Sin rumbo: 42

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


- XLII -[editar]

El resto del día se siguió sin alteración notable en el estado de Andrea.

La fiebre persistía, elevada, intensa; la debilidad, la ronquera, la sofocación de la voz eran constantes, llegando a ratos hasta una afonía completa.

La niñita lloraba, hablaba, se quejaba; nada se percibía, ningún sonido hería el oído.

Pero estos accidentes se modificaban en los golpes de tos. La voz volvía, la respiración se despejaba, un alivio coincidía con la remoción de las secreciones catarrales que Andrea tragaba o arrojaba por la boca.

De tiempo en tiempo, le cauterizaba el médico la garganta, la obligaba a tomar una cucharada de bebida, un segundo vomitivo fue ordenado; la acción de la naturaleza era así secundada por el auxilio de la ciencia.

Pálido, abatido, desfigurado, acusando haber sufrido en pocas horas lo que solo es posible sufrir en largos años, permanecía Andrés al lado de su hija, sin apartarse de ella un solo instante, sin querer salir del cuarto, rehusando alimentarse, reposar, dormir.

La tía Pepa empeñada en persuadirlo, en consolarlo, lo exhortaba.

¿Qué ganaba con afligirse así; sanaría por eso la chiquita?

Él mismo podía enfermarse y sería mil veces peor. Por ella, pues, ya que no en obsequio propio, debía mostrarse razonable.

Invocaba la opinión del médico, apelaba a su testimonio. Las criaturas no se criaban sin tener enfermedades, sin sufrir ellas también.

¡Cómo había de ser!... alguna vez había de tocarle a la pobrecita, quién no pasaba trabajos en la vida. Dios los mandaba, ¡no había más que conformarse!

Al fin, ante las repetidas instancias de la señora, consintió Andrés en beber un poco de caldo.

Salió luego por pedido del médico, a tomar un momento el aire con éste, a fumar juntos un cigarro.

El cielo había empezado a despejarse; el pampero soplaba fresco y seco; las nubes, apuradas, se cortaban, corrían unas tras otras como queriendo alcanzarse; iban al este, a las sombras, a la noche, mientras el sol, brillando en el ocaso, parecía mirarlas soberbio de su triunfo.

De vez en cuando, el médico y Andrés cambiaban una palabra.

Era una pregunta del padre, del padre que poseído de la idea de un desenlace fatal, ¡extraña contradicción! buscaba sin embargo pábulo a su esperanza, a una esperanza que no tenía, como, aun al pie del cadalso, mira el condenado a muerte si le llega su perdón.

Duraba mucho el crup, en cuánto tiempo mataba, y ese alivio, esos desahogos repentinos que se observaban en la respiración, ¿debía ser bueno, eso?... ¿qué significaban, denotaban una disminución del mal, podían ser considerados como un síntoma propicio, o eran otras tantas engañosas alternativas durante el curso de la cruel enfermedad?

En la embarazosa situación en que se hallaba, midiendo el alcance de sus palabras, haciendo sus salvedades, sus reservas, trataba el médico de reanimar el abatido espíritu de Andrés.

Sin ocultar el estado grave de la niñita, afirmaba que no era un caso desesperado, que podía ésta sanar, la fiebre declinar de un momento a otro, que esas bruscas remisiones de la sofocación eran provocadas a veces por la expulsión total de las falsas membranas, de la laringe y de la traquea, y que una creciente y franca mejoría solía desde entonces declararse.

El silencio caía de nuevo, pesado y triste. Ambos continuaban caminando, haciendo crujir bajo sus pies la tosquilla de los caminos:

-¿Cómo va la nenita, patrón? -preguntó una voz a espaldas de ambos.

Era Villalba. Humildemente se había detenido a la distancia, descubierto.

-Como el diablo, por morirse...

-¡No ha de querer Dios! ¿Sabe que hemos andado medio mal, patrón, causa de la tormenta? -agregó al cabo de un momento con gesto embarazado y zurdo, revolviendo el sombrero entre sus manos-, han sido con demasía las pérdidas; el tendal de ovejas muertas ha quedado por el campo... el agua tan por demás fría y los pobres animales recién pelados, por fuerza tenían que engarrotarse...

Para peor, una punta grande de vacas ha enderezado a los alambres y se ha azotado al arroyo, ahogándose muchas de ellas.

-Y eso, ¿a mí qué me importa, qué me lo viene a decir? ¡a ver cómo no se mueren todas!...

¡Imbécil!... como para ocuparse de vacas estaba él...


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