Sancho Saldaña: 40

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Capítulo XL
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Viéndole en su promesa tan constante
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salió a la prima noche en gran secreto.
ERCILLA, Araucana.


Dos días después llegó el judío a Cuéllar cargado de cadenas y escoltado por un numeroso cuerpo de alabarderos, que llenos de cuidado venían porque no se les escapara, habiéndoselo encomendado mucho el buen Zacarías, que les había contado maravillas de las brujerías que él mismo le había visto hacer. Al menor movimiento que hacía el infeliz, a la más breve palabra que pronunciaba, se hallaba las puntas de las alabardas al pecho, amenazando matarle si no callaba o no permanecía quieto, temerosos no fuera algún conjuro o alguna intención de escaparse. Mirábanle todos con asombro, persignábanse muy a menudo, amenazábanle con más frecuencia, habiéndole cargado con tantas cadenas y argollas que apenas podía moverse, y le traían caballero en una mula, donde sufría todas estas penalidades sin dejar escapar una queja. Alguna vez solía suspirar, pero era con el recuerdo de su querida hija, que habría recobrado para perderla tan pronto, y que iba a quedar, a lo que él se imaginaba, sola y abandonada en el mundo. Por lo demás, en cuanto a él, no temía por su vida y alimentaba aún muy buenas esperanzas de salvarse si alcanzaba hablar al rey, como se lo habían prometido.

Colocáronle en una de las torres en un encierro, donde habiéndole aliviado del peso de las cadenas lo dejaron solo entregado a sus reflexiones, que a la verdad no hay lugar más a propósito para dar libertad a la imaginación que aquel en que está preso el cuerpo. Al cabo de ocho días sintió descorrer con grande estrépito el cerrojo de su calabozo, y oyó la agria voz de su carcelero, que le mandó le siguiese. Halló a la puerta una pequeña guardia de arqueros, y colocándole en medio le condujeron hasta la habitación del rey, que con grande aparato, rodeado de sus caballeros, le aguardaba con mucho deseo de conocer a un hombre tan sabio y que merecía la confianza del rey de Aragón.

El judío entró en la estancia con serenidad, y aun con cierta expresión de indiferencia en su fisonomía, clavó en el rey los ojos un momento, y habiéndole saludado profundamente a la usanza oriental, quedó en pie con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sobre el pecho en muestras de su respeto. Miróle también el rey con ojos escudriñadores, habiéndole devuelto su saludo con cierta consideración que siempre tuvo el hijo de don Alfonso a los sabios, como uno de los príncipes más entendidos de su tiempo.

-¿No es tu nombre Abraham? -le preguntó en seguida de este ligero examen.

-Ese es, señor -respondió el judío gravemente-, el nombre que me dan los de mi tribu, puesto que entre los sabios soy conocido por otro.

-¿Es verdad -preguntó de nuevo el rey- que tú has descubierto el gran secreto de la piedra filosofal?

-No -repuso Abraham-; mis adelantos en la ciencia no han llegado hasta allí, y no soy más que un humilde aprendiz de los grandes maestros, cuyo principal secreto no he podido penetrar todavía.

-¿Pero tú eres el médico y secretario de nuestro muy querido primo el rey de Aragón?

-Soy, señor -replicó Abraham-, un humilde servidor de su alteza, que se ha dignado honrarme con su confianza.

-¿Y qué embajada has traído de su parte para nosotros, puesto que según tú mismo has dicho eres un enviado suyo?

-Señor -respondió el judío-, el rey de Aragón me dio una comisión importante para vuestra alteza, y si no he cumplido antes mi encargo ha sido porque graves acontecimientos me han impedido...

-¿Te mandó sin duda -dijo el rey con ironía- que te avistases primero con los rebeldes que acaudillaba el de Iscar, en cuyo castillo te has detenido algún tiempo?

-Así es ciertamente como vuestra alteza dice -repuso Abraham sin turbarse-, y mi estancia en su castillo ha sido el principal motivo de mi detención, en todo lo cual he obrado con arreglo a las órdenes del rey mi señor.

-Y has cumplido como buen vasallo de nuestro querido primo -replicó don Sancho-. Ahora bien, como yo soy el rey de Castilla, mando en mis reinos y no me acomoda que en ellos venga a sembrar la discordia ni aun el legado del Papa; escribiré al rey de Aragón que tú te has portado fielmente, y te mandaré al mismo tiempo ahorcar.

-Señor -respondió el judío-, vuestra alteza es dueño de mi vida, pero debe meditar mucho antes de quitármela, no sea que tenga que arrepentirse cuando ya no tenga remedio. Todo el poder de un rey se reduce a destruir a un hombre, pero por más que lo desee no alcanzará a dar vida a un reptil. Yo soy un enviado del rey de Aragón: instrucciones secretas que no tendría inconveniente en manifestar a vuestra alteza a solas, me han obligado a obrar de un modo al parecer sospechoso. Sin embargo, y aun dado caso que me hallase en el de tener que guardar el más escrupuloso secreto, vuestra alteza faltaría al derecho de gentes si mandase ahorcar a un enviado de otro monarca, que con el seguro de la buena fe y de la paz ha venido a ponerse en vuestro poder, y es imposible que el rey valiente y caballero, el hijo del rey Alfonso, se olvide de sí mismo hasta el punto de sacrificar a una sospecha cualquiera la vida de un extranjero que con tan sagrado carácter ha entrado en vuestros dominios. Por otra parte, vuestra alteza, como profundo político, debe conocer, si cree que el rey de Aragón sea un enemigo oculto de vuestra alteza, que con mi muerte no hará otra cosa que irritarle más y obligarle a que rompa por último abiertamente. Y si tal sospecha no cabe en vuestro generoso ánimo, como es de presumir, si recuerda las repetidas pruebas de amistad que aquel monarca le ha dado, es imposible que vuestra alteza trate de granjearse su enemistad cometiendo en la persona de su enviado injusticia tan escandalosa. Estas razones, y sobre todo la comisión que en secreto puedo manifestar a vuestra alteza, si se digna oírme, confío le harán obrar de muy distinta manera que se ha propuesto.

Atónitos quedaron el rey y los cortesanos de ver la energía y el atrevimiento con que se expresaba aquel viejo, en cuyo miedo habían esperado hallar un motivo de risa cuando el rey le anunciara su suerte, y a quien aguardaban haber visto intimidado y lloroso implorando el perdón a los pies del trono.

Duró un breve rato el silencio, y el rey pareció quedar pensativo.

-Judío -le dijo-, si el rey de Aragón fuese nuestro enemigo, caballeros tenemos nosotros y vasallos tan fieles como aquel monarca, y que sabrán defender el trono de Castilla, y aun triunfar de todos sus enemigos. No es mi ánimo tampoco tan temeroso que me amedrenten las amenazas hasta el punto de que el miedo tenga parte en mis determinaciones, y si cambiara alguna de ellas sería sólo un efecto de mi clemencia. Dices que tienes una comisión secreta para mí, y esto me mueve a suspender tu castigo, dándote lugar a que te defiendas de la acusación que contra ti hay, y si eres inocente irás libre. Caballeros -prosiguió, volviéndose a sus cortesanos-, dejadnos solos, retiraos.

Pusiéronse en pie todos al punto, y en toda la sala resonó un sordo murmullo de los que se retiraban, y ninguno al salir dejó de echar una ojeada de curiosidad al judío, ya que todos le juzgaban por hombre extraordinario.

Quedáronse, pues, solos el rey y él, y habiéndose levantado el primero de su asiento, le mandó se acercase tanto a él que no pudieran ser oídos de nadie, si alguno trataba de escuchar y se había quedado por allí cerca. El judío cada vez que daba un paso encorvaba el cuerpo y se detenía obedeciendo la voz de don Sancho, que le intimaba dulcemente que se acercase.

-Amigo mío -dijo en voz baja-, sé todo lo que te ha pasado, y no quiero obligarte ahora a fingir haciéndote desembuchar ahí una embajada que sólo ha de reducirse a meros cumplimientos de parte de nuestro caro primo. Yo sé que tú has venido encargado de promover contra mí la rebelión, y tu rey te ha encargado de esta comisión peligrosa. No importa; sus esperanzas han salido fallidas, y yo he descubierto sus planes. En cuanto a la amenaza que me has hecho de que el rey de Aragón tornaría tu defensa, tú mismo sabes muy bien que no se cumpliría, y que a nosotros los reyes no nos importa nada sacrificar al instrumento de nuestros designios si con su muerte nos podemos librar del más pequeño disgusto. Yo respeto tu sabiduría, y no te culpo de haber servido a tu rey, por lo que si juras servirme a mí con la misma lealtad te tomaré a mi servicio, y no tendrás que arrepentirte del cambio.

-La confianza que vuestra alteza hace de mí -replicó el judío-, me mueve a responder con la misma franqueza. Mucho mal os he hecho, señor, pero aún me queda que haceros un servicio que equivaldrá al favor que me hacéis en dejarme libre. Sabed, señor, que aquí mismo, a vuestro lado, tenéis un caballero que nada menos trata que alzarse contra vuestra alteza, y aguarda a cumpliros la palabra que os dio de serviros lealmente mientras dure la rebelión, para en el momento en que le parezca que os la ha cumplido, hacer valer sus derechos sobre el castillo de Albarracín, y ofrecerse a las órdenes del rey de Aragón.

-Sé todo eso muy bien -repuso el rey.

-Sí -replicó el judío, pero vuestra alteza ignora que el rey de Aragón y el de Lara se han convenido ya para obrar de mancomún contra vos, y lo que parecerá a vuestra alteza imposible, es que él y el hijo de don Lope de Haro están de acuerdo para vengar a su padre.

-También lo sé -respondió don Sancho-, y, sin embargo, se me hace duro creerlo.

-Ahí tenéis una carta que os lo probará -repuso Abraham, alargándole un papel-. Una casualidad ha hecho que cayera en mis manos, y su lectura os asegurará de la buena fe con que desde este momento empiezo a serviros.

-Quieres decir -replicó el rey, después de haber leído la carta sin mostrar el menor movimiento de sorpresa- que puedo contar contigo desde ahora para en adelante.

-Así es, señor, como vuestra alteza dice; sólo que desearía cumplir primero, como es de mi deber, con mi rey, manifestándole mi intención de abandonar su reino para pasarme a Castilla, condición sin la cual vos mismo no podríais juzgar bien de un hombre que fuera traidor al que primero le había empleado.

-Tal es -repuso el rey- mi intención: enviarte a Aragón con todas las muestras que de mi amistad puedo dar a su rey, tratándote como a su embajador y honrándote en cuanto esté a mis alcances. Pero allí mismo exijo de ti el desempeño de una comisión a que de ningún modo puede oponerse tu escrupulosa conciencia. Quiero, pues, que halles un medio de deshacerme de mis sobrinos los infantes de la Cerda. No que yo desee que se les dé un veneno, no te imagines tal cosa, pero sí que si pudiera ser que me los entregaran...; en fin, si pudiera lograrse que no me inquietaran más...

-Estoy, señor; vuestra alteza desearía que no le inquietaran más -respondió el judío con intención.

-En eso, ya ves -replicó don Sancho-, que no faltas a la fe que debes a aquel monarca. Él ya los tiene presos. ¿Qué importa que sea yo quien los tenga?

Puso el judío sus dificultades, mostró repugnancia; ofreció, rogó y amenazó don Sancho, hasta que pareciendo ceder por último el judío a sus razones y promesas fingió con tanta habilidad su papel que el rey quedó muy persuadido del buen fruto de su resolución. Añadióse, además, que hallándose enferma la reina, tuvo el judío ocasión de probar su ciencia devolviéndole en pocos días la salud, y que siendo muchos de los cortesanos en extremo aficionados a la alquimia y astrología, se granjeó en ellos poderosos protectores para con el rey, que ya sin necesidad de esto le manifestaba abiertamente una amistad asegurada con repetidas pruebas.

Hizo entre tanto Abraham las más vivas diligencias por averiguar el paradero de su hija, cuya última desgracia ignoraba, hasta que desesperado, y sin haber tampoco adquirido noticias de Usdróbal, llegó el día señalado para su vuelta a Aragón, y en que se puso en camino colmado de honores y confianzas y acompañado de una numerosa escolta para su honra y seguridad.


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