ligeros, con intención de verle de cerca, palparle si era posible, y satisfacer su curiosidad conociendo a tan intrépido caballero. Los que habían tomado puesto en el llano se empujaron y comprimieron para acercarse más al palenque, y en todas partes resonaban los aplausos, crecía el entusiasmo, los vivas, los bravos llenaban confusamente los aires y el espacioso Campo retemblaba sacudido con tanto estruendo.

Los jueces y los maestros de campo dieron también la enhorabuena al vencedor, habiendo quedado satisfechos de su comportamiento, y en habiendo concluido las ceremonias de uso, se retiraron del palenque con la misma pompa y el mismo orden con que habían venido.

Pero antes de que hubiesen salido, ya el judío tenía abrazada a su hija, que sollozaba en sus brazos, y como si estuviera demente, gritaba, lloraba, saltaba y la cubría de besos con tanta avaricia como ternura. Ni uno ni otro pudieron pronunciar una sola palabra por mucho tiempo.

Miradas, sollozos, lágrimas y estrechísimos y convulsivos abrazos y gritos inarticulados fue únicamente lo que expresó el gozo del primer momento; y luego los mismos extremos que hacían, comunicando nueva convulsión a sus nervios, mil y mil veces la estrechaba su padre de nuevo y ella a él, y cada vez con más fuerza. Y su voz interrumpida, cortada, ahogada con los anhelosos latidos de sus corazones, podía sólo de cuando en cuando proferir: «¡Hija mía!» «¡Padre mío!», y hubiérase dicho que él no se contentaba con tenerla allí, ni con besarla, ni con apretarla a su corazón, sino que quería convertirse en ella misma, esconderla dentro de su corazón para que nadie la tocara ni el aire la ofendiera, y llevarla allí, y mirarla, y acariciarla, no ya como un padre, sino como la madre más cariñosa. La expresión de su alegría se comunicaba a todos los espectadores, que asimismo lloraban, y con semblantes llenos de lágrimas, pero bañados en dulce sonrisa, los contemplaban. Acercóse también allí Benjamín, que acompañaba también a su amo en los extremos que hacía, y seguramente los tres formaban el cuadro más tierno que puede crear la imaginación.

Había Zoraida olvidado todo en aquel momento, y hasta su antiguo amor por el ingrato Saldaña parecía también que se había apagado enteramente en su alma. Ya no era una huérfana sin amparo, una mujer desdeñada, maldecida, odiada de todo el mundo; había hallado por último un protector, un amigo, un hombre que la amaba, se alegraba y padecía con ella; un padre, en fin, que la idolatraba. Zoraida era entonces feliz, y las lágrimas que derramaba no corrían gota a gota abrasando sus ojos y sus mejillas, sino que manaban en tropel, y desahogaban dulcemente y refrescaban por vez primera su corazón.

Lo primero que vino a la memoria de su padre, luego que recobró su razón, de que le había casi privado aquella sobrenatural alegría, fue preguntar por el caballero que había salvado a su hija. La gratitud quizá exigía haberse acordado antes, pero el amor paternal sofocó en un principio cualquiera otro sentimiento en el alma del pobre judío, que, a despecho de su estudiado estoicismo, había casi perdido en aquella ocasión la cabeza, y Zoraida no estaba tampoco en disposición de manifestarle su agradecimiento.

Pero cuando los dos se acordaron, ya había desaparecido, y no fue posible hallarle por más que hicieron, pues en montando a caballo había salido a escape del palenque entre los gritos de la multitud, que, puesto que algunos intentaron seguirle, no lo pudieron lograr sino con los ojos, hasta que le perdieron en las estrechas y revueltas callejuelas que abocaban entonces al Campo Grande.

-Cómo ha de ser, hija mía -dijo Abraham-; ese extranjero es un hombre de bien y ha tenido lástima de nuestras lágrimas, siento que se haya marchado sin probarle nuestra gratitud, pero confío que pronto le hemos de volver a ver, y en ese caso todos los tesoros del mundo no son bastante para pagarle. Tú estás muy débil y necesitas descanso; vamos a mi posada, y no nos separaremos nunca.

-No, nunca, padre mío -respondió Zoraida-; yo creí que ya no me quedaba ninguna esperanza en el mundo, y ahora veo que puedo todavía ser feliz. Pero, ¡ah!, padre mío, si supierais...

-Serénate, hija mía, ahora, y no turbes tan dichoso momento con ninguna memoria triste. Ven, hija querida de mi alma. ¿Qué puedes ya necesitar en el mundo habiendo encontrado a tu padre? Yo te amo más que a mi vida. ¡Estás tan pálida! ¡Has sufrido tanto! Pero todavía estás hermosa. Sí, esos son los ojos de mi hermosa Esther.

Diciendo así la besó en ellos cariñosamente y echó a andar dándole el brazo, encargándole muchas veces y con mimosa ternura que se apoyase en él, y preguntándole cómo se sentía a cada instante con indecible cuidado.

La muchedumbre se había ya dispersado poco a poco, y sólo algún que otro de los más curiosos paseaba por fin a sus anchas el Campo Grande, que no tardó una hora en verse tan abandonado y solitario como de costumbre. Venía ya a más andar la noche, y las oscuras calles de la ciudad ponían al judío a cubierto de la persecución que recelaba emprenderían contra él si, como tenía motivos para sospechar, le había conocido alguno. No había pensado hasta entonces en el riesgo a que se había expuesto presentándose en público como uno de los principales héroes del drama que acababa de representarse; pero ahora, más cuidadoso que por él por su hija, cualquier sombra, cualquier bulto le sobresaltaba.

Un hombre envuelto en una ancha capa aparecía a cierta distancia de ellos y desaparecía por intervalos como una sombra errante, como una aparición maléfica, siguiéndolos y espiando sus pasos. No había reparado en él Zoraida, ni el judío le dijo una palabra siquiera por no asustarla; pero más de una vez estuvo tentado de detenerse a preguntar a aquel hombre quién era, y aun lo hubiera hecho a no ir desarmado. Hubiera querido Abraham dar algunas vueltas más primero que entrar en su posada por ver si le seguía aquel hombre tenaz que como un gato arrimado a la pared se deslizaba sin ruido, y aun no parecía que movía los pies; pero se hacía ya tarde, su hija estaba casi exánime con lo mucho que había sufrido y el incansable embozado llevaba traza de seguirlos al fin del mundo. Dábale cuidado al judío, y algunas veces detenía el paso, y aun se paraba por ver si el encapotado pasaba de largo; pero era como su sombra, y siempre quedaba detrás, y siempre a la misma distancia.

En resolución, por más que hizo no pudo evitar que el desconocido le viese entrar en una casa en el barrio de los judíos, donde el padre de Esther se alojaba con un amigo que allí vivía.

Bajó a abrirles la puerta una vieja con un candil, y en habiendo entrado salió a abrazarle un anciano, cuya nariz larga y demás facciones habrían hecho conocer al menos inteligente fisonomista que era uno de los descendientes de las doce tribus.

-Bendito sea el Dios de Israel -le dijo-, que te ha sacado de manos de esos lobos sedientos de nuestra sangre y te ha devuelto tu hija en el día de la tribulación. Pero me parece que está muy pálida; ya se ve, es natural; es menester que descanse.

-¡Zoraida! ¡Hija mía! -exclamó Abraham, todo sobresaltado, viéndola que perdía las fuerzas, medio exánime y amarilla como una muerta-. ¡Zoraida! ¡Dios mío! ¡Te he recobrado después de tantos años para perderte tan pronto!

Pero Zoraida no respondía, ni acaso oía lo que le decía su padre; un sudor frío humedecía su frente, pálida como la cera; tenía las manos heladas, que apretaba su padre entre las suyas, besándola y llamándola por su nombre como un frenético, mientras su cuerpo había caído desmayado sobre unos almohadones que acercó al momento el otro judío.

Había éste conservado su juicio más que su amigo, y en habiéndola pulsado conoció que no era aquel desfallecimiento otra cosa que una congoja producida por el sobresalto y la angustia de aquel día terrible y tantos otros como había pasado, sin otro desahogo que sus lágrimas, abandonada de todo el mundo y sostenida únicamente por la energía de su alma. Por lo que volviéndose a Abraham dijo:

-El sabio, amigo mío, no debe sorprenderse por nada y debe estar prevenido para sufrir toda clase de contratiempos. Lo que tu hija tiene no es nada, y es raro que de esa manera te turbes, tú que has sido siempre ejemplo de firmeza de alma en nuestra tribu.

Frunció Abraham las cejas, y habiendo procurado serenarse, sentido de haber dado a conocer su debilidad delante de su amigo, lavó la frente de su hija con una de las aguas maravillosas que traía consigo y pidió a su compañero que le ayudase a transportarla al lecho, puesto que ya daba señales de volver en sí y necesitaba de mucha paz y sosiego para reponerse. Hecho lo cual, ayudado además de Benjamín y la vieja, los dos judíos se retiraron a otra habitación interior adornada con alguna decencia y alumbrada por una lámpara de plata que ardía en mitad de la sala. Un braserillo en que se quemaban varios olorosos perfumes estaba sobre una mesa de tres pies compuesta y ajustada con diferentes maderas de gusto mosaico, siendo este mueble y la lámpara los dos únicos objetos de lujo que allí había, pues los almohadones y los sillones eran tan viejos y feos que más que adornar afeaban la habitación.

Los dos viejos acercaron dos sillones a la mesa, y en sentándose, dijo el patrón a su huésped:

-Mucho tarda ese joven cristiano a quien entregué la armadura y el caballo de que tú has salido fiador, y que tan bien ha aprovechado hoy a todos. Él tiene cara de buen muchacho, y hoy se ha portado como valiente; pero esto mismo me hace pensar que una vez que se ha visto a caballo no le hemos de volver a ver por acá.

-Mucho lo sentiría -replicó Abraham-; no por el caballo y las armas, que ya son suyas y yo te las pagaré, sino por no poderle dar las gracias como lo merece su buena acción.

-En efecto -repuso Aarón, que éste era el nombre del otro judío-, la fianza que me has dado te compromete a pagarme en caso que él no cumpla devolviéndome lo que por tu intercesión ir presté. Pero ya sabes que no estamos para gastos, y...

En esto estaban de su conversación, cuando fueron interrumpidos por la llegada del joven de quien hablaban, que con aspecto no muy tranquilo y precipitados pasos se había entrado hasta allí sin más etiqueta que pudiera usar en su propia casa. Venía armado todavía como si acabase de echar pie a tierra de su caballo, sólo que en vez de casco le cubría la cabeza un sombrero de alas anchas que casi le tapaba la cara, aunque no tanto que cualquiera que le hubiera visto una vez, si le miraba con atención, no reconociera en su noble fisonomía al generoso Usdróbal, como ya habrá supuesto el lector. Lo mismo había sospechado Jimeno al verle delante de sí en el palenque, puesto que le creyó nada menos que un fantasma del otro mundo, no pudiéndose imaginar que estuviese vivo el mismo a quien él había visto hecho pedazos arrojar en el foso la noche que habían ambos tratado de libertar la hermana del castellano de Iscar. Pero la buena suerte, que sin duda para mayores cosas le guardaba, dispuso de modo que saliesen torcidos los planes del malvado paje, librándole de la muerte que su traición le tenía apercibida.

En medio de aquel inesperado combate, herido uno de los asesinos, rodó la escalera con grande estrépito hasta el último tramo sin detenerse, mientras que Usdróbal, luchando aún con los otros, sostuvo todavía la batalla por algún tiempo. Herido ya y fatigado de combate desigual, viéndose a pique de perecer, se le ocurrió una estratagema para salvarse, y arrojándose de repente en tierra, suponiendo que dándole por muerto se retirarían sus contrarios, se pegó contra el muro, sin respirar siquiera, hasta que sintió que se alejaban satisfechos de su victoria. En este tiempo bajó la escalera con cuidado, receloso del menor ruido, la espada en la mano, hasta que llegando a un trozo de la muralla que daba al campo, se arrojó desde su altura sin titubear, con lo que anduvo toda la noche hasta llegar a sitio donde curarse de sus heridas.

Volvieron al poco tiempo los asesinos con una luz a recoger su cadáver; pero como no le hallaron, temerosos de que el paje los castigara, y codiciosos del premio que éste les había ofrecido, no dudaron en suponer que el cuerpo muerto de su compañero era el de Usdróbal, estando tan desfigurado y hecho pedazos que no daba nada que sospechar, y Jimeno, que desde el principio de la pelea se había retirado llevando a Leonor, creyó de buena fe cuanto quisieron decirle.

Permaneció Usdróbal oculto por algún tiempo curándose de sus heridas, y sentó plaza después en uno de los escuadrones rebeldes, donde estuvo hasta el día de la derrota general, en que habiendo determinado marchar a Vizcaya en busca del hijo de don Lope de Haro, que andaba revolviendo aquella provincia, llegó a Valladolid, donde la fama del proceso de la desgraciada Zoraida le hizo detenerse por unos días. Estuvo presente a todas las declaraciones de los testigos, y desde el momento que vio que era el paje su acusador se determinó a servirla de campeón en caso que el juicio se remitiese a las armas. Fatigábale, sin embargo, el pensar que a despecho de su buena intención no había de serle su valor de provecho, por no estar armado caballero y no tener siquiera quien le prestase caballo con que poder entrar en la lid. Pero el cielo que velaba en favor de la inocencia, hizo de modo que el judío, a quien él había visto antes en el castillo de Iscar, no habiendo podido penetrar en la prisión de su hija, se dirigiese a él eligiéndole por su defensor, y proveyéndole de cuanto necesitaba para el combate.

Tal era la suerte que había Usdróbal corrido desde su salida del castillo de Cuéllar, de donde milagrosamente había escapado con vida, habiendo, en fin, logrado poner en claro el juicio de Dios con la muerte del traidor que no le creía ya en este mundo.

Entró, pues, como hemos dicho, bastante agitado en la sala donde conversaban muy en paz los dos amigos judíos, y encarándose con Abraham exclamó:

-Si aprecias en algo tu vida, sal de esta casa al momento, monta en mi caballo, que está a la puerta, y huye sin detenerte, porque no tardarán media hora en venir a prenderte aquí.

Turbáronse los dos judíos al oír tan inesperada noticia, levantáronse de repente de sus asientos, y exclamaron casi en el mismo instante cada uno según el sentimiento que en ellos había producido:

-¡Y mi hija!, ¡qué será de mi hija! -gritó Abraham-: ¿estás seguro de lo que dices?

-¡Mi casa, mis riquezas! -exclamó Aarón-: esos perros van ahora a saquear lo poco que con sus continuos robos han dejado al pobre judío. Dios de Abraham, haz que los pies de esos babilonios queden clavados contra la tierra, para que no vengan a maltratar a tu siervo.

-Te han conocido -repuso Usdróbal, dirigiéndose a Abraham-, y yo me he adelantado a avisarte; huye, si no quieres perder la vida, y no temas en cuanto a tu hija, que además que no hay nada contra ella, yo te prometo a todo trance protegerla y llevarla adonde tú estés.

-Sí, tienes razón -repuso Abraham, que recobró al momento su acostumbrada serenidad-, no hay más remedio que huir. ¿Y a quién mejor que a ti podré yo fiar el cuidado de mi hija, que hoy le has salvado la vida? ¡Ah! sólo ella puede obligarme a salvar la mía: por lo demás, ya soy viejo, y morir hoy, morir mañana, me sería indiferente. Pero, vamos, no hay más remedio que huir.

-Tú, sí, vas seguro -replicó Aarón-; pero yo, ¡desventurado de mí!, no tengo recurso ninguno, y voy a perder en un día lo que me ha costado tantos de sudor para atesorar. No que yo sea rico... -prosiguió volviéndose a Usdróbal.

-¿Qué me importa a mí que lo seas o no? Sálvate, Abraham; yo creo que todavía tienes tiempo.

Abrazáronse los dos judíos, el uno recomendando a su hija, y el otro sollozando y gimiendo por su dinero, que iba a correr tanto riesgo si entraban en su casa los babilonios, y Abraham, en habiendo tomado una luz, acompañado de Usdróbal, sin atreverse a despedirse de Zoraida, que descansaba, se encaminó hacia la escalera, cuando oyeron grande estrépito de armas y gente que se acercaba.

-Sígueme -le dijo Usdróbal, desenvainando la espada-, que juro a Dios que he de abrirte camino.

-Eso no lo permitiré yo -replicó el judío-, que no quiero que pierdas por mí tu vida: retírate.

-De ninguna manera; o he de morir, o te he de salvar -repuso el valeroso cristiano-; no se dirá que abandoné yo nunca en el riesgo a mi compañero.

-Generoso amigo mío, guarda tu vida y cuida de mi desgraciada hija, si no yo te juro que me entregue yo mismo a mis enemigos.

En esto el ruido de los pasos y el crujir de las armas se oía cada vez más cerca.

-¿Pero hay algún otro sitio por donde huir? -preguntó Usdróbal.

-Sí -replicó el judío-, pero es preciso que me dejes solo; aquí esta ventana cae a un corral que tiene una puerta falsa que comunica al campo; la bajada es fácil y aún tengo tiempo; tú no eres conocido y debes quedarte aquí con mi hija... ¡Esther mía! -prosiguió interrumpiéndose con un suspiro-; pero tú, amigo mío, tú la consolarás. Adiós.

Diciendo así echó el cuerpo fuera de la ventana, y apoyando los pies en una estrecha cornisa que formaba la pared a poco más de una vara del suelo, saltó al patio sin hacerse daño, abrió la puerta falsa, y Usdróbal le creyó libre. Apenas volvió la cabeza de la ventana donde había estado mirando la fuga del judío, cuando se halló rodeado de hachas encendidas, partesanas, picas y alabardas de los que venían en su busca.

-Hola, amigos -dijo Usdróbal, volviéndose a ellos con extraordinaria serenidad-, yo creo que el pájaro ya voló; a menos ya hace rato que ando reconociendo la casa, y voto a Santiago que no ha quedado rincón que no he escudriñado.

-La puerta de ese corral da al campo -dijo uno de los alabarderos.

-Así es -repuso Usdróbal sin alterarse-; pero justamente al otro lado hay gente apostada para apresarlo, y por ahí no se ha de escapar.

-No hay duda -respondió el que parecía jefe de aquella tropa-; tiene razón este mozo, que allí está ese hombre flaco que dio el aviso y un compañero mío con algunos hombres de armas.

-¡Suerte del diantre! -murmuró entre sí Usdróbal desesperado con la noticia que él mismo había forjado, y que salía cierta por su desgracia.

En esto llegaron dos hombres más con el judío Aarón, a quien habían hallado en un sótano entre algunos cofres y sacos, casi embutido en ellos y pegado a la pared como si fuera una oblea.

En vano juraba el pobre hombre y afirmaba que nada sabía de Abraham: amenazábanle con tormentos si no declaraba dónde se encontraba su amigo, a quien traían orden de prender y llevar a presencia del rey, contra quien había conspirado, y aun hubieran puesto en ejecución su amenaza si no hubiera llegado el aviso de que estaba ya asegurado el reo a tiempo que tratando de escaparse había tropezado con los que guardaban la salida del campo. Estaba allí en efecto Zacarías, que era el que le había seguido aquella noche, y que, cierto de la casa en que habitaba, le había descubierto.

Sin embargo, no impidió la aprehensión de Abraham para que llevasen preso al otro judío, habiéndose salvado Usdróbal, como suele decirse, en una tabla, por no haber topado con el infame devoto, que no hubiera quizá dejado de hacerle alguna obra de misericordia.

Quedó la casa sola, habiendo quedado el cuarto de Zoraida únicamente sin registrar, ya que por haber hallado al judío tan pronto no entraron en su aposento, donde la infeliz reposaba todavía de sus pasadas fatigas, y muy ajena del peligro que corría su padre.


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