Sangre torera: 6

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Sangre torera - Capítulo VI de Arturo Reyes



¡Que no reculo yo como los cangrejos! i Que no voy yo más a capear madres e familia; que yo o me contrato pa matar toros distinguíos en redondeles aonde u me sangren los bichos o gane fama y renombre, o no güervo a coger la percalina!

Y esto lo dijo Antonio con tan resuelta actitud y con acento tan decidido, que Pepe Fajardo se encogió de hombros y dijo:

-¡Pero es que tú y yo y los compañeros estamos que por una ancha semos capaces de meterle un estoconazo al torreón de la Alcazaba! Como que dende que atoreamos en Antequera no ha habío quien nos diga por ahí te pudras, más que los que antes nos contrataban.

-Pero ¿tú no comprendes, so ciego der to, que si la gente ve que gorvemos a lo del prencipio y que no nos contratan como novilleros, endispués de haber trabajao como novilleros, van a icir que es que nosotros no teníamos más que dos onzas de chocolate y que nos las hemos tomao de una sola vez en una jícara?

-Güeno, no iremos a Alfarnatejo, poro lo que yo te digo es que ya les he corrío tos los puntos a las trinchas de íos pantalones, porque es que eso de no alimentarse de otra cosa que de sopas e ruío, no puée durar mucho tiempo sin que entregue uno toítos los documentos.

El Chiripa, interesado en la reaparición de Antonio, no descansaba poniendo por las nubes a su protegido. Por fin, un día sus ojillos chispearon de gozo; uno de sus compadres le pedía condiciones para que trabajaran sus protegidos en el circo de La Malagueta.

Cuando le dio la noticia a Antonio, casi tocó éste en las nubes con la coleta, del brinco que le hizo dar la alegría; aquello era lo que él esperaba: volver a lucir su entereza y lo que había progresado ante un público de los que dan y quitan. Las condiciones fueron rápidamente pactadas; los chavales dieron plenos poderes a su protector, que cerró el trato, y dos días después decíales una tarde a sus patrocinados:

-Pos ya se arregló toíto gracias a un divé der cielo, y no este domingo que viene, sino el otro, matan ustedes seis desechos de los de don Perico Castuera, vecino de Algatocín, y ya podéis encomenzar a disponer ca uno de un billete de veinte chuscos y de otro de diez, que es toíto lo que he podío sacarle al empresario después dé meterle en prensa.

El Chiripa estuvo a punto de morir entre los brazos de los toreros, que se echaron inmediatamente a la calle en busca de lentejuelas con que concurrir a la solemnidad en que iban a figurar como pontífices soberanos.

Cuando Antonio más desesperado estaba, se fue en busca de consuelo a casa de Maricucha, la cual, al enterarse de lo que ocurría, frunció el gracioso entrecejo y

-Pero ¿es que tú vas a volver a las mismas? -le preguntó con voz sorda y parpadeando nerviosamente.

¡Pos no he de seguir, chiquilla! ¿Qué quiées tú que jaga yo? ¿Que ponga un taller de plancha?

-Pero es que tú me has prometío no gorver a pisar ese terreno.

-Eso te lo prometí pa que no me dieras más matraca, porque es que cuando se te pone una cosa entre ceja y ceja...

-Pos no puée ser eso, ¿sabes tú?, no puée ser porque es que tú me tiées que cumplir tu juramento, porque es que no quieo yo morir de angustias y de congoja, ¿sabes tú?, porque desde lo que pasé cuando te cogieron en Antequera, jasta me calzo de lona por no ponerme zapatos e becerro, que no quieo pensar los sobones que me di yo rezándole al Señor de Coluna y Azotes pa que te salvara, y además que le prometí una cosa, y... na, que no puée ser eso, que antes de salir tú de aquí te corto yo la coleta.

-Pero, chiquilla, ¿es que me vas a dejar tú con la caspa al relente? ¿Te crees tú que a mí me va a coger otro toro? Pos no estás tú mu chalaíta, ¡camará! Aquel me cogió a mí porque me dio un calambre en un tobillo, pero ya sé yo con qué se curan esos calambres, y sobre to que yo ya tengo veintiún años y no tengo oficio ni beneficio, y a mí me gusta vestir bien y comer bien y vivir bien y que me traigan y que me lleven en lenguas a toas las horas, y además que ensoñando vivo yo con que llegue er día en que te puea yo coger por ese mimbre que Dios te puso por talle y llevarte al cubril que yo te haiga ya preparao, que te tendré, Dios mediante, más rebonito que un estuche, con tos los muebles doraos y forraos de telas azules y colorás, con muchísimos espejos biselaos y muchísimas cortinas de terciopelo granate y con muchísimas flores, y con muchísimas alfombras, y con muchísimas...

-Con mucho menos quieo yo vivir, ¿sabes tú? -exclamó interrumpiéndole Maricucha-. Que lo que yo quieo es que te metas en un trajín cualisquiera que te dé a ganar un chusco, porque con uno que tú ganes y otro que gane yo, son dos chuscos, y con dos chuscos diarios y contigo a la mía verita, me río yo de tantísimo espejo biselao y de tantísimo terciopelo. ¿Tú te enteras?

-Pero es que si tú te conformas con eso, yo no me conformo; es que yo quieo que tú vivas como los mismísimos serafines.

-Es que yo le tengo jecho a Nuestro Señor de Azotes y Coluna la promesa de no casarme con ningún torero.

-Eso se lo prometiste tú al Señor en voz tan baja que no te oyó fijamente.

-No lo tomes tú a chunga, Antonio, que eso se lo prometí yo al Señor, y yo al Señor no le falto a mi promesa.

-Vamos, de eso se platicará cuando yo salga de la corría.

-No, te repito que no, Y tan de chipé te lo ripito y tan con toítas las veras e mi corazón, que si estás decidido a torear, sa menester que matemos nuestros quereles.

-¿Qué ices? Pero ¿qué es lo que tú ices? -preguntó a la muchacha, palideciendo, el Cartulina.

-Lo que oyes, que si atoreas, ya puées estar poniéndole una cruz a nuestro cariño.

-Pero ¿platicas en serio?

-Y tan en serio como te platico.

Antonio miró adusto a Maricucha; era aquélla la vez primera en que la muchacha declarábase tan franca y rudamente en rebeldía; además, en sus ojos entristecidos se reflejaba su decisión.

Antonio juzgó aquello una astucia femenil para apartarlo de aquel camino; en el fondo agradecía a la moza su actitud, porque comprendía que la causa de ella era el cariño que le profesaba, pero a la vez sintió profundo desconsuelo; él necesitaba quien le alentase, quien le arropara en ilusiones, al verle proseguir por aquel derrotero que tan caro había ya podido costarle, y la hostilidad de la hembra, dueña de su corazón, le robó bríos, le robó ilusiones e hizo palidecer sus esperanzas.

-Pos yo vengo mañana a la noche, como tos los días -díjole seriamente al despedirse.

-Pos si vienes es pa que yo te corte la trenza.

-Antes me punzo yo er corazón que cortarme la coleta.


Capítulo VI