Tisis poética

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Tisis poética[editar]

I.[editar]

De mis recuerdos íntimos,
dejadme que hoy escoja
y a leer os dé esta hoja
si versos aún leéis.
Volvía yo de América
temiendo un desengaño;
eran el mes y el año
abril sesenta y seis.

De mi existencia nómada
volvía por mi cuenta
frisando en los cincuenta,
muy tarde ya quizá;
volvía alegre a España,
mas con la duda extraña
de que en España nadie
me conociera ya.

Veinte años… ¡ay! la parte
mejor de mi existencia
pasé de ella en ausencia
sin dar razón de mí;
desheredado y víctima
de hondísimos pesares,
allende de los mares
a no volver me fuí.

En la inacción estéril
de imperdonable olvido,
de Méjico perdido
por la región vagué;
¡ni un libro, ni un carta
mandé, ni el ¡ay! más leve
en años diez y nueve
a mi país! ¿Por qué?

La pérdida de todo
cuanto en mi patria amaba,
que obró en mi ser de modo
que aún hoy su acción no acaba,
que hundió en la hiel y el lodo
con insistencia brava
lo en cuanto yo fundaba
mi fe y mi porvenir,
sin luz mis horizontes
dejó en la Patria mía,
me convirtió en desmontes
sus campos de alegría,
me echó encima sus montes,
su suelo se me hundía,
y ya no más quería
que ir lejos a morir.

No quiso Dios, y he vuelto,
no con el alma en calma,
pero con fuerza de alma
para poder vivir.
¡Oh Dios clemente y pío
que a España me volviste,
ya aquí no puedo triste
ni en soledad morir!

Mas vamos al relato
que haceros se me antoja,
si a vuelta de esta hoja
oírmele queréis;
a hablaros de mis casos
no voy de mar allende;
mi relación no asciende
más que al sesenta y seis.

Ya había yo entrado en Francia,
y aquí hay un mal recuerdo,
que no sé bien si es cuerdo
traer a cuenta aquí;
mas como forma el marco
del cuadro de mi vuelta,
va en esta estrofa suelta
cual nota para mí.

Ya en Francia yo, allá en Méjico
la vanidad francesa
a Méjico hacer presa
de su ambición creyó;
causó una gran catástrofe
por fin de un mal litigio;
sembró allá el desprestigio
de Europa… y se volvió.

Dejando abandonados
allí los intereses
de Europa, los franceses
abandonada allí
dejaron una víctima,
en cuyo sacrificio
libróme Dios propicio
de entrar por algo a mí.

¡Cosas de Francia! y ésta
fué cosa harto insensata;
empero, hablando en plata,
de Francia no fué error;
la cosa no fué Francia
quien tan de choz la hizo,
fué aquel advenedizo
de Francia Emperador.

Volvía, pues, de Méjico
para tornar, por dada
palabra, cuando nada
que hacer tuviera aquí;
mas ya de Francia al límite
sentí con gran zozobra
que no era fácil obra
pasarle para mí.

Sobrecogióme insólita
penosa incertidumbre,
que al fin en pesadumbre
degeneró y afán;
cual desertor que teme
ser visto, avizoréme
y anduve como prófugo
un mes por Perpiñán.

Tras casos tan extraños
y al fin de largos años
de voluntaria, inútil
y muda expatriación,
¿cómo acoger debía
la patria abandonada
al que en su abono nada
traía por razón?

¿Por qué me fuí? Por miedo
fantástico y capricho.
¿Qué no se habría dicho
de mí cuando emigré?
¿Por qué me fuí? ¿Y entonces
de quién y por qué huía?
¡Y huyendo me volvía
como me fuí! ¿Y a qué?

Mis versos, hojas secas
del árbol de mi ingenio,
mis dramas, del proscenio
ya prófugos quizá,
y al fin arrebatados
del viento del olvido,
sin sombra ya y sin ruido,
serían polvo ya.

Yo nunca me he adorado
ni me he ensoberbecido;
¡mas ¡ay! ser olvidado
donde famoso fuí!
Jamás tuve mi gloria
de relumbrón en mucho.
mas… ¡no guardar memoria
de mi pasado aquí!

Que al trasponer de España
de vuelta a la frontera
mi patria me dijera:
«y tú, ¿quién eres, di?»;
y ante esta idea extraña
no me atreví, de miedo,
ni en Francia ni en España
a preguntar pro mí.

Por fin, en la vislumbre
de un triunfo disipándose
mi afán e incertidumbre,
en mí y en calma entré:
brotó de mi cerebro
cual luminosa avispa
la idea al fin, la chispa
que encandesció mi fe.

Fantástica y excéntrica
rayaba en la locura;
fiéme en mi ventura,
y a emborronar papel
para escribir el mío
y en él para ensayarme,
determiné encerrarme
en un modesto hotel.

Es la comedia humana.
Sobre un plantel de plátano
se abría mi ventana;
y aprovechando yo
las horas noche y día,
detrás de su persiana
forjé la poesía
que al vulgo alucinó.

II.[editar]

Mayo era ya; asomábame
tras mi tarea diurna
y en la quietud nocturna
el aura a respirar,
contento en los intervalos
de natural descanso
y a oír el rumor manso
del fresco platanar.

De su follaje ondísono
por cima, en la manzana
de casas más cercana
pero contigua no,
veía yo de noche
brillar en su bohardilla
perenne lucecilla
que mi atención llamó.

No sé por qué (son cosas
que bien jamás se explica
por más que las aplica
la ciencia una razón),
de aquella luz perenne
el resplandor hacía
soñar mi fantasía,
latir mi corazón.
Fué para mí atractivo
de poderoso encanto
el foco siempre vivo
de aquella claridad.
«¿Quién velará allí tanto?»
decía yo, forjándome
quimeras mil, picándome
pueril curiosidad.

Tal vez dos criaturas por un amor dichosas,
tal vez dos almas puras que velan laboriosas
en ímprobo trabajo para vivir con él;
tal vez un estudiante, tal vez un escondido,
tal vez mujer constante que con atento oído
espera a su marido, o jugador o infiel:

Y he aquí cómo es la gente
curiosa, impertinente,
y del que vive enfrente
pensando siempre mal,
pendiente siempre un ojo
del ojo de su llave,
cree todo que lo sabe
y que lo ve, y no hay tal.
Yo así la erré, forjándome
quimera tras quimera:
y el caso en suma no era
ni enigma de la esfinge,
ni embrollo de Babel:
un español con su hijo
vivía, al mundo extraño,
hacía más de un año
en el tugurio aquel.

El hijo estaba enfermo,
el padre le velaba,
y no les visitaba
jamás sino un doctor,
que era español como ellos,
que lejos no vivía,
y a quien pedir podía
información mejor.

Quien quier que fuesen, eran
de España; y era claro
que son su mutuo amparo
y su único sostén.
Traía yo unos duros,
y no creí arrogancia
querer hacer en Francia
a un español un bien.

A casa, pues, del médico
me fuí: bien recibióme
y atentamente oyóme:
y cuando yo callé,
me dijo: —Antes de darle
a usted respuesta alguna,
respóndame usted a una
cuestión. ¿Quién es usté?

Tan natural pregunta
me sorprendió, no obstante
de ser en tal instante
la más del caso, justa, precisa y natural,
pero repuesto al punto,
osé por vez primera
determinar quién era,
en el idioma noble de mi país natal.
Mi nombre y apellido
dije al doctor, que absorto
quedó un momento corto,
y dijo: —¿Usted?
              —Yo, sí.
—Ya quien le cree a usted muerto
hay en Madrid.
             —Pues vivo
y a mi país nativo
me vuelvo por aquí.

Y dile explicaciones,
y ante ellas, campechano
tendiéndome la mano
se adelantó hacia mí.
—Paisanos somos—díjome.
—¿De la famosa Pincia
también?
—De la provincia:
yo soy de Peñatiel.

.....................

Carlista era emigrado;
del mío fué algo amigo
su padre, y a su lado
lidió contra Isabel.
De nadie en el pasado
metime yo en mi vida,
conque trabé en seguida
tal diálogo con él.





EL DOCTOR Y YO

YO. —Hablemos de esos pobres españoles.
DOCTOR. —Es una triste historia:
nada hay en ella de esplendor ni gloria;
sólo hay noches de afán, de duelo soles.
YO. —¿Pertenecen también a aquel partido?…
DR. —Política opinión nunca tuvieron
ni pensar en política han podido;
harto en sus cuitas con pensar hicieron.
YO. —Me tiene usted curioso e impaciente.
DR. —Es una historia tan vulgar la suya,
que es fácil que por bien que yo la cuente,
de hechos un armazón no constituya.

Hubo una abuela tísica en su raza;
y una hija después, madre de este hijo,
tuvo dos: de salvarlos no hubo traza
y murieron los dos a plazo fijo;
ahora le toca a éste.
YO. —¡Pero eso es una peste!
DR. —Si no más pavorosa, más segura
que las demás, porque ninguno escapa.
YO. —¿La ciencia no la cura?
DR. —La ciencia observa, estudia e investiga
y habla muy bien, pero por más que diga,
va tras de la verdad y no la atrapa.
YO. —Doctor, es evidente que el progreso
es hoy universal.
DR. —¿Lo niego acaso?
la ciencia avanza, pero no por eso
va en globo ni en tren rápido, va al paso;
y para enfermedad que es profiláctica
por heredada como en este caso,
no ha encontrado remedio todavía
ni especialismo audaz, ni ciencia práctica:
y esta es la historia de la historia mía.

Los otros dos hermanos de este mozo,
de una tísica madre como él hijos,
vivieron siempre mal; y sin rebozo
la enfermedad manifestóse en ellos,
llevándoles enclenques y canijos
a través de la vida;
débil conformación, fuerzas escasas,
ojos con baja luz, ralos cabellos,
tristeza, palidez, tos prematura:
¡siempre se les creyó cosa perdida,
flores de cementerio
nacidas en su propia sepultura!

Mas la niñez y juventud risueña
y al parecer alegre y vigorosa
de éste que va a morir… tan engañosa
esperanza ofreció, tan halagüeña
persuasión infundió de que a ser iba
de la regla excepción, que ni remota
duda inspiró su salvación; y estriba
precisamente en esto el infortunio
de este padre infeliz, que bien descubre
sin velo el porvenir; último junio
de su hijo es éste; morirá en octubre.
YO. —¿Sin remedio?
DR. —No le hay; estos extraños
males, cuanto más tarde desarrollan
su morbosa infección, más pronto arrollan
al pobre ser enfermo. Plazo fijo;
nadie llega a cumplir veintidós años,
cosa que ya bien saben padre e hijo.

.................................

Yo no sé qué impresión hizo en mi alma
la historia del doctor; hay emociones
que en ella se reciben
con honda intensidad, mas sin razones
ni aparentes tal vez que las motiven.
Aquellos españoles cuya historia
por vez primera oía,
de quienes la más mínima memoria
contenerse en mi espíritu podía
y a quienes ni de nombre conocía,
¡por qué tan sin por qué me interesaban
y en mí tan tenazmente suscitaban
tan extraña expansión de simpatía!

Esperaba el doctor que yo anudase,
como mi iniciativa me lo exige,
la plática con él por mí iniciada,
pues mi curiosidad era la base
de aquella situación por mí creada
con mi visita a él… y al fin le dije:
Si algún alivio procurarles puedo
en su desolación… mi intento era…
DR. —De ninguna manera;
pobres no son.
YO. —Pues en mi intento cedo.
DR. —Tal vez un medio hubiera,
pero le tengo miedo.
YO. —¿Cuál, y por qué?
DR. —Usted es para ellos
un ser, una entidad de grande influjo
que hacia usted les atrae y les sujeta.
YO. —No comprendo, doctor ¿me cree usted brujo?
DR. —Tal vez. El que se muere es un poeta:
con sus versos de usted se ha amantado.
YO. —¡Otra víctima más! —exclamé absorto.
DR. —Fué usted siempre su autor privilegiado,
y fuera acaso un día
de juvenil felicidad completa
para él, el que pasara usté a su lado;
mas como ya la muerte le combate
tan de cerca y su plazo es ya ton corto…
su presencia de usté tal vez le mate;
tal emoción tal vez no sufriría.

No dijo el doctor más; y yo, sumido
en la idea fatal que el alma mía
atormenta años ha y es mi manía,
dije: «¡Otro imbécil a quien ha perdido
tal vez mi desastrosa poesía!»

..............................

¿Sondó el doctor mi triste pensamiento?
¿Juzgó que yo, poeta, me holgaría
de hacer conocimiento,
no con él, ¿a qué ya?, con el talento
del poeta infeliz que se moría?

No sé: mas dijo así, mientras ponía
en mi mano el doctor este fragmento
de extraña y moribunda poesía:

«He aquí un trabajo suyo: si lo vale
guárdelo usted; se de vulgar no sale,
olvídelo: que al fin nada hay perdido
en arrojar lo inútil al olvido.»

Y muertos ya hijo y padre,
yo de trabajo tal haciendo tema,
del tísico el poema
doy a luz hoy, por si hay a quien le cuadre
tal poesía póstuma y extrema.

EL POEMA DEL TÍSICO[editar]

I.[editar]

¡Volved, alegres pájaros
del platanar cantores;
volved a abriros, flores,
que os oiga y huela yo!
Llenad mis horas últimas
de música y perfume;
mi vida se consume;
Dios trunca me la dió.

En todo el largo invierno
no he visto flores ni aves;
su aroma y trinos suaves
mi solo goce son:
mi tiempo se hace eterno
sin pájaros ni flores;
no tuvo otros amores
jamás mi corazón.

Mi mal es profiláctico;
mi tiempo está medido;
el día en que he nacido
nací cadáver ya;
mi madre al darme su hálito
me dió su pobre vida,
mi cuna suspendida
sobre mi fosa está.

Mi infancia fué del alba
de la esperanza brisa;
mi juventud sonrisa
falaz del porvenir;
el niño aparecía
robusto y satisfecho
el áspid que en su pecho
llevaba sin sentir.

Mi juventud mostraba
desarrollarse a gusto
en mi gallardo busto
y en mi salud sin mal;
crecía y despejábase
mi clara inteligencia,
cumpliendo mi existencia
su evolución vital.

La ciencia nada hallaba
que el germen revelase
de profilaxis, base
de morbo de mi ser;
mas fueron de ilusiones
años diez y ocho: un día
el áspid mis pulmones
mordió y me hizo toser.

Palidecimos todos;
mi tisis era un hecho;
la muerte ya a mi pecho
llamaba con su tos.
El mal venía a escape,
me desahució la ciencia,
de muerte es la sentencia
y me la impone Dios.

De todos los deleites,
velado me está el goce;
no hay dicha que alboroce
mi estéril juventud;
amar me está vedado,
soy árbol sin retoño,
soy ráfaga de otoño,
flor seca de ataúd.

Yo nada alcanzar debo
de lo que el hombre alcanza;
nací sin esperanza,
viví sin porvenir;
inútil fué el estudio,
inútil el ingenio;
en mi tercer setenio
por fuerza he de morir.

Y nada amar pudiendo
quien vive en la agonía,
amé la poesía,
la creación amé;
las flores y los pájaros,
que siempre en abril vienen,
alegran y mantienen
mi espíritu y mi fe.

II.[editar]

¡Abril! —Ya se echa el viento;
la atmósfera se entibia;
ya todo mal se alivia
al sol que vuelve a arder.
De vida un germen nuevo
por donde quier renace;
ya todo se rehace
y anima por doquier.

¡Ya están aquí!… ¡Ya vuelven,
anuales peregrinas!,
las pardas golondrinas
del viejo nido en pos.
Ya a rehacerle empiezan,
y en él cama aderezan
a sus implumes hijos…
¡que las bendiga Dios!

.....................

Mayo comienza.—Cuájanse
las lilas de botones;
ya salen los gorriones
da la saqueada troj;
la mariposa ciérnese
sobre sus alas flojas,
en las tupidas hojas
del inmarchito boj.

Deslumbra el sol; la tierra
se viste ya de verde;
de vista ya se pierde
lo abierto del país;
achican ya los árboles
las vistas y horizontes;
la luz tiñe los montes
de azul que tira a gris.

Ya el alba matutina
va a saludar la alondra,
y el ruiseñor ya trina
a su hembra al reclamar;
ya cuando duerme el viento,
prudente la cigüeña
sobre la corre enseña
sus pollos a volar.

Tupidos ya los céspedes
y tréboles del prado,
ya todo está alfombrado
de vegetal tapiz;
ya están en flor los árboles;
ya el nido la oropéndola
colgó, y mecerse viéndola
dormita la perdiz.

.......................

Ya quema el sol; ya junio
de nuestro globo activa
la acción vegetativa;
ya en plena floración,
se envuelve él en su manto
de flores y de aroma,
de los que el hombre toma
vital respiración.

Ya quema el sol; ya suelto
no vaga nada; han vuelto
ya al fin todos los pájaros
y ya incubando están;
los tordos y los mirlos,
con la curiosa urraca,
son bulla y alharaca
los que metiendo van.

Ya julio el campo agosta
y el páramo achicharra;
de día, la cigarra,
chirrea entre la mies;
la noche turban sólo
en su árbol el cuclillo,
entre la hierba el grillo
y el buho en el ciprés.

Del río por la orilla,
pasea la abubilla
los martinetes tríplices
de su crestón condal;
y en la agua contemplándose
se afana y pavonea,
se esponja y gallardea
junto a la garza real.

El cuco, que es un pillo,
desde su hueco tronco,
con el graznido ronco
de su áspero cantar,
se burla de ella, mientras
los peces de la orilla
se van de la abubilla
la imagen a picar.

III.[editar]

¡Oh sol, de tierra y aire
vital calor y esencia!…
¡Oh sol! que a mi existencia
no puedes dar calor,
mantén el año entero
tu fuego del estío,
mantén en torno mío
el pájaro y la flor.

¡Anhélitos inútiles
de mi último deseo!
¡Los últimos que veo
los de este julio son!
Ya lleva mal mi espíritu
la carne que le cubre;
con la hojarasca, octubre
me arrojará al panteón.

¡Dos meses más… y muero
solo, aterido, inerte!
O ven más pronto ¡oh muerte!
o dura, estío, más;
no quiero, con la niebla,
morir en el otoño,
que no trae un retoño
ni un pájaro jamás.

......................

No huyáis, alegres pájaros,
del platanar cantores;
volved a abriros, flores,
para que pos huela yo.
Mi vida se consume;
de música y perfume
llenad mis horas últimas;
no me digáis que no.

Enviadme, frescas flores,
vuestra vital fragancia,
dos meses más en Francia
para poder vivir.
¡Cantadme, ruiseñores;
cantad, pájaros míos,
al son de vuestros píos,
para poder morir

......................

No quiso Dios; su vida
se prolongó hasta octubre;
la piedra que le cubre
sin fecha y nombre está.
Ser pudo un gran poeta,
mas se perdió ignorado;
y aún de él lo que he contado
tal vez no se creerá.