Sangre torera: 7

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Sangre torera - Capítulo VII de Arturo Reyes


Antonio no creyó capaz a Maricucha de llevar a cabo su amenaza, y a la siguiente noche se encaminó, como de costumbre, a su reja, pero al llegar a ella díjole la señora Rosario con acento zalamero, como si quisiera consolarle de la noticia que le iba a dar:

-Mía, Toñuelo: mi Mari se ha dío a ca de Mariquita la Chacona, y me dijo al dirse que si venías te preguntara si estabas dispuesto a lo que tú sabes, y que si estabas le avisase enseguía, y que si no venías dispuesto, no le avisara manque tú me lo dijeras.

-Pos na, no tiée usté que avisarle -le repuso secamente Antonio, y dando media vuelta se alejó irritado y sombrío.

Aquella noche, cuando se metió en la cama no pudo conciliar el sueño; no se explicaba él aquella decisión de Maricucha; cierto era que desde que abandonara el hospital había ella dado principio a librar la gran batalla; cierto era que habíale exigido juramento de que se dejaría ya para siempre de toros y que él se lo había prometido, pero él habíaselo prometido pensando que llegada que fuese la hora él podría convencerla. Y cuando en la noche anterior la vio tan decidida se sintió irritado; aquello, más que súplica, se le antojó una orden despótica, y esto le ensoberbeció. ¿Había sido aquello un pretexto para poner fin a sus relaciones? ¿Sería que otro hombre...? Ante esta idea, un sudor frío inundó copioso su frente; los celos habían hecho de pronto su aparición en su alma, pero no como otras veces, de un modo fugitivo y sin consistencia, sino sombríos y preñados de amenazas trágicas. Y a su aparición tembló todo. Sin Maricucha no quería él ni glorias, ni aplausos ni dineros; jamás habíasele pasado a él por las mientes que aquella mujer pudiera pertenecer a otro hombre; habíala creído siempre tan suya que le pareció que disputársela siquiera era un atentado contra las dos alas de su corazón. Y asustado ante aquella idea, su pensamiento empezó a buscar, sin lograr dar con él, al causante de aquella decisión tan inesperada de Maricucha.

Antonio se arrojó del lecho, y cuando los primeros claros del día despertaron a los gorriones que dormían en los mechinales del tejado vecino, se volvíó a echar en ella; la luz del nuevo día encalmó un tanto el embravecido oleaje de su espíritu y puso en dispersión los fantasmas amenazadores que tanto le hubieron de atormentar durante aquellas horas de insomnio.

Irritado contra la causante de sus congojas e inquietudes, ya mediado el día, empezó a acariciar imprecisados proyectos de venganza. ¡No le perdonaba él a la gitanilla las angustias que le había hecho sentir! No sería el hijo de su madre, seguramente, el que volviera a su ventana a adormecerla con sus arrullos. ¡Pues a bien que no había mujeres en el mundo! La culpa era suya, que teniendo como tenía a su disposición un serrallo casi, no había tenido nunca más aspiración amorosa que Maricucha. Bien decía el Chiripa: «Para que una mujer lo quiera a uno de verdad, es preciso que lo quieran muchas de mentirijillas.» No, pues ya se enteraría ella de que lo que a él le sobraban eran chaponas; a bien que la Lola no andaba metiéndole por los ojos aquel seno tan retador que no ardía al conjuro de tantos ojos incandescentes como en él se recreaban por misericordia divina.

Al acordarse de Lola, se dirigió hacia la taberna dispuesto a cruzar el puente levadizo que tanto tiempo le tenía echado, invitándole a pasar tan graciosa fortaleza.

Cuando llegó al hondilón era la hora del pardillazo; algunos concurrentes habíanse guarecido en el recientemente bien regado establecimiento. Lola cosía sentada detrás del mostrador; un pañuelo de crespón de un rojo sangriento contorneaba su pecho de nodriza santanderina; un clavelón del mismo color del pañuelo brillaba como un borbotón de sangre entre las relucientes, negrísimas, guedejas; un imperdible de oro limitaba el escote; dos pulseras doradas relucían en sus muñecas.

Cuando vio penetrar a Antonio, una sonrisa asomó rápida a sus labios, y sus ojos brillaron con inusitado alborozo.

-¡Camará, y yo que venía buscando una miajita de fresco! -musitó Antonio, acodándose sobre el mostrador y echándose previamente hacia atrás el amplio rondeño.

-Y qué, ¿no le parece a usté que jace fresco en esta casa?

-Yo lo que sé es que al entrar me ha encomenzao a jechar borbotones y a jacer espuma er corazón.

Lola le miró algo sorprendida; antojósele que aquel día tenía otra cara el mozo; que era otra su sonrisa, otro su modo de acariciarla con los oíos, y halagada por el cambio para ella tan lisonjero,

-Josús! -dijo, poniendo al descubierto la nívea dentadura-. No creía yo que le pudiera a usté pasar nunca eso en esta casa.

-¿Pos dónde mejor? ¿Dónde hay dos ojos que sean dos tabardillos a la vez que dos luceros?

-¿Habrá que jacerle a usté un vaso de cuajaíta?

-El Santolio pa hombre es lo que va a ser preciso peir si me mira usté dos veces seguías como me acaba usté de mirar.

-Pos diga usté que yo le estoy a usté acariciando con los ojos.

-Y con las pestañas.

-Pos jeche usté fantesía.

-¿Qué quiere usté? Yo soy asín. ¿Usté sabe lo que me acaban de dicir sus ojos?

-Los habrá usté entendío mal. Mire usté que los míos suelen platicar muchísimo en chirigota.

-Pos si eso es asín, no he dicho naíta.

-No, hombre, no; yo le prometo decirle a usté si se ha dequivocao o no. Con que vamos a ver, ¿qué ha sío lo que le han dicho mis ojos?

-Pos lo que han dicho ha sío que si yo me empeño va a llegar un día en que no se van a entornar más que pa darles gusto a los míos.

-¿Y no le han dicho a usté más que eso?

-Sí, señora, que me han dicho muchas cosas más, pero ya se las iré diciendo a usté poquito a poco, pero mu poquito a poco.

-Pos una cosa deben haberle dicho a usté si es que han sabío explicarse.

-Y esa cosa es...

-Que el hombre que ha de cruzar con las mías sus pestañas tiée que ser uno que se puea dar tono jasta con el Guerra.

Una sonrisa contrajo los labios de Antonio, y después, mirando fijamente a la muchacha, sugestionado por su mirar hondamente pasional y voluptuoso, le dijo con voz ligeramente suspirante:

-La vía, pero que la vía diera yo por...

-¿Por qué? -le preguntó ella, entornando retadora y maliciosamente los párpados y dejando subir a las niñas de sus ojos todo el torrente de sus deseos.

Antonio sintió que la sangre quemaba sus mejillas y que su hálito parecía brotar de un horno.

-Pos mire usté -balbució-, algo diera yo por ser el amo y jacer lo que me diese la repotentísima gana con ese cuerpecito de marfí y con esa carita de náca.

-Hombre, por Dios, ¿quiere usté que venga Maricucha y me asesine?

Al recuerdo de la hembra querida se inmutó Antonio, pareciole que la veía delante de él con el reproche en los oios y en los labios, y casi se sintió arrepentido; pero recordando a la vez la decisión de la mujer amada, tan mortíficante para su vanidad, exclamó, encogiéndose de hombros:

-Eso de Maricucha lo trajo un levante, y un terral se lo ha llevao.

-Pero ¿es verdá lo que me está usté diciendo? -le preguntó, trémula de gozo, la Marimoña.

-¡Y tan verdá! -repúsole sombríamente el Cartulina.

-¿Me lo jura usté?

Antonio vaciló un punto, y

-Pos sí, señora -le repuso-; se lo juro a usté, y que si miento, que un toro me jaga der corazón una criba garbancera.


Capítulo VII