Sancho Saldaña: 39

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Capítulo XXXIX
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Sancho Saldaña José de Espronceda


RODRIGO
¡Desventurada!
Gonzalo, su cadáver apartemos
de este lugar. . . . . . . . . . . . . . . .
NICASIO ÁLVAREZ DE CIENFUEGOS, Condesa de Castilla.


Acababa Saldaña de pronunciar las tremendas palabras que hicieron estremecerse a la desamparada Leonor, cuando mirando a un lado y a otro, sin acertar aún a retirarse de su presencia, y temeroso también de dejarse llevar de la ira que le abrasaba si permanecía allí más tiempo, cuenta la historia que a una de las puertas laterales de la habitación vio una mujer lívida, azul el rostro, la rabia en la boca, lumbre en las pupilas, furia en todos sus ademanes, que sin quitar de él los ojos, y con un puñal en la mano derecha, a paso de lobo se le acercaba.

Miróla Saldaña aterrado, y ella viéndose descubierta ni huyó, ni bajó los ojos siquiera, antes por el contrario enclavólos en él con más ahínco que nunca, y sólo detuvo el paso dudosa a cuál de los dos, a él o a Leonor, elegiría por su víctima. Hubiérase creído al ver a Leonor y a Saldaña suspensos y estúpidos a su vista, que los ojos de aquella tigre tenían virtud para convertir en piedra cuanto miraban, como la Gorgona de la fábula. Pero no tardó mucho tiempo Saldaña en volver en sí y en reconocerla. Había sabido ya el éxito del proceso y la muerte de su lindo paje, y vio que la que tenía delante de sí era Zoraida.

-¡Mujer!, ¡todavía estás aquí, todavía vuelves a atormentarme! -exclamó lleno de furor.

Y arrojándose sobre ella tiró de la daga, y antes que Leonor pudiera evitar el golpe, se la clavó en el pecho y la derribó a sus pies yerta. Cayó Zoraida, dio un alarido Saldaña, y arrojando la daga huyó precipitadamente del cuarto.

-¡Maldición! ¡Maldición! ¡Soy perdido! -se oyó que decía huyendo al mismo tiempo fuera de sí.

Dio Leonor gritos como una loca, acudieron al punto sus doncellas, y habiendo registrado la herida de Zoraida se halló que no era tan profunda que pareciese mortal, sin embargo que por entonces no daba señal de vida. Entró a poco Duarte y dos escuderos, y viendo que no se bullía ni respiraba siquiera, la sacaron del castillo al campo, donde, como no era cristiana, quedó para festín de las carnívoras aves sin enterrar.


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