Tradiciones argentinas/IV

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EL FUNDADOR


I


 El general D. Juan de Garay, fundador de la ciudad de Buenos Aires, llegó muy joven á América, con su tío D. Pedro Ortiz de Zárate, cuando éste fué nombrado Oidor en Lima y en la comitiva del virrey Blasco Núñez de Vela. Desde sus primeros pasos en el Nuevo Mundo (y ellos se prolongaron de Panamá á la Patagonia, diez mil millas de largo), ayudó con asombrosa actividad al general Núñez del Prado en las fundaciones de Tarija, Tucumán y Charcas. Reunido luego en ésta con otro de sus tíos, D. Juan de Zárate, siguiéronle confiando las más difíciles empresas, como al más resuelto entre los valerosos españoles, hasta nombrarle Zárate Alguacil Mayor de toda su gobernación cuando él fué elevado á la del Río de la Plata. Después de siete años en Santa Cruz de la Sierra, en el de 1562 arribaba á la Asunción del Paraguay, ya casado con doña Isabel Becerra y Mendoza, descendiendo luego el Paraná, para fundar San Salvador sobre el río San Juan, en la costa oriental del Plata.

 Cuando Zárate, su protector, obtuvo el título de Adelantado, legó por testamento sus derechos al almirantazgo y gobierno de esas provincias á la persona que se casara con su hija, habida en doña Leonor Yupangui, de la casa Mango-Yupa-Yupangui, nombrando á Garay capitán general, teniente gobernador y justicia mayor con poderes para representarle. Mostróse el tío muy satisfecho de las fundaciones que llevó á cabo sobrino de tanta valía, muy principalmente con la de Santa Fe, emporio de los trigales de la Argentina, que acertadamente llamó el viajero D'Amicis vieja puerta de un mundo nuevo.

 Al instituirle Zárate su albacea, le recomendaba especialmente saliera en busca de novio para su Leonorcica.... ¡Y qué difíciles eran por aquellos tiempos encargos tales, por los que si bien apresurábanse á cargar con los legados, no siempre velaban por las legadas. De muy diverso modo Garay, honrado como vizcaíno, desde el primer momento salió á cumplir lo que á su lealtad se confiara.


II

 Veinte abriles, floreciendo en la más radiante juventud, morena virgen americana, picante como chola, suave y modosita, llevando por dote un mundo, que entonces ni después fué insignificante accesorio, ¡cómo andaría la melonada bebiéndose los vientos por los pedazos de la Juanica! Descendiente de Inca, heredó título de Marquesa del Paraguay, primero de la cadena nobiliaria (corta por demás en el Plata) cuyo último anillo fué el pardo Roque, quien en vísperas de abolirse títulos en la República compró mil pesos de «Don,» quedando desde entonces apodado por el vulgo «Roque Don,» sin que llegara una sola vez á oírse llamar Don Roque.

 Llevaba, pues, la hermosa Leonor en su canastilla, entre diversas bagatelas: la mitad de las casas de Chuquisaca, quintas, estancias, ganados y chacras en Charcas, un potosí en el Potosí, minas boyantes, siete mil ducados de renta en España, la gobernación del Plata y el referido marquesado, de extensión, así, así... casi como desde el confín del Perú al fin del mundo, ó de América, que era por entonces el conocido como tal. ¡Si sería rica la niñita esa! A su lado las flamantes archimillonarias neoyorkinas de la República democrática, que sacan la moda de ir á comprarse marido blasonado, aparecen pobrecitas de solemnidad. Hasta el mismísimo virrey del Perú pretendía casar de propia mano su presunta ahijada, para lo que empezó por espantar entre el cardumen de moscardones un su primo, en previsión de ciertas primadas que anticiparse suelen. Pero el que estaba más cerca. Oidor, aunque algo sordo, con oído atento á cuanto rumorcito sobre la precudante susurraba, era D. Juan de Vera y Aragón, quien sin previa licencia á casorio llamóla, entre gallos y media noche, antes que otro gallo le cantara. Si por su bonitura guardar debía la novia bajo fanal, como frágil joya expuesta á quiebras, por los reumas y achacosas navidades de D. Juan, á dos anclas amarrado quedaba, y no pudiendo andar de la Ceca á la Meca, ni confiar á otro su mujercita, traspasó todas las prerrogativas anexas á sus títulos; y al recibir el tío la bendición
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del cura, recibió el sobrino título de Adelantado, pues todo lo delegaba en Garay, menos el cargo de marido, que el de Zárate saboreando quedaba con los dulces de la boda, si bien casamiento tal entre Juanes no produjo Juanitos.


III
 
Y aqui nos permitimos corregir á los que ligeramente aseveran que tan desconocida es la tierra como la tumba de este Garay, descollante entre los célebres vascos de su nombre, á cuya antigua familia correspondió por muchos años
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el segundo asiento cabe el venerando árbol de Guernica. En más de un documento repite que él nació por los años de 1528 en Villalba de Loza, pueblo sobre una altura, como su nombre corrobora, garay, altura en vasco (frontera de la provincia de Álava sobre la de Burgos, dos leguas hacia el Sur de la ciudad de Orduña). Refiere su propia exposición que á los catorce años se embarcó, con el referido Ortiz de Zárate, á quien ayudara en las poblaciones de Tarija y del Tucumán, «acompañando siempre á mi costa y con mis armas á los capitanes de Su Majestad.» Asi lo asevera la relación de sus méritos y servicios, autos existentes en el Archivo de Indias, estante 1.°, cajón 6.°, legajo 47, que, entre otros muchos papeles viejos de que extrajimos diversas tradiciones argentinas, tuvimos más de una vez en nuestras manos en la antigua Lonja de Sevilla.
Buenos Aires en la época de su fundación


 En ella consta que insistiendo en su propósito de abrir puertas á la tierra, publicó la población de Buenos Aires, en la Asunción, descendiendo el río Paraguay en una carabela, con dos bergantines (lanchones grandes), bajeles y balsas, costeados de su peculio y no por las Cajas Reales.

 Como tres de los anteriores pobladores con Mendoza, que le acompañaban, observaran á Garay no repoblase en el bajo del rio para evitar inundaciones como las que destruyeron ranchos esparcidos bajo los talares de la costa en 1536, desde la boca del Barrancas subió la altura más inmediata, prefiriendo la elevada meseta comprendida entre las barrancas que por el Este y Nordeste dan frente al rio de la Plata y á los bañados del riachuelo hacia el Sur, prolongándose el interior al Oeste. Dentro de esa área trazó el plano primitivo que ha servido de base á la actual ciudad. Abrió los primeros cimientos el sábado 11 de junio de 1580, día de San Bernabé — leíamos en el acta de fundación que bien puede llamarse la fe de bautismo de Buenos Aires, cuyo nombre tomó de Nuestra Señora de los Buenos Aires, patrona de navegantes, al pie de cuya imagen, venerada actualmente en la capilla del palacio de San Telmo (Sevilla), nos arrodillamos un día, implorando soplen por siempre buenos vientos de prosperidad para la patria amada.


IV

  Bravo, honrado, inteligente, tesonero y de actividad asombrosa, diseminó poblaciones á lo largo de su dilatadísimo camino, desde el Perú hasta la Patagonia; y en las riberas del Paraguay y el Paraná, del Uruguay y del Plata, dejó indelebles las huellas de su paso.

 Santa Fe, Buenos Aires, Villa Rica, no fueron las únicas riberas donde Garay supo fecundizar la simiente civilizadora. Entre otras muchas cosas buenas, él introdujo en la Argentina los primeros ganados bovinos y ovejunos, que forman aún su principal riqueza. Por su arrojo y natural ingenio y constancia llevó á cabo empresas tales, que otro alguno con mayores medios no alcanzara, empleando tanta energía para vencer al caudillo Oberá en las selvas del Paraguay, como ingeniosidades infinitas para atraerse las numerosas indiadas de las Pampas.

 De su matrimonio dejó tres hijas, desposadas con otros tantos fundadores, tan progresistas como él: la primera con D. Jerónimo Luis de Cabrera, quien fundaba la ciudad de Córdoba del Tucumán el mismo día de San Jerónimo, en que Garav fundó Santa Fe (1572); la segunda con Vera, fundador de la ciudad de San Juan de Vera, de las Siete Corrientes, y la tercera con D. Hermandarias de Saavedra.

 Su primogénito D. Juan desposó la hija de D. Cristóbal Saavedra. Por aquellos años un tío de éste, que no consiguió embarcarse para el Nuevo Mundo por creérsele incapaz de llevar cuentas en Potosí, quedó en lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, escribiendo un libro, asombro de ambos mundos, que vale otro Potosí, pues veta inagotable es Don Quijote. Así resplandece en la historia argentina el nombre de Garay, no sólo como fundador de pueblos, sino también por la pléyade de fundadores que en pos de sus pasos dejara prosiguiendo sus huellas.

 Seguido apenas de un puñado de valientes, funda pueblos, dilata fronteras, conquista el desierto y con humanos procederes atrae y somete más indios que otros muchos con bombardas y arcabuces.

 Fué el ilustre general D. Juan de Garay quien mas adelante llevó la civilización del Plata; y después de muchos años de afanes incesantes y trabajos infinitos, cayó victima de emboscada de salvajes á orillas del majestuoso Paraná, en la laguna de San Pedro. Carácter abnegado, corazón generoso y desprendido en extremo, dejó por único tesoro el de su nombre inmarcesible, que se destaca con los más suaves y fúlgidos destellos, brillando como tipo de la hidalguía española y apóstol de la civilización de un mundo.


V

 Nota. — Nuevamente solicitamos del activo Intendente Sr. D. Adolfo Bullrich se apresure á inaugurar el monumento, por demás retardado, que la gratitud nacional debe á D. Juan de Garay. Él quedaría bien en la plaza Colón, solar del primitivo fortín. A no ser posible transportar piedra de sus montañas nativas, que al menos le rodeara el rojo ceibo y el sauce verde de las riberas donde murió, incrustando fragmentos de sus cuatro fundaciones para inscribir los nombres de sus valerosos compañeros que, copiados en el Archivo de Indias, dejamos aquí:

 Don Juan de Garay, teniente gobernador, capitán general. — Rodrigo Ortiz de Zárate, alcalde ordinario. — Gonzalo Martel de Guzmán, ídem. — Alonso de Escobar, regidor. — Pedro Fernández, escribano público y de cabildo.— Alonso de Vera y Aragón, Enviado del Adelantado. — Cristóbal Altamirano. — Juan Basualdo. — Baltasar Carvajal. — Antonio Higueras. — Miguel Navarro. — Criollos: Antonio Bermúdez, regidor. — Rodrigo de Ibarrola, ídem. — Diego de Olabarrieta, ídem. — Luis Gaytán. — Pedro de Quirós.— Juan Fernández Enciso, procurador. — Pedro de Xerez, escribano público. — Juan Carvajal, vecino. — Pedro Franco ó Francisco. — Juan Domínguez. — Pedro Alvarez Gaytán. — Juan de España. — Pedro Hernández. — Juan Márquez de Ochoa. — Pedro Isbrains. — Juan Martín. — Pedro de Izarra. — Juan Rodríguez.— Pedro Luis.— Juan Ruiz. — Pedro Esteban Ruiz. — Antonio Roberto. — Pedro de Medina. — Andrés Méndez. — Pedro Moran. — Hernando de Mendoza. — Pedro Rodríguez. — Jerónimo Pérez. — Pedro Sayas Espeluca. — Juan Fernández de Zárate. — Pedro de la Torre. — Andrés Vallejo. — Bernabé Veneciano. — Pablo Simbrón. — Ambrosio de Acosta. — Esteban Alegre. — Domingo Aramendia. — Sebastián Bello. — Francisco Bernal. — Miguel del Corro. — Alonso Gómez. — Lázaro Gribea. — Sebastián Hernández. — Domingo de Yrala. — Miguel López Madera. — Jerónimo Núñez. — Pantaleón. — Alonso Pareja. — José Sayas. — Antonio de Porras. — Ana Díaz.


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Escudo colonial de Buenos Aires