Sangre torera: 11

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Sangre torera - Capítulo XI de Arturo Reyes



La sala estaba sumida en medrosa claridad; una mariposa encendida delante de una imagen de la Virgen la iluminaba vagamente. Maricucha estaba sola; Maricucha sentíase contenta; ya era pasada la hora de peligro.

No se merecía Antonio los malos ratos que ella había pasado, los que le hiciera pasar toreando en Antequera y lo sufrido en aquel día. La lengua y el corazón dolíanle de tanto rezar por él, como que no había cesado de hacerlo hasta que entró el señor Frasquito diciéndole:

-¡Camará, superió, pero que superiormente que ha quedao el hombrecito!

-Pero no le ha cogío ningún toro, ¿verdá?

-¡Qué le había de coger! Pa que vuelva a coger a ése un toro sa menester que se lo pongan delante metío en una licorera.

Ya tranquilizada, pensó en él de nuevo con ira. No, sin duda Antonio habíale perdido todo el apego que le tenía. En la noche anterior pudo convencerse; durante toda ella permaneció impasible ante sus coqueteos con don Paco; verdad que hubo varios momentos en que le vio palidecer, en que creyó notar en él aquellos movimientos iracundos que tan conocidos le eran, pero lo cierto es que había permanecido toda la noche de palique con Lola. ¡Y cómo le miraba Lola! ¡Qué modo de querer comérselo con los ojos! ¡Qué manera de imitar a las gatas moriscas en los meses invernales!

Pensando en esto se sentó junto a la ventana; un chiquillo pasó voceando el periódico en que daban cuenta del éxito del torero, e incorporándose rápida al oírlo, se abalanzó a las rejas, y

-Dame uno -dijo al muchacho, alargando su mano diminuta por entre los hierros.

Y como si hubiese estado esperando que apareciera ella en la ventana, exclamó en aquel momento Antonio, que acababa de llegar, al oír a la mujer querida:

-No lo compres, chalaíta der to. ¿No ves tú que vengo yo a contarte toíto lo que ha pasao jasta por seguirillas gitanas?

Pepe Fajardo estaba desesperado; diez veces habíase asomado a la esquina de la calle, y las diez veces había visto al gran matador inmóvil delante de la reja de Maricucha; sin duda, éste no estaba dispuesto a ir a casa de la Marimoña. Pepe Fajardo se alegró; el empaque de Lola era cosa que llenaba sus sueños de ensueños ardentísimos, y cansado de esperar, se dirigió, por fin, hacia la taberna con paso rápido, y momentos después decíale a Lola, que paseaba nerviosa por el establecimiento, desde el mostrador a la puerta, y desde la puerta al mostrador:

-Pos tiéen ustés que perdonar, pero me parece a mí que lo que es Antoñuelo no va a poer venir a comer, porque va ya pa hora y media que se pegó a la ventana de Maricucha y ni que tuviese jalapa la reja, ¡camará!, como que ni se mueve tan siquiera.

Lola apoyó una mano sobre una mesa, y una contracción angustiosa quitó hechizos a su semblante y quedó en silencio, en un silencio triste. Las palabras de Pepe Fajardo acababan de desgajar las más bellas de todas las flores que habían brotado en el árbol de sus ambiciones.

Y en tanto Lola metíase en su cuarto para poder dar rienda suelta a sus lágrimas, decíale Maricucha al Cartulina con acento acariciador:

-Pos pa cumplirle mi promesa a la Virgen del Carmen, voy a tener necesiá de to el aceite que den los olivares e Córdoba y de toíta la cera que den los panales de mi tierra.


Capítulo XI