Semblanza de Adolfo Bayo

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Mis contemporáneos: Semblanzas varias


ADOLFO BAYO.




 Le llaman así, no es culpa mía.

 Los contemporáneos de una notabilidad cualquiera le imponen la manera de llamarse.

 D. José Salamanca llama todo el mundo al Marqués de este nombre, como si tal marquesado no tuviera, y al Marqués de Cayo del Rey le llama San Miguel todo el mundo.

 A Bayo, á pesar de los carteles en letras de oro que anuncian en el Boulevard Haussmann, el vino blanco del Excmo. Sr. D. Adolfo Bayo, senador del reino, se le conoce por Adolfo Bayo en Madrid, y esta es buena señal, porque prueba popularidad. A nadie se le ocurre decir Mad. Bernhardt, ni nadie la llamará Mad. Damala; todos diremos Sarah Bernhardt, ó Sara á secas. (¡Y tan á secas! No la hay más seca en el orbe católico ni en el de los judíos.)

 Adolfo Bayo, pues, es el financier de que hoy me ocupo.

 El único que es á la vez banquero é industrial, el único que aspira á dejar su nombre en algo más duradero que la letra de cambio aceptada y pagada.

 Bayo es cosechero, pero cosechero de lujo. Como Rothschild, quiere tener su cru, desea que conste que emplea su dinero en la producción nacional. Estima en más una medalla en cualquier Exposición vinícola que los aplausos del Senado, al que apenas asiste, porque Bayo no ha buscado la política, la política le ha buscado á él. Es de esos senadores que busca y hace todo Gobierno conservador, porque representan intereses sólidos, macizos, producto del trabajo y de la honradez.

 Cuando algún banquero nuevo de París desea en Madrid un corresponsal serio y de indudable crédito, procura ponerse en relación con lo que aquí se llama la casa de Bayo y Tapia, ó de Tapia, Bayo y compañía, que es la casa de Adolfo Bayo, antigua, sólida, fuerte, como que viene heredándose de padres á hijos.

 Bayo es un hombre moderno que no vive sino viajando. En París se le encuentra á cada instante en el boulevard, en las cercanías de casa de Anguiz, su criado de paso. O va á Londres, ó viene de Italia, ó vuelve á Madrid, ó prepara un viaje al Pirineo.

 Y así como otros viajan por placer cuando han llegado á la altura de la fortuna, Bayo va buscando las últimas invenciones de la industria; aquí una trilladora, allá la máquina de purificar su vino especialísimo, que sólo sirve, por lo caro y exquisito, para las mesas de los grandes señores.

 El campo le seduce: cazador infatigable, hay veces en que deja los asuntos más importantes por marcharse, escopeta al hombro, á sus posesiones de Ciudad Real ó de Toledo.

 En la actualidad proyecta un ferrocarril á sus minas de la provincia de Granada: un ferrocarril que no tendrá menos de cincuenta y tres kilómetros, y mejorará mucho un puerto de embarque junto á Motril, y por consiguiente, cerca de la grande y magnífica mina de hierro, hematita y manganeso, en que Bayo tiene puestos los ojos.

 Nuestros banqueros españoles no son, por lo general, agricultores ni mineros, ni nada que se aparte de la rutina de la banca. Gastan su dinero fuera de España y no se ocupan de procurar adelantos á su país.

 Bayo es patriota de corazón. Sería dichoso viendo los campos de su país natal prósperos, merced á todos los adelantos que trae consigo la agricultura moderna. La política le parece estéril con relación al progreso material de España. Cosechero, agricultor, industrial ante todo, le gustan las situaciones conservadoras, porque las cree capaces de producir la paz, que es el trabajo, y Bayo ama el trabajo como si no fuera español, que es cuanto puede decirse en elogio suyo.

 Elegante, correcto, gran gastrónomo, gran fumador, galante sin pretensiones y franco en los negocios como pocos, podéis tratar con él á ojos cerrados, que no es poco en los tiempos que corren. Un Gobierno conocedor de los hombres y de las cosas, en lugar de haber dado á Bayo un asiento en el Senado, le hubiera confiado una de esas direcciones en las que se puede hacer mucho por la agricultura y por la industria. Precisamente los hombres que no necesitan ni el sueldo ni las filtraciones que muchos encuentran en él, son los llamados á hacer algo desinteresadamente por su país.

 Pero estos ricos que pueden votar un día lo que á los Gobiernos convenga, son los llamados á perder su tiempo en sesiones de esas muy brillantes páralos anales de la oratoria, pero muy infructuosas para el fomento de los intereses nacionales.

 Si Bayo hubiera sido osado, ó parlanchín, ó entrometido, podría haber sacado partido de su nombre y de su crédito para apoderarse de algún alto cargo cuando han mandado los suyos.

 Es un hombre serio, independiente, fier, como dirían los parisienses, y su actitud es relativamente pasiva.

 No importa; la estimación de sus contemporáneos la tiene; en la alta banca es consideradísimo; y como cosechero, lo ha juzgado no hace muchos días un artista francés, el cual, al beber una copa de ese sabroso vino blanco dorado, que da tan grandes ideas á las imaginaciones meridionales, me decía:

 — ¡Amigo mío, el que produce este vino merece la consideración .... internacional!

 Sin hacer un vino tan exquisito, la merecía ya este financier gentleman, á quien me complazco en dar lugar preferente en estas páginas.


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