Siluetas parlamentarias: 14

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


ABSALÓN ROJAS[editar]


De Rojas podría decirse lo que Johnson decía de Goldsmith: Sus conocimientos zoológicos apenas si le permiten distinguir un caballo de un toro; y como el mismo, es capaz de sostener á capa y espada, contra la evidencia de sus propios sentidos, que mastica moviendo la mandíbula superior. Tan ignorante y falto de preparación en todas las materias es el Senador por Santiago del Estero! Pero, eso sí, le sobra audacia; y parodiando al diputado Tagle que en un tribunal defendiendo á su cliente afirmaba que, le chorreaba la justicia, me permito decir que á Rojas le chorrea una charla descosida, en la que no se sabe qué admirar mas, si la insolencia con que la derrama en presencia de ilustraciones como del Valle, ó la tolerancia con que le escuchan actores y espectadores.

No recuerdo, en todo lo qué llevo de oir y leer tantos desatinos, un hombre que se le iguale á Rojas en punto á incompetencia para abordar las mas triviales cuestiones. Todos sus discursos se parecen como una gota de agua sucia á otra idem: la misma tela burda, el mismo giro y hasta las mismas palabras, asi para hablar de los muertos como de los vivos.

No parece sino que este spécimen de orador tuviera por único bagage literario una cantidad limitada de voces, de las cuales usa y abusa en sus tiradas parlamentarias, que ciertamente nada valen y que solo pueden figurar al lado de las producciones de Candelario y Bibolini.

Rojas ignora totalmente el porqué de ciertos fenómenos y no sabría esplicar á qué debe el milagro de tenerse en dos pies.

Siente los efectos, pero no conoce las causas. Si del Valle abandonara su natural benevolencia y se tornara en cáustico por solo una sesión, nos ofrecería el risible espectáculo de ver á Rojas intentando salirse del recinto por no serle posible dar la razón de sus frecuentes mociones. «En qué se funda el señor Senador»? Esta pregunta daria lugar al incidente cómico mas gracioso que registran los anales parlamentarios.

Rojas no atinaria á responder, ni siquiera á iniciar un monosílabo: diria que porque sí, ó tomaria el portante.

Y es esta rara avis la que ha merecido el alto honor de sentarse durante dos períodos en la Cámara de Diputados y actualmente estirarse muy orondo en una butaca destinada á los padres conscriptos. Suerte te dé Dios, que el saber poco te importa!

He hojeado con anhelo, para no librar mis juicios á las traiciones de la memoria, todos los libros de actas del Congreso Argentino desde que Rojas se inició como Diputado; y del estudio comparativo y pacienta que he hecho de su vida parlamentaria resulta, perfectamente comprobado esto, que es por demás singular: Rojas ha dicho las mismas palabras, alternando lo de arriba con lo de abajo y vice-versa, espresando análogos pensamientos á propósito de diferentes materias y situaciones diversas con una regularidad que seria digna de leer si se tratara de un vasto plan determinado; pero que refiriéndose á otras materias, acusa pobreza suma é ignorancia supina, en quien como él nada ha sido parte á modificar durante nueve años de gimnasia al lado y en contacto con hombres cuyas conversaciones familiares bastarían por si solas para nutrir á espíritus inteligentes.

Rojas no ha abierto un libro, y me atrevo á decir que no conoce ni por las tapas á los antiguos y modernos autores. En cuanto a literatura, vive en el limbo; de derecho federal no entiende de la misa la media; de economía política, ni jota; y de ciencias naturales se veria en bárbaros aprietos para esplicar la composición del aire.

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He debido traer estos antecedentes para entrar á juzgar la personalidad de Rojas bajo su doble aspecto de miembro del parlamento y de hombre político. Es necesario que el lector conozca el sujeto, ó mejor dicho la materia prima, de la cual voy á servirme para modelar sus contornos, á fin de que no se atribuya á invenciones inspiradas por la pasión lo que en el fondo no es sino la espresión de la verdad.

Rojas, para ser Diputado el año de 1877, transó, ó mas bien se humilló á los que meses antes lo habían combatido sin cuartel con los elementos oficiales.

Sus ímpetus demagógicos se tornaron en genuflexiones para con los que mandaban; y entró en la trama indigna y cruel de decretar prisiones y destierros para los opositores que, fuertes en su derecho y munidos de elementos invencibles, se proponían concurrir á las elecciones.

Es de ese modo que Rojas franqueó las puertas del Congreso. A no ser este cambio de conversión, habria seguido el rol de demagogo, á que se prestan su carácter y la raza á que pertenece. Producto de una combinación fisiológica bien marcada, sua actos son el reflejo de un temparamento nervioso y sus ideas en política son vagas, sin reglas, sin tendencias, sin definición, á manera de confuso torbellino al capricho de la fuerza y la astucia.

Sin el tutelaje oficial que aceptó con mengua de su dignidad de ciudadano, estaria hoy, como estuvo antes, tentando el vado á sus pretensiones de agitador que jamas hubiera alcanzado porque le falta, entre otras cualidades, el valor colectivo ó personal.

Un hombre de principios no solo no habria aceptado un nombramiento de Diputado, que no fué otra cosa lo que entonces se hizo, sino que hubiera protestado con altura por los atentados que se cometieron con una oposición moderada y eminentemente popular, compuesta de los elementos sanos de todos los partidos confundidos en un propósito noble y patriótico, cual era el de reaccionar contra el antiguo régimen de los gobiernos personales.

Rojas vio con ojos de complacencia las urnas desiertas de ciudadanos hábiles y ocupadas por piquetes de línea, y a la juventud dorada de la Provincia de Santiago rodeando las fronteras del suelo natal para buscar pan y reposo en estrañas playas.

¡Cuan accesible es asi el camino de las altas posiciones; pero qué vergonzoso es ocuparlas á precio semejante!

Uncido al carro del oficialismo en 1877, Rojas ha continuado sumiso á las órdenes superiores, sin iniciativa propia, porque no puede tenerla quien carece de ideas. En el Congreso ha sido un instrumento pasivo, un recipiente que aceptaba á fardo cerrado todo cuanto convenia depositar al partido que lo contaba en sus filas.

Se trataba de una moción atentatoria del reglamento ó de las prácticas parlamentarias, y era Rojas quien se encargaba de formularla, previa lección y examen del verdadero autor que se cuidaba de no jugar su reputación en partidas peligrosas.

Fué Rojas el que en 1879 hizo la moción de que se considerara con preferencia el dictamen de la minoría que aconsejaba la aceptación de varios Diputados. Por supuesto que la idea no fué suya, sino del doctor Plaza, que la presentó al juicio de sus muchos amigos de causa como la única fórmula que podria darles la mayoría que buscaban. Ninguno quiso cargar con la responsabilidad moral del acto. Solo Rojas, que tenia sed de figurar, se encargó de hacerla, pero con la condición espresa de que otros la sostendrían.

Así fué: Rojas formuló la moción, como quien dice, tiró la piedra y escondió la mano, y otros, los que tenían conciencia ó ilustración, la sostuvieron con el calor de sus convicciones.

Es lo cierto, sin embargo, que esa moción, en la que no tuvo mas parte que la da emisor inconsciente, le ha valido la posición que actualmente tiene y que, aunque no es envidiable por el lado de los honores, lo es en cambio por el de la renta que le produce.

Con esa moción, Rojas ha esplotado el rico filón de los puestos públicos, haciéndose reelegir siempre oficialmente y como una imposición que trajo consecuencias funestas para el entonces Gobernador Gallo.

Su elección de Senador que, aunque es historia antigua, no por eso he dejar de consignar lo que con este motivo ocurrió.

Actores y testigos del hecho me lo han referido, y puesto que juzgo al político, justo es que entre al dominio de la critica lo que á tal le corresponde.

Intervenida la provincia de Santiago por el Gobierno Nacional, tres fracciones se unieron para constituir una situación sobre bases regulares.

Según el pacto formulado bajo los auspicios del Interventor, las tres fracciones, como una garantía recíproca, debían estar representadas por partes iguales en la Legislatura, estableciéndose asimismo que ésta no podía producir ningún acto mientras aquella condición no estuviese llenada; porque hay que tener presente que Rojas se habia asegurado una mayoría al favor de la intervención que le fué visiblemente protectora.

Aceptado el pacto, Rojas se comprometía, y con él sus amigos, á renunciar sus puestos para dar lugar á la nueva Legislatura bajo la base de la igualdad de elementos.

Tan solemne promesa no podia sospecharse que fuera burlada.

Entre gallos y media noche, Rojas reunió la Legislatura y se hizo elegir Senador al Congreso Nacional.

Y yo digo y lo dirá todo el que tenga nociones de moral política: ese hecho es una afrenta para el que lo comete; esa acción no es correcta ni aún entre los cafres que respetan la palabra empeñada; ese acto merece la reprobación universal y es lo bastante para poner fuera da la ley social á sus autores y cómplices.

Si los Códigos han silenciado en esa parte; la conciencia individual, el honor de todo aquel que lleva un rostro humano y la vindicta pública misma, han previsto y condenado siempre acto tan indigno.

No hay causa que atenúe un proceder tal.

El hambre, la miseria, los compromisos políticos, nada, en fin, puede primar sobra el honor empeñado. Es preferible vivir del jornal que del producto de la infamia.

Si la habilidad en política estriba en mentir faltando á la fé jurada, yo la maldigo porque entonces no será una ciencia sujeta á leyes y principios respetados y profesados por hombres libres.

Roto el principio moral que debe existir en toda sociedad organizada, desaparecerla también la razón de su existencia como colectividades, y el desorden y el caos serian el patrimonio de la humanidad.

De estos recursos echó manos Rojas para venir al Senado de la Nación y desempeñar el rol pasivo de una individualidad sin brillo, sin iniciativa y sin nada que lo distinga del común de las gentes.

Qué pocas satisfacciones intimas sentirá cuando se recoja dentro de sí mismo!

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Del Senado, Rojas pasa al Gobierno de Santiago, siempre oficialmente y empleando idénticos medios que los que le dieron sus antiguos procedimientos, con una circunstancia agravante, que para preparar su candidatura ha sido necesario resucitar escenas de sangre que comenzaron con el bárbaro sacrificio de José Arrizola y terminaron con una larga lista de hachos igualmente criminales.

Para ninguno de todos estos crímenes que la República conoce, Rojas ha tenido siquiera una palabra de condenación. Ha visto impasible la ruina de Santiago, ha consentido la perpetración de delitos punibles, ha aplaudido y aun aconsejado asaltos á mano armada con una impudencia que nunca le será perdonada.

Director de una situación política, á su sombra todas las instituciones han recibido el último golpe de muerte.

Ni la justicia ha salvado de las garras del oficialismo imperante.

Nada lo ha arredrado y nada lo arredrará, mientras solo esté sujeto al castigo moral, única arma legal que los pueblos esgrimen contra los que abusan en la vida pública de estos países, en donde los funcionarios son en el hecho, aunque no ante el derecho, irresponsables.

Si Rojas creyera que detrás de una de sus malas acciones hay una mano lista para ahogarlo, retrocedería espantado; pero ante la reprobación universal, ante el castigo moral, que para él son cosas sin sentido, sigue impertérrito el camino de sus ambiciones personales.

La audacia de Rojas corre parejas con su ignorancia. Es audaz como los niños que cuentan con la benevolencia de los mayores.

No aceptará nunca un lance personal; no lo ha provocado jamás. Cuanto ha dicho ó hecho ha sido en virtud de la impunidad ó cuando ha estado con las espaldas bien guardadas.

El dia que Rojas sienta ó tema que puede perder un ojo á consecuencia de una de sus malas acciones, lo hemos de ver cambiar de conducta.

Lo que él mezquina es su bestia, que lo que es de su alma nada se le importa.

El castigo moral, el desprecio de la gente honrada, los fallos justicieros de la historia, —todo eso no le preocupa.

Pero el dolor de la carne, la idea de la muerte, la venganza de una injuria.... ¡Oh! eso le hará temblar.

Rojas no tiene una conciencia que le reclame cuando contraría los preceptos eternos de la verdad y de la justicia.

Hé ahí la razón de su audacia.

Si no fuera una herejía científica, yo diria que á Rojas le falta corazón, y que el movimiento de diástole y sístole que constituye la vida en los seres organizados, se opera en él de una manera especial.

Ya que no es posible dar á lo anterior carta de ciudadanía ni siquiera metafóricamente, permítaseme al menos afirmar que el corazón de Rojas está atrofiado, encallecido, seco como el de los célibes, y que muy poco, ó nada, debe esperarse de su gobierno en la Provincia de Santiago.


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