Un buen negocio: 15

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Escena IV[editar]

La NENA, BASILIO y MARCELINA


LA NENA.- ¡Mamá! ¡Mamá querida!... (Hace un esfuerzo para incorporarse y cae con un grito de dolor)

BASILIO.- (Atribulado, corre de un lado a otro sin atinar a nada, hasta que se resuelve y hace una compresa con su pañuelo y humedece el rostro de MARCELINA, que empieza a volver en sí. Luego a la NENA.) No te alarmes, hijita. No es nada. Se cayó tu mamá.

MARCELINA.- ¡Mi hija! ¡Mi pobre Ana María! ¡Qué castigo, Señor!... (Crisis de llanto.)

BASILIO.- Cálmese usted, señora. Lo más probable es que sólo se trate de una cavilación mía.

MARCELINA.- No. Conozco a mi hija y sé que es muy capaz... ¡Oh, qué castigo!... ¡Yo, yo soy la única culpable!

BASILIO.- Serénese. Ana María es muy razonable y si ha tenido un arrebato no ha de demorar en reaccionar.

MARCELINA.- No. Ella hace lo que anuncia, y esa carta... ¿La tiene usted?

BASILIO.- Sí. (Saca la carta del bolsillo.) Vea lo que me dice: «Adiós, Basilio. Al consumar mi sacrificio, te pido que no pienses más en mí, sino para acordarte de que te he dado la mayor prueba de cariño que pueda dar una mujer que se respeta.- Ana María.»

MARCELINA.- ¡Ah! ¡Descanso!... ¡Comprendo! ¡Comprendo!...

BASILIO.- Explíquese, señora... ¿Qué otro significado puede tener esa esquela?...

MARCELINA.- Déjeme ahora... Ya lo sabrá usted. (Va a la cama de la nena y la tranquiliza con sus caricias.)

BASILIO.- Señora. Todo lo que pasa aquí es muy extraño y es necesario que yo descifre este misterio...

MARCELINA.- Esté usted tranquilo, que yo me encargaré oportunamente de descifrarlo. ¿Dónde fue Rogelio?

BASILIO.- No sé. Salió precipitadamente. Estoy viendo en su alma que usted no abriga ningún temor por Ana María. ¿Querría explicarme?...

MARCELINA.- Ya lo sabrá usted, hijo mío. Siéntese y cuénteme cómo se produjo la aventura de ustedes.

BASILIO.- Ese es el gran misterio, señora.

MARCELINA. - ¡Hable, hable!...

BASILIO.- Usted conoce de sobra toda la honestidad de mis relaciones con Ana María. Pues bien, la otra tarde regresaba con los medicamentos para la nena y apenas entré, Ana María me echó los brazos al cuello. «¡Llévame, sácame de aquí! ¡No puedo más!» Yo, que estaba un poco inquieto después de las escenas de un rato antes, sospeché quién sabe qué cosas graves y le ofrecí depositarla en casa de mi madre. «No. Llévame contigo.» Luego, consumado el extraordinario rapto, le exigí una explicación. ¡Qué había de dármela! ¡Nada! «Lo hice porque te quiero». ¿Pero y los tuyos? «Tú eres lo único mío.» No pude sacarla de ahí. Desarmaba mi insistencia con arranques de ternura. Y no acabado de salir de mi perplejidad, me da la sorpresa alarmante de su fuga y su despedida. Y aquí me tiene usted en un abismo de conjeturas, deshilvanando unas para hilvanar otras, sin atinar a explicarme qué es lo que ha pasado y está pasando.

MARCELINA.- ¡Pobrecitos!... ¡Pobrecitos!...