Studiorum ducem

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​Studiorum ducem​ (1923) de Pío XI
Traducción de Wikisource de la versión oficial latina
publicada en Acta Apostolicae Sedis vol. XV, pp. 309-326.


ENCICLICA


A LOS VENERABLES HERMANOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS Y OTROS ORDINARIOS LOCALES, EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA: EN EL SEXTO CENTENARIO DEL DECRETO DE CANONIZACIÓN DE TOMAS DE AQUINO

PÍO XI
VENERABLES HERMANOS
SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

Confirmando mediante Carta Apostólica[a] cuanto estaba establecido en el Derecho Canónico[b], hemos ordenado que se tenga a Tomás de Aquino como principal guía de la sagrada juventud en los estudios de las disciplinas superiores. Acercándose ahora el día en que se cumple el sexto centenario del momento en el que fue inscrito en el número de los santos, se nos presenta una hermosa ocasión para inculcar más esto mismo en el ánimo de los nuestros y exponerles de qué modo podrán avanzar en la escuela de tal Doctor. Puesto que la verdadera ciencia y la piedad, que de todas las virtudes es compañera, están unidas admirablemente entre sí, y siendo Dios la misma verdad y bondad, no bastaría ciertamente para obtener la gloria de Dios y la salvación de las almas -fin principal y propio de la Iglesia- que los sagrados ministros estuviesen bien instruidos en el conocimiento de estas cuestiones, si no estuvieran también dotados en abundancia de las correspondientes virtudes. Ahora bien: esta unión de la doctrina con la piedad, de la erudición con la virtud, de la verdad con la caridad, fue verdaderamente singular en el Doctor Angélico, al cual se le atribuyó como distintivo del sol, porque al tiempo que da a los entendimientos la luz de la ciencia, enciende las voluntades con la llama de la virtud. Parece que Dios, fuente de toda bondad y sabiduría, quiso mostrar en Tomás cómo estas dos cosas se ayudan recíprocamente, y cómo el ejercicio de la virtud dispone a la contemplación de verdad, y, a su vez, la meditación de la verdad hace más puras y perfectas las mismas virtudes. Porque el que vive íntegro y puro y con la virtud refrena sus pasiones, libre ya de este gran impedimento, podrá elevar más fácilmenet su espíritu a las cosas celestiales más fácilmente, penetrar mejor en los profundos arcanos de la divinidad, según las palabra del mismo Tomás “Antes es la vida que la doctrina; porque la vida conduce a la ciencia de la verdad"[1], y si el hombre pone todo su empeño en conocer las cosas que están sobre la naturaleza, por esto mismo se sentirá no poco incitado a la vida perfecta; pues no podrá llamarse árida o inerte, sino atractiva, una ciencia cuya belleza atrae y arrebata hacia sí a todas las cosas.

Son éstas las enseñanzas, Venerables Hermanos, que nos proporciona este solemne centenario; pero, para hacerlas más claras, pensamos tratar brevemente de la santidad y doctrina de Tomás de Aquino y mostrar cuántas ventajas pueden sacar de este argumento, tanto todo el orden sacerdotal, especialmente los jóvenes del clero, como todo el pueblo cristiano.

Todas las virtudes morales fueron poseídas por Tomás en el más alto grado, totalmente asociadas y entrelazadas entre sí, pues, como él mismo expresa, se unieron “en la caridad, la cual da la forma a los actos de todas virtudes” [2]. Si investigamos después las características propias y particulares de esta santidad, encontraremos en primer lugar aquella virtud, la castidad, por la cual Tomás pareció asemejarse a las naturalezas angélicas, por la cual, habiéndola conservado intacta en una peligrosísima prueba, fue digno de que su cintura fuese ceñida por los ángeles con místico cordón. A una pureza tan eximia se unió en él el desinterés por los bienes terrenos y el desprecio de los honores; y sabemos cómo venció con suma constancia la obstinación de sus padres, que querían mantenerlo a toda costa en la vida cómoda del siglo, y cómo después, ofreciéndole el Sumo Pontífice las sagradas ínfulas[c], lo rogó que no le impusiese tal peso, para él formidable. Pero el principio distintivo de la santidad de Tomás es el que Pablo ha llamado el lenguaje de la sabiduría[3]; esto es, aquella llamada doble ciencia -adquirida e infusa-, con la cual nada concuerda mejor que la oración y la caridad para con Dios.

En cuanto a la humildad, que Tomás puso como fundamento de todas sus demás virtudes, se manifestó en él al ponerse en las acciones de la vida cotidiana bajo la obediencia de un hermano lego, y no menos se revela esta virtud en la lectura de sus escritos, que respiran toda reverencia hacia los Padres de la Iglesia; y “así como él tuvo en suma veneración a los antiguos Doctores, así pareció heredar de todos ellos la inteligencia”[4]. Esto mismo se ve claramente al haber empleado para el triunfo de la verdad todas las fuerzas de su divino ingenio, sin buscar para nada la propia gloria. Y así como los filósofos, con frecuencia, se proponen como meta la propia fama, él, por el contrario, procuró, al enseñar su doctrina, obscurecerse a sí mismo, precisamente para que resplandeciese por sí la luz de la divina verdad. - Por lo tanto, esta humildad, unida con la limpieza del corazón, de la cual hemos hablado, y con una gran asiduidad en las santas plegarias, hacía el ánimo de Tomás dócil y blando, tanto para recibir como para seguir los impulsos e iluminaciones del Espíritu Santo, en lo cual consiste la substancia de la contemplación. Y, para impetrarlos de lo alto solía con frecuencia abstenerse de todo alimento y pasar las noches enteras en continua oración, y de cuando en cuando, con el ímpetu de una ingenua piedad, apoyar su cabeza en el tabernáculo del augusto Sacramento y dirigir de continuo sus ojos y su espíritu dolorido a la imagen de Jesús Crucificado, que fue el gran libro donde aprendió todo lo que sabía, como él mismo manifestó a su amigo, San Buenaventura; de modo que podría decirse de Tomás lo que se dijo de su santo padre y legislador Domingo, que no hablaba sino de Dios y con Dios. Su sabiduría. Y así como solía contemplar todo en Dios como causa primera y último fin de todas las cosas, le fue fácil seguir, tanto en las enseñanzas de su “Suma Teológica” como en su vida, una y otra ciencia, que él define así: “Por la sabiduría adquirida mediante el estudio humano se alcanza el recto juicio de tas cosas divinas, según el uso perfecto de la razón. Pero hay otra que desciende de lo alto y que juzga de las cosas divinas por una cierta connaturalidad con ellas; y ésta es un don del Espíritu Santo, por el cual el hombre se hace perfecto en las cosas divinas, y no sólo las aprende, sino que las siente además en sí mismo"[5].

Acompañada de los otros dones del Espíritu Santo, esta sabiduría derivada de Dios por infusión en Tomás, fue en continuo aumento al par de la caridad, señora y reina de todas las virtudes. Para él era doctrina certísima que el amor de Dios debe crecer siempre en nosotros, “según el divino precepto: Amarás a Dios tu Señor con todo tu corazón porque todo y perfecto son la misma cosa… Fin del precepto es la caridad, como nos enseña el Apóstol[6], pero, en el fin no se pone medida alguna, sino solo en las cosas que sirven al fin”[7]. Y ésta es la causa por la cual la perfección de la caridad cae bajo precepto; porque ella es el fin al cual todos deben tender según su condición. Y así como el “efecto propio de la caridad es que el hombre tienda a Dios uniendo a Él sus afectos, para que viva, no ya para sí, sino para Dios mismo”[8], vemos cómo en Tomás el amor divino, juntamente con aquella doble sabiduría, aumentó sin cesar, hasta producir en él el olvido perfecto de sí mismo; tal que, habiéndole dicho Jesús Crucificado: Tomás, has escrito bien de Mí, y habiéndole preguntado: ¿Qué premio deseas por tu obra?, él respondió: A Ti solo, Señor. De donde, estimulado por la caridad, empleábase asiduamente en favor de los demás, escribiendo buenos libros, ayudando a sus hermanos en sus trabajos y despojándose de sus propios vestidos para socorrer a los pobres, y hasta restituía a los enfermos la salud, como sucedió en la Basílica Vaticana, donde predicó en la solemnidad de la Pascua, cuando libró súbitamente de un inveterado flujo de sangre a una mujer que había tocado el borde de sus hábitos

¿Y dónde se encontró claro que en el Doctor Angélico este llamado por Pablo lenguaje de la sabiduría, siendo así que a él no le bastó instruir la mente de los hombres, sino que con todo ahínco procuró excitar sus voluntades al amor del gran Amor, que es la causa de todas las cosas? “El amor de Dios es el que infunde y crea la bondad en las cosas”[9], afirma él con frase sublime, y, tratando de los misterios uno a uno, no se cansa nunca de ilustrar esta difusión de la divina bondad. “Es propio, dice, de la naturaleza del Sumo Bien comunicarse a sí mismo en sumo grado; y esto lo ha hecho Dios máxime en la Encarnación[10]. Y nada demuestra tan claramente este poder, no menos de su ingenio que de su caridad, como el oficio que compuso del augusto Sacramento; y cuánto amor tuvo él en toda su vida a la Eucaristía. Lo declaró con las palabras que profirió al morir, antes de recibir el Santo Viático: Ya te recibo, precio de la redención de mi alma, por amor del cual estudié, no dormí y trabajé.

Después de estas breves indicaciones respecto a las grandes virtudes de Tomás, será más fácil comprender la excelencia de su doctrina, que tiene en la Iglesia una autoridad y valor admirables. Nuestros predecesores la exaltaron siempre con unánimes alabanzas. Alejandro IV no dudó escribirle: “Amado hijo, Tomás de Aquino, hombre excelente por nobleza de nacimiento y honestidad de costumbres, que por gracia de Dios adquirió un verdadero tesoro de ciencia y doctrina”. Y después de su muerte, Juan XXII pareció querer canonizar a un mismo tiempo sus virtudes y su doctrina, al pronunciar, hablando a los Cardenales en Consistorio, aquella memorable sentencia.

. "Iluminó la Iglesia de Dios más que ningún otro doctor: y más provecha el que estudia un año en sus libros que el que sigue en todo el curso de su vida las enseñanzas de los otros".

La fama, por tanto, de su inteligencia y sobrehumana sabiduría hizo que Pío V lo inscribiese en el número de los doctores y le confirmase el título de Angélico. Por lo demás, ¿qué hecho demuestra más claramente la estima en que la Iglesia ha tenido siempre a tan gran doctor, que el haber sido puestos sobre el altar por los padres tridentinos sólo dos volúmenes, la Escritura y la Suma Teológica, para inspirarse en ellos en sus deliberaciones? Y para no traer aquí la serie de los innumerables documentos de la Sede Apostólica acerca de este asunto, se mantiene falizmente en nuestra memoria como se restableció la enseñanza del Aquinate por la autoridad y la solicitud de León XIII; este mérito de tan ilustre predecesor Nuestro es tal, como dijimos en otra ocasión, que bastaría por sí sólo para darle gloria inmortal, aun cuando no hubiese hecho o establecido otras sapientísimas cosas. Siguió sus huellas Pío X, de santa memoria, especialmente en el Motu proprio Doctoris Angelici[d], donde encontramos esta hermosa sentencia: “Después de la feliz muerte del Santo Doctor, no se tuvo en la Iglesia Concilio alguno donde él no estuviese presente con su preciosa doctrina” y más cerca de Nosotros, Benedicto XV, nuestro llorado predecesor, más de una vez mostró la misma complacencia; y a él se debe la promulgación del Código de Derecho Canónico, donde se consagran el método y la doctrina y los principios del Angélico Doctor[11]. Y Nos, al hacernos eco de este coro de alabanzas, tributadas a aquel sublime ingenio, aprobarnos no sólo que sea llamado Angélico, sino también que sea llamado Doctor Común, es decir de la Iglesia universal, puesto que su doctrina ha sido hecha suya por la Iglesia, como se confirma con muchísimos documentos. Y como sería demasiado largo exponer aquí todas las razones aducidas por nuestros predecesores acerca de tal argumento, bastará que Nosotros mostremos que Tomás escribió animado del espíritu sobrenatural de que vivía, y que sus escritos, donde se diseñan los principios y las reglas de las ciencias sagradas, deben juzgarse de naturaleza universal. En efecto, al tratar de las cosas divinas en sus enseñanzas y escritos dio a los teólogos un luminoso ejemplo de la estrechísima relación que debe haber entre los estudios y los sentimientos del alma. Y así como puede decirse que no tiene noticia exacta de un país lejano el que no conoce su disposición ni ha vivido en él por algún tiempo, así ninguno podrá adquirir conocimiento exacto de Dios con la diligente investigación científica solamente, si no está, además, en perfecta unión con Dios. A esto precisamente tiende toda la teología de Tomás: a conducirnos a vivir una vida íntima con Dios, Y así como cuando era niño en Montecasino no se cansaba de preguntar: ¿quién es Dios?, del mismo modo en los libros que compuso acerca de la creación del mundo y acerca del hombre, y de las leyes, y de las virtudes, y de los Sacramentos, en todos trata de Dios como autor de nuestra eterna salvación.

Por esto, tratando acerca de las causas que hacen estériles los estudios, como son la curiosidad, el desmedido deseo de saber, la cortedad del ingenio, la aversión al esfuerzo y a la perseverancia, le parece que no hay otro remedio que la disposción al trabajo, reforzada por el ardor de la piedad procedente de la vida del espíritu. Realizando los estudios sagrados con la dirección de una triple luz: la recta razón, la fe infusa y los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan la inteligencia, ninguno poseyó esta luz en más abundancia que él; porque después de haber empleado en las cuestiones difíciles todas las fuerzas de su ingenio, imploraba de Dios la explicación de las dificultades con ayunos y humildísima oración; y Dios solía escucharlo con tanta benignidad, que alguna vez mandó al mismo Príncipe de los Apóstoles a enseñarle. Por esto no es extraño que, al acercarse al fin de su vida, alcanzase tan alto grado de contemplación, que las cosas por él escritas le parecían paja, y decía que no podía escribir más; así tenía fijas ya en el pensamiento las verdades eternas, de modo que no deseaba otra cosa que ver a Dios. Pues éste, como Tomás mismo enseña, es el fruto que debe sacarse principalmente de los estudios: un grande amor de Dios y un gran deseo de las cosas eternas.

Al mismo tiempo que con su ejemplo nos enseña cómo debemos portarnos en los diversos estudios, nos da firmes y estables preceptos para las disciplinas particulares. Y ante todo, ¿quién mejor que él explicó la naturaleza y la razón de la filosofía, sus partes y la importancia de cada una? Véase con cuánta perspicacia demuestra la conveniencia y el acuerdo de los varios miembros que forman el cuerpo de esta ciencia. “Al sabio -dice- corresponde ordenar. Y la razón es que la sabiduría es principalmente perfección de la razón, a la cual corresponde conocer el orden; porque si bien los sentidos conocen algunas cosas de modo absoluto, el orden entre unas y otras solamente lo conocen el entendimiento y la razón. Así, según los diversos órdenes que la razón considera hay diversas ciencias. El orden que la razón produce al considerar el propio acto pertenece a la filosofía racional (o sea a la Lógica), que propiamente considera el orden de las partes del discurso entre sí y el orden de los principios, ya entre ellos mismos, ya respecto de las conclusiones. A la filosofía natural (o sea a la Física) corresponde el estudiar el orden de las cosas que la razón humana considera, pero no crea; y así en la misma filosofía natural comprendemos también la Metafísica. El orden de las acciones voluntarias se considera en la filosofía moral, la cual se divide en tres partes: la primera, que considera las operaciones del individuo en orden al fin, y se llama Monástica; la segunda considera las operaciones de la multitud doméstica, y se llama Económica; la tercera, considera las operaciones de la multitud civil, y se llama Política[12]. Todas estas partes de la filosofía las trató Tomás diligentemente, cada una según su propio modo, comenzando por las que están más estrechamente unidas con la razón humana y subiendo gradualmente a las más remotas, hasta detenerse, por último, “en el vértice supremo de todas las cosas”[13].

Tomás nos enseña de la potestad o el valor santo de la mente humana: “Nuestro entendimiento conoce naturalmente el ser y las cosas que pertenecen al ser en cuanto tal y sobre este conocimiento se funda la noción de los primeros principios”[14]. Doctrina que destruye radicalmente las opiniones de aquellos filósofos recientes que niegan al entendimiento la percepción del ser, dejándole sólo la de las impresiones subjetivas: errores de los que se sigue el agnosticismo, tan vigorosamente reprobado en la Encíclica Pascendi[e].

Los argumentos con los cuales Tomás demuestra la existencia de Dios, y que Él es el mismo ser subsistente, son todavía hoy, como en la Edad Media, las pruebas más válidas; clara confirmación del dogma de la Iglesia, proclamado en el Concilio Vaticano e interpretado egregiamente por Pío X con estas palabras: “Dios, como principio y fin de todas las cosas, puede reconocerse y demostrarse con certeza por medio de la luz natural de la razón, por las cosas creadas, o sea, por las obras visibles de la creación, como por los efectos conocemos ciertamente las causas”[15]. Y su metafísica, aunque muchas veces y aun ahora acerbamente impugnada, mantiene todavía toda su fuerza y esplendor, como el oro que ningún ácido puede alterar; y añade con razón nuestro mismo predecesor: “No puede alejarse uno de Tomás, especialmente en la metafísica, sin grave daño”[16].

Nobilísima entre las humanas disciplinas es, ciertamente la filosofía. Pero, según el actual orden de la Divina Providencia, no podemos, en realidad, llamarla primera, porque no abraza el entero conjunto de las cosas. Tanto al principio de la Suma contra los gentiles, como en el de la Suma Teológica, Tomás demuestra la existencia de otro orden de cosas superior a la naturaleza, y que excede a la virtud misma de la razón, el cual el hombre no hubiera podido conocer jamás, si la Bondad Divina no se lo hubiese revelado. Es el campo donde domina la fe, y esta ciencia de la fe se llama Teología, que se encontrará más perfecta en el que tenga conocimiento más profundo de los documentos de la fe, y al mismo tiempo más alta y completa la facultad de filosofar. Ahora bien: no podemos dudar que la Teología ha sido elevada al más alto grado por el Aquinate, habiendo él poseído perfectamente los divinos documentos de la fe, y estando dotado de un genio agudo admirablemente dispuesto para filosofar. Por lo tanto, Tomás, no sólo por su doctrina filosófica, sino también para el desarrollo de esta disciplina, es, en nuestras escuelas, el principal maestro. En efecto; no hay parte alguna de la Sagrada Teología que él no haya mostrado felizmente la extraordinaria riqueza de su inteligencia. Ante todo estableció sobre propios y genuinos fundamentos la apologética, al definir bien la distinción que existe entre las cosas de la razón y las cosas de fe, entre el orden natural y el sobrenatural. Y por esto el sacrosanto Concilio Vaticano, cuando definió que algunas verdades religiosas pueden conocerse naturalmente, pero que para conocerlas todas y sin error se necesitó, con necesidad moral, que fuesen reveladas, y que para conocer los misterios fue absolutamente necesaria la divina revelación, se sirvió de los argumentos tratados, no por otros, sino por Tomás, el cual estableció que el que se dedica a la defensa de la doctrina cristiana debe mantener firme este principio: “Asentir a las verdades de la fe no es ligereza, aunque sean superiores a la razón”[17]. En efecto, se demuestra que si bien las cosas de la fe son arcanas y obscuras, sin embargo, las razones que inducen al hombre a la fe son claras y manifiestas, porque “el hombre no creería si no viese que las cosas deben creerse”[18]. Y añade también que la fe, lejos de ser un impedimento y un yugo servil impuesto a la humanidad, debe estimarse, por el contrario, como un beneficio máximo, puesto que ella es en nosotros “un principio de la vida eterna”[19].

La otra parte de la Teología, que se refiere a la exposición de los dogmas, la trata Tomás con una riqueza enteramente especial; y no encontramos ninguno que haya penetrado más a fondo o expuesto más cuidadosamente los augustísimos misterios de la fe, tales como los que pertenecen a la vida íntima de Dios, al secreto de la predestinación eterna, al gobierno sobrenatural del mundo, a la facultad de conseguir su fin concedida a las criaturas racionales, a la redención del género humano, efectuada por Cristo y continuada por la Iglesia y los Sacramentos, dos medios que osn llamados Doctor Angélico “vestigios de la Divina Encarnación”

Estableció además una sólida doctrina teológico-moral, válida para dirigir todos los actos humanos al fin sobrenatural del hombre. Como perfecto teólogo, asigna no sólo a los individuos en particular, sino a la sociedad doméstica y civil, las normas seguras de la vida, en lo cual consiste la ciencia moral, económica y política. Así, en la segunda parte de la Suma Teológica son excelentes las cosas que enseña con relación al régimen paterno o doméstico, al legítimo régimen estatal, ciudadano o nacional, al derecho natural y al derecho de gentes, a la paz, a la guerra, a la justicia y al dominio, a las leyes y su observancia, al deber de atender a las necesidades privadas y a la prosperidad pública; y todo esto, tanto en el orden natural como sobrenatural. Preceptos que si fuesen santamente guardados e inviolados en privado y en público, y en las mutuas relaciones entre las naciones, no haría falta más para obtener entre los hombres "la paz de Cristo en el reino de Cristo"[f] que todo el inundo ansía. Por esto es muy de desear que se conozcan cada vez mejor las doctrinas que enseña el Aquinate referentes al derecho de gentes y a las leyes que establecen las relaciones entre los pueblos, puesto que contienen verdaderos fundamentos para la llamada Sociedad de las Naciones.

No tiene menos mérito su doctrina ascética y mística, porque reduciendo toda la economía moral a la razón de virtud y de dones, establece esta doctrina y la tal economía, según las diversas clases de hombres, tanto los que quieren vivir según las reglas comunes, como los que se proponen conseguir la perfección cristiana de su espíritu en un doble género de vida, la activa y la contemplativa. El que quiera conocer hasta dónde se extiende el precepto del amor de Dios, cómo aumentan en nosotros la caridad y los dones del Espíritu Santo anejos, cómo se diferencian entre sí los distintos estados de la vida, cuáles son el estado de perfección, el estado religioso, el apostolado y cuál es la naturaleza de cada uno, u otros puntos de la Teología ascética o mística, debe consultar principalmente al Angélico Doctor.

En todo lo que escribió tuvo sumo cuidado de poner por base fundamento las Sagradas Escrituras. Manteniendo firmemente que la Escritura en todas y cada una de sus partes es palabra de Dios, exige su interpretación según las mismas normas que establecieron nuestros predecesores, León XIII en la encíclica Providentissimus Deus, y Benedicto XV en la Encíclica Spiritus Paraclitus; partiendo del principio que “el Espíritu Santo es autor principal de la Sagrada Escritura…, al paso que el hombre fue solamente el autor instrumental”[20], no permite que nadie oponga alguna duda a la autoridad histórica de la Biblia; y del fundamento del significado de las palabras, es decir, del sentido literal, saca él las abundantes riquezas de sentido espiritual, cuyo triple sentido, alegórico, tropológico[g] y anagógico[h] suele exponer con la máxima precisión.

Finalmente, nuestro santo tuvo el don y privilegio singular de poder traducir las enseñanzas de su ciencia en las oraciones e himnos de la liturgia, llegando a ser de este modo e1 poeta y el alabador máximo de la Divina Eucaristía. Así, la Iglesia católica, en todas las partes del mundo y entre todas las gentes, se sirve y se servirá siempre con todo celo en los ritos sagrados de los cantos de Tomás, que exhalan el fervor sumo del alma suplicante y contienen al mismo tiempo la expresión más exacta de la doctrina tradicional respecto al augusto Sacramento, que principalmente se llama Misterio de fe. Pensando en esto, y recordando el elogio ya citado del mismo Cristo, nadie se maravillará de que se le haya dado también el título de Doctor Eucarístico.

De lo que llevamos dicho, sacamos estas consecuencias oportunísimas para la práctica. Primero, es preciso que los jóvenes en particular tomen por modelo a santo Tomás y procuren imitar con toda diligencia las grandes virtudes que en él resplandecen, especialmente la humildad y la pureza. Aprendan de este hombre, grande por su ingenio y doctrina, a enfrentar todo movimiento de orgullo del propio ánimo y a implorar humildemente sobre sus estudios la abundancia de la luz divina. Aprendan también de tal maestro a huir con todo esfuerzo de los halagos de los sentidos, para no tener que contemplar después la sabiduría con ojos entenebrecidos. Porque esto lo enseñó él en su vida con su ejemplo y lo confirmó con su magisterio: “Si alguno se abstiene de los deleites corporales para atender más libremente a la contemplación de la verdad, esto pertenece a la rectitud de la razón”[21]. Por ello nos advierte la Sagrada Escritura: La sabiduria no entrará en el alma malévola, ni habitará en un cuerpo vendido al pecado[22]. Por lo tanto, si la pureza de Tomás en el peligro extremo a que se vio expuesta, hubiese sido menoscabada, podemos pensar que la Iglesia hubiera perdido su Doctor Angélico. - Y viendo a la mayor parte de los jóvenes, seducidos por los halagos del placer, mancillar tan pronto su pureza y entregarse a los deleites de los sentidos, Nosotros, Venerables Hermanos, con toda premura os recomendamos que propaguéis por todas partes, y especialmente entre los alumnos del clero, la sociedad de la Milicia Angélica, fundada para conservar y custodiar la pureza bajo la tutela de Tomás, y confirmamos todas indulgencias pontificias con que fue enriquecida por Benedicto XIII y otros de nuestros predecesores. Y a fin de que cada uno más fácilmente se anime a dar su nombre a esta Milicia, concedemos licencia para que aquellos que de ella formen parte puedan llevar, en lugar de cíngulo, una medalla bendita colgada al cuello, que tenga en una cara la imagen de santo Tomás, rodeada por una corona de ángeles, y en la otra la de la Nuestra Señora, Reina del Santísimo Rosario.

Habiendo sido proclamado santo Tomás patrono de todas las escuelas católicas, por haber unido en sí mismo una doble sabiduría, la que se adquiere con la razón y la que nos infunde Dios, y habiendo unido, al resolver las cuestiones más difíciles, la oración con el ayuno y tenido como libro principal la imagen de Jesucristo, aprenda de él la juventud consagrada a Dios a ejercitarse en los mejores estudios para sacar de ellos el mayor fruto. Los miembros de las familias religiosas deben mirarse como en un espejo en la vida de Tomás, que rehuso los grados de dignidad, aun elevadísimos, para así poder ejercer una perfecta obediencia y morir en la santidad de su profesión. - Todos los fieles cristianos tengan también en el Doctor Angélico un ejemplo de la más tierna devoción hacia la augusta Reina del Cielo, cuya salutación angélica recitaba él con tanta frecuencia y su dulce nombre solía escribir en sus páginas, y pidan al Doctor Eucarístico el fervor hacia el augustísimo Sacramento. Y esto conviene que pidan en especial los sacerdotes. Todos los días, cuando la enfermedad no se lo impedía, celebraba Tomás la santa misa, y después oía otra de un compañero suyo o de otros, y frecuentemente la ayudaba, como cuenta el diligentísimo autor de su vida. ¿Y quién puede explicar con palabras el fervor de su espíritu al celebrar el santo sacrificio, y la diligencia con que se preparaba, y las acciones de gracias que una vez terminado dirigía a la Majestad divina?

Para evitar los errores, que son la primera causa de las miserias de nuestros tiempos, es preciso permanecer fieles, hoy más que nunca, a las doctrinas del Aquinate. Las varias opiniones y teorías de los modernistas las confunde él victoriosamente, tanto en la filosofía, defendiendo como hemos visto el valor y la fuerza de la inteligencia humana, y probando con firmísimos argumentos la existencia de Dios, como en la teología, distinguiendo bien el orden natural del sobrenatural e ilustrando las razones de la fe en todos los dogmas, y mostrando que las cosas creídas con la fe no se apoyan sobre una opinión, sino sobre la verdad y son inmutables; en la ciencia bíblica, dando el verdadero concepto de la divina inspiración; en la disciplina moral, social y jurídica, estableciendo bien los principios de la justicia legal social, conmutativa y distributiva, en las relaciones de la justicia misma con la caridad; en la ascética, dando reglas para la perfección de la vida cristiana e impugnando a los que en su tiempo se oponían a las órdenes religiosas. Y contra esta emancipación de Dios, hoy tan decantada, afirma los derechos de la verdad primera y de la autoridad que tiene sobre nosotros Dios, Señor Supremo. De aquí se verá porqué los modernistas no temen a ningún otro Doctor de la Iglesia tanto como a Tomás de Aquino.

Así, pues, del mismo modo que se les dijo a los egipcios cuando estaban grandemente necesitados: Id a José[i], para obtener de él abundancia de trigo y poder alimentar sus cuerpos, del mismo modo hoy, a todos los hambrientos de verdad, Nosotros les decimos: Id a Tomás para que él, que tiene tanta abundancia, os dé el pasto de la sana doctrina y el alimento de las almas para la vida sempiterna. Que este alimento esté pronto y al alcance de todos fue atestiguado con la santidad del juramento, cuando se trató de inscribir a Tomás en el catálogo de las santos: “En la escuela luminosa y abierta de este Doctor florecieron muchísimos maestros religiosos y seglares: por su modo sucinto, fácil y claro… hasta los legos y hombres de escasa inteligencia desean leer sus escritos”.

Nosotros, pues, queremos que todo lo establecido principalmente por León XIII[23] y Pío X[24], y lo mandado por Nosotros mismos en el curso del pasado año, sea atenta e inviolablemente observado por aquellos que en las escuelas del clero enseñan las materias superiores. Tengan por cierto que cumplirán su deber y satisfarán nuestros deseos si, comenzando por amar al Doctor de Aquino y familiarizándose con sus escritos, comunican a los alumnos de su disciplina este ardiente amor, haciéndose intérpretes de su pensamiento, y los hacen capaces para excitar en los demás los mismos sentimientos.

Entre los que aman a santo Tomás, como deben ser todos los hijos de la Iglesia que se dedican a los mejores estudios, ciertamente deseamos que en los límites de una justa libertad haya aquella hermosa emulación que hace prosperar estos buenos estudios; pero deseamos que se evite con todo empeño la aspereza de la detracción que perjudica a la verdad y no sirve para otra cosa sino para relajar los vínculos de la caridad. Observen todos inviolablemente lo prescrito en el Código de Derecho Canónico: “Los estudios de filosofía racional y de la teología, y la instrucción de los alumnos en tales disciplinas, sean tratados totalmente por los profesores según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico, y estos sean religiosamente mantenidos”[25] y sigan todos esta norma de modo que puedan llamarlo su maestro; pero ninguno exija de los otros más de lo que exige la Iglesia, Maestra y Madre común, porque, en las cosas discutidas por los buenos autores en sentido diverso, ella no prohíbe que cada uno adopte la sentencia que más le convenga.

Por lo tanto, así como interesa a toda la cristiandad que este centenario sea dignamente celebrado, de modo que honrando a Tomás no solamente se trata de su gloria, sino también de la autoridad de la Iglesia docente. Es nuestro deseo que este Centenario, desde el 18 de Julio corriente año hasta el fin del año próximo, se le celebre en todo el mundo dondequiera que existan escuelas de jóvenes clérigos; es decir, no solamente entre los Padres Predicadores, a cuya orden, como dice Benedicto XV, “ha de darse alabanza, no menos por habernos dado al Doctor Angélico, que por no haber jamás abandonado un punto su doctrina”[26],sino también entre las otras familias de religiosos y en todos los colegios eclesiásticos, universidades y escuelas católicas, a las que ha sido dado por celestial Patrono. Convendrá que en la celebración de estas fiestas solemnes sea la primera esta ciudad eterna[j], donde por algún tiempo ejerción el Magisterio del Sagrado Palacio; y que en la manifestación de su santa alegría vayan, delante de todos los institutos donde se cultivan los estudios sagrados, el Pontificio Colegio Angélico, donde puede decirse que Tomás mora como en casa propia, y todos los otros ateneos eclesiásticos que hay en Roma. Nosotros, para acrecentar el esplendor y el fruto de esta solemnidad, concedemos por nuestra autoridad:

1) Que en todas las iglesias de la Orden de los Predicadores, y en cualquier otra iglesia o capilla pública, o donde el público pueda entrar, y especialmente en los seminarios, colegios y casas de educación de la juventud, se celebre un triduo, un octavario o una novena, en la cual puedan ganarse las mismas indulgencias que se conceden para semejantes funciones en honor de los santos o bienaventurados.

2) Que en las iglesias de los hermanos y de las hermanas de la Orden dominicana, con ocasión de este solemente centenario, puedan los fieles, confesados sus pecados y recibida la Eucarsitica, ganar indulgencia plenaria cada día que oren delante del altar de Santo Tomás.

3) Que en las iglesias dominicanas los sacerdotes de la Orden y los terciarios, durante el año del centenario, puedan todos decir u oír la Misa en honor de Santo Tomás, como en el día de la fiesta, recitando en ella u omitiendo, según el rito del día, el Gloria y el Credo, concediendo, tanto al que celebre la misa, como a los que la oigan, indulgencia plenaria en las condiciones acostumbradas.

Procúrese, además, tener en los seminarios y en los otros institutos eclesiásticos, durante este tiempo, un solemne debate filosófico o de otra importante disciplina en honor del Doctor Angélico. Y, para que después la fiesta de Santo Tomás se celebre como Patrono de todas las escuelas católicas, Nosotros queremos que en este día se tenga vacación de las clases, y que no solamente se celebre la misa solemne, sino también que, al menos en los seminarios y en las familias religiosas, se tenga uno de debates de que hemos hablado.

Finalmente, a fin de que bajo la dirección del Maestro de Aquino, los estudios de nuestros alumnos den cada vez mayores frutos para la gloria de Dios y provecho de la Iglesia, añadimos a estas letras, con la recomendación de divulgarla, la fórmula de lo oración que él mismo usaba. A los que devotamente la rezaren les concedemos cada vez por nuestra autoridad indulgencia de cuarenta y siete años.

En prenda de los dones celestiales y señal de nuestra benevolencia, os impartimos de todo corazón a vosotros, Venerables Hermanos, al Clero y al pueblo confiado a vuestros cuidados la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 29 de Junio, fiesta del Príncipe de los Apóstoles, del año 1923, segundo de Nuestro Pontificado.

PIO XI

ORACIÓN

Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría has extraído las tres jerarquías de los Ángeles, las has colocado con maravilloso orden sobre el cielo empíreo y has dispuesto todo el universo con gran precisión; Tú, que eres celebrado como la auténtica Fuente de Luz y Sabiduría, y Principio supremo de todo, dignate infundir el rayo de tu claridad en las tinieblas de mi intelecto, librándome de las dos tinieblas en las que nací: el pecado y la ignorancia. Tú, que facilitas la lengua de los niños, enseña a mi lengua e infundele la gracia de tu bendición en mis labios. Dame la agudeza de la inteligencia, la capacidad de memoria, la forma y facilidad de aprender, la perspicacia de interpretar, el don copioso de hablar. Tú arreglas el principio, diriges el desarrollo y me llevas a la culminación: Tú que eres verdadero Dios y hombre, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Notas de la traducción[editar]

  1. El papa se refiere a su Carta Apostólica Officiorum omnium, del 1 de agosto de 1922.
  2. Así se establecía en el n. 2 del canon 1366 del Código de 1917: "En los estudios de filosofía racional y teología, los profesores y la formación de los alumnos en estas disciplinas sigan santamente la argumentacion, doctrina y principio del DOctor Angelico". Más adelante la encícilica se refiere expresamente a este canon.
  3. Es decir, el episcopado, pues la ínfulas forman parte de la mitra que corresponde a los obispos.
  4. El motu propio de Pío X Doctoris Angelici, del 27 de julio de 194, trata sobre el estudio de la doctriba de Santo Tomás de Aquino; puede consultarse su traducción al castellano en Mercaba
  5. Dedicada por Pío X a la refutación del modernismo.
  6. Este es, precisamente, el lema del pontificado de Pío XI.
  7. Figurado, es decir, expresado por tropos.
  8. Sentido místico
  9. Es lo que dijo el Faraón a todo Egipto, cuando toda la tierra de Egipto padeció hambre (Gen 41, 55.)
  10. En el original latino alma Urbem, es decir, en Roma

Referencias[editar]

  1. Tomás de Aquino, Commentarium in Mattheo, c. V.
  2. Suma Teológica, II—II, q. XXIII, a. 8; I–II, q. LXV.
  3. 1 Co 12,8.
  4. León XIII, ex Card. Caietano, encíclica Aeterni Patris, del 4 de agosto de 1879
  5. Suma Teológica, II-II, q. XLV, a. 1, ad 2 et a. 2, c.
  6. I Tm, I, 5.
  7. Suma Teológica, II-II, q. CLXXXIV, a. 3.
  8. Suma Teológica, II-II, q. XVII, a. 6, ad 3.
  9. Suma Teológica, I, q. XX, a. 2.
  10. Suma Teológica, III, q. I, a. 1
  11. Can, 1366 § 2.
  12. Ética, lecc. 1. Aunque en la encíclica esta obra se cita solo como Ética, por su contenido debe referirse a la Sententia libri Ethicorum.
  13. Suma contra gentiles, II, c. 56 y VI, c.1
  14. Suma contra gentiles, II, c. 83.
  15. Pío X, Motu proprio Sacrorum Antistitum, del 1 de septiembre de 1910.
  16. Pío X, Encíclica Pascendi, del 8 de septiembre de 1907.
  17. Suma contra gentiles, I, c. 6.
  18. Suma Teológica, II-II, q. I, a. 4.a.
  19. Questiones disputatae de Veritate, q. XIV, a. 2.
  20. Quodlib., VII, a. 14, ad 5.
  21. Suma Teológica, II-II, q. CLVII, a. 2.
  22. Libro de la Sabiduría, I, 4.
  23. Encíclica Aeterni Patris.
  24. Motu proprio Doctoris Angelici, del 29 de junio de 1914.
  25. Código de Derecho Canónico, Can. 1366 § 2.
  26. Acta Apostolicae Sedis, vol. VIII, (1916), p. 397.