Sangre torera: 10

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Sangre torera - Capítulo X de Arturo Reyes



La salida de la plaza fue en hombros de sus antiguos colegas, como le profetizara la Marimoña. El novel matador no había burlado las esperanzas de sus amigos: en los tres toros que le hubieron de corresponder acreditó una vez más la casi completa desnudez de arte en que estaba con el percal en la mano; pero, en cambio, ¡qué modo de plantarse entre pitón y pitón! ¡Qué modo de clavarse en el terreno del enemigo y de dormirse metiendo hierro! ¡Qué modo de vaciar el cuerpo sintiendo el asta del bruto llevarse los alamares de la reluciente taleguilla!

Lola, trémula, anhelante, embriagada de satisfacción y orgullo, seguía con mirada ávida todos los detalles de la lidia desde la grada en que en compañía de su tío, lucía su seno voluptuoso, motivo de cien y cien requiebros, procaces los más, y blanco de cien y cien miradas descaradamente codiciosas.

Cuando herido por el sol vio aparecer en el ruedo al Cartulina, al frente de sus peones y banderilleros, andando casi musicalmente, terciado airosamente el capote de paseo y arqueado el brazo libre, al oír, estremecida, los aplausos y vítores de la multitud, un escalofrío de entusiasmo recorrió su cuerpo. ¡Qué alegría más grande poder decir que aquel hombre tan gallardo, tan airoso, el más airoso y gallardo de todos los que en aquel momento pisaban la arena, era el destinado a ella por su buena fortuna! Porque era indudable que Antonio había olvidado ya del todo a Maricucha; en un tris estuvo que en la noche anterior no le confesara su amor y le implorara ser correspondido. No se atrevió, y no se atrevió, sin duda, por temores a un descalabro; por esta razón aplazó el decírselo, sin duda, para cuando ciñera ya sus sienes el laurel de la victoria.

-¡Camará, vaya si tiée planta de torero el chavalillo! -murmuró el Marimoña, y después, bajando la voz, continuó-: Y que paece que lo cortaron pa él el terno de Joseíto el Canguelo.

Antonio estaba nervioso. Al penetrar en la plaza había intentado inútilmente dejarse el recuerdo de Maricucha en la puerta. Maricucha no se apartaba un punto de su imaginación llenándole de ira y de pena. Desde el punto y hora que oyó a don Paco pidiéndole permiso para ir a hablar con ella por la ventana, comprendió que peligraba su felicidad. Don Paco era un rival temible; don Paco era famoso por su garbo, por su rumbo y, además de sus simpatías, por su jarabe de pico; espejuelo el más eficaz, y como tal reconocido, para la caza de corazones románticos.

Cuando mirándolas, en la noche anterior, a la una cerca de la otra, comparó a Lola con Maricucha, la figura de aquélla quedó completamente esfumada y empequeñecida. ¿Dónde iba a compararse con Maricucha la Marimoña?

Las palabras de ésta no dejaban de resonar en sus oídos con ritmo especial, con un ritmo que le irritaba. Lola, las horas que pasó junto a él la noche anterior, se las pasó ella hablándole de sus futuras heroicidades: «¡Qué alegría si consigue usté pegar y encaramarse como se han encaramao muchos otros! ¡Qué ganitas que tengo de oír pregonar sus valentías!»

-Es que puede ser que lo que oiga usté pregonar sea la cogía y muerte de Toñuelo el Cartulina -díjole él con amarga ironía.

-¡Quién piensa en eso! -refunfuñó, encogiéndose de hombros desdeñosamente, la muchacha.

Al oír estas palabras, Antonio sintió como si de pronto una ola congeladora cristalizara de repente sus entusiasmos. ¡Buena diferencia entre Maricucha y Lola! Ésta encogiéndose de hombros al pensar en una probable cogida. ¡Aquélla riñendo con el hombre querido por no querer que se expusiera a un desastre, por reunir dinero con que poder ofrecerla un porvenir glorioso y risueño!

Ya en el corral acercósele Pepe Fajardo, y

-Mira, ven acá -le dijo con voz ligeramente turbada.

Y haciéndole entrar tras uno de los burladeros, continuó:

-Porque es que si no cumplo el encargo y te pasa algo, aluego me voy a morir de reconcomio de consencia.

-¿Y ese reconcomio por qué?

-Pos porque... Mira: esta mañana, al pasar por ca de Maricucha, me llamó Maricucha y me jizo que le jurara que había de darle gusto en el favor que diba a peírme.

-¿Un favor? -le preguntó lleno de mal disimulado regocijo el torero.

-Pos sí, señó; un favor que yo no diba a jacer, por si a ti te caía mal la cosa, pero es que ya estando aquí, tengo un desasosiego, y... na, que pa eso te he llamao, pa que me jagas el reverendo favor de colgarte al cuello este escapulario de la Virgen del Carmen que Maricucha me jizo prometerla que te había de poner con mi propia mano antes de pisar la arena.

Antonio lo tomó, depositó en él un beso ferviente y, arrojando el capote sobre el maderamen, colocó en su cuello el escapulario, nuevo testimonio de amor de la gentil gitanilla. Cuando a los acordes de la música pisó Antonio la arena, iba lleno de gozo: la imagen de la Virgen, su patrona, y el recuerdo de Maricucha llenáronle de confianza.

-Mira a la Marimoña -tuvo que decirle Pepe Fajardo para que correspondiera con una mirada y una sonrisa displicentes a los reiterados saludos de aquélla, que parecía empeñada en que todo el mundo se enterase de que ella era la que saludaba al héroe de la jornada.

Cuando terminó la corrida y Antonio se encontró de nuevo en su casa, después de los naturales achuchones de su padre y el lloroso besuqueo der su madre y de las felicitaciones de los vecinos, que formaban cola en la puerta del corralón, exclamó dirigiéndose a los que llenaban la sala:

-Pues si ustedes me lo permiten, me voy a jechar un ratillo, a escansar una miajita.

-¡Que va a dormir! ¡Que va a dormir! -empezaron a decir todos ya en voz baja para no espantar los propósitos de reposo del nuevo ídolo, y con extremoso caricaturesco alarde de respetuoso silencio, hubo quien salió casi de puntillas y aguantando la respiración del humilde nuevo santuario.

Cuando quedó a solas el Cartulina, en tanto sus padres se miraban como felicitándose de haber sido ellos los que trajeron al mundo tal prodigio, quitose éste el terno de luces que le prestara el sevillano y se vistió el flamante de calle con que en el día anterior asistiera al bautizo del primogénito del Trompeta.

-Qué ¿vas de paseo? -le preguntó Pepe Fajardo, que llegó en el momento en que aquél pisaba la puerta de la calle.

Y ante el silencio de Antonio, continuó:

-Yo vinía pa que mos fuéramos a comer a ca del Marimoña, que me ha encargao que venga a conviarte en nombre suyo y en el nombre de su sobrina.

Antonio sonrió a su colega, y

-Eso me parece mu propio, pero antes...

-Antes ¿qué?

-Antes quisiera llegarme en un vuelo a ca de Maricucha pa darle las gracias por lo del escapulario.

-A mí eso me parece mu propio también, con tal que no me vayas a tener sin comer jasta que pite er sereno.

- ¡Ca, hombre, ya verás! En un periquete espacho yo eso. Espérame en ca de Juanico el Cortijano.

-Pos anda, y te dejaré en la esquina de la calle.

Antonio y Pepe tardaron media hora en recorrer dos de las callejas del barrio. Todos les detenían para felicitarles; algunos rapaces vendedores de periódicos se desgañitaban pregonando las proezas de Antoñuelo el Cartulina.

Este se impacientaba, no por llegar pronto a dar las gracias a Maricucha, sino por ver si se encontraba en la ventana de Maricucha con don Pedro el Musiquero.


Capítulo X