Sin rumbo: 38

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


- XXXVIII -[editar]

La tía Pepa lo esperaba a comer con la niñita.

Fue, de parte de ésta, un coro de lamentos, de exclamaciones y preguntas, al verlo entrar así, todo mojado:

-¡Pobrecito Papá, pobrecito! ¿Tenés frío, tenés nana?

Se agitaba, se empeñaba en traer la ropa, los botines, todo el ajuar de sus muñecas para que su padre se cambiara.

En la mesa, quiso por fuerza sentarse sobre las rodillas de Andrés, comer en su mismo plato, darle ella misma los bocados, volviéndose a cada instante, pasándole las manitas por la cara, por la barba, besándole los ojos, llenándolo de caricias con esa gracia exquisita y suave, con esa delicadeza encantadora inherente a la mujer en los primeros años de la infancia.

Nunca se había mostrado Andrea tan extremosa con su padre, nunca su afecto instintivo de criatura había tenido mayores ni más francas efusiones.

-Es tarde ya y la noche se ha puesto destemplada y fría. Llévesela a dormir, señora, acuéstela, no sea que se nos vaya a enfermar, que el cambio brusco de la temperatura le haga daño...

Y, tomando entre sus manos la cabeza de la niñita después que hubo cargado a ésta la tía Pepa y besándola en la frente con inefable fruición:

-Buenas noches mi angelito querido, mi tesoro, Dios me escuche y te conserve -exclamó Andrés enternecido, suspirando.

Retirado al escritorio, del que había hecho su aposento desde el nacimiento de Andrea, largo rato, a pesar del cansancio que sentía, revolviéndose en la cama, desasosegado, calenturiento, en vano trató de conciliar el sueño.

¿Era un triste presagio lo que así lo conmovía, una de esas intuiciones misteriosas, la voz del corazón que no engaña anunciándole alguna desgracia, alguna horrible desgracia?

Pero... ¿qué... qué le podía suceder a él... qué motivos tenía para alarmarse, para recelar del porvenir?

¿No vivía feliz, rico, a cubierto de la miseria por lo menos, tranquilo y contento al lado de su hija, gozando al verla crecer sana, fuerte, linda, ufano de sus encantos, soberbio, orgulloso de decirse padre de aquel ángel?

Sí, cierto... era cierto todo eso... pero... ¡pero podía dejar de serlo!...

Y, en el estado de eretismo nervioso que había llegado a apoderarse de él, el mismo sordo malestar, su temor, sus aprensiones de siempre lo asaltaron, el vago y confuso terror latente en él, que llegaba por momentos a amargarle hasta los besos y las caricias de su hijita.

En un esfuerzo sin embargo, trató de reaccionar contra esas locas ideas, se las reprochaba como una vergonzosa cobardía, se decía que era nimio, absurdo lo que pensaba, como se dice a los niños que no es nadie el cuco que los asusta.

Se apocaba, se deprimía, empeñado en persuadirse.

¿Cuándo era que había visto él más allá de sus narices, cuándo había atinado a prever nada?

Bastaba que en las mil vicisitudes en las mil alternativas de la existencia se hubiera anticipado a los sucesos, predicho algo, un acontecimiento, un hecho cualquiera del dominio físico o moral, para que saliesen erradas sus conjeturas, y resultase lo contrario precisamente de lo que había pensado o calculado.

¿Temía que su hija se enfermara, se muriera?

No podía adquirir indicio más seguro de que iba a vivir sana largos años...

¡Sí, eran realmente insensatos y pueriles sus sobresaltos!...

En medio de la oscuridad y del silencio de la noche, oía el golpe sordo de la lluvia chocando contra los vidrios, el silbido triste del viento al deslizarse rozando las paredes de la casa y las altas aristas del techo de pizarra.

Pensó en el contratiempo de la tormenta, tan luego al concluir la esquila, en el agua que seguía; debía ser fría, la sentía venir del lado del sud...

Miles de ovejas podían quedar tendidas en el campo, podían ser enormes los perjuicios.

Era eso, a no dudarlo, lo que lo tenía afectado y mal dispuesto... esa y no otra en el fondo la razón de su desvelo.

Una pérdida, una contrariedad cualquiera en sus negocios lo impresionaba ahora como si se tratase de una cuestión de vida o muerte...

Era estúpido, ridículo afectarse por semejantes pequeñeces...

¡Bah! unos cuantos miles de pesos más o menos... no sería por eso ni más, ni menos feliz su Andrea.


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