Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo VII

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 Capítulo VII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote y Sancho Panza llegaron a Ateca, y cómo un caritativo clérigo, llamado mosén Valentín, los recogió en su casa, haciéndoles todo buen acogimiento


Comenzaron a caminar don Quijote con su adarga y Sancho con su albarda, que le venía como anillo en dedo, y, en entrando por la primera calle del lugar, se les comenzó a juntar una grande multitud de muchachos, hasta que llegaron a la plaza, donde, en viendo llegar aquellas estrañas figuras, se empezaron a reír los que en ella estaban; y llegáronseles los jurados y seis o siete clérigos, y otra gente honrada que con ellos estaban. Como se vio don Quijote en la plaza cercado de tanta gente, viendo que todos se reían, comenzó a decir:

-Senado ilustre y pueblo romano invicto, cuya ciudad es y ha sido cabeza del universo, mirad si es lícito que de vuestra famosa ciudad hayan salido salteadores, los cuales vosotros jamás consentistes en vuestra clara república en los antiguos siglos, y me hayan robado a mí mi preciado caballo y a mi fiel escudero su jumento, sobre quien trae las joyas y precios que en diferentes justas y torneos he ganado o podido ganar. Por tanto, si aquel valor antiguo ha quedado en vuestros corazones de piadosos romanos, danos aquí luego lo que se nos ha robado, juntamente con los traidores, que, estando nosotros a pie y descuidados, nos han ferido de la suerte que veis. Si no, yo os reto a todos por alevosos y hijos de otros tales, y así, os aplazo a que salgáis conmigo a singular batalla, uno a uno o todos para mí solo.

Dieron todos, en oyendo estos disparates, una grandísima risada; y, llegándoseles un clérigo, que más discreto parecía, les rogó callasen, que él, poco más o menos, conocía la enfermedad de aquel hombre y le haría dar de sí con entretenimiento de todos. Y, tras esto y el universal silencio que los circunstantes le dieron, se llegó a don Quijote diciendo:

-Vuesa merced, señor caballero, sabrános decir las señas de los que le han descalabrado y hurtado ese caballo que dice; porque, dando aquí a los ilustres cónsules los malhechores, no solamente serán por ellos castigados, sino que juntamente se le volverá a vuesa merced todo lo que se hallare ser suyo.

Don Quijote le respondió:

-Al que hizo batalla conmigo dificultosa cosa será hallarlo, porque, a mi parecer, dijo que era el valeroso Orlando el Furioso o, por lo menos, el traidor de Bellido de Olfos.

Riéronse todos, pero Sancho, que estaba cargado con su albarda a cuestas, dijo:

-¿Para qué es menester andar por zorrinloquios? El que derribó a mi amo con una pedrada es un hombre que guardaba un melonar: mozo lampiño, de barba larga, con unos mostachos rehondidos, a quien Dios cohonda. Éste nos hurtó, señores, el rocín, y a mí me ha llevado el jumento; que más quisiera me hubiera llevado las orejas que veo.

Mosén Valentín, que así se llamaba el clérigo, acabó de conocer de qué pie cojeaban don Quijote y su escudero; y así, como era hombre caritativo, dijo a don Quijote:

-Vuesa merced, señor caballero, se venga conmigo, y este su mozo; que todo se hará a su gusto.

Llevólos luego a su casa, y hizo acostar a don Quijote en una harto buena cama, y llamó al barbero del lugar, que le curase los chinchones que tenía en la cabeza, aunque no eran heridas de mucho peligro. Mas, como vio don Quijote al barbero, que ya le quería curar, le dijo:

-Huelgo mucho en estremo, ¡oh maestro Elicebad!, en haber caído hoy en vuestras venturosas manos; que yo sé y he leído que vos las tenéis tales, juntamente con las medicinas y yerbas que a las heridas aplicáis, que Avicena, Averroes y Galeno pudieran venir a aprender de vos. Así que, ¡oh sabio maestro!, decidme si esas penetrantes feridas son mortales; porque aquel furioso Orlando me hirió con un terrible tronco de encina, y así, es imposible no lo sean; y, siéndolo, os juro por el orden de caballería que profeso de no consentir ser curado hasta que tome entera satisfación y venganza de quien tan a su salvo me hirió a traición, sin aguardar como caballero a que yo metiese mano a la espada.

El clérigo y el barbero, que semejantes razones oyeron decir a don Quijote, acabaron de entender que estaba loco; y, sin responderle, dijo el clérigo al barbero que le curase y no le respondiese palabra, por no darle nueva materia de hablar. Después que fue curado, mandó mosén Valentín que le dejasen reposar, lo cual se hizo así. Sancho, que había tenido la candela para curar a su amo, estaba reventando por hablar, y así, en viéndose fuera del aposento, dijo a mosén Valentín:

-Vuesa merced ha de saber que aquel Girnaldo el Furioso me dio, no sé si era con la mesma encina que dio a mí amo o con alguna barra de oro; y sí haría, pues dicen dél está encantado, y, según me duelen las costillas, sin duda me debió de dejar alguna endiablada calentura en ellas. Y es de suerte mi mal, que en todo mi cuerpo, que Dios haya, ninguna cosa me ha dejado en pie, sino es cuando mucho, alguna poquilla gana e comer; que si ésta me quitara, al diablo hubiera ya dado a todos los Roldanes, Ordoños y Claros del mundo.

Mosén Valentín, que entendió el apetito de Sancho, le hizo dar de cenar muy bien, mientras él iba a informarse de quién sería el que llevó a don Quijote el caballo y a Sancho su jumento. Y, averiguado quien les hizo el salto, dio orden en cobrar y volver a su casa a Rocinante con el jumento; al cual como vio Sancho, que estaba sentado al zaguán, se levantó de la mesa, y abrazándolo le dijo:

-¡Ay, asno de mi alma, tú seas tan bien venido como las buenas Pascuas, y dételas Dios a ti y a todas las cosas en que pusieres mano, tan buenas como me las has dado a mí con tu vuelta! Mas dime: ¿cómo te ha ido a ti en el cerco de Zamora con aquel Rodamonte, a quien rodado vea yo por el monte abajo en que Satanás tentó a Nuestro Señor Jesucristo?

Mosén Valentín, que vio a Sancho tan alegre por haber hallado su asno, le dijo:

-No se os dé nada, Sancho, que cuando vuestro asno no pareciera, yo, por lo mucho que os quiero, os diera una burra tan buena como él, y aún mejor.

-Eso no podía ser -dijo Sancho-, porque este mi jumento me sabe ya la condición y yo sé la suya, de suerte que, apenas ha comenzado a rebuznar, cuando le entiendo, y sé si pide cebada o paja, o si quiere beber o que le desalbarde para echarse en la caballeriza; y, en fin, le conozco mejor que si le pariera.

-Pues ¿cómo -dijo el clérigo-, señor Sancho, entendéis vos cuándo el jumento quiere reposar?

-Yo, señor Valentín -respondió Sancho-, entiendo la lengua asnuna muy lindamente.

Riyó el clérigo mucho de su respuesta, y mandó que le diesen muy bien recado, así a él como a su jumento y a Rocinante, pues ya don Quijote reposaba; lo cual fue hecho con mucha puntualidad. Después de cena, llegaron otros dos clérigos, amigos de mosén Valentín, a su casa, a saber cómo le iba con los huéspedes; el cual les dijo:

-Por Dios, señores, que tenemos con ellos el más lindo pasatiempo agora en esta casa que se puede imaginar; porque el principal, que es el que está en la cama, se finge en su fantasía caballero andante como aquellos antiguos Amadís o Febo, que los mentirosos libros de caballerías llaman andantes; y así, según me parece, él piensa con esta locura ir a las justas de Zaragoza y ganar en ellas muchas joyas y premios de importancia. Pero gozaremos de su conversación los días que aquí en mi casa se estuviere curando, y augmentará nuestro entretenimiento la intrínseca simplicidad deste labrador, a quien el otro llama su fiel escudero.

Tras esto, comenzaron a platicar con Sancho, y preguntáronle punto por punto de todas las cosas de don Quijote; el cual les contó todo lo que con él había pasado el otro año y los amores de Dulcinea del Toboso, y cómo se llamaba Don Quijote de la Mancha y agora el Caballero Desamorado para ir a las justas de Zaragoza; y a este compás desbuchó don Sancho todo lo que de don Quijote sabía. Pero rieron mucho con lo de los galeotes y penitencia de Sierra Morena y encerramiento de la jaula, con lo cual acabaron de entender lo que don Quijote era y la simplicidad con que Sancho le seguía, alabando sus cosas.

De suerte que estuvieron en casa de mosén Valentín casi ocho días Sancho y don Quijote, al cabo de los cuales, pareciéndole a él que estaba ya bueno y que era tiempo de ir a Zaragoza a mostrar el valor de su persona en las justas, dijo un día, después de comer, a mosén Valentín:

-A mí me parece, ¡oh buen sabio Lirgando!, pues por vuestro gran saber he sido traído y curado en este vuestro insigne castillo, sin tenerlo servido, que ya es tiempo de que con vuestra buena licencia me parta luego para Zaragoza, pues vos sabéis lo mucho que importa a mi honra y reputación. Que si la fortuna me fuere favorable (y sí será siendo vos de mi parte), yo pienso presentaros alguna de las mejores joyas que en ellas hubiere, y la habéis de recebir por me hacer merced. Sólo os suplico que no me olvidéis en las mayores necesidades, porque muchos días ha que el sabio Alquife, a cuya cuenta está el escribir mis fazañas, no lo he visto, y creo que de industria hace el dejarme solo en algunos trabajos, para que así aprenda dellos a comer el pan con corteza y me valga por mi pico, como dicen. Por tanto, yo me quiero partir luego a la hora. Y si sois servido de enviar conmigo algún recado en mi recomendación a la sabia Urganda la Desconocida, para que, si fuere herido en las justas, ella me cure, y me haréis muy grande merced en ello.

Mosén Valentín, después de haberle escuchado con mucha atención, le dijo:

-Vuesa merced, señor Quijada, se podrá ir cuando fuere servido, pero advierta que yo no soy Lirgando, ese mentiroso sabio que dice, sino un sacerdote honrado que, movido de compasión de ver la locura en que vuesa merced anda con sus quimeras y caballerías, le he recebido con fin de decirle y aconsejarle lo que le hace al caso, y advertirle a solas, de las puertas adentro de mi casa, cómo anda en pecado mortal, dejando la suya y su hacienda con aquel sobrinito que tiene, andando por esos caminos como loco, dando nota de su persona y haciendo tantos desatinos. Y advierta que alguna vez podrá hacer alguno por el cual le prenda la justicia, y, no conociendo su humor, le castigue con castigo público y pública deshonra de su linaje; o, no habiendo quien le favorezca o conozca, quizá por haber muerto alguno en la campaña, tomado de su locura, le cogerá tal vez la Hermandad, que no consiente burlas, y le ahorcará, perdiendo la vida del cuerpo y, lo que peor es, la del alma. Tras que anda escandalizando, no solamente los de su lugar, sino todos los que le ven ir desa suerte armado por los caminos. Si no, vuesa merced lo vea por el día en que entró en este pueblo cómo le seguían los muchachos por las calles, como si fuera loco, diciendo a voces: «¡Al hombre armado, muchachos, al hombre armado!». Bien sé que vuesa merced ha hecho lo que hace por imitar, como dice, a aquellos caballeros antiguos Amadís y Esplandián, con otros que los no menos fabulosos que perjudiciales libros de caballerías fingen, a los cuales vuesa merced tiene por auténticos y verdaderos, sabiendo, como es verdad, que nunca hubo en el mundo semejantes caballeros, ni hay historia española, francesa, ni italiana, a lo menos auténtica, que haga dellos mención; porque no son sino una composición ficticia, sacada a luz por gente de capricho, a fin de dar entretenimiento a personas ociosas y amigas de semejantes mentiras, de cuya lición se engendran secretamente en los ánimos malas costumbres, como de los buenos buenas. Y de aquí nace que hay tanta gente ignorante en el mundo que, viendo aquellos libros tan grandes impresos, les parece, como a vuesa merced le ha parecido, que son verdaderos, siendo, como tengo dicho, composición mentirosa. Por tanto, señor Quijada, por la pasión que Dios pasó, le ruego que vuelva sobre sí y deje esta locura en que anda, volviéndose a su tierra; y, pues me dice Sancho que vuesa merced tiene razonablemente hacienda, gástela en servicio de Dios y en hacer bien a pobres, confesando y comulgando a menudo, oyendo cada día su misa, visitando enfermos, leyendo libros devotos y conversando con gente honrada, y, sobre todo, con los clérigos de su lugar, que no le dirán otra cosa de lo que yo le digo. Y verá con esto cómo será querido y honrado, y no juzgado por hombre falto de juicio, como todos los de su lugar y los que le ven andar desa manera le tienen. Y más, que le juro por las órdenes que tengo, que iré con vuesa merced, si dello gusta, hasta dejarle en su propria casa, aunque haya de aquí a ella cuarenta leguas, y aun le haré todo el gasto por el camino, porque vea vuesa merced cómo deseo yo más su honra y el bien de su alma, que vuesa merced proprio; y deje esas vanidades de aventuras, o, por mejor decir, desventuras; que ya es hombre mayor. No digan que se vuelve a la edad de los niños, echándose a perder a sí y a este buen labrador que le sigue, que tan poco ha cerrado la mollera como vuesa merced.

Sancho, que a todo lo que mosén Valentín había dicho había estado muy atento, sentado sobre la albarda de su caro jumento, dijo:

-Por cierto, señor licenciado, que su reverencia tiene grandísima razón, y lo propio que vuesa merced le dice a mi señor, le digo yo y le ha dicho el cura de mi tierra; y no hay remedio con él, sino que habemos de ir buscando tuertos por ese mundo. El año pasado y éste jamás habemos hallado sino quien nos sacuda el polvo de las costillas, viéndonos cada día en peligro de perder el pellejo por los grandes desaforismos que mi señor hace por esos caminos, llamando a las ventas castillos, y a los hombres, a unos Gaiteros, a otros Guirnaldos, a otros Bermudos, a otros Rodamontes, y a otros diablos que se los lleven. Y es lo bueno que son o meloneros o arrieros o gente pasajera; tanto, que el otro día a una moza gallega de una venta, hecha una picarona, que me brindaba por cuatro cuartos con los que sacó del vientre de su madre, llamaba a boca llena a la infanta Galiciana, y por ella aporreó al ventero, y nos pensamos ver en un inflicto de la maldición. Y créame vuesa merced y plegue a santa Bárbara, abogada de los truenos y relámpagos, que si miento en cuanto digo, esta albarda me falte a la hora de mi muerte. Y tengo quebrada ya la cabeza de predicarle sobre estos avisos, pero no hay remedio con él, sino que quiere que aunque me pese le siga; y para ello me ha comprado este mi buen jumento y me da cada mes por mi trabajo nueve reales y de comer; y mi mujer que se lo busque, que así hago yo, pues tiene tan buenos cuartos.

Don Quijote había estado cabizbajo a todo lo que mosén Valentín y Sancho Panza habían dicho; y, como quien despierta, comenzó a decir desta manera:

-¡Afuera pereza! Mucho, señor arzobispo Turpín, me espanto de que, siendo Vuesa Señoría de aquella ilustre casa del emperador Carlos, llamado el Magno por excelencia, y pariente de los Doce Pares de la noble Francia, sea tanta su pusilanimidad y cobardía que huya de las cosas arduas y dificultosas, apartándose de los peligros, sin los cuales es imposible poderse alcanzar la verdadera honra. Nunca cosas grandes se adquirieron sin grandes dificultades y riesgos; y si yo me pongo a los presentes y venideros, sólo lo hago como magnánimo, por alcanzar honra para mí y cuantos me sucedieren. Y esto es lícito, pues quien no mira por su honra, mal mirará por la de Dios. Y así, Sancho, dame luego a la hora mis armas y caballo, y partamos para Zaragoza; que si yo supiera la cobardía y pusilanimidad que había en esta casa, nunca jamás la ocupara. Pero salgamos della al punto, porque no se nos apegue tan mala polilla.

Sancho fue luego a ensillar a Rocinante y albardar juntamente su rucio. Pero el buen clérigo, que vio tan resuelto y empedernido a don Quijote, no le quiso replicar más, antes estaba escuchando todo cuanto decía cada pieza que Sancho le ponía del arnés, que eran cosas graciosísimas, ensartando mil principios de romances viejos sin ningún orden ni concierto. Y, al subir en el caballo, dijo con gravedad:

-Ya cabalga Calaínos, Calaínos, el infante.

Y luego, volviéndose a mosén Valentín, con su lanza y adarga en la mano, le dijo con voz arrogante:

-Caballero ilustre, yo estoy muy agradecido de la merced que en este vuestro imperial alcázar se me ha hecho a mí y a mi escudero. Por tanto, mirad si yo os soy de algún provecho para haceros vengado de algún agravio que algún fiero gigante os haya hecho; que aquí está Mucio Cévola, aquel que sin pavor ni miedo, pensando matar al Porsena, que tenía cercada a Roma, puso intrépido su desnudo brazo sobre el brasero de fuego, dando muestras en el hecho de tan grande esfuerzo y valentía, cuanto las dio de corrimiento en la causa dél. Y estad cierto que os haré vengado de vuestros enemigos tan a vuestro sabor, que digáis que en buena hora me recebistes en vuestra casa.

Y, diciéndole tras esto se quedase con Dios, sin aguardar respuesta, dio de espuelas a Rocinante; y, llegan o a la plaza, en viéndole los muchachos, comenzaron a gritar:

-¡Al hombre armado, al hombre armado!

Y seguido dellos, pasó adelante a medio galope hasta que salió del lugar, dejando maravillados a todos los que le miraban.

El bueno de Sancho enalbardó su jumento y, subiendo en él, dijo:

-Señor Valentín, yo no le ofrezco a vuesa merced peleas como mi amo ha hecho, porque más sé de ser apaleado que de pelear; pero yo le agradezco mucho el servicio que nos ha hecho; por muchos años lo pueda continuar. Mi lugar se llama el Argamesilla; cuando yo esté allá, estaré aparejado para helle toda merced, y mi mujer Mari Gutiérrez sé de cierto que le besa a vuesa merced las manos en este punto.

-Sancho hermano -dijo mosén Valentín-, Dios os guarde. Y mirad que os ruego que cuando vuestro señor vuelva a su tierra, vengáis por aquí; que seréis vos y él bien recebidos, y no haya falta.

Respondió Sancho:

-Yo se lo prometo a vuesa merced; y quédese con Dios, y plegue a la señora Santa Águeda, abogada de las tetas, que viva vuesa merced tan largos años como vivió nuestro padre Abraham.

Comenzó tras esto con toda priesa a arrear su asno; y, pasando por la plaza, le cercaron les jurados y todos los que en ella estaban, por reír un poco con él; el cual, como los vio juntos, les dijo:

-Señores, mi amo va a Zaragoza a hacer unas justas y torneos reales. Si matamos alguna gruesa de aquellos gigantones o Fierablases, que dicen hay allá muchos, yo les prometo, pues nos han hecho servicio de volvernos a Rocinante y al rucio, de traelles una de aquellas ricas joyas que ganaremos y una media docena de gigantones en escabeche. Y si mi amo llegare a ser (que sí hará, según es de valiente) rey o, por lo menos, emperador, y yo tras él me viere papa o monarca de alguna iglesia, les prometemos de hellos a todos los deste lugar, cuando menos, canónigos de Toledo.

Dieron todos con el dicho de Sancho una grandísima risada, y los muchachos, que estaban detrás de todos, como vieron que los jurados y clérigos hacían burla de Sancho, el cual estaba caballero en su asno, comenzaron a silbarle y, juntamente, a tirarle con pepinos y berenjenas, de suerte que no bastaron todos los que allí estaban a detener su furia. Y así, a Sancho le fue forzoso bajar del asno y darle con el palo muy aprisa, hasta que salió del lugar y topó a don Quijote, que le estaba esperando, el cual e dijo:

-¿Qué es, Sancho? ¿Qué has hecho? ¿En qué te has detenido?

Respondió Sancho:

-¡Oh, reniego de los zancajos de la mujer de Job! ¿Cómo se vino vuesa merced y me dejó en las manos de los caldereros de Sodoma? Que le prometo, así yo me vea arzobispo de aquella ciudad que me prometió el año pasado, que me agarraron, en yéndose vuesa merced, entre seis o siete de aquellos escribas y fariseos, y me llevaron en casa del boticario, y me echaron una melecina de plomo derretido, tal, que me hace venir despidiendo perdigones calientes por la puerta falsa, sin que pueda reposar un punto.

-No se te dé nada -dijo don Quijote-, que ya vendrá tiempo en que nos hagamos bien vengados de todos los agravios que en este lugar, por no conocernos, nos han hecho. Pero ahora caminemos para Zaragoza, que es lo que importa; que allí oirás y verás maravillas.