Sin rumbo: 31

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


- XXXI -[editar]

Al tumulto de los ladridos, de esos ladridos ensañados y furiosos de los perros de campo cuando se acerca gente, los peones, desconfiando que algo extraordinario sucedía, se levantaron.

Varios bultos salieron, se asomaron de los ranchos, silenciosamente, entre la sombra, a ver...

Y mientras en la puerta de la habitación del mayordomo una luz aparecía, Andrés, rodeado de la jauría, como llevándose todo por delante, pasó de galope y fue a sujetar en la misma entrada de su casa:

-¡Vd., señor! -exclamó, al reconocerlo, acercándose Villalba.

Y sorprendido de verlo así: «qué le ha pasado?» preguntó.

-Nada, qué me ha de pasar... que su gente es más amarga que los zapallos cimarrones, que me he azotado al arroyo y que me he salvado gracias a ramas...

-¿Pero, cómo?

-Eso, vaya y pregúnteles a ellos... A ver -prosiguió, brutalmente, después de un corto instante de silencio-, qué está mirándolo a uno ahí con la boca abierta... muévase y abra, que no me encuentro dispuesto a pasar aquí la noche.

Sin atinar en su asombro a explicarse lo que todo aquello significaba, el mayordomo azorado corrió a su casa, trajo un manojo de llaves y abrió:

-Hágame encender luz arriba y, vd., tenga la bondad de esperarme -díjole Andrés al entrar.

Subió un momento después.

Inquieto y agitado, en cinco minutos se cambió de ropa y bajó de nuevo al comedor donde Villalba lo aguardaba.

-¿Qué novedades tiene que comunicarme? -inquirió de éste.

La hora tanto y tan ardientemente anhelada por él había llegado. Le sería dado saber por fin.

Y sin embargo, allí, en aquel instante, pendiente de las palabras de aquel hombre, cuyos labios iban a rasgar el velo de sus angustiosas dudas, una extraña cobardía, un miedo, una aprensión ajena al duro temple de su alma, bruscamente lo acometió.

Habría querido, contra las impulsiones de su propia voluntad, persistir en su cruel incertidumbre, prolongar una situación que mirara antes como un tormento insoportable, diferir, dejar para más tarde, postergar al día siguiente, indefinidamente, acaso, las revelaciones de las que hacía depender ahora su suerte, su porvenir, su vida entera y que acababa de provocar con su pregunta.

Y la voz, al formularla, le temblaba y sentía y oía al hablar los latidos vertiginosos de su corazón, como un redoble en el pecho, la trepidación de una máquina lanzada a todo vapor.

Sencillamente el otro, en su tranquilidad de empleado viejo, acostumbrado a rendir cuenta del ejercicio de sus funciones, empezó a ocuparse de la estancia, de la marcha del establecimiento, del estado, de las haciendas y de los campos.

La parición de otoño en las ovejas dejaba algo que desear; tenía señalados unos ocho mil corderos, apenas; pero había vuelto a echar los padres en Abril, estando en ese entonces el carneraje alentado todo y con ganas de trabajar, lo que le hacía esperar un resultado mejor para la primavera.

El frío del otro invierno los había atrasado muy mucho en Octubre.

Lo mismo la del vacuno, se anunciaba bien por hallarse los campos muy lindos y la hacienda gorda.

Algunas vacas andaban ya con ternerito.

Él creía que, salvo el caso de un temporal, Santa Rosa o San Francisco, con la ayuda de Dios el año iba a ser bueno.

Paseándose intranquilo, parado por momentos frente a la chimenea, los ojos en las claras llamaradas del fuego que acababa de encender Villalba, Andrés sumido en la preocupación exclusiva y profunda de su espíritu, escuchaba al empleado sin atender, sin comprender lo que éste le decía.

Las palabras llegaban hasta él en la acción puramente maquinal de sus sentidos. Iban a herir su tímpano como un ruido indiferente y vago, como suena en el oído el tumulto confuso de una calle durante las horas de agitación y de labor.

Y sabiendo que trataba Villalba de la estancia, que se ocupaba en hablar de los intereses cuya guarda estaba a éste encomendada, mal habría podido decir en el estado de obsesión moral que lo embargaba, si era favorable o adverso lo que su mayordomo le anunciaba.

Bruscamente, interrumpiéndolo:

-¿Y, nada nuevo entre su gente? -oyó con asombro que él mismo a pesar suyo preguntaba, como si saliera su voz de lo profundo de un pozo, como si una fuerza prodigiosa, alguien en él que no era él, ciega y fatalmente lo impulsara.

Un instante, recapacitando, tratando de recordar, el otro guardó silencio:

-Nada, señor; no ha habido cambio alguno en el personal. Todos, interesados y mensuales, siguen prestando como antes sus servicios.

¿Acaso no era tiempo todavía?...

Mentalmente contó Andrés los meses, los días, recordó la hora de siesta de una de esas tardes ardientes de Noviembre, el año anterior, en el puesto, cuando por primera vez tuvo a Donata.

Estaban, ahora, a fines de Agosto, sin embargo...

Y las ideas se agolparon en su mente; mil suposiciones diversas y contrarias.

¿Le había mentido por ventura, se había fingido encinta de él, ella misma al anunciárselo se equivocaba, como se equivocan las mujeres en presencia de ese eterno misterio de la fecundación?

¿Alarmada, por temor al padre, algo insensato había ideado, alguna yerba, alguna droga, algún brebaje, había tomado haciéndose abortar?

Una china vieja vivía allí cerca, fuera del alambrado, una especie de partera o curandera; nada imposible que hubiese ido a verla Donata, que en su estúpida ignorancia, hubiese cometido por consejo de aquella algún monstruoso atentado.

¿O era que Villalba, preocupado solo de la cuestión de dinero, de hablar de ovejas y de vacas, descuidaba, omitía decirle, lo que se hallaba a mil leguas de pensar, aquel imbécil, que pudiera interesarle?

Perplejo, sin saber qué creer ni qué pensar, se extraviaban sus ideas, su cabeza se perdía en un dédalo de conjeturas, y experimentando entonces la necesidad de quedarse solo, despidió a su mayordomo.

Pero éste, al retirarse y cerca ya de la puerta, con el gesto de quien de pronto recuerda algo, se volvió:

-¡Ah! señor -exclamó-, olvidaba decirle que ño Regino se nos va.

-¿Por qué? -tuvo apenas fuerza para articular Andrés estremecido, sintiendo que lo que aún le quedaba de sangre en el cuerpo afluía como una oleada a su cerebro.

-Porque anda en la mala el pobre. La hija hizo una trastada; se la embarazaron, libró ahora días y ha muerto de sobreparto.

Un golpe de maza asestado a traición no habría hecho en Andrés el efecto de estas palabras.

Estupefacto, fulo, inmóvil, toda corriente de vida pareció haberse agotado en su organismo.

Sin ni siquiera llegar a sospecharlo, el mayordomo tranquilamente siguió hablando:

-Desde entonces anda sin sombra, el viejo; vd. sabe señor que es hombre aseado en sus cosas... El bochorno por un lado y por el otro, el mucho apego que le tenía a la muchacha...

Quiere salir del pago; dice que aquí no se resuelve a estar y que se va para afuera con la nietita.

-¿Vive, entonces?

-¿La criatura? Sí, señor: Ña Felipa, la partera, es quien la tiene desde que murió la madre.

-¿Y, no sabe ño Regino quién es el padre? -interrogó Andrés, vibrando la voz en su garganta, encendiéndosele el rostro, relampaguéandole los ojos en un cambio repentino, algo como una resurrección instantánea a la plenitud de la existencia.

-No señor, creo que lo ignora, que nunca se lo quiso decir la hija. Algún cachafaz, algún diablo, a la cuenta... No ha de andar lejos que sea el mismo peoncito que tenía.

Y concluyendo de formular su pensamiento:

-Si éstas patrón son como hacienda -agregó Villalba con gesto de hombre convencido-, conforme cualquiera las atropella, ahí no más se echan.

-¡El padre de esa criatura soy yo, sépalo vd., sépanlo todos, imbéciles! -vociferó Andrés fuera de sí, diciendo a gritos su paternidad, como haciendo alarde de proclamarla a voz en cuello y como si al desvanecer así las sombras acumuladas en torno de la cuna de su hija, hubiese querido a la vez acallar de un golpe las murmuraciones de los otros, poner una mordaza a aquella chusma.

-Mañana mismo, temprano, al amanecer, mande vd. atar mi carruaje y que inmediatamente me traigan a mi hija en él.

Conmovido por el intenso sacudimiento que acababa de sufrir, vaga, extraviada la mirada, los músculos contraídos, los labios tiesos, desencajado el semblante, con el gesto anonadado de quien ha visto caer un rayo junto a él, largo rato se dejó estar Andrés de pié en el medio del cuarto, una vez que hubo salido el mayordomo.

Insensiblemente se dirigió luego a la escalera y subió.

Un temblor lo estremeció, una repentina sensación de chucho al penetrar en la atmósfera glacial de su aposento.

Tiritaba friolento, helado el cuerpo, mientras como al calor de una hoguera sentía que se le abrazaba la cabeza.

Volvió los ojos hacia el lado de la estufa, se acercó, se agachó, en un ademán de autómata dio fuego a la leña que en aquella había sido preparada y, de nuevo puesto en pie, empezó a andar con paso desigual y vacilante por la pieza.

Iba y venía encogiéndose, doblado en dos, dando diente contra diente. Se tanteaba nerviosamente el pecho, las espaldas, la cintura, paseaba sus dedos agitados y febricientes sobre los brazos en cruz, se llevaba las manos a la frente, se la apretaba como queriendo impedir que saltara en mil pedazos, hachada por el dolor.

Lo aturdía un zumbido ensordecedor en las orejas, el repique simultáneo de mil campanas, las ideas se revolvían en su cabeza como barridas por un soplo de remolino: su hija, el arroyo, Donata, el frío, todo se agitaba, se mezclaba, fugaz, informe, confundido, sin que, en la inconsciencia que poco a poco lo invadía, atinara Andrés a abarcar una sola noción distinta de los hechos.

Al fin, semejante a un hombre que, agobiado bajo el peso de la carga que sus espaldas no pueden resistir, tropieza y rueda por el suelo, tambaleando, fue a dar contra la cama y cayó abrumado sobre ella.

Incapaz ya de pensar, de sentir, de sufrir, inerte, un sueño de plomo cerró sus ojos.

Y como si la frágil corteza de la carne, pequeña para tanto, débil para resistir la violencia de tamaños sacudimientos, se hubiera roto en él, como si la tremenda crisis por que acababa de pasar Andrés, sus angustias, sus quebrantos, su zozobra, hubiesen determinado un desequilibrio mortal en su organismo, la vida sensacional pareció abolida de aquel cuerpo; habríase dicho, en las contracciones repentinas y fugaces de su musculatura, que apenas la otra, la vegetativa persistía, tal cual persiste en el cadáver de los ajusticiados largo rato aun después de la ejecución.


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