Sangre torera: 2

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Sangre torera - Capítulo II de Arturo Reyes


El sol caía como una inmensa caricia de oro y de fuego sobre la plaza de la Constitución; las gentes desfilaban rápidas por las aceras al amparo de la sombra que proyectaban toldos y marquesinas; los establecimientos defendían sus puertas y escaparates con rojos cortinones; los cocheros dormitaban en el interior de sus vehículos; un elegante quiosco y dos o tres improvisados tenderetes, casi del todo cubiertos de flores, ponían en el cuadro una nota de frescura; ni la más ligera nube empañaba el azul purísimo del cielo; los vendedores de periódicos guarecíanse bajo los balcones. El Imperial rebosaba gente; junto a una de sus puertas, en lugar protegido por la sombra, jugaban a las cartas Pepe el Tano y Paquillo el Cardenales, a los que contemplaba con expresión huraña el Cartulina, cuyo rostro reflejaba la honda tristeza en que le sumergiera la deserción de Maricucha.

El primer día en que se encontró Antonio sin ella, se lo pasó solo, apenado, tendido ora acá, ora acullá. Y cuando llegó a su cubril aquella noche, tuvo que inclinar la cabeza ante los duros y justificados reproches de sus viejos. Cuando se arrojó sobre el misero petate que le servía de cama, tuvo que ahogar una serie inacabable de suspiros; antojábasele que habíase quedado solo en el mundo; ya le faltarían en lo sucesivo los poderosos estímulos que le habían hecho competir con los más expertos de sus colegas; ya no necesitaba ganar, además de lo que tenía la obligación de llevar a sus padres, algo con qué regalar a Maricucha. ¡Cómo le gustaban a ésta las chucherías, los caramelos, las chocolatinas, las sortijas aquellas de dublé y piedras monumentales que él le regalaba, y que ella guardaba en una cajita de cartón como el más preciado tesoro.

Cuando, extrañado por su ausencia el primer día, acudió a su casa y viola transtornada, quedose mirándola como entontecido; antojósele otra mujer, e intimidado por aquella metamorfosis, pareció darse cuenta de su interioridad, y un afán sordo de redención se apoderó de su alma. Él necesitaba escalar los peldaños que acababa de escalar Maricucha; él quería presentarse a ella llenándola del mismo estupor que ella le acababa de hacer sentir, y al pensar esto arrojó iracundo contra el suelo la lata de conservas, almacén de su poco lucrativa industria, y se alejó meditabundo y ensimismado, y huyendo de los camaradas que intentaban unírsele, fuese al Parque a pedirles, sin darse cuenta de lo que buscaba, inspiraciones a los grandes macizos de plantas y flores que embellecen el amplio paseo, y amparándose en una rinconada algo distante del lugar donde los automóviles hacían sonar sus sirenas, su rodar los carruajes y el tintinear de sus timbres los velocipedistas, tendiose sobre uno de los asientos de mármol artificial y sumergiose en una honda y triste meditación.

Durante algunos días vivió algo alejado, al parecer, de Maricucha; pero todos ellos se los pasó siguiendo a su ex compañera, la cual recorría diariamente el barrio acompañada por su ilustre progenitora, que acogía esponjándose de satisfacción las enhorabuenas y felicitaciones de todos los que la conocían, sin conseguir la muchacha que sus ojos tropezasen con aquellos tan queridos que no se apartaban un punto de su amante pensamiento.

-Qué, ¿no juegas? -preguntó a nuestro héroe Joseíto el Cardenales, a la vez que peinaba con manos expertas los mugrientos naipes.

Antonio movió negativamente la cabeza, y continuó mirando jugar a sus camaradas, que no tardaron en poner fin al juego, el Cardenales había hecho saltar la banca.

-Si tú tuvieras er canto de un duro de vergüenza, na más que er canto de un duro, me darías la revancha jugando de palabra. Pero como te falta ese canto que yo digo...

-Por eso los mozos de Colmenar llevan los cuellos tan tiesos...

El Tano se desesperó; él necesitaba recuperar el capital perdido a todo trance, y dirigiéndose con acento suplicante al Cartulina:

-Bien poías tú emprestarme una torda tan siquiera -le dijo con acento quejumbroso.

Y ante el gesto negativo de aquél, continuó:

-Vaya, empréstamela y te dejo el cajón en prenda.

Antonio fue a negar al Tano lo que éste le pedía, pero una idea le hizo variar de propósito.

-Güeno, te lo emprestaré -le dijo, sacando las últimas monedas de cobre en que consistía todo su capital.

Ya con el cajón en la mano, penetró en la calle de Larios y se detuvo delante de uno de los más importantes hoteles.

-¡Eh tú, capitalista, a ver si me los dejas como si fuesen de cristal de roca! -díjole un señoritingo de terno de corte achulado y amplio pavero, señalándose el elegante calzado.

Antonio vaciló un punto, pero esta vacilación fue de un segundo, y cuando una hora después se encontró con que en este tiempo había conquistado lo que solía ganar en toda una jornada, una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios, y cuando al llegar la tarde se le presentó el Tano a suplicarle la devolución del cajón, le repuso con resuelta actitud:

-Te lo merco, si es que me lo quieres pulir horita mesmo. ¿Tú sabes?

El trato quedó ultimado. Antonio le dio dos de las tres pesetas que había ganado en aquel día, y aquella noche soñó nuestro héroe que se presentaba ante Maricucha vestido también de gala, con un terno flamante, con una gorrilla también flamante, de seda, y luciendo, en lugar de miserables alpargatas, elegantísimos brodequines.

Un mes y pico transcurrió durante el cual apenas si consiguió Maricucha echar la vista encima a Antonio. Esto la tenía apenadísima; no podía acostumbrarse ella a no ver a su amigo; a todas las horas del día y de la noche teníale como claveteado en el pensamiento; sabía por varios de sus amigos que Antonio habla abandonado el oficio, y que había ingresado en el gremio de limpiabotas con no contraria fortuna.

Dos meses después, aproximadamente, se levantó Antonio un domingo casi de madrugada; la impaciencia no le había permitido cerrar los ojos en toda la noche y en cuanto el gallo de la casera dejó oír su toque de diana, se lanzó sigilosamente del lecho, junto al cual y sobre una silla, su madre había cuidado de dejárselo todo preparado: la camisa de pechera tableada, el pantalón de abotinado corte, los zapatos de becerro amarillo, la guayabera de pana gris como el pantalón; el pañuelo de seda azul y la flamante gorrilla de seda oscura.

Antonio se lavoteó impaciente, procurando no despertar a sus padres, que roncaban, y alumbrado por la luz de una mariposa, y cuando las primeras claridades del día alumbraron vagamente el corredor, salió de puntillas de la estancia, con los zapatos en la mano, y, ya en el corredor, se los puso y se dirigió a la calle, embriagado de gozo y de esperanza.

Cuando penetró en el hondilón del Marimoña, el tabernero, en mangas de camisa, con el rostro aún abotagado por el sueño, limpiaba los vasos y copas en la gran pileta de cinc, colocándolos después en correctas filas sobre el mostrador, en tanto dejaba oír sus hervores la gran cafetera dorada.

-¡Camará, chiquillo, pos di tú que viées más repinturero que un loro!

Antonio se contemplaba reproducido en la puerta de cristales de uno de los anaqueles, donde algunas tandas de bollos de aceite aguardaban las famélicas acometidas de los más madrugadores de los parroquianos.

Estos casi tributaron una ovación al Cartulina.

-¡Lo que es la compostura, chavó! -murmuró Pepe el Sereno, en tanto le contemplaba llena de admiración Lola, la sobrina del Marimoña, una chavalilla de ojos brillantes y de reducida estatura.

Paladeando su triunfo, se dirigió Antonio hacia donde abrigaba la esperanza de tropezarse con Maricucha, a la cual hacía dos semanas había dejado por fin sin andadores la señora Rosario.

-¡Camará, pos di tú que si no te pones un letrero no va a haber quién te conozca, saleroso! -díjole al verle pasar por delante de su puesto la señora Dolores la Quinquillera.

Antonio sonreía a cada nueva frase que arrancaba su metamorfosis, y al pensar en la mujer amada un dulce atosigamiento se apoderaba de él, y espoleado por la impaciencia ya se disponía a dirigirse hacia casa de su ídolo, cuando de pronto palideció intensamente: una voz dulce y de timbre armónico y quejumbroso acababa de llegar hasta sus oídos, dulce voz conocida que pregonaba:

Niñas, las randas mejores,
encajes que son primores,
lo mejor de lo mejor;
sal ya, niña, a la ventana,
que ya está aquí la gitana
con toa la gracia de Dios.

El encuentro de Maricucha y Antoñuelo hizo enmudecer un punto a ambos; a la primera se le quitaron las ganas de pregonar, y su semblante se demudó, a la vez que sus grandes ojos brillaban pletóricos de alegría y de sorpresa; Antoñuelo se comía con los suyos a su ex compañera.

-¡Toño! -musitó por fin la muchacha, poniendo una caricia intensa en las trémulas inflexiones de su voz.

-¡Maricucha! -murmuró él con acento vibrante de pasión.

Maricucha se arrepintió de su exclamación de gozo; ella había estado acariciando durante muchos días la idea de vengarse de Antonio por las horas amargas que habíale éste hecho pasar, y haciendo un gracioso mohín:

-La verdá es que yo debo haber vendío la vergüenza uno de estos días atrás, cuando te miro a la cara.

Antonio la escuchaba como embelesado. ¡Qué ganas que tenía ya de volver a oír aquel metal de voz tan dulce y tan querelloso!

-Pero ¿es que tú no oyes lo que yo te digo? -volvió a preguntarle Maricucha.

Antonio sonrió zalamero, y

-¿Y eso poiqué? -le preguntó, y antes que ella pudiera contestarle-: Poique no he vinío en busca tuya, ¿verdá? -continuó. Pos bien: no he vinío poique er día úrtimo que fui a tu casa, al verte tan requetebién jateá, se me cayeron los palitos der sombrajo; como que no puées tú figurarte las ducas de muerte que he pasao, y er corazón me hubiera yo jugao a la raba aquel día por haberme poío poner elante e ti con cuatro plumas encarnás y cuatro plumas azules.

-Y lo que se me importará a mí que te pongas un plumero... ¡Por más que estás asín pa que te chillen, salao!

-Como que por darles gusto a esos dos luceros que un divé te puso en la cara, he peleao yo pa poer presentarme a ti como si acabase de arrecoger una herencia.

Durante todo aquel día apenas si se separaron los amantes. Antoñuelo no cogió los trebejes del oficio, y al despedirse de ella al llegar la noche, ya habían dejado hecho un pacto: él, todas las mañanas, la aguardaría en la calle del Cañaveral y la acompañaría durante una hora; después se iría de nuevo al trabajo, a seguir buscándose la vida de aquella nueva y más decorosa manera.


Capítulo II