Sancho Saldaña: 45

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Capítulo XLV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


En esto los de la guarda
hicieron andar la yegua,
y al pregonero avisaban
gritase: esta es la justicia
que nuestro rey hacer manda
al moro Azarque, traidor
contra su corona sacra.
Romance de Azarque


El sol, y no Febo, en todo su esplendor teñía ya de color de fuego las almenas del castillo de Cuéllar, cuando el bullicio y algazara que resonaba en las calles de la ciudad, habrían hecho creer a cualquier forastero que alguna agradable fiesta se disponía. Y no le hubiera quedado duda de qué clase de función era la que iba a representarse, si seguía los pasos de la multitud que se encaminaba a la explanada de la fortaleza, donde un magnífico cadalso cubierto todo de bayeta negra se levantaba, obra sin duda de extraño artificio y particular gusto, a juzgar por el inmenso gentío que la contemplaba.

-Hola, eh, tío Galafre -gritaba uno que, aunque cojo y con dos muletas, corría al sitio destinado para la diversión del respetable público-. ¿Sabéis a quién van a ajusticiar?

-¿A mí qué me importa? -respondió Galafre-: lo que yo quiero es que le corten la cabeza a alguno por divertirme, y tanto monta que sea a Juan como a Pedro.

-Bárbaro -gritó otro con tono magistral y muy pagado de sí mismo-, no creas que vas a ver ningún echacuervos, que no es nada menos que al señor de Iscar, majadero.

-Cata ahí, Marujilla -decía una mujer a otra amiga suya, que con un niño en brazos (a pesar de ser la compasión el dote peculiar del bello sexo), se afanaba entre el gentío por ponerse delante de todos-; cata ahí el señor saludador, el señor Soguilla, que está allí con el hacha, más tieso que otro tanto, y con más colores que la procesión del Corpus.

-Bien decía él que había sido verdugo en su mocedad, y ahí se ve lo que decía mi marido: que el señor Soguilla lo mismo era para un fregado que para un barrido.

-Ahí lo tienes, que parece un caballero, mal comparado.

En efecto, era Soguilla que desempeñaba aquel día el papel de primer galán, y que a fuerza de representaciones al rey, había merecido la plaza de verdugo, debido a sus méritos según él decía, aunque era fama entre sus enemigos que más la había alcanzado por intriga que por servicios que hubiese prestado, siendo, además, incontestable que ya no servía para el caso, aunque en otro tiempo pudiera haber puesto escuela.

Paseábase él entre tanto al pie del patíbulo en el espacio que dejaban los hombres de armas que formaban alrededor, donde no permitían penetrar a nadie, pavoneándose y muy lleno de importancia, persuadido de que habían vuelto para él aquellos días felices en que tanto había lucido en Valladolid, y olvidado, en la embriaguez de su júbilo, de las muchas coces que había recibido de los mulos, sus pacientes, en los diversos lances en que con ellos se había hallado ejercitando el noble oficio de saludador. ¡Tanto nos deslumbra y engríe un momento de gloria, que nos hace olvidar de nuestros trabajos!

Mientras pasaba esta escena en la explanada del castillo, y aguardaban todos con ansia el momento en que había de presentarse el desventurado caballero, sin el cual no podía verificarse la fiesta, representábase otra parte del drama muy diferente y mucho más lastimosa en el interior de la fortaleza. Había recibido ya Leonor la orden de presenciar la cruel sentencia de su hermano, y su abatido espíritu había desfallecido al oírla. Un frío intenso como el de la muerte había paralizado sus miembros, sus ojos desencajados quedaron inmóviles con una expresión de horror que estremecía y una mirada tan fija y tan penetrante que fascinara al que se detuviera a mirarla. Su memoria la había abandonado del todo, sus labios cárdenos temblaban continuamente, no respondía a lo que le hablaban, y el color de sus mejillas se había trocado en la palidez de la muerte. Estaban a su alrededor las doncellas que la servían, algunas llorosas y acongojadas, y otras el asombro en el rostro y horrorizadas de verla.

No resonaba en aquella lúgubre estancia una palabra, no se sentía el menor ruido, y sólo de cuando en cuando venía a turbar el profundo silencio que allí reinaba el eco oscuro e informe de las voces que alzaba fuera, a lo lejos, la multitud impaciente. Hubiérase dicho al verlas que algún prodigioso mágico había encantado a aquellas mujeres, o que eran las estatuas de un sepulcro, teniendo en medio de ellas la verdadera imagen del dolor y la desesperación.

Largo rato permanecieron de esta manera, hasta que abriéndose la puerta de la habitación entró el jefe de los aventureros acompañado de algunos soldados, que traían una silla de manos, y un grito involuntario de horror que lanzaron todas a un tiempo fue la primera señal que dieron de que no habían perdido todavía su sensibilidad. Pero Leonor no dio por eso muestras de recobrarse de su letargo, y cuando el capitán aventurero con su tabernaria insolencia se acercó a la desventurada doncella, no hizo más movimiento que entreabrir los labios y clavar los ojos en él con estúpida admiración.

-No hay por qué asustarse de verme -le dijo Martín Gutiérrez-, y en verdad que no es para tanto, que también he visto yo cortar la cabeza a mi hermano, y no estuve yo muy lejos entonces de perder la mía, lo que hubiera sido peor. Animo, juro a Dios.

Los labios de la infeliz Leonor se contrajeron oyéndole, dejando ver sus dientes enclavijados con la expresión amarga de los que padecen la enfermedad llamada risa sardana, sin por eso quitar de él sus ojos estupefactos.

-Vaya, levantaos, señorita -prosiguió el jaque aragonés-, y entrad en esa silla de manos, y despachaos, porque si no, juro a Dios, que no vais a llegar a tiempo.

No respondió Leonor, ni dio señal de haber oído lo que le decía aquel salvaje, por lo que viendo que había de esperar en balde si aguardaba a que se moviese, la tomó en brazos y la colocó en la silla, sin que ella opusiese resistencia alguna, indiferente a todo y fuera de sí.

-Ahora bien, señoras, vamos andando, que para todos hay.

Y haciendo seña a los soldados de que anduviesen, salieron de la habitación y se encaminaron a la galería que daba vista a la explanada, diciendo al mismo tiempo entre dientes:

-¡Por Santiago, vive Dios, y así el diablo me lleve, que me da lástima de esta mujer, y que mejor la abriría en canal con la espada que verla como la he visto! ¡Maldiciones y rayos me caigan!, la pobre no está acostumbrada; ¡cuerpo de Cristo!, pero éste es el modo de que se vaya haciendo a las armas.

En medio de la galería un asiento cubierto de luto había atraído ya varias veces las miradas de los espectadores, y muchos de ellos envidiaban de buena fe la suerte de la persona que lo ocupase, y que con tanta comodidad vería desde allí al reo y al verdugo en el interesante momento de atarle los brazos a la espalda y descargar sobre él la cuchilla.

Pensaban algunos que sería aquel asiento para alguna persona muy principal, o quizá para el mismo rey, que lo habría hecho construir allí para disfrutar cómodamente de tan agradable espectáculo, no pudiendo persuadirse de que hubiera en el mundo nadie que no tuviese el mismo gusto que ellos. Alzaban de tiempo en tiempo los ojos a mirar quien era el que con tanto tino había elegido aquel puesto para recrearse, creídos, además, en que aquel personaje, quienquiera que fuese, había de ser quien hiciese seña de que comenzase la fiesta. Pero no quedaron poco sorprendidos cuando en lugar del rey, o del señor del castillo, como aguardaban, vieron colocar allí a una mujer que con semblante de loca los miraba sin pestañear, mientras que una guardia de soldados la rodeaba, armados de punta en blanco y con sus partesanas al hombro. Los que antes habían alabado el pensamiento del rey, dieron por cosa segura que era la reina, y no elogiaron menos su buena determinación y corazón bondadoso; pero bien pronto se extendió la voz por la multitud de que era la hermana del señor de Iscar, sentenciada a presenciar la muerte de su hermano.

El ruido, las voces, las vista de aquel inmenso gentío apenas hicieron impresión en el ánimo de Leonor, que oía y veía todo aquello confusamente como los fantasmas del delirio de un moribundo; pero una vez sus ojos quedaron fijos en el enlutado cadalso, y un grito histérico, que resonó sobre las voces y el estrépito del gentío fue lo primero que indicó que empezaba a recobrar sus sentidos. Volvió empero a poco rato a mirarlo y sólo se estremeció, y luego quedó de nuevo como alelada sin apartar la vista del patíbulo donde debía perecer su hermano, y no dio ya más muestras de sentimiento, sino que de cuando en cuando la contracción de los músculos de su rostro presentaba en su boca una sonrisa de hiel. Seguramente formaba un raro contraste con la alegría y el ruido de los que abajo contemplaban el cadalso a falta de otro mejor espectáculo, el silencio y la tristeza profunda que reinaba en la galería.

Los hombres de armas, inmóviles en sus puestos, la vista fija y sin desplegar sus labios; las damas de la infeliz Leonor cubiertas de luto y acongojadas, y ella, más que todas apesadumbrada en el alma, estática mirando al cadalso con el ahínco que distingue a los locos y la fisonomía del que padece accidentes nerviosos. Estaba junto a ella un heraldo con su cetro en la mano con orden de arrojarlo en tierra para que se suspendiese la ejecución si la infeliz, conmovida con tan horrible espectáculo, cedía en fin a los deseos del castellano de Cuéllar.

Más de una hora había ya pasado en tan terrible agonía, admirados los espectadores de que tardase tanto en llegar la víctima, ignorantes todos ellos del terrible plan de Saldaña, que había mandado procediesen en todo muy despacio, a fin de dar tiempo de pensar a Leonor sobre la facilidad con que podía salvar a su hermano del suplicio, y aumentar por grados, con la reflexión, el horror que aquella lúgubre escena debía inspirarle. Pero el tiempo que, sin compasión, curtido ya en crímenes, parece que tiene un placer en adelantar la hora funesta en que ha de acaecer alguna desventura, o traer la muerte y el desconsuelo a los hombres, no quiso entonces detener tampoco su tan veloz como silencioso vuelo, sino que señaló el momento en que el de Iscar había de terminar su carrera, y no tardó en oírse una trompeta que impuso silencio en la multitud, y juego una voz que con acento ronco y sonoro gritó diciendo en aquel instante:

-Esta es la justicia que manda hacer su alteza el muy poderoso rey nuestro don Sancho IV, en la persona de Hernando de Iscar, a quien manda conducir con una soga al cuello y cortarle la cabeza públicamente por traidor y desleal a su rey, debiendo aquélla fijarse en la puerta principal del castillo de Iscar que perteneció a este rebelde, después de haber borrado sus armas por mano del verdugo, para escarmiento de traidores y oprobio de su descendencia.

La voz resonó como el redoble sordo de un tambor enlutado, y ni pie ni mano movió todo aquel numeroso concurso, atento a las palabras del pregonero.

Otra vez se repitió el mismo pregón al cabo de un rato, sonando ya la voz más cerca, y luego entre las dos filas de los soldados que cubrían el camino que llevaba al patíbulo, se dejó ver el que aquellas voces daba, la cabeza descubierta, andando muy despacio, con una trompeta en la mano y detrás de él a Soguilla, gordo y cubierto de sudor, tirando de una larga soga de esparto atada al pescuezo del reo que, como si estuviera con algún parasismo, iba casi en el aire sostenido por debajo de los brazos, que apoyaba en los hombros de dos soldados. Faltaba entonces caridad con los que ajusticiaban, y no había como ahora hermanos por consiguiente, que con la mayor caridad del mundo acompañan a un hombre a morir por fuerza, haciendo desaparecer de este modo lo único que semejante lance puede tener de cruel. Por lo que, como hemos dicho, los hombres de armas hacían el papel de caritativos con el desmayado caballero, lo que no poco sorprendió a todos, que aguardaban verle venir con serenidad y firmeza, despreciando la muerte y conservando hasta su última hora la fama de valiente que había merecido en su vida.

Pero quizá había llegado su alma, a fuerza de tanto sufrir, a perder por último su vigor, o tal vez las pasiones que la habían agitado tanto en los días anteriores habían dejado su corazón fatigado en aquel vacío lóbrego, en aquella fría insensibilidad que es el resultado seguro de haber sentido con demasía. También la falta de alimento (pues como ya hemos dicho en otro capítulo gustaba apenas de la comida que le traían), podía ser causa de su desaliento; mas cualquiera que fuese, lo cierto es que venía tan abatido y desmayado que se dejaba llevar como un muerto, y muchos de sus partidarios que entre la turba se hallaban, se avergonzaron de haber obedecido a un hombre de corazón tan pusilánime, y que se cubría el rostro con el pico de su capa, sin duda por no atreverse a mirar frente a frente el patíbulo.

Entonó el pregonero por tercera vez la sentencia enfrente de la galería donde estaba Leonor, que en el delirio de su fantasía no había hecho alto en aquella voz, que como uno de tantos gritos había llegado a sus oídos hasta aquel momento.

Pero entonces se notó que penetraba sin duda hasta sus entrañas, porque apartando de pronto los ojos del cadalso, de donde no los había quitado hasta entonces, estremecióse toda, púsose en pie, su rostro desencajado volvió a entrar en su centro, y miró a su hermano dando un profundo suspiro y señalándole con el dedo. Brotaron sus ojos dos lágrimas que lentamente enlutaron sus encendidas mejillas, que parecían ascuas con la sangre que se le había arrebatado al rostro; pero bien pronto tomaron el color de la cera, las fuerzas le faltaron, y se arrojó en su asiento como si hubiera perdido el conocimiento. Era el momento crítico en que debía Hernando salvarse o morir, y realizar Saldaña sus esperanzas o verlas desaparecer para siempre. Acudieron sus doncellas, al punto, a socorrer a Leonor, que con los ojos cerrados no hacía sino suspirar, pero que al ruido que sintió junto a ella volvió a abrirlos, y viéndolas les hizo señas de que la dejasen.

-¡Dios mío! -exclamó-: dadme fuerzas para resistir. ¡Él es! ¡Él es! ¡Ah!, ¡y yo le voy a perder para siempre!

Volvió entonces la cabeza a otro lado, pero a cualquiera que dirigiese la vista no hallaba nada que la consolase.

A su derecha, delante de ella, se alzaba el cadalso; enfrente estaba su hermano tan débil y exánime (sin duda por lo mucho que había sufrido), que no podía caminar por su pie; y detrás de ella se extendía una fila de hombres de armas insensibles a su dolor, y que con semblante tan impasible como de piedra contemplaban la ejecución, mientras que la trompeta y la voz del pregonero herían su oído con la terrible sentencia que publicaba.

Los espectadores, lejos de mostrar piedad, unos se mofaban de los pocos hígados del caballero, otros disputaban muy acalorados sobre si era o no el caso para perder el ánimo, y muchos, con estúpida gravedad, miraban aquello como hubieran mirado cualquier otra cosa, es decir, sin saber ellos mismos por qué miraban, si no es porque había otros que estaban mirando también. Pero imposible es pintar lo que Leonor padecía. Hasta entonces la insensibilidad en que había estado la había hecho mirar todo con indiferencia, pasando por su enajenada imaginación cuanto veía como las visiones de un sueño, harto feliz si la muerte la hubiera sorprendido en aquel estado.

Pero el nombre de su hermano, que acaba de oír, trajo a su mente, aletargada hasta aquel momento, el triste recuerdo de cuanto había sucedido, y recobró, puede decirse, el juicio para conocer con él por sí misma todo el rigor de su desventura. Entonces vio la muerte y la deshonra, por una parte, la vida, la muerte y la deshonra por otra, pero con la diferencia de que la vida sería para su hermano, y la muerte y el deshonor para ella.

Pero el juramento que le había hecho de nunca ceder a las instancias de Sancho Saldaña, las maldiciones que caerían sobre su cabeza si faltaba a un juramento en que había tomado por testigo a su propio padre, invocándole y alterando su paz en el otro mundo, para que viese a su hija cometer al fin un perjurio, hacían titubear todavía su generosidad.

Entre tanto el pregonero tocó por última vez la trompeta al pie del cadalso, y por última vez repitió su pregón con mucho placer del gentío, que esperaba ya con ansia el desenlace de aquella tragedia tan larga. Quitó Soguilla la cuerda del cuello del caballero, que no enderezó ni movió la cabeza, que llevaba caída sobre el pecho, enteramente cubierta la cara, y la comitiva hizo alto, mientras el experimentado verdugo subió al tablado y arregló el banquillo en que había el reo de sentarse y las sogas con que debía atarle las manos. Y sin duda se detuvieron en aquel tremendo sitio, con intención, más tiempo del que debieran, porque ya Soguilla había concluido sus quehaceres en el tablado, lleno de satisfacción, y hecho señas de que le subieran su víctima, y todavía estuvieron parados algunos minutos como si esperaran alguna orden.

Entonces treparon al cadalso los dos hombres que sostenían al reo, el cual en aquel momento dejó caer los brazos lánguidamente, que había llevado hasta entonces apoyados en las espaldas de los soldados, torció la cabeza a un lado sobre el hombro izquierdo, y, sin duda acometido de algún mortal parasismo, se dejó llevar como un cadáver al asiento que le tenían destinado, donde lo aseguró el verdugo con las cuerdas que ya con esta intención tenía preparadas. En este momento uno de los reyes de armas se acercó a Leonor y le dijo:

-Mirad, señora, que va vuestro hermano a morir.

No pudo menos la afligida dama de volver a mirar el cadalso a tiempo que el verdugo tiraba atrás el pie izquierdo y, levantada el hacha en la mano, balanceaba el cuerpo para tomar brío y descargarla con fuerza sobre el desnudo cuello del caballero, que no movía pie ni mano, ni hacía ningún movimiento, inclinada la barba sobre el pecho, inmóvil en aquella postura sin duda por estar atado, y sin dar señales de vida. Este espectáculo produjo en Leonor la sensación que debía aguardarse: lanzó un grito de los que en ninguna lengua tienen ortografía, y levantándose de su asiento exclamó con voz en extremo penetrante y sobresaltada:

-No, no, deteneos; yo puedo salvarle: ¿dónde está el rey? Yo quiero ver al rey, yo quiero salvar a mi hermano.

A la primera parte de sus interrumpidas voces, que llamaron la atención de todo el mundo y promovieron un sordo murmullo en el concurso, parecido al rumor lejano del mar, ya el heraldo había arrojado su cetro, que cayó a los pies del de Iscar. El verdugo detuvo el golpe en el camino, muy a su pesar, y echando un juramento entre dientes retiró el pie que tenía delante y bajó al suelo la terrible hacha.

El pueblo comenzó poco a poco a alborotarse, se oyeron voces de ¡muera! ¡muera el traidor!, las mujeres y algunos prudentes varones chillaron, o se precipitaron huyendo, ondeó aquella grave masa del pueblo como las copas de un bosque de palmas azotadas por el huracán, presentaron las puntas de sus picas y partesanas los soldados que formaban alrededor del cadalso; las voces de ¡muera! crecían a cada momento, confundíanse unos, atropellábanse aquéllos, gritaban todos, y ya empezaba la ira a prestar armas al populacho, que, enemigo acérrimo de los traidores, o más bien indignado de que así se le aguase la fiesta cuando ya estaba a punto de terminarse a gusto de todos, se desató en amenazas e improperios, y se dirigió con nunca vista furia contra el pobre castellano, que no había levantado todavía la cabeza, ni dado señas siquiera de oír lo que pasaba, dispuestos todos a relevar a Soguilla en su importante cargo y desobedecer al rey mismo, arrebatados, sin duda, del ardiente amor a la justicia que los animaba.

Pero nada de esto veía ya Leonor, que en el momento en que acabó de hablar fue llevada de allí sin conocimiento en brazos de sus doncellas y conducida al salón donde estaba el rey acompañado de algunos de su corte y de Sancho Saldaña, que a cada instante no hacía sino salir y entrar con muestras de impaciencia y desesperación, como poco.

Cuando entraron allí a Leonor, Saldaña se sonrió, pero no por eso desarrugó su entrecejo, ni puede decirse que se alegrara su alma, y un condenado que viera desde su infierno el resplandor de la gloria, quizá sentiría lo mismo que él a la vista de aquella infeliz.

Leonor volvió en sí, en un delirio, sin saber lo que se decía.

-No, yo no puedo ya más; perdóname, hermano mío; era un juramento horrible.... yo no debía cumplirlo.

Y arrojándose a los pies del rey prosiguió:

-¡Ah!, señor, perdonad la vida a mi hermano... vos sois generoso... él era vuestro enemigo, pero es el último de su linaje. Tomad mi vida, haced lo que queráis de mí. ¿Veis? ¡Yo también era vuestra enemiga y estoy ahora llorando a vuestros pies...!, yo os pido por él; ¡ah!, no seáis inexorable a mis ruegos.

El tono de la voz de Leonor era tan dulce, había en sus palabras una magia inexplicable, su mismo delirio, la palidez de su rostro, sus ojos cubiertos de lágrimas que fijaba en el semblante del rey con cierta expresión de dulzura y de enajenamiento, la hacían parecer tan hermosa, en medio de su dolor, como la imaginación no alcanza a figurarse, ni bastaría a retratar el mismo pincel de Murillo. Compadecióse el rey, que al cabo era generoso y muy galán con las damas, no pudo menos Saldaña de apartar la vista a otro lado para enjugarse una lágrima (quizá la primera que había derramado en su vida), y cuantos estaban presentes tuvieron que hacer un esfuerzo para contener las suyas.

-Hermosa dama -dijo en fin el rey con mucha afabilidad-, levantaos, calmad vuestra agitación, y no desperdiciéis así esas lágrimas en conmover corazones que tenéis ya avasallados con vuestra hermosura. Preciso fuera que yo tuviera un corazón de mármol para que fuese insensible a vuestras súplicas: sí, yo estoy pronto a perdonar a vuestro hermano, a olvidar todo, a devolverle cuanto ha perdido, y a honrarle además con mi confianza. Pero yo también tengo que pedir a vos otra gracia, y no creo que me la neguéis. Un odio de muerte ha separado dos familias que en otro tiempo siempre estuvieron unidas y en la mayor amistad. Tiempo es ya de que olvidemos todos nuestros remordimientos, y sacrifiquemos nuestras rencillas particulares en obsequio del bien de la patria. Ya veis que no soy el último que las olvido. Un enlace pondrá fin a las disensiones de estas dos familias: ofrecedme ser esposa de Sancho Saldaña, y yo os cumpliré mi promesa. Dichosa vos, de quien se dirá que por un rasgo de generosidad habéis trocado en amor el odio de dos casas tan enemigas.

Calló en diciendo esto, y Leonor no hizo sino suspirar. Saldaña no quitaba de ella los ojos, aguardando con ansia que respondiera.

-¡Ah! no hay remedio -exclamó Leonor-: padre mío, ten compasión de tu hija: sí -prosiguió encarándose al rey-, dad la vida a mi hermano, y yo... yo seré... sí, estoy resuelta, yo seré la esposa del castellano de Cuéllar.

En este mismo instante un grito de horror resonó en la estancia, y una maldición espantosa; y el ruido que hace un hombre que cae de pronto, hizo volver los ojos de todos hacia Saldaña (que estaba a un lado, detrás, a cierta distancia del rey), a quien hallaron tendido en el suelo, el cabello erizado, sobrecogido y temblando.

-¿No la habéis visto?, allí estaba... Zoraida... con un puñal. Sí, Zoraida, la mujer que yo asesiné -exclamaba señalando a un ángulo de la habitación-. No, no es ilusión; yo la he visto.

-Dejad, Saldaña, vuestras locuras para otra ocasión -dijo el rey con tono severo-, que no parece sino que tenéis gusto en asustar a vuestra esposa.

-Será locura, como vuestra alteza dice -repuso Saldaña avergonzado de lo que había hecho, aunque no todavía muy recobrado de su temor-, pero yo juraría que la había visto, y...

-Señor -interrumpió Leonor-, doy gracias a vuestra alteza por no haber quitado la vida a mi hermano, aunque sea bajo una condición que hará, sin duda, la desgracia de los pocos años que creo me queden ya en este mundo. Con vuestra licencia me retiro.

-Mi corazón, hermosa dama -respondió el rey desentendiéndose-, os desea mil años de vida y de inalterable felicidad.

El tono melancólico de Leonor, y las lágrimas que centelleaban en sus ojos de cuando en cuando, manifestaban bien claramente la profunda tristeza que iba a echar hondas raíces para siempre en su corazón. Saldaña se acercó a ella con timidez y se ofreció a acompañarla, pero Leonor rehusó su compañía, suplicándole le permitiese llorar sola primero su suerte, para esforzarse después a sufrirla con resignación. Dicho esto se retiró a su cuarto, donde la dejaremos, porque fuera empresa imposible querer pintar los tormentos de su alma, que tanto había padecido y los delirios de su imaginación, afligida con la amarga ilusión del porvenir tan negro que la aguardaba.


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