Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo XIII

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 Capítulo XIII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote salió de Zaragoza para ir a la corte del rey católico de España a hacer la batalla con el rey de Chipre


Atormentaron tanto las trazas de la desvanecida fantasía del desamorado manchego su triste juicio y desvelado sosiego, que cuando empezaban sus ojos a tomar alguno a la madrugada, tocaron al arma de tal suerte las fantasmas de los dislates quimereados en el sentido común, que, siéndolo en todos sus miembros la alteración que, por esta causa y la que dio con ella un sueño que tuvo de que había entrado por traición en aquel castillo el soberbio Bramidán para matarle con ella más a su salvo, cogiéndolo descuidado, se levantó furiosísimo en su busca, como si realmente supiera que estaba en casa, y con la vehemente aprehensión y cólera desto iba diciendo:

-Espera, traidor, que no te valdrán trazas, estratagemas, embustes ni encantamientos para librarte de mis manos.

En esto, se puso la celada, peto y espaldar, y, tomando la adarga y lanzón, iba mirando por todas partes. Salió luego a la sala, en la cual vio claridad que salía por la puerta de un aposentillo, que, por amanecer ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de la clara aurora por ella. Entróse, ciego de rabia, en el dicho aposento, y quiso la desgracia que era el en que dormía el triste Sancho, y, como se había acostado cansado y tarde, habíase dormido medio cubierta la cabeza, junto a la cual se había dejado el grande guante que le había él mesmo encomendado y era el gaje del desafío que el rey de Chipre, Tajayunque, había hecho con él la noche antes.

Antojósele a don Quijote, en viendo el guante, que era el compañero del que él había dado en guarda a Sancho, y que el que dormía era el mismo gigante, que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se había echado a reposar hasta hallar ocasión de poder ejecutar lo que pensaba a su salvo, con muerte del mismo don Quijote. Con esta quimera, pues, le dio luego con el lanzón un terrible porrazo en las costillas, diciendo:

-Así pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. ¡Muere, vil Tajayunque, pues lo merece hacer quien, teniendo tales enemigos como tú en mí tienes, duerme descuidado!

Despertó Sancho a las voces y golpe, medio aturdido; y, apenas se sentó en la cama para levantarse y ver quién le daba tan buenos días, cuando ya don Quijote, que había arrojado el lanzón, le dio una grande puñada en los hocicos, diciendo:

-¡No hay qué levantarte, traidor, que aquí morirás!

Empezó Sancho a vocear, saltando de la cama lo mejor que pudo, y, saliendo a la sala, decía:

-¿Qué hace, señor? ¡Que ni yo he escalado el castillo ni soy sino su escudero Sancho!

-No eres sino Bramidán, traidor -dijo don Quijote-, que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero del que ayer me arrojaste cuando aplazaste el desafío.

Estaban los dos en camisa, porque don Quijote, con la imaginación vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidándose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho también salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el día que nació. La sala estaba algo escura, y como con esto y con la cólera no acabase don Quijote de conocer a Sancho, mas porfiaba en que le había de matar, y estaba tan terco en esto cuanto Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vocear y pedir socorro.

Alborotóse la casa a las voces de ambos, que eran tantas, que bien se podía llamar casa de locos, pues lo eran los principales que la regocijaban; y, saliendo de sus aposentos en camisa algunos criados para apaciguar la cuestión y ver quién la movía, fue su salida echar leña al fuego, porque en viéndolos don Quijote a todos de una librea, antojósele que eran gigantes de nuevo venidos allí por arte de encantamiento para ayudar al encantado Bramidán. Y con esta quimera empezó a jugar del lanzón por todas partes, con tanto desatino, que aquí derribaba al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan a su salvo, por haber salido sin ningunas armas, que era un juicio oír los gritos y maldiciones de los heridos. Y lo peor fue que para asegurarse de ellos, cerró tras sí el aposento de Sancho y se puso con el lanzón en la puerta de los criados, diciendo:

-¡Veamos si todos juntos, oh viles malandrines, me ganaréis la famosa puente deste inexpugnable baluarte!

Levantaba Sancho las voces al cielo llamando a don Álvaro, el cual, sospechando todo lo que podía ser, abriendo las ventanas de su aposento y tomando la espada en la mano, vestido de una ropa larga de damasco, salió con chinelas a la sala, y, pasmado de las figuras que vio y del miedo y llanto de tres o cuatro pajes suyos, y de ver que don Quijote estaba echando bravatas con el guante en la mano, se puso para apaciguar aquella tragedia al lado de Sancho, diciendo:

-¡Ea, señor don Quijote, mueran los bellacos! Que aquí estamos Sancho y yo prestos para dar la vida en servicio de vuesa merced y en defensa de su honra y en venganza de sus agravios. Pero, para que lo podamos hacer todo como deseamos, refiéranos vuesa merced luego los que ha recebido y de qué gente; que, por vida de cuanto puedo jurar, juro de tomar venganza ejemplar de sus contrarios al punto.

-¿Quiénes han de ser los míos -dijo don Quijote-, sino los descomunales jayanes, insolentes gigantes que tienen por oficio ir por el mundo haciendo tuertos, forjando desaguisados, agraviando princesas, ofendiendo dueñas de honor y, finalmente, trazando otras traiciones iguales a la que contra mi persona y valor había trazado esta noche el insolente Bramidán de Tajayunque, que, por arte de encantamiento, acompañado desos malendrines que vuesa merced ahí vee, había escalado este fuerte castillo para darme muerte a traición, medroso de la que tenía por cierto le daría yo esta tarde en la plaza del Pilar si comigo salía en la aplazada batalla? Pero no se le han logrado sus intentos, que por secreto aviso del sabio Lirgando, en cuyo castillo estuve en Ateca, y por cuyas manos recebí la salud y fuerzas que las del furioso Orlando con mil desaforadas feridas me había quitado, he sabido que había escalado esta fortaleza para cogerme a su salvo y descuidado. Pero, estándolo él, mi buena diligencia le ha cogido con el hurto en las manos y con este guante, adorno de las suyas y compañero del que tiene Sancho; y por ello las mías se han dado la debida priesa y diligencia en acabar con él. Y hiciéralo presto, si vuesa merced no saliera a enfrenar mi furia en compañía de Sancho; pero debo al uno, por mercedes recibidas, y al otro, por fidelísimos servicios, toda buena correspondencia y paga.

-¡A fe que me la dio -dijo Sancho- bonísima! Tal se la dé Dios a vuesa merced y a sus huesos. ¿Qué le deben los míos, señor, para molérmelos a palos al amanecer? Que ni yo soy Bramidán ni Parteyunques; bramidos sí que los dan todos mis miembros al cielo, cansados de verse molidos, ya en castillos, ya por caminos y ya en melonares.

-Ésa es mi queja -dijo don Quijote-, hijo Sancho. ¿Ques posible que a ti te ha ahora aporreado el desaforado Bramidán? ¡Oh, perro vil, soez y de ruin ralea, que en mi fidelísimo escudero has puesto las manos! Por todos los doce signos del Zodíaco, te juro que me lo has de pagar al momento.

Iba en esto a segundar los palos en los pajes con una furia infernal, pero, bajándose por la escalera ellos y deteniéndole don Álvaro a él, hubo de dar los golpes en vacío. Y así, con esto y con la impaciencia de Sancho que se daba a treinta mil diablos de ver que su amo, después de haberle muy bien aporreado, echaba la culpa a Bramidán, vino a decir a don Álvaro con mucha humildad don Quijote:

-En trance tan preciso, negocio tan arduo, peligro tan grave y suceso tan estraño, deme vuesa merced el consejo que le pareciere será bien siga; que no saldré dél un punto.

-Más de espacio -dijo don Álvaro- se ha de hacer la consulta de tan inaudito caso. Y así, hasta el debido tiempo y hasta saber con resolución deste mal gigante y la que ha tomado acerca de si saldrá o no a la plaza, me parece debe vuesa merced recogerse en su aposento, sin mostrarse en público para más asegurarle; que en lo demás yo haré los oficios que debo en buscarle y espiarle, y lo mismo hará Sancho por su parte, que harto por contento se debe vuesa merced tener por ahora de haberle ahuyentado y obligado a que se dejase en su poder ese guante, que será perpetuo testigo, así de su cobardía como del valor dese brazo.

Parecióle bien a don Quijote el consejo, y, sin más replicar, se entró en su aposento, adonde, volviéndose a desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoria alcanzada. Cerróle la puerta don Álvaro para más asegurarle, y, estándolo de que no podía salir, llamó a los pajes, que estaban no poco desatinados de la pesada burla, y, consolándolos lo mejor que pudo con representación de que no había que hacer caso ni que quejarse de cosas de un loco, sino guardarse dél y dellas, les mandó se vistiesen para acompañarle fuera de casa los que estaban menos descalabrados para poderlo hacer. Entróse, hecho esto, en su aposento a vestirse y mandó a Sancho trujese en él su ropa de aquel en que había dormido, porque quería le hiciese compañía y le entretuviese en él mientras se vestía, pues podría hacer él allí lo proprio. Pero estaba Sancho tan medroso, que le dijo:

-Vuesa merced perdone; que, por las encías, barras y huesos de mi rucio, le juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa que tengo en él en todos los días de mi vida, aunque sepa andarme en cueros, que más valía nuestro padre Adam y lo andaba. ¡Cuerpo de mi sayo! Habiéndome sucedido dentro lo que me ha sucedido, ¿quiere vuesa merced que en entrando vuelva otra vez mi amo hecho un Roldán y me acabe de moler por el lado derecho, como lo ha hecho por el izquierdo, para igualar la sangre, pensando que otra vez ha vuelto a revestirse en mí Partejunques? ¡Bonita ha sido la burla! Yo se la daré a vuesa merced de cuatro la una que se ponga en mi lugar, en mi cama y sufra de mi amo lo que yo he sufrido. Harto hago en no salirme luego de casa y dejarle; pero no quiero perder lo que tengo ganado por mi buena lanza (o por la mala de mi amo, que mala se la dé Dios), que es el gobierno de la primera península que conquistará, que tantos días ha me tiene ofrecido.

Rióse don Álvaro infinito de su simplicidad y miedo, y, entrando él mismo en el aposento, le arrojó afuera la ropa, la cual, tomándola Sancho bajo el sobaco, se entró con don Álvaro en su aposento, siguiéndole y vistiéndose dentro con la misma sorna que lo iba haciendo don Álvaro; pero iba diciendo tantas simplicidades todo el dicho tiempo, que, aunque duró más de hora y media el detenerse ambos dentro, se le hizo un instante a don Álvaro.

Apenas se había acabado de vestir y salir del aposento, para tratar de hacerlo de casa, con fin de ir a la de don Carlos a darle cuenta de la sucedida aventura y a reír della con él, tomando ocasión para nuevos entretenimientos del desvanecimiento de don Quijote, en materia de tener ojeriza con Bramidán, cuando vio subir por la escalera de su casa al secretario de don Carlos, autor de la burla primera, que venía de parte de su amo, bien ajeno desta, a tratar con él de una ida que a la Corte se le ofrecía de repente para concluir el casamiento de su hermana con un titular de la Cámara, deudo suyo, por cartas que, para emprenderla, acababa de recebir con un proprio. Holgóse don Álvaro con la nueva, por ser de tanto gusto para su amigo, y también porque se le ofrecía la mejor compañía que podía desear para su vuelta hasta la Corte, que pensaba hacer luego; y, después de haber hablado en este negocio y de cosas concernientes a él, le dijo:

-El mayor inconveniente que hallo para efectuar mi partida es el no saber cómo desembarazarme de don Quijote, porque es imposible, yendo con él, ir con la diligencia necesaria, pues a cada paso se le ofrecerán aventuras y historias que habrá menester muchos días para reírlas y apaciguarlas, como la que ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa del mundo, con que me ha dado tanto que reír a mí como a otros que llorar.

Y, contándosela muy por estenso, se hizo cruces el secretario del disparate, y eso mismo le dio pie para decirle:

-Antes es de importancia que demos orden, si a vuesa merced le parece, que pieza tan singular y que es tan de rey, entre por nuestra industria en la Corte para regocijarla; y eso habemos de procurar todos.

-No holgaría yo poco -dijo don Álvaro- de que él allá llegase, como fuese yendo por diferente camino, y no con nosotros, sino de suerte que hiciese el viaje a su modo con Sancho, de manera que cuando llegásemos allá, o dentro de breves días, topásemos con él para darle a conocer.

-Traza se me ofrece a mí luego -dijo el secretario- para hacer se haga todo muy a nuestro gusto, y más ahora que él está con la quimera de que Bramidán se le ha escapado de miedo por los pies. Y, para efetuarla, déjeme vuesa merced disfrazar y poner en traje de negro, que con él entraré delante de todos los de casa a darle un recado como criado del mismo Bramidán, desafiándole con él, de su parte, para que dentro de cuarenta días, so pena de cobarde, se presente en la Corte a ejecutar en ella la batalla y desafío aplazado, atento que no tiene para él por siguro este lugar, donde tiene tantos amigos, padrinos y aficionados.

Pareció tan aguda la invención a don Álvaro, que, alabando por ella al secretario, le rogó se entrase luego en su aposento para hacer el disfraz de la suerte que mejor le pareciese. Hízolo así en un instante, porque halló muy a mano en él cuanto podía desear para el efeto. Disfrazado, pues, y salido a la sala, llamó don Álvaro a todos sus criados, con uno de los cuales envió a sacar de la cocina también a Sancho, que ya estaba en ella dando buenos días a sus tripas con lo que le había ofrecido el cocinero cojo, compadecido en parte de la lástima con que le había contado los palos que su amo le había dado porque, por ilusión del demonio, le había topado en su cama en figura de Bramidán. Y subido él y puesto al lado dellos, que, no sabiendo el misterio, estaban pasmados de ver aquel hombre vestido con una ropa de terciopelo negro y, debajo della, una calza de color de obra, con bonete muy aderezado de camafeos y plumas, cargado el cuello de cadenas y joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello y el rostro tiznado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus dedos de sortijas y anillos, y estaba en fin tal, que parecía un rey negro de los que pintan en los retablos de la Adoración, dijo don Álvaro:

-Ahora que hay testigos, y tan abonados, podréis, noble mensajero, decir quién sois y lo que queréis.

-Al invicto príncipe manchego don Quijote -replicó el secretario- busco, a quien traigo una importante embajada; y sé que posa en este gran palacio.

-Sí posa -añadió don Álvaro-, y en ese cuarto le podréis hablar.

Y, abriendo luego la puerta del aposento de don Quijote, le entró en él con todos los demás, diciendo:

-Aquí tiene vuesa merced, señor don Quijote, un embajador de no sé qué príncipe.

Y, dicho esto, levantó don Quijote la cabeza y, visto el negro, le preguntó qué embajada traía y de parte de quién, diciendo todo esto con voz desentonada. El secretario respondió:

-¿Eres tú, por ventura, el Caballero Desamorado?

-Ese soy yo -replicó don Quijote-. ¿Qué es lo que quieres?

-Caballero Desamorado -dijo luego con grande boato el secretario-, Bramidán de Tajayunque, rey potentísimo de Chipre y señor mío, me envía a ti, príncipe, para que te haga saber cómo se le ha ofrecido cierta aventura e ayer acá en la corte del rey de España, a la cual no puede dejar de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarte para el desafío en la plaza mayor de Europa, y donde tengas menos padrinos que tendrías en la desta ciudad. Para aquélla, pues, te desafía y reta, con plazo de que hayas de comparecer en ella armado de todas armas dentro de cuarenta días; que allí quiere probar si todas las cosas que el mundo publica y dice de ti son verdaderas, pues confirmará tu opinión el ánimo que mostrares en no faltar a tan precisa obligación y justo reto. Donde no, irá por todos los reinos y provincias del orbe publicando tu cobardía y la poca opinión que mereces por eso. Ocasión se te ofrece de augmentarla, lo que no creo que hagas, peleando con un príncipe de las fuerzas que tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo con vitoria, serán la nobleza de España testigos de cómo quedas por legítimo rey y señor, por la fuerza de tu invencible espada, del ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás hacer gobernador de Famagusta o Belgrado, que son las dos principales ciudades suyas, a un fiel escudero que me dicen tienes, llamado Sancho Panza, proprio por su buen natural y escuderil vigilancia, para regirles, pues en ellas se crían los fértiles árboles que producen las sabrosas albondiguillas y dulces pellas de manjar blanco.

Sancho, que había estado escuchando al mensajero, haciéndosele la boca agua de oír nombrar albondiguillas y manjar blanco, le dijo:

-Dígame, señor negro (¡así tales Pascuas le dé Dios como él tiene la cara!), esas dos benditas ciudades de Buen Grado y Fambre Ajusta, ¿están pasado más allá Sivilla y Barcelona o de esta otra parte hacia Roma y Constantinopla? Que daría un ojo de la cara porque nos partiésemos luego para ellas.

-Por ventura -dijo el secretario- sois vos el escudero del Caballero Desamorado?

Él entonces, poniéndose muy derecho, haciendo piernas y aderezándose los bigotes, le dijo, con voz arrogante, soñándose ya por gobernador de Chipre:

-Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese por quien preguntas, como se echa de ver en mi filosomococía.

Aquí se le agotó a don Álvaro todo el sufrimiento de disimulación que había tenido, y hubo de volver el rostro, diciendo:

-¡Oh, mi don Carlos, y qué paso te pierdes!

Disimuló cuanto pudo con todo eso la risa, y prosiguió el secretario diciendo:

-Respóndeme con brevedad, Caballero Desamorado, porque tengo de alcanzar al gigante mi señor, que va ya camino de Madrid con mucha prisa.

-Tal se la han dado mis manos -dijo don Quijote- para no ir por la posta. Pero decilde que vaya seguro de que acudiré dentro del aplazado tiempo, que las mismas manos y bríos me terné allí que he tenido aquí esta madrugada. Pero bien hace de dilatar la batalla cuarenta días, para tener siquiera esos de vida quien la ha tenido tan jugada poco ha. Id con esto en paz, y agradeced sois mensajero, y, por serlo, tenéis salvoconducto, según buenas leyes, en todas las naciones, por más contrarias que sean; que si no, sobre mí que pagárades la traición de vuestro amo y el mal tratamiento que ha hecho a mi fiel escudero cogiéndole durmiendo.

El secretario se despidió medio riendo, y, a la que llegaba a la puerta del aposento, le llamó Sancho, diciendo:

-¡Ah, señor negro!, por los palos que dice mi amo que el suyo me dio, lo cual no creo, que me diga si el gobernador de esas ciudades, que tengo de ser yo, es señor disoluto de todas esas alhondiguillas que dice.

-Sí, hermano -respondió el secretario.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; que presto iremos allá mi señor y yo con Mari Gutiérrez, que es mi mujer, como saben Dios y todo el mundo.

-Bien podéis -dijo el secretario-; que también ha de gobernar con el que rige la tierra la mujer suya a las mujeres de Chipre.

-Pardiez -dijo Sancho-, mi mujer no sabrá más gobernar que mi rucio; y más, que si yo me empiezo a entretener entre aquellas alhondiguillas, no se me acordará más de la gobernaduría que si no naciera para ello.

Fuese el secretario; y, volviéndose al aposento de don Álvaro, se desnudó y lavó, y volvió a vestir sus vestidos, sin que los criados lo echasen de ver, porque de industria su amo los había entretenido con Sancho y don Quijote, hablando de la embajada y haciendo mil disparatados discursos y trazas sobre ella, hasta que le pareció habría tenido tiempo el secretario de hacer lo que habemos dicho hizo, y de volverse a su casa y dar cuenta de todo a don Carlos, como realmente lo había ya hecho.

Desde este día, siempre daba Sancho prisa a su amo que fuesen a Chipre, y cada mañana se levantaba con esta oración, hasta que le dijo don Quijote que no podía ir allá sin matar primero en pública batalla, en la plaza de Madrid, al gran Tajayunque, rey de aquel reino. Don Álvaro se fue a ver con don Carlos y a tratar así de la partida como de los dislates de don Quijote y de la determinación con que quedaba por la embajada del negro escudero de Tajayunque; y, concertados de que se partirían ambos con los demás caballeros granadinos amigos suyos dentro de dos días, se volvió a casa a dar calor a la partida de don Quijote, para desembarazarse dél. Llegó de vuelta a casa y habló en ella a don Quijote, y aprestando su viaje con tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de valerse de la suya don Álvaro para despedirle; porque, en viéndole, le dijo don Quijote:

-No permite mi reputación, señor don Álvaro, que me detenga más un día en esta ciudad, sino que me es forzoso salir luego della y ir a los alcances de mi soberbio contrario. Vuesa merced me tenga por escusado, si con tan pocos cumplimientos agradezco las mercedes recebidas; pero viva seguro de que por ellas tendrá en mí un alquitrán de sus enemigos, un rayo de sus émulos y mil Hércules, Héctores y Aquiles en este brazo invencible, para castigar las injurias que sólo con el pensamiento le hicieren los que mal le procuraren, aunque sean los mesmos gigantes que fundaron la torre de Babilonia, si de nuevo volviesen a resucitar sólo para ello.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-Ea, Sancho, ensilla presto a Rocinante, pues te va tanto a ti en la brevedad del negocio como a mí, por la feliz gobernación que esperas.

-Sí espero -dijo Sancho-; pero también nos espera bajo una muy buena comida, y no es razón perderla ni hacer agravio de no comerla al cocinero cojo, mi grande amigo, que por mi respecto me dijo denantes la ha aderezado con la mayor elegancia y policía que pueden imaginar cuantas imágines hay en las boticas y tiendas de todos los pintores del nuevo mundo. Y a fe que por ello le he ya ofrecido llevar a Chipre y helle allá rey de los cocineros y adelantado de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos que lo fue Platón, o Plutón, o como diablos le llaman los boticarios.

Alabó mucho don Álvaro el parecer de Sancho, y así, mandó poner las mesas por su voto; que si aguardaran el de don Quijote en esta parte, jamás se tratara de comer. Hiciéronlo todos juntos con gusto luego, dándoles una muy buena comida el cocinero, que estaba prevenido de que lo hiciese, porque aguardaba don Álvaro nuevos convidados y de consideración, si bien después se le quedó con ellos don Carlos cuando fue a visitarle, porque ya les halló con él tratando de su partida, cuya nueva se iba publicando.

Acabado de comer, ensilló Sancho a Rocinante y armó a su amo, el cual, subiendo con lanza y adarga luego a caballo, se salió de casa con una presteza increíble, despedido de don Álvaro con esperanzas de verle en la Corte, adonde le había ofrecido acudir para apadrinarle sin falta en el desafío. Enalbardó también Sancho a su jumento; y, echando en sus alforjas, por mandado de don Álvaro, los relieves de pan y carne que de la mesa habían sobrado, que no eran pocos, envueltos en una toalla, se despidió con mil aleluyas, disparates y promesas de su gobernación de Chipre, de amo y criados; y, tras esto, cargó al rucio de las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreándole aprisa para ir, como él decía, en busca de su señor don Quijote y en alcance del soberbio Bramidán.


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