Un recuerdo:004

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III
Un recuerdo (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
IV
V


EL sol al fin desapareció, rasgando con mis postreros rayos las nubes que se hacían cada vez más compactas. La brisa que un momento antes nos refrescaba con sus suaves caricias, se convertía en bruscos soplos de viento impetuoso. La noche tomaba un mal cariz. Esta noche la bailaremos, decían los marineros entre ellos, y confirmaban su predicción los diversos preparativos de la tripulación sobre el puente, y abajo en el salón los de los criados que aseguraban con cuerdas los muebles y la vajilla. Me quedé en el puente contemplando la obscuridad espesa de la noche y la tempestad que se venía encima. El ruido de las olas, que se rompían con furia siempre creciente, el silbido siniestro del viento, no bastaban á apartar mi pensamiento de la joven desconocida. ¿Qué hará ahora? ¿sufrirá mucho? ¿podrá resistir las sacudidas del buque cuando el balance se aumente con la violencia del huracán que se acerca?

Todos los pasajeros, unos tras otros, se habían retirado á sus camarotes. Á excepción de los pesados pasos de los marineros encima de las tablas del buque, no se oía ningún otro ruido humano en medio del rugido siniestro del mar y del viento. La noche era muy obscura; cubrían las nubes todo el firmamento; en parte alguna aparecía un astro; sólo la escuma fosforescente de las olas desencadenadas brillaba en las tinieblas. Y aumentando la violencia del viento, el buque sacudido más y más iba de un lado á otro ó se hundía y levantaba encima de las aguas.

Apoyado junto ú la entrada del salón, guardándome así lo mas que podía del ímpetu del viento y de la espuma de las olas, pensaba á cada violenta sacudida del buque, como podría, la extenuada doncella, sostener con sus débiles manos su flaco cuerpo en su combatido lecho; y pensaba también como pasaría las largas horas de aquella noche terrible, y entonces á mis reflexiones se juntaba el triste recuerdo del cortejo de mi difunto maestro.

Por último las olas, saltando ya por encima el puente, me obligaron a refugiarme en el salón. La única lámpara que le iluminaba, suspendida en medio de los dos costados del buque que se balanceaban alternativamente, mostraba con su continuo movimiento, el grado de violencia que había llegado el huracán. Las puertas de los camarotes que veía á mi alrededor estaban cerradas, y los gemidos y suspiros que salían de algunos de ellos, se mezclaban al sordo rechinar de sus goznes. No me determiné á entrar en mi propio camarote, porque en Nápoles adquirí un compañero de cuarto, italiano, muy gordo, con el cual no deseaba entrar en relaciones en tales circunstancias. Me senté, pues, en el banco de alrededor de la mesa, apoyé mis brazos en ella, encima de mis brazos mi cabeza, y sentí que el sueño descendía á mis fatigados párpados.