Siluetas parlamentarias: 12

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


JOSÉ MANUEL ESTRADA[editar]


La palabra, como el número, tiene dos valores: uno absoluto y otro relativo. Del primero, poco ó nada se preocupan nuestros oradores.

Quiero decir que suele no ser selecto ni mucho menos el vocabulario de las mas bellas arengas de la oratoria argentina.

Como los artistas de la palabra escrita, los de la oral solo se preocupan de la estructura musical de los períodos, de la construcción elegante de la frase, y de corte final de cada párrafo.

Pero no escogen el yeso con que han de hacer las molduras y adornos del frontispicio de un discurso.

Comoquiera que la solidez oratoria mas depende del fondo y de la forma interna, como mas conexión con la forma externa tiene la belleza del discurso, bueno es no olvidar la importancia de cada vocablo dentro del párrafo en el cual se le hace jouer son róle.

Nadie ignora, en primer lugar, que la forma externa de la oratoria emana de dos órdenes de cualidades personales: las literarias y las físicas.

O sea, espresión del pensamiento por medio del lenguaje, é interpretación del discurso mediante la presencia, la voz, la pronunciación, el gesto y los ademanes del orador.

Y ni la cláusula será clara, pura, precisa, pero ni tampoco enérgica ó agradable, si se procede á destajo en la elección de las palabras.

Como el estilo saldrá defectuoso y la pronunciación incorrecta si los vocablos no encajan bien en la frase, ó sí no dan á ésta un tinte adecuado á los medios físicos del orador.

¿Y el plan?.... ¿y el fondo?... ¿no son movimiento y vida del discurso cuyo organismo visible es la forma externa?

Una sola palabra desluce, á veces, todo un discurso como el mamarracho de cualquier pintor de marcos de ventanas puede echar á perder la majestad de un palacio.

O como el ricacho guarango que deja a la miseria un tapiz riquísimo, cuadrándolo con cielo raso de lona, ó con un alfombrado imposible.

Leida ó escuchada, la frase del orador arrobará el ánimo con el deleite que toda belleza inspira.

Los pensamientos parecerán de mayor estatura bajo el vistoso ropaje oratorio, como esas mujeres cuya elegancia sufre las oscilaciones del tocado que ostentan.

Pero disloquemos la frase, cortemos el hilo de tan espléndido collar, y quedará en el hueco de la mano un puñado de vocablos vulgares... Pierraille! pas de brillants!

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Un distinguido y cáustico escritor, refiriéndose á las conferencias históricas de Estrada, dijo en cierta ocasión:

— Las palabras son mas grandes que los personajes, y los párrafos mas complicados que los acontecimientos.

Era una caricatura, no un retrato.

Y sobre la realidad hay un cincuenta por ciento de premio en la caricatura.

La verdad es que la oratoria de Estrada reviste singularísimos caracteres.

Hay en su frase magistral mucho de seductor y de imponente, sin que se perciban las huellas del buril literario que ha dado forma al pensamiento del artista.

Pocos párrafos del Diputado católico acusan especial esfuerzo de construcción. No son frases compuestas de vocablos: son palabras que, por si solas, constituyen cláusulas perfectamente modeladas, sin necesidad de complicaciones literarias, sin abuso de la lima, y sin dislocación de las ideas.

Agréguese á semejante habilidad la no menos envidiable de saber escoger las palabras susceptibles de alcanzar la máxima tensión sonora al ser emitidas por la voz grave pero flexible de Estrada, y de recibir el empuje avasallador de la mímica, al par moderada y vigorosa, que completa el efecto oratorio de sus discursos.

Tampoco explota los filones poco accesibles á los resortes naturales de su elocuencia. Por lo menos, hace lo de la chispa eléctrica: recorre, no el camino mas corto, sino el mas fácil.

Conoce, por ejemplo, que su elocución, severa como las lineas de un templo gótico, no trasmitiría fielmente la delicadeza de las pasiones mas tiernas del corazón humano.

Y en vez de atacar directamente las notas agudas del sentimiento, combina melodías de su estenso registro patético, y regularmente produce igual sino mayor efecto que el deseado.

Se concibe que un hombre, dotado de tan famosa destreza, no se preocupe gran cosa de la simetría del periodo, ni de la contextura de la frase.

Sus combinaciones mas sencillas suelen reflejar mayor brillo, aunque muchas veces no tengan la profundidad de las expresiones concisas de Avellaneda.

Vocablos de uso corriente, palabras de lujo, voces técnicas y términos anticuados, —todo es oportunamente destilado á través de la vigorosa pronunciación del ceñudo orador, cuyos medios oratorios son bastante poderosos para no dejar que decaiga el interés de su auditorio, y para imprimir indeleblemente en los cerebros las frases de mayor profundidad é intenso brillo.

Después, la dialéctica temible del orador católico, que bajo la carne dogmática de sus discursos, oculta el esqueleto de acero de su argumentación silogística.

Las matemáticas de la lógica escolástica le son á tal punto familiares que, sin otro instrumento, ajusta los raciocinios hasta dar á los discursos la apariencia de una sola pieza, difícil de desmembrar.

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En la cátedra, Estrada hace gala de un criterio analógico de primer orden, esboza enumeraciones tan sobrias como completas, impone por el gesto y amedrenta al discípulo con sus formidables guerrillas científicas.

En la academia, sabe dar colorido tal a sus imágenes, desnuda tan maestramente sus sentimientos, que su voz se convierte en el estimulante mas poderoso de las fibras sensibles del auditorio.

En la tribuna, conexiona hábilmente la frase con el tono para producir una pirotecnia de sorprendentes efectos. De esos tres géneros de oratoria, conserva el recuerdo de sus oyentes, expresiones breves y vibrantes.

Por ejemplo, esta nota de indignación, emitida delante de los que condenaban el acto oficial que lo separó del profesorado:

«Con los fragmentos de las cátedras rotas por el despotismo, haremos tribunas para combatir á los tiranos!»

Se creería escucbar el grito airado de un convencional retratado por Timón.

¡Cuanta melancolía encierra, por el contrario, la siguiente frase, relativa á las escenas brutales de la tiranía de Rosas!...

«Recuerdo haberlas presenciado, en mi primera niñez, como se recuerda un sueño en que nos atormentan juntos la fantasía y el terror!»

Y esta gradación de una conferencia histórica: «Tres cosas son imposibles, dice uno de nuestros libros sagrados: seguir las huellas de la serpiente sobre las piedras, las de la nave sobre las aguas, y las del pájaro en los aires. Hay una, empero, imposible: seguir los pasos del hombre en su mocedad... Hay otra imposible también: seguir la marcha de los pueblos en revolución!» En sus lecciones, no son menos abundantes esos relámpagos de elocuencia.

Decía de los conquistadores del Perú y de Méjico, comparándolos con los que vinieron á nuestras playas:

«Aquellos fueron los últimos retoños de la vitalidad caballeresca de la España de la Edad Media. Eran los nietos del Cid, con su espada de fuego, el corazón de acero y la fibra templada en el diapasón del romance antiguo!..... Al Rio de la Plata solo vinieron los halcones del Emperador Cárlos Quinto.»

Retratando á don Pedro de Mendoza, exclamaba: «No habia nacido para mandar héroes....... El verdadero caudillo se asemeja al marino, que vive de agrias voluptuosidades en la inmensa y tormentosa mar!»

Admirándose ante el esfuerzo colosal de los patricios de 1810, decía:

«Solo aquella mano que levantó á Lázaro del sepulcro, solo aquellos labios que promulgaron la justicia divina en las colinas de Jerusalem, han podido infundir la sangre nueva y las aspiraciones robustas de la democracia, en pueblos que nacieron envueltos en el sudario!»

Disertando sobre la milicia, terminaba: «En el siglo de los Moltkes no renacerán los Bayardos.»

Sobre la imprenta: «Guttemberg ha destruido la raza de Omar!»

Comentando el artículo 29 de la Constitución Nacional: «Mirémosle con respeto!.... Está escrito con la sangre de nuestros hermanos.»

Y como ejemplo de condensación del pensamiento en su frase, reproduciré la siguiente:

«La humanidad vive en universal dependencia; todos los hombres dependemos unos de otros: unos por ordenación gerárquica, otros dependen reciprocamente por comunión solidaria de determinados intereses. Solo es posible llegar á la completa independencia, no obstante esas leyes normales de la vida, en virtud de dos condiciones: ó por una robustez extraordinaria de carácter, ó por la ruptura de todos los vínculos sociales. Es decir, por uno de estos dos estremos: ó por la suprema moralidad, ó por la mas ínfima desmoralización. La plena libertad pertenece á los que ocupan los puntos estremos en la escala moral: los que tocan en las nubes, ó los que se revuelven en el fango: los cedros ó los hongos!»

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Estrada es una de las figuras descollantes de la Cámara de Diputados.

Doblemente adversario del ilustrado doctor Leguizamón, cuya reciente pérdida lamentan el Parlamento y la República, Estrada profesa con intransigencia, que poco desplegó el malogrado Diputado entreriano, sus principios políticos y religiosos.

Es capaz de disputar sobre un detalle con el mismo calor con que preconiza sus teorías y defiende su credo.

No sé si deba atribuir esa táctica á la naturaleza de su criterio, habituado al análisis de menor cuantía, por razón de su método didáctico.

En clase, tenia el sistema de acorralar al alumno dentro de una pregunta minuciosa é inmensurable, ó de arrinconarlo en un detalle improvisado, con el solo objeto de ejercitar las fuerzas racionales del discípulo y aún de sus compañeros.

Recuerdo que gastó dos sesiones esprimiendo con tan fatigosa gimnasia intelectual toda la ilustración de un estudiante amigo mió, con una esfinge de este calibre:

— ¿Por qué ha de separarse al Poder Judicial del Ejecutivo, existiendo tanta conexión entre las funciones de ambas ramas del gobierno? Dos horas empleó el alumno exponiendo doctrinas, combinando principios, acumulando citas y enredando la gruesa madeja del Derecho Constitucional.

Y al final de cada párrafo, cuando el disertante hacia una pausa como aguardando la señal de que habia sido descifrado el enigma, el sério catedrático se limitaba á decir:

— Sí, pero hay conexión.

Aquello era interminable. Al fin, el estudiante soltó prenda, solicitando la clave de aquel endiablado rompe-cabezas.

— Pues es muy sencillo: de que haya conexión no se deduce que haya identidad!


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